Hijas de Dios bajo convenio
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    Hijas de Dios bajo convenio

    Cuando las hijas de Dios se concentran en el templo y en sus convenios sagrados, Dios puede enviar bendiciones en forma personal y poderosa.

    Queridas hermanas, las saludo con mucho amor. Dondequiera que estén en este momento, espero que sientan el amor del Señor por ustedes personalmente y que el Espíritu testifique a su corazón el mensaje que acaba de cantar este hermoso coro. Agrego mi testimonio al de ellas: Yo sé que vive mi Señor y que nos ama a cada una de nosotras.

    Esta noche nos reunimos como hijas de Dios bajo convenio. Nuestra edad, circunstancias y personalidades no nos pueden separar, porque ante todo somos Suyas y hemos hecho convenio de recordar siempre a Su Hijo.

    El poder de ese convenio individual me tocó el corazón hace unas tres semanas, cuando asistí a un servicio bautismal. Ante mí había ocho niños hermosos sentados en reverente expectativa porque al fin había llegado su día especial. Pero al contemplar sus rostros felices, no vi sólo a un grupo de niños, sino que los vi como pienso que el Señor los vería: en forma individual. Vi a Emma, a Sophia y a Ian, a Logan y a Aden, a William, a Sophie y a Micah. Cada convenio bautismal se realiza uno a la vez. Cada uno, vestido de blanco, estaba listo y dispuesto con todo el deseo que se tiene a los ocho años para hacer su primer convenio con Dios.

    Reflexionen en el día de su propio bautismo. Ya sea que recuerden muchos detalles o sólo unos pocos, traten de sentir ahora la importancia del convenio que hicieron individualmente. Se las llamó por su nombre, se las sumergió en el agua, y salieron como hijas de Dios, hijas del convenio dispuestas a llevar el nombre de Su Hijo, con la promesa de seguirle y de guardar Sus mandamientos.

    Los convenios con Dios nos ayudan a saber quiénes somos en verdad. Nos conectan con Él de manera personal mediante los cuales podemos sentir lo que valemos para Él y nuestro lugar en Su reino. De una forma que no podemos comprender plenamente, Él nos conoce y nos ama individualmente. Piensen en eso: cada una de nosotras tiene un lugar en Su corazón. Él desea que elijamos el sendero que nos lleve de regreso a Su lado.

    A pesar de lo esencial y significativo que es el convenio del bautismo, es sólo el comienzo: es la puerta que nos coloca en el sendero hacia la vida eterna. Más adelante en nuestra trayectoria se harán convenios en el templo y se recibirán ordenanzas del sacerdocio. Tal como nos recuerda el élder David A. Bednar: “Al estar en las aguas del bautismo, tornamos nuestra vista hacia el templo”1.

    No sólo al hacer convenios sino también al guardarlos fielmente nos preparamos para recibir la vida eterna; ésa es nuestra esperanza, nuestra meta y nuestro gozo.

    Fui testigo del poder de los convenios al observar a mis padres rectos que amaban y vivían el Evangelio. En mi amorosa madre tuve el privilegio de ver claramente las decisiones diarias de una hija de Dios bajo convenio. Aun cuando era niña, sus elecciones reflejaban sus prioridades y la identificaban como verdadera discípula de Jesucristo. He visto la paz, el poder y la protección que tuvo en su vida al hacer y guardar convenios sagrados en su viaje. Su vida en esta tierra reflejó su amor por el Salvador y su deseo de seguirlo. ¡Cuánto deseo seguir el ejemplo de ella!

    El matrimonio de mis padres comenzó de manera inusual. En 1936, tenían una seria relación de noviazgo y pensaban casarse cuando mi padre recibió una carta invitándolo a servir como misionero de tiempo completo en Sudáfrica. En la carta decía que si él era digno y estaba dispuesto a servir, debía comunicarse con su obispo. Como ven, ¡el proceso de llamar a un misionero a prestar servicio era muy diferente en esos días! Papá le enseñó la carta a su novia, Helen, y sin dudar decidieron que él prestaría servicio.

    Por dos semanas antes de que él partiera, mi mamá se reunió con mi papá diariamente en Memory Grove, cerca del centro de Salt Lake City, para almorzar. Un día, habiendo consultado al Señor mediante el ayuno y la oración, mamá le dijo a su querido Claron que si él quería, ella se casaría con él antes de que se fuera. En esos días, a veces se llamaba a los hombres al servicio misional y dejaban a su esposa y familias en casa. Y así fue con ellos. Con la aprobación de sus líderes del sacerdocio, decidieron casarse antes de que él se fuera a la misión.

    Mamá recibió su investidura en el Templo de Salt Lake, y el presidente David O. McKay los selló por esta vida y por la eternidad. Fue un comienzo humilde. No hubo fotografías ni un hermoso vestido de novia, ni flores ni recepción para celebrar la ocasión. Su claro enfoque era el templo y sus convenios. Para ellos, los convenios lo eran todo. Después de sólo seis días de casados y una triste despedida, mi padre partió hacia Sudáfrica.

