Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia
El gran plan de vida y salvación
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Capítulo 17

El gran plan de vida y salvación

Nuestro Padre Celestial ha proporcionado un plan para que Sus hijos e hijas lleguen a ser como Jesucristo y disfruten de la exaltación.

De la vida de Joseph F. Smith

En 1874, poco después de su llegada a Inglaterra para presidir la Misión Europea y en el día en que cumplió treinta y seis años de edad, Joseph F. Smith escribió en su diario personal:

“El día era frío, gris y deprimente, un aniversario adecuado del día tenebroso y angustioso de mi nacimiento cuando mi padre [Hyrum] y su hermano [José] fueron encerrados en un calabozo por causa del Evangelio y los santos eran desalojados de sus casas en Misuri por despiadados populachos. La luz radiante de mi alma nunca ha disipado del todo las tenebrosas sombras de la amenazadora oscuridad de aquellos días en los que ocurrieron tantas cosas.

“No obstante, la misericordiosa mano de Dios y sus benévolas providencias siempre han estado visiblemente extendidas hacia mí, incluso desde mi niñez, y mis días se vuelven mejores por medio de la humildad y la búsqueda de la sabiduría y la felicidad en el reino de Dios. Los objetivos de mi vida se hacen más evidentes a medida que pasa el tiempo y que gano experiencia. Dichos objetivos son la proclamación del Evangelio, o sea, el establecimiento del reino de Dios sobre la tierra, la salvación de las almas y, lo que es más importante para mí, la salvación de mí mismo y de mi familia1.

Con conocimiento y convicción, el presidente Joseph F. Smith enseñó el eterno plan de salvación de nuestro Padre Celestial y testificó de él. “No hay nada debajo de los cielos”, dijo, “que sea tan importante para mí y para los hijos de los hombres que el plan de vida y salvación”2.

Enseñanzas de Joseph F. Smith

Nuestro Padre Celestial diseñó el plan de salvación a fin de que fuésemos exaltados.

El Señor Todopoderoso vive; Él hizo el cielo y la tierra, y las fuentes de las aguas, y nosotros somos Sus hijos, Su progenie, y no estamos aquí por casualidad. El Señor diseñó nuestra venida y la finalidad de nuestro ser. Él tiene por objeto que cumplamos nuestra misión, que lleguemos a ser conformes a la imagen y semejanza de Jesucristo para que, al igual que Él, seamos sin pecado para la salvación; para que, del mismo modo que Él, seamos llenos de inteligencia pura y, como Él, seamos exaltados a la diestra del Padre, para ocupar tronos y tener dominio y poder en la esfera en la que se nos llame a actuar. Testifico de esta doctrina, porque el Señor me ha hecho conocer y sentir la verdad de ella, desde la coronilla de mi cabeza hasta la planta de mis pies3.

En la vida venidera se hará responsable al hombre de las obras que haya hecho en esta vida y tendrá que responder por las mayordomías que se le hayan confiado aquí ante el Juez de vivos y muertos, el Padre de nuestros espíritus, y de nuestro Señor y Maestro. Ése es el designio de Dios, parte de Su gran objetivo. No estamos aquí para vivir unos cuantos meses o años, para comer, beber, dormir y después morir, desaparecer y perecer. El Señor Todopoderoso nunca tuvo por objeto que el hombre fuese tan efímero, inútil e imperfecto4.

Si antes de venir [a la tierra] no hubiésemos sabido de la necesidad de venir aquí, de la importancia de obtener un cuerpo, de la gloria que habría de alcanzarse en la posteridad, del gran objetivo que habríamos de alcanzar al ser probados, pesados en la balanza, en el ejercicio de los atributos divinos, en los poderes semejantes a los de Dios, y en el libre albedrío con que se nos ha dotado, mediante los cuales, después de descender debajo de todo, a semejanza de Cristo, podríamos ascender sobre todas las cosas [véase D. y C. 88:6] y llegar a ser como nuestro Padre, como nuestra Madre y como nuestro Hermano Mayor, todopoderosos y eternos, nunca habríamos venido5.

No hay nada debajo de los cielos que sea tan importante para mí y para los hijos de los hombres que el plan de vida y salvación que en los cielos se diseñó en el principio, el cual se ha transmitido de época en época, mediante la inspiración de varones santos llamados por Dios, hasta la venida del Hijo del Hombre, porque este Evangelio y este plan de salvación fueron revelados a nuestros primeros padres. El ángel de Dios les comunicó el plan de redención y de salvación de la muerte y del pecado, el cual ha sido revelado de tiempo en tiempo por autoridad divina a los hijos de los hombres y en el que no ha habido cambio. En el principio no había nada en él que fuese superfluo o innecesario; no había nada en él de que se pudiera prescindir; era un plan completo, diseñado en el principio por la sabiduría del Padre y de los seres santos para la redención de la raza humana y para la salvación y la exaltación de ésta en la presencia de Dios… A lo largo de todas las generaciones del tiempo, desde la época de la Creación, se han transmitido, de cuando en cuando, el mismo Evangelio, el mismo plan de vida y salvación, las mismas ordenanzas, el ser sepultados con Cristo, el recuerdo del gran sacrificio que se habría de ofrecer por los pecados del mundo y para la redención del hombre6.

