Guiados a salvo a casa
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    Guiados a salvo a casa

    Miramos hacia el cielo en busca de ese indefectible sentido de dirección para poder trazar y seguir el rumbo acertado.

    Hermanos, nos encontramos reunidos como un poderoso grupo del sacerdocio, tanto aquí en el Centro de Conferencias como en otros sitios por todo el mundo. Me siento honrado y a la vez humilde ante la responsabilidad que tengo de dirigirles unas cuantas palabras. Ruego que al hacerlo me acompañe el Espíritu del Señor.

    Hace setenta y cinco años, el 14 de febrero de 1939, en Hamburgo, Alemania, se llevó a cabo una celebración; en medio de discursos entusiastas, multitudes jubilosas y la música de himnos patrióticos; el nuevo buque de guerra Bismarck se echó a navegar por el río Elba. Éste, el más poderoso navío a flote, era un impresionante espectáculo de coraza y maquinaria. La construcción requirió más de 57.000 planos para los cañones de 380 milímetros, de torretas dobles controladas por radar. El navío contaba con 45.000 km de circuitos eléctricos. Pesaba más de 35.000 toneladas y una coraza proporcionaban máxima protección. Majestuoso en apariencia, gigantesco en tamaño y asombroso en su potencia de fuego, el potente coloso se consideraba insumergible.

    La hora señalada del Bismarck con el destino llegó dos años más tarde, cuando el 24 de mayo de 1941, los dos buques de guerra más potentes de la Real Armada Británica, el Prince of Wales y el Hood, entablaron combate con el Bismarck y el crucero alemán Prinz Eugen. En menos de cinco minutos, el Bismarck había enviado a las profundidades del Atlántico al Hood y a todos sus hombres, salvo a tres, de una tripulación de más de 1.400. El otro acorazado británico, el Prince of Wales, había sufrido cuantiosos daños y se batió en retirada.

    En los próximos tres días, el Bismarck fue interceptado una y otra vez por acorazados y aviones británicos. En total, los británicos concentraron la fuerza de cinco buques de guerra, dos portaaviones, 11 cruceros y 21 destructores en un esfuerzo por encontrar y hundir al poderoso Bismarck.

    Durante las batallas, proyectil tras proyectil causó únicamente daños superficiales al Bismarck. ¿Era imposible de hundir después de todo? Entonces, con fortuna, un torpedo le hizo blanco, dejando inservible el timón. Los esfuerzos por repararlo fueron en vano. Con los cañones preparados y la tripulación en alerta, el Bismarck “sólo podía marchar en un círculo lento”. La poderosa fuerza aérea alemana se encontraba apenas fuera de alcance, y el Bismarck no podía alcanzar la seguridad del puerto, ni podía darles la protección necesaria ya que el Bismarck había perdido la habilidad de conducir un curso trazado. Sin timón, sin ayuda, sin puerto. El fin se acercaba. Los cañones británicos echaban llamaradas mientras la tripulación alemana se escabullía y el navío que parecía ser indestructible se hundía. Las olas hambrientas del Atlántico azotaban primero los costados y después se tragaban el orgullo de la marina alemana. El Bismarck fue destruido1.

    Al igual que el Bismarck, cada uno de nosotros es un milagro de la ingeniería. Nuestra creación, sin embargo, no fue limitada por el ingenio humano. El hombre puede concebir las máquinas más complejas, pero no puede darles vida ni otorgarles los poderes de la razón y el discernimiento. Esos son dones divinos que sólo Dios puede conceder.

    Hermanos, al igual que el timón vital de una embarcación, se nos ha proporcionado la manera de determinar la dirección en la que viajamos. El faro del Señor nos llama a todos al navegar por los mares de la vida. Nuestro propósito es conducir por un curso constante hacia nuestra meta deseada, sí, el reino celestial de Dios. El hombre sin propósito es como un barco sin timón, que quizás nunca llegue al puerto de origen. A nosotros se nos da la señal: tracen su rumbo, levanten sus velas, posicionen el timón, y sigan adelante.

    Tal como ocurrió con el poderoso Bismarck, así sucede con el hombre. El impulso de las turbinas y el poder de las hélices no sirven de nada sin ese sentido de dirección, ese empleo de la energía, ese modo de dirigir el poder que proporciona el timón que está oculto a la vista, que es relativamente pequeño en tamaño, pero absolutamente esencial en su función.

    Nuestro Padre nos dio el sol, la luna, las estrellas y las galaxias celestiales para guiar a los marineros que navegan las rutas marítimas. Para nosotros, los que caminamos por el sendero de la vida, Él proporciona un mapa claro y señala el sendero hacia nuestro destino deseado. Él advierte: cuídense de las desviaciones, las caídas, las trampas. No podemos ser engañados por aquellos que nos llevarían por el camino equivocado, esos astutos flautistas de Hamelín del pecado que nos llaman por aquí y por allá. Por el contrario, nos detenemos para orar; damos oído a esa voz apacible y delicada que a lo profundo de nuestra alma dirige la tierna invitación del Maestro: “Ven, sígueme”2.

    Sin embargo, hay aquellos que no oyen, que no obedecen, que prefieren ir por el sendero que ellos mismos trazan. Muchas veces ceden a las tentaciones que nos rodean a todos y que pueden tener una apariencia sumamente tentadora.

    Como portadores del sacerdocio, se nos ha mandado a la tierra en tiempos difíciles. Vivimos en un mundo complejo con corrientes de conflicto por dondequiera. Las intrigas políticas arruinan la estabilidad de las naciones, los déspotas buscan el poder y los sectores de la sociedad parecen estar siempre oprimidos, privados de oportunidades y quedándose con un sentimiento de fracaso. En nuestros oídos resuenan las sofisterías de los hombres, y el pecado nos rodea.

