Acerquémonos al trono de Dios con confianza
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    Acerquémonos al trono de Dios con confianza

    Al aplicar la expiación de Jesucristo pueden empezar a incrementar su confianza espiritual hoy mismo, si están dispuestos a escuchar y a actuar.

    En una escala del 1 al 10, ¿cómo calificarían su confianza espiritual ante Dios? ¿Tienen un testimonio personal de que su ofrenda actual como Santo de los Últimos Días es suficiente para heredar la vida eterna? ¿Sienten en su interior que nuestro Padre Celestial está complacido con ustedes? ¿En qué pensarían si fueran a tener una entrevista personal con su Salvador en menos de un minuto? ¿Los pecados, las lamentaciones y las imperfecciones dominarían la imagen que tienen de sí mismos o simplemente sentirían una expectativa gozosa? ¿Lo mirarían a los ojos o evitarían mirarlo? ¿Se quedarían en la puerta o se acercarían a Él?

    Siempre que el adversario no logra persuadir a santos que son imperfectos, pero que se están esforzando, como ustedes, a abandonar su creencia en un Dios personal y amoroso, inicia una campaña depravada para distanciarlos lo más que pueda de Dios. El adversario sabe que la fe en Cristo, la clase de fe que genera un flujo constante de tiernas misericordias y de milagros poderosos, va de la mano con la seguridad personal de que se están esforzando por escoger lo correcto. Debido a ello, procurará tener acceso a su corazón para decirles mentiras: que nuestro Padre Celestial está decepcionado de ustedes, que la Expiación está más allá de su alcance, que no merece la pena ni siquiera intentarlo, que todos los demás son mejores que ustedes, que son indignos, y miles de variaciones de ese mismo tema perverso.

    Mientras permitan que esas voces erosionen su alma, no podrán aproximarse al trono de Dios con verdadera confianza; no importa lo que hagan, ni aquello por lo que oren ni las esperanzas que tengan depositadas en un milagro; siempre habrá una dosis suficiente de vacilación personal erosionando su fe; y no sólo su fe en Dios, sino también la confianza en sí mismos. No es agradable vivir el Evangelio de esa manera, ni tampoco es saludable; pero, por encima de todo, ¡es totalmente innecesario! La decisión de cambiar es de ustedes y de nadie más.

    Quisiera compartir seis sugerencias prácticas que, si se aplican, disiparán esas voces perversas y restaurarán la clase de certeza apacible y de confianza espiritual que pueden tener, si tan sólo la desean. Sin importar la calificación que se concedieron en esa escala del 1 al 10, al aplicar la expiación de Jesucristo pueden empezar a incrementar su confianza espiritual hoy mismo, si están dispuestos a escuchar y a actuar. Les hablaré con audacia; pero mi intención es edificar y no ofender.

    1. Asuman la responsabilidad de su propio bienestar espiritual. Dejen de culpar a los demás o a sus circunstancias, dejen de justificarse y dejen de poner excusas a por qué no se están esforzando plenamente por ser obedientes. Acepten que son “libres según la carne” y “libres para escoger la libertad y la vida eterna” (2 Nefi 2:27). El Señor conoce sus circunstancias a la perfección; pero también sabe perfectamente bien si simplemente han decidido no vivir el Evangelio en su plenitud. Si tal fuera el caso, sean lo suficientemente sinceros para admitirlo y esfuércense por ser perfectos en su propia esfera de circunstancias. La confianza espiritual aumenta cuando asumen la responsabilidad de su propio bienestar espiritual y aplican la expiación de Jesucristo a diario.