Es el plan de vida lo que el Todopoderoso ha restaurado a los hombres en los últimos días para la salvación de sus almas, no sólo en el mundo venidero, sino en nuestra vida actual, porque el Señor ha instituido Su obra a fin de que los de Su pueblo disfruten al máximo de las bendiciones de esta vida; para que sean salvos en esta vida presente, así como en la venidera, a fin de que establezcan aquí el fundamento para hacerse inmunes al pecado y a todos los efectos y las consecuencias de éste, y obtengan una herencia en el reino de Dios al salir de este valle de lágrimas. El Evangelio de Jesucristo es el poder de Dios para salvación7.

Dios habló a Su siervo José Smith y se manifestó a él; no sólo el Padre, sino también el Hijo. Ellos se manifestaron a él y le dieron mandamientos y Su ley, Su Evangelio y Su plan de vida eterna… Este plan contemplaba no sólo la salvación del pecado y de los efectos del pecado en esta vida y en la vida venidera, sino la exaltación, la gloria, el poder y dominio que recibirían los hijos de Dios por medio de su obediencia a las leyes y a los principios del Evangelio8.

Vinimos a la tierra a prepararnos para la vida eterna.

El propósito de nuestra existencia terrenal es recibir una plenitud de gozo y llegar a ser hijos e hijas de Dios en todo el sentido de la palabra, siendo herederos de Dios y coherederos con Jesucristo [véase Romanos 8:14–17], para ser reyes y sacerdotes para Dios y heredar gloria, dominio, exaltación, tronos y todo poder y atributo que nuestro Padre Celestial ha obtenido y posee. Éste es el objetivo de nuestra existencia sobre esta tierra. A fin de alcanzar ese lugar exaltado, es preciso que pasemos por esta experiencia terrenal o probación, por medio de la cual podremos mostrar que somos dignos, mediante la ayuda de Jesús, nuestro Hermano Mayor9.

El objetivo por el cual estamos aquí es hacer la voluntad del Padre como se hace en el cielo, labrar la rectitud en la tierra, dominar la iniquidad y ponerla bajo nuestros pies, conquistar el pecado y al adversario de nuestras almas, elevarnos por encima de las imperfecciones y de las debilidades de la pobre humanidad caída por medio de la inspiración de Dios Todopoderoso y de Su poder que se ha manifestado, y así llegar a ser verdaderamente los santos y los siervos del Señor en la tierra10.

Todos vamos a morir; pero, ¿es eso el fin de nuestra existencia? Si existimos antes de venir, ciertamente continuaremos esa existencia al salir de aquí. El espíritu seguirá existiendo como antes, con las ventajas adicionales de haber pasado por esta probación. Es absolutamente necesario que vengamos a la tierra y tomemos un cuerpo sobre nosotros, porque sin el cuerpo no podríamos ser como Dios o como Jesucristo… Estamos destinados a levantarnos del sepulcro como lo hizo Jesús y obtener un cuerpo inmortal como el Suyo llegó a ser, para que el espíritu y el cuerpo se unan y se conviertan en un ser viviente, indivisible, inseparable y eterno11.

Espero con anhelo el momento en que habré dejado atrás esta etapa de existencia. Allá se me permitirá disfrutar más plenamente de todos los dones y de toda bendición que han contribuido a mi felicidad en este mundo: todo. No creo que en el más allá se me negará cosa alguna que haya tenido como finalidad brindarme regocijo o hacerme feliz, ello es, siempre que yo siga fiel; de no ser así, mi gozo no podría ser completo… Me refiero a la felicidad que se experimenta cuando se procura hacer la voluntad de Dios en la tierra como se hace en el cielo. Esperamos tener a nuestras esposas y esposos en la eternidad. Esperamos que nuestros hijos nos reconozcan como sus padres y madres en la eternidad. Eso es lo que espero; no busco nada más. Sin eso no podría ser feliz12.

Los principios del Evangelio que el Señor ha revelado en estos días nos conducirán a la vida eterna. Eso es lo que buscamos; por eso fuimos creados y por eso fue creada la tierra. Estamos aquí para poder vencer toda insensatez y prepararnos para la vida eterna en el futuro…

Entonces, seamos fieles y humildes; vivamos la religión de Cristo, desechemos nuestras necedades, los pecados y las debilidades de la carne y alleguémonos a Dios y a Su verdad con todo el corazón y con la absoluta determinación de pelear la buena batalla de la fe y seguir firmes hasta el fin13.