    Pero su matrimonio era mucho más que el profundo amor que se tenían. También amaban al Señor y deseaban servirle. Los sagrados convenios del templo que habían hecho les dieron la fuerza y el poder para sostenerlos durante los dos años de separación. Tenían una perspectiva eterna del propósito de la vida y de las bendiciones prometidas que vienen a los que son fieles a sus convenios. Todas esas bendiciones trascendían su sacrificio y separación de corto plazo.

    Aunque ciertamente no fue una forma fácil de comenzar la vida de casados, fue la manera ideal de establecer los cimientos de una familia eterna. Los hijos que llegaron sabíamos lo que era más importante para ellos: su amor por el Señor y su firme compromiso de guardar los convenios que habían hecho. Aunque mis padres han fallecido, su modelo de rectitud sigue bendiciendo a nuestra familia.

    El ejemplo de su vida se refleja en las palabras de la hermana Linda K. Burton: “La mejor manera de fortalecer un hogar, actual o futuro, es guardar los convenios”2.

    Su temporada de dificultades y pruebas no había terminado. Tres años después del regreso de papá de la misión, la Segunda Guerra Mundial estaba en auge, y él, al igual que muchos otros, se alistó en el ejército. Estuvo lejos de casa cuatro años más mientras servía en la marina, en barcos de guerra en el Pacífico.

    Fue una época difícil para estar separados otra vez. Pero para mi madre, esos días de soledad, preocupación e incertidumbre también fueron llenos de susurros del Espíritu que le hablaban de promesas eternas, de consuelo y de paz en medio de la tormenta.

    A pesar de sus desafíos, mi madre vivió una vida plena de felicidad, gozo, amor y servicio. Su amor por el Salvador se reflejaba en la forma en que vivía. Tenía una conexión admirable con el cielo, y el don y la capacidad de amar y bendecir a todos los que la rodeaban. Su fe en Dios y su esperanza en Sus promesas se reflejan en las palabras del presidente Thomas S. Monson sobre el templo cuando dijo: “…ningún sacrificio es demasiado grande, ningún precio demasiado caro ni ningún esfuerzo demasiado difícil para recibir esas bendiciones”3.

    En todas las épocas de su vida, mi madre fue fortalecida y bendecida por su amor por el Señor y por los convenios que hizo y guardó fielmente.

    Sin duda los detalles de la historia de ustedes serán diferentes de los de ella, pero los principios de su vida se aplican a todas nosotras. Cuando las hijas de Dios se concentran en el templo y en sus convenios sagrados, Dios puede enviar bendiciones en forma personal y poderosa. Como lo fue el ejemplo de mi madre para mí, la decisión de ustedes de creer y de guardar convenios será un legado de fe para los que las sigan. Entonces, queridas hermanas, ¿cómo podemos acceder al poder y a las bendiciones de los convenios del templo? ¿Qué podemos hacer ahora para prepararnos para esas bendiciones?

    En mis viajes, he visto que hay hermanas de todas las edades, en todas las circunstancias, cuya vida brinda respuestas a esas preguntas.

    Conocí a Mary poco después de su octavo cumpleaños. Como muchas personas, está entusiasmada haciendo historia familiar y ha contribuido con más de mil nombres para la obra del templo. Se está preparando ahora para la bendición de ir al templo cuando tenga doce años.

    Brianna tiene trece años, le encanta hacer la obra del templo y de historia familiar y aceptó el desafío del élder Neil L. Andersen4 respecto al templo. Ha preparado cientos de nombres para la obra del templo y ella, junto con sus familiares y amigos han hecho los bautismos. En esa obra sagrada, el corazón de Brianna se ha vuelto no sólo a sus padres terrenales, sino también a su Padre Celestial.

    Aunque Anfissa es una joven adulta muy ocupada con el trabajo y los estudios superiores, se toma el tiempo para ir al templo cada semana. Busca revelación y encuentra paz al servir en la Casa del Señor.

    Katya, una querida hermana de Ucrania, ama profundamente el templo. Antes de construirse el Templo de Kiev, ella y otros miembros de su rama hacían el sacrificio de viajar 36 horas en autobús para asistir al templo una vez al año en Alemania. Al viajar, esos santos dedicados oraban, estudiaban las Escrituras, cantaban himnos y estudiaban el Evangelio. Katya me dijo: “Cuando finalmente llegábamos al templo, estábamos preparados para recibir lo que el Señor tenía para darnos”.

    Si hemos de recibir todas las bendiciones que Dios nos ofrece tan generosamente, nuestro sendero terrenal debe llegar al templo. Los templos son una expresión del amor de Dios. Él nos invita a todos a venir, a aprender de Él, a sentir Su amor, y a recibir las ordenanzas del sacerdocio necesarias para tener la vida eterna con Él. Cada convenio se hace uno a la vez. Al Señor le importa todo potente cambio de corazón, y el suyo tendrá un gran efecto en ustedes. Que al ir a Su santa casa seamos “…armados con [Su] poder… [Su] nombre sobre [nosotros]… [que nos rodee Su] gloria, y [Sus] ángeles [nos] guarden”5.

    Les expreso mi testimonio seguro de que nuestro amoroso Padre Celestial vive. Es mediante Su Amado Hijo, Jesucristo, que se cumple toda esperanza, toda promesa y toda bendición del templo. Que tengamos la fe para confiar en Él y en Sus convenios; lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.