    2. Asuman la responsabilidad de su propio bienestar físico. Su alma consta de su cuerpo y de su espíritu (véase D. y C. 88:15). Nutrir el espíritu mientras se desatiende el cuerpo, el cual es un templo, por lo general deriva en una disonancia espiritual y poca autoestima. Si no están en forma, si no están cómodos con su cuerpo y pueden hacer algo al respecto, ¡háganlo! El élder Russell M. Nelson ha enseñado que debemos “[considerar] nuestro propio cuerpo como un templo que nos pertenece” y que debemos “[controlar] nuestra dieta, además de hacer ejercicio para tener un buen estado físico” (“Somos hijos de Dios”, Liahona, enero de 1999, pág. 103).

    El presidente Boyd K. Packer ha enseñado “que el espíritu y el cuerpo están relacionados de tal manera que el cuerpo se convierte en un instrumento de la mente y en el cimiento del carácter” (“The Instrument of Your Mind and the Foundation of Your Character” [Devocional del Sistema Educativo de la Iglesia, 2 de febrero de 2003], pág. 2, speeches.byu.edu). Por tanto, tengan buen juicio en cuanto a lo que comen y a cuánto comen; y den al cuerpo con regularidad el ejercicio que precisa y que se merece. Si son físicamente capaces, decidan hoy mismo ser el dueño de su propia casa e inicien un programa de ejercicio a largo plazo y habitual, adecuado a sus posibilidades y combinado con una dieta más sana. La confianza espiritual aumenta cuando su espíritu, con la ayuda del Salvador, está verdaderamente al mando de su hombre natural.

    3. Adopten de manera voluntaria la obediencia incondicional como parte de la vida. Admitan que no pueden amar a Dios sin amar Sus mandamientos. La norma del Salvador es clara y simple: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15). La obediencia selectiva brinda bendiciones selectivas, y escoger algo malo en vez de algo peor sigue siendo una mala elección. No es posible ver una película mala y esperar sentirse virtuosos porque no vieron una muy mala. La observancia fiel de algunos mandamientos no justifica la negligencia de los demás. Abraham Lincoln dijo acertadamente: “Cuando hago algo bueno, me siento bien. Cuando hago algo malo, me siento mal” (William H. Herndon y Jesse William Weik en Herndon’s Lincoln: The True Story of a Great Life, 3 tomos, 1889, Tomo III, pág. 439).

    Además, hagan lo correcto por las razones correctas. El Señor, que “requiere el corazón y una mente bien dispuesta” (D. y C. 64:34) y que “discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (D. y C. 33:1), conoce los motivos por los que ustedes van a la Iglesia, ya sea que sólo estén presentes físicamente o verdaderamente adorando. El domingo no pueden cantar “Adiós, oh Babilonia; vamos ya a marchar” y minutos más tarde procurar o tolerar su compañía (“Oh élderes de Israel”, Himnos, Nº 209). Recuerden que la informalidad en asuntos espirituales jamás fue felicidad. Hagan de la Iglesia y del Evangelio restaurado toda su vida y no sólo una parte de su vida externa o social. Escoger hoy a quien servir son palabras que se lleva el viento si no vivimos de acuerdo con ellas (véase Josué 24:15). ¡La confianza espiritual aumenta cuando se esfuerzan verdaderamente, y por las razones correctas, por vivir una vida consagrada a pesar de sus imperfecciones!

    4. Lleguen a dominar la habilidad de arrepentirse rápida y plenamente. Dado que la expiación de Jesucristo es eminentemente práctica, deberían aplicarla con generosidad 24 horas al día, siete días a la semana; pues nunca se agota. Acepten la expiación de Jesucristo y el arrepentimiento como cosas que se deben apreciar y poner en práctica siguiendo las indicaciones del Gran Médico. Establezcan una actitud de arrepentimiento gozoso, feliz y continuo al hacer que sea un estilo de vida de su elección. Al hacerlo, cuídense de la tentación de posponerlo y no esperen que el mundo los aliente. Mantengan la vista en el Salvador; preocúpense más de lo que Él piense de ustedes y dejen que lleguen las consecuencias. La confianza espiritual aumenta cuando, haciendo uso de la expiación de Jesucristo, nos arrepentimos, tanto de los pecados pequeños como grandes, de manera voluntaria y gozosa, apenas ocurren.