Uno de los principales objetivos de nuestra existencia es llegar a conformarnos a la imagen y semejanza de Jesucristo.

Creo que nuestro Salvador es el ejemplo viviente para toda carne… Se nos ha mandado hacer las obras que Él hizo. Se nos ha mandado seguirle del mismo modo que Él siguió al que le era por Cabeza, para que donde Él esté también nosotros podamos estar y para que, al estar con Él, seamos como Él14.

Lo más importante que debemos tener en cuenta no es cuánto tiempo viviremos sino cuán bien aprenderemos la lección de la vida y cumpliremos con nuestros deberes y obligaciones para con Dios y los unos para con los otros. Uno de los objetivos principales de nuestra existencia es que podamos llegar a conformarnos a la imagen y semejanza de Aquel que estuvo en la carne sin tacha: ¡irreprochable, puro y sin mancha! Cristo no sólo vino a expiar los pecados del mundo, sino a dar el ejemplo ante todos los hombres y a establecer la norma de la perfección de Dios, de la ley de Dios y de la obediencia al Padre15.

Ninguna doctrina ha sido tan perfecta como la de Jesús… Él nos ha revelado el camino de la salvación desde el principio y por todos los senderos tortuosos de esta vida hasta la exaltación y gloria interminables en Su reino y hasta una vida nueva en ese reino…

Verdaderamente feliz es el hombre que puede recibir este testimonio que satisface el alma y sentirse tranquilo y no buscar otros caminos hacia la paz sino el de las enseñanzas de Jesucristo. Su Evangelio nos enseña a amar a nuestros semejantes, a tratar a los demás como quisiéramos que los demás nos tratasen a nosotros, a ser justos, a ser misericordiosos, a perdonar y a efectuar todo acto bueno que tenga por objeto elevar el alma del hombre…

…“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” [Mateo 11:28], es la invitación del Señor a todos los hijos e hijas de los hombres16.

Cristo es el gran ejemplo para toda la humanidad, y creo que los del género humano fueron preordenados para llegar a ser como Él, del mismo modo en que Él fue preordenado para ser el Redentor del hombre… Somos… físicamente hechos a imagen de Dios, y podemos llegar a ser como Él espiritualmente, y al igual que Él, podemos llegar a poseer conocimiento, inteligencia, sabiduría y poder.

El gran objetivo de nuestra venida a esta tierra es llegar a ser como Cristo, porque si no somos como Él, no podemos llegar a ser hijos de Dios ni coherederos con Cristo17.

Sigamos al Hijo de Dios. Hagamos de Él nuestro ejemplo y nuestra guía. Imitémosle. Hagamos Su obra. Lleguemos a ser como Él hasta donde esté a nuestro alcance llegar a ser como Él, que fue perfecto y sin pecado18.

Tenemos la esperanza de alcanzar la vida eterna sólo por medio de Cristo y de nuestra obediencia a Su Evangelio.

No hay otro nombre dado debajo del cielo sino el de Jesucristo, por el cual pueden ustedes ser salvos y exaltados en el reino de Dios [véase 2 Nefi 31:21]19.

El hombre que pasa por esta probación y es fiel, y es redimido del pecado por la sangre de Cristo, mediante las ordenanzas del Evangelio, y logra la exaltación en el reino de Dios, no es menor sino mayor que los ángeles20.

Hemos entrado en el vínculo de ese convenio nuevo y sempiterno, habiendo acordado obedecer los mandamientos de Dios en todas las cosas que Él nos mande. Éste es un convenio sempiterno… Jamás veremos el día, en este tiempo ni en la eternidad, en que no sea obligatorio, en el que no sea un placer, así como un deber, para nosotros como hijos Suyos, obedecer todos los mandamientos del Señor por las interminables edades de la eternidad. Es de acuerdo con este principio que nos mantenemos en comunicación con Dios y que permanecemos en armonía con Sus propósitos. Únicamente de esta manera podremos consumar nuestra misión y obtener nuestra corona y el don de vida eterna, que es el mayor don de Dios. ¿Pueden imaginar alguna otra manera?21.

No hay salvación sino de la forma en que Dios lo ha indicado. No hay esperanza de vida sempiterna sino por medio de la obediencia a la ley que ha designado el Padre de la vida, en el cual “no hay mudanza ni sombra de variación [Santiago 1:17]; y no hay ninguna otra forma por la cual podamos obtener esa luz y exaltación. Estas cosas no tienen sombra de duda en mi mente; yo sé que son verdaderas22.