    Nuestra es la responsabilidad de ser dignos de todas las gloriosas bendiciones que nuestro Padre Celestial tiene reservadas para nosotros. Dondequiera que vayamos, nuestro sacerdocio nos acompañará. ¿Permanecemos en lugares santos? Por favor, antes de colocarse a ustedes y su sacerdocio en peligro por aventurarse a entrar en lugares o participar de actividades que no sean dignos ni de ustedes ni de ese sacerdocio, deténganse a analizar las consecuencias.

    Nosotros, los que hemos sido ordenados al sacerdocio de Dios, podemos marcar la diferencia. Cuando mantenemos nuestra pureza personal y honramos nuestro sacerdocio, nos convertimos en ejemplos rectos que los demás pueden seguir. El apóstol Pablo exhortó: “…sé ejemplo de los creyentes en palabra, en conducta, en amor, en espíritu, en fe y en pureza”3. También escribió que los seguidores de Cristo debían ser “como luminares en el mundo”4. El proporcionar un ejemplo de rectitud puede servir para iluminar un mundo cada vez más oscuro.

    Muchos de ustedes recordarán al presidente N. Eldon Tanner, quien fue consejero de cuatro Presidentes de la Iglesia. Él brindó un ejemplo constante de rectitud a lo largo de su carrera en la industria, durante el servicio que prestó en el gobierno de Canadá y como Apóstol de Jesucristo. Él nos dio este inspirado consejo: “Nada brindará mayor gozo y éxito, que vivir de acuerdo con las enseñanzas del Evangelio. Sean un ejemplo; sean una influencia para bien”.

    Además, dijo: “Cada uno de nosotros ha sido preordenado para cierta obra como siervo elegido [de Dios] en quien Él ha creído conveniente conferir el sacerdocio y el poder de actuar en Su nombre. Siempre tengan presente que la gente acude a ustedes en busca de dirección; y ustedes están influyendo en la vida de las personas, ya sea para bien o para mal, y esa influencia se hará sentir en las generaciones venideras”5.

    Nos sentimos fortalecidos por la verdad de que la fuerza más grande en el mundo hoy día es el poder de Dios que se manifiesta por medio del hombre. Para navegar a salvo por los mares de la vida terrenal, necesitamos la guía del Marinero Eterno, sí, el gran Jehová. Extendemos los brazos hacia lo alto para obtener la ayuda de los cielos.

    Un conocido ejemplo de alguien que no se dirigió hacia lo alto es el de Caín, hijo de Adán y de Eva. Caín, que fue grande en potencial pero débil de voluntad, permitió que la codicia, la envidia, la desobediencia e incluso el asesinato atascara ese timón personal que lo habría guiado a la seguridad y a la exaltación. La mirada hacia abajo reemplazó la mirada hacia lo alto, y Caín cayó.

    En otra época, un rey inicuo puso a prueba a un siervo de Dios. Con la ayuda de la inspiración de los cielos, Daniel, hijo de David, interpretó para el rey la escritura sobre la pared. En cuanto a las recompensas que le ofrecieron —incluso una vestidura real, un collar de oro y poder político— Daniel dijo: “Tus presentes sean para ti, y da tus recompensas a otro”6. A Daniel se le habían ofrecido grandes riquezas y poder, recompensas que representaban las cosas del mundo y no las de Dios. Daniel se abstuvo y permaneció fiel.

    Más tarde, cuando Daniel adoró a Dios a pesar del decreto de que tal cosa se prohibía, fue echado al foso de los leones. El relato bíblico cuenta que a la mañana siguiente, “fue Daniel sacado del foso, y ninguna lesión se halló en él, porque había confiado en su Dios”7. En un momento de gran necesidad, la determinación de Daniel de mantener un curso constante brindó protección divina y proporcionó un santuario de seguridad. Nosotros podemos tener esa misma protección al mantener un rumbo invariable hacia nuestro hogar eterno.

    El reloj de la historia, como los gránulos de un reloj de arena, marca el paso del tiempo. Un nuevo elenco ocupa el escenario de la vida. Los problemas de nuestra época se tornan amenazantes ante nosotros. A lo largo de la historia del mundo, Satanás se ha esforzado incansablemente por destruir a los seguidores del Salvador. Si cedemos ante sus tentaciones, nosotros, al igual que el poderoso Bismarck perderemos ese timón que nos puede guiar a un lugar seguro. En vez de ello, rodeados por los atractivos de la vida moderna, miramos hacia el cielo en busca de ese indefectible sentido de dirección para poder trazar y seguir el rumbo acertado. Nuestro Padre Celestial no dejará nuestra sincera súplica sin respuesta. Al procurar la ayuda divina, y a diferencia del Bismarck, nuestro timón no fallará.

    Al dar comienzo a nuestras travesías personales, ruego que naveguemos seguros por los mares de la vida. Que tengamos el valor de Daniel, que podamos permanecer firmes y fieles a pesar del pecado y de la tentación que nos rodean; que nuestros testimonios sean tan profundos y fuertes como el de Jacob, el hermano de Nefi, que, al enfrentarse con alguien que hizo todo lo posible por destruirle la fe, declaró: “…yo no podía ser descarriado”8.

    Hermanos, con el timón de la fe guiando nuestro camino, nosotros también encontraremos el rumbo seguro a casa, el hogar de Dios, para morar con Él eternamente. Ruego que sea así para cada uno de nosotros, lo ruego en el sagrado nombre de Jesucristo, nuestro Salvador y Redentor. Amén.