    5. Lleguen a dominar la habilidad de perdonar. “Yo, el Señor, perdonaré a quien sea mi voluntad perdonar, mas a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres” (D. y C. 64:10). Perdonen a todos; perdónenlo todo, todo el tiempo, o al menos esfuércense por hacerlo, permitiendo así que el perdón acceda a su vida. No guarden rencor, no se ofendan fácilmente, perdonen y olviden con rapidez, y jamás piensen que están exentos de cumplir ese mandamiento. La confianza espiritual aumenta cuando somos conscientes de que el Señor sabe que no tenemos malos sentimientos hacia ninguna otra alma.

    6. Acepten las pruebas, los reveses y las “sorpresas” como parte de la experiencia terrenal. Recuerden que están aquí para ser probados, “para ver si [harán] todas las cosas que el Señor [su] Dios [les] mandare” (Abraham 3:25); y permítanme agregar: “en toda circunstancia”. Millones de sus hermanos y hermanas han sido y están siendo probados de esta manera, ¿por qué no habrían de serlo ustedes? Algunas pruebas son fruto de nuestra desobediencia o negligencia; otras son causadas por la negligencia de los demás o simplemente porque éste es un mundo caído. Cuando llegan las pruebas, los secuaces del adversario empiezan a anunciar que ustedes han cometido un error, que es un castigo, una señal de que su Padre Celestial no los ama. ¡Ignórenlo! En cambio, oblíguense a sonreír, alcen la vista al cielo y digan: “Lo entiendo, Señor. Sé lo que es esto: un tiempo para demostrar que puedo hacerlo, ¿verdad?”. Entonces, únanse a Él a fin de sobrellevarlo hasta el fin. La confianza espiritual aumenta cuando aceptamos que “a menudo se permite que las pruebas y las tribulaciones se presenten en [su] vida a causa de lo que [están] haciendo bien” (Glenn L. Pace, “Crying with the Saints”, [devocional de la Universidad Brigham Young, 13 de diciembre de 1987], pág. 2; speeches.byu.edu).

    Mientras presidía la Misión Ucrania Kiev, en cierta ocasión le pregunté a una de las misioneras más fieles por qué era tan dura consigo misma, por qué siempre se castigaba hasta por las cosas más pequeñas. Su respuesta fue un ejemplo clásico de alguien que hace caso a la voz equivocada: “Para que nadie me gane a hacerlo”.

    Hermanos y hermanas, el consejo que le di a aquella hermana es el mismo que le doy a ustedes: reconozcan y afronten sus debilidades, pero no permitan que éstas los inmovilicen, ya que algunas de ellas los acompañarán hasta que partan de esta vida. No importa cuál sea su estado actual, en el mismo instante en que escojan voluntariamente el arrepentimiento sincero, gozoso y diario al esforzarse sencillamente por ser y dar lo mejor de sí mismos, la expiación del Salvador los envolverá y acompañará dondequiera que vayan. Al vivir de esa manera, pueden verdaderamente “[retener] la remisión de [sus] pecados” (Mosíah 4:12) cada hora de cada día, cada segundo de cada minuto, y ser totalmente limpios y aceptables ante Dios todo el tiempo.

    Ustedes tienen el privilegio, si lo desean, de saber por sí mismos, hoy o en breve, que Dios está complacido con ustedes a pesar de sus limitaciones. Testifico de un Salvador amoroso que espera que vivamos los mandamientos. Testifico de un Salvador amoroso que está ansioso por conceder Su gracia y Su misericordia. Testifico de un Salvador amoroso que se regocija cuando aplicamos Su expiación diariamente con la serena y feliz certeza de que estamos orientados en la dirección correcta. Testifico de un Salvador amoroso que está ansioso por que la confianza de ustedes se fortalezca en la presencia de Dios (D. y C. 121:45). En el nombre de Jesucristo. Amén.