Toda bendición, todo privilegio, gloria o exaltación se logra únicamente por medio de la obediencia a la ley sobre la cual estas cosas se prometen. Si obedecemos la ley, recibiremos la recompensa, pero no podemos recibirla de ninguna otra manera23.

Incluso Cristo no fue perfecto en el principio; no recibió la plenitud al principio, sino que recibió gracia sobre gracia, y siguió recibiendo más y más hasta que recibió la plenitud [véase D. y C. 93:11–13]. ¿No ha de ser igual con los hijos de los hombres? ¿Es perfecto hombre alguno? ¿Ha recibido alguien la plenitud de una sola vez? ¿Hemos llegado al punto en el que podemos recibir la plenitud de Dios, de Su gloria y Su inteligencia? No; y, sin embargo, si Jesús, el Hijo de Dios y el Padre de los cielos y de la tierra sobre la cual moramos, no recibió la plenitud al principio sino que creció en fe, en conocimiento, en entendimiento y en gracia hasta que recibió la plenitud, ¿no será posible que todos los hombres que nacen de mujer reciban un poco aquí y un poco allí, línea por línea, precepto por precepto, hasta que reciban la plenitud como Él la ha recibido y sean exaltados con Él en la presencia del Padre?24.

Vivo por mi propia salvación ahora y en la vida venidera; después de mi propia salvación, viene la de mis hijos y la de sus amadas madres. Nada de lo que yo haga en el mundo que asegure este maravilloso fin podrá calificarse de sacrificio. Es una obra de amor, un objetivo de vida eterna y de plenitud de gozo. “…Rico es el que tiene la vida eterna” [D. y C. 6:7]25.

Sugerencias para el estudio

  • ¿Quién es el autor del plan de salvación? ¿En qué forma nos sirve este conocimiento durante nuestra vida terrenal?

  • ¿Cuáles son los propósitos de nuestra vida aquí, sobre la tierra? ¿En qué forma refleja ese conocimiento la vida de usted?

  • ¿Por qué revela el Señor el mismo plan de salvación en cada dispensación? ¿Cómo labra el plan del Evangelio nuestra salvación “no sólo en el mundo venidero, sino también en nuestra vida actual”?

  • ¿Por qué era necesario que cada uno de nosotros recibiera un cuerpo? (Véase D. y C. 93:33–34.) ¿Cómo podemos valernos de nuestro cuerpo para cumplir la voluntad de Dios?

  • ¿En qué forma es el Salvador nuestro “gran ejemplo”? ¿Qué debemos hacer para llegar a conformarnos a la imagen y semejanza de Cristo y llegar un día a ser como Él?

  • ¿Por qué el guardar los mandamientos de Dios es obligatorio en este tiempo y en la eternidad? ¿En qué forma puede la obediencia al Señor ser “un placer, así como un deber”?

  • ¿Qué significa recibir “gracia sobre gracia”? (Véase también D. y C. 93:12.) ¿En qué forma ha llegado usted a parecerse más al Salvador “recibiendo un poco aquí y un poco allí, línea por línea, precepto por precepto”?

  • ¿Por qué nada es un sacrificio si se realiza por nuestra propia salvación y por la salvación de los demás?

Notas

  1. “Joseph F. Smith’s diary”, 13 de noviembre de 1874, citado en Francis M. Gibbons, Joseph F. Smith: Patriarch and Preacher, Prophet of God, 1984, pág. 98.

  2. Gospel Doctrine, quinta edición, 1939, pág. 11.

  3. Gospel Doctrine, pág. 6.

  4. Gospel Doctrine, págs. 21–22.

  5. Gospel Doctrine, pág. 13.

  6. Gospel Doctrine, pág. 11.

  7. Gospel Doctrine, págs. 72–73.

  8. En “Conference Report”, octubre de 1909, pág. 3.

  9. Gospel Doctrine, pág. 439.

  10. Gospel Doctrine, pág. 249.

  11. Gospel Doctrine, págs. 32–33.

  12. Gospel Doctrine, pág. 65.

  13. Gospel Doctrine, pág. 85.

  14. Gospel Doctrine, pág. 13.

  15. Gospel Doctrine, pág. 270.

  16. Gospel Doctrine, págs. 127–128.

  17. Gospel Doctrine, pág. 18.

  18. Gospel Doctrine, pág. 180.

  19. Gospel Doctrine, pág. 3.

  20. Gospel Doctrine, pág. 18.

  21. Gospel Doctrine, pág. 210.

  22. Gospel Doctrine, pág. 503.

  23. Gospel Doctrine, pág. 441.

  24. Gospel Doctrine, pág. 68.

  25. Joseph F. Smith a uno de sus hijos, 1907, citado en Life of Joseph F. Smith, compilación por Joseph Fielding Smith, 1938, pág. 454.