El ministerio de Harold B. Lee
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    El ministerio de Harold B. Lee

    El siguiente relato de la vida del presidente Harold B. Lee, escrito por el entonces élder Gordon B. Hinckley cuando era miembro de Quórum de los Doce, fue publicado en el número de junio de 1973 de la revista Liahona (“El presidente Harold B. Lee: Un ensayo crítico”, págs. 2–10). Gracias a este artículo, los miembros de la Iglesia llegaron a conocer mejor al presidente Lee, que acababa de llegar a ser Presidente de la Iglesia.

    “La historia de Harold B. Lee, Presidente de la Iglesia puede relatarse en unas pocas líneas: Nació el 28 de marzo de 1899, en Clifton, Idaho, Estados Unidos, siendo sus padres Samuel Marion Lee y Louisa Emeline Bingham Lee, y fue uno de los seis hijos del matrimonio. Cursó sus primeros estudios en la escuela local, los continuó en la Academia Oneida, localizada en las cercanías de Preston; luego ingresó a la Escuela Normal estatal Albion, en Albion, Idaho, y posteriormente prosiguió sus estudios en la Universidad de Utah. Comenzó su carrera docente a los diecisiete años de edad, fue director de escuela a los dieciocho y después director de dos escuelas en el condado de Salt Lake, estado de Utah. Se casó con Fern Lucinda Tanner, el 14 de noviembre de 1923; ella murió el 24 de septiembre de 1962. Contrajo matrimonio con Freda Joan Jensen el 17 de junio de 1963.

    “Administró la Foundation Press Inc. (Imprenta Foundation, S. A.) desde 1928 hasta 1933. Fue miembro de la Junta Municipal de Salt Lake City desde 1933 hasta 1937, cuando fue nombrado director administrativo del programa de bienestar de la Iglesia. Fue llamado a ser miembro del Consejo de los Doce el 6 de abril de 1941, fue sostenido como Presidente del Consejo de los Doce y como primer consejero de la Primera Presidencia el 23 de enero de 1970, y fue ordenado y apartado como Presidente de la Iglesia el 7 de julio de 1972. “Tales son los eslabones principales que integran la cadena de su vida, pero ésta merece un relato más largo.

    “Comparado con otros pueblos y ciudades, el pueblito de Clifton es muy pequeño, y está fuera del camino principal. Mas, con el paso de los años, llegará a ser mejor conocido como la cuna del undécimo Presidente de la Iglesia.

    “Samuel Marion Lee, padre del presidente Lee, llegó a Clifton desde Panaca, otro pueblo rural que se encuentra en el sur del estado de Nevada. Su madre (la abuela del presidente Lee) había muerto cuando Samuel tenía ocho días de vida y el prematuro bebé era tan pequeño que se le podía pasar un anillo por la manita hasta el brazo; además tenían que alimentarlo con un cuentagotas. La hermana de su madre vivía en Clifton, y, a los 18 años, el muchacho se fue a vivir a ese pueblo con la familia de su tía.

    “Allí conoció a una joven de cabello y ojos oscuros, Louisa Bingham. Se casaron en el Templo de Logan. El lugar donde establecieron su hogar, al cual llegaron seis hijos, se encontraba ‘por el sendero, a unos cinco kilómetros al norte del almacén’. A propósito, el almacén era la única institución comercial del pueblo. El sendero era el camino de tierra, polvoriento en verano, obstruido por la nieve en invierno y cubierto de barro en primavera y en otoño…

    “Allí, descalzo y vestido de overol (trajecito de una pieza), creció Harold, un niño más entre los niños campesinos. Allí iban a nadar al Estanque Dudley, pero no el domingo. Su padre estaba en el obispado, su madre prestaba servicio en la [organización de las Mujeres Jóvenes], y el domingo era sagrado. Harold B. Lee fue bautizado en un estanque semejante, en la granja Bybee.

    “En aquel tiempo, el dinero era sumamente escaso; la granja producía abundantemente, pero el grano y las papas (patatas) se vendían a un precio muy bajo; el padre aumentaba el ingreso familiar empleándose para cosechar cereales, cavando pozos y haciendo canales de regadío. Pero los niños Lee no sabían que eran pobres. El hogar y la Iglesia les proporcionaban oportunidades de expansión y entretenimiento. El mayor tesoro de la casa era el piano. Una dama escocesa, que solía dar coscorrones al oír el sonido de una nota errónea, le enseñó a tocar ese instrumento. “Harold era especialmente diestro en el piano. Es interesante notar que el amor por la música que cultivó en los días de su niñez hallase expresión más adelante cuando fue presidente del Comité de Música de la Iglesia…

    “Los niños recorrían los tres kilómetros a la escuela y de vuelta a casa en un carretón tirado por un caballito, el cual solía conducir la madre; ese vehículo les proporcionaba poco resguardo cuando en enero azotaba el viento del norte, y el barro era un problema en el camino en la época de deshielo. Pero así era la vida en Clifton. De aquello, el presidente Lee dijo: ‘Teníamos todo lo que no se puede comprar con dinero’. Y entre esas cosas tenían las que compensaban con mucho lo que no tenían: el aire era límpido y había en él como un sabor dulce. La ondulada superficie del agua era como cristal y tan transparente que se veían las piedrecitas que refulgían en el fondo del riachuelo. Por la noche, las estrellas parecían formar personas y animales en el cielo, llenando la imaginación de los niños de diversas conjeturas. Las lluvias estivales eran el maná que caía en esas tierras, llenándolas de vida. La primavera inundaba de verdor los surcos dejados por el arado. Los estruendosos motores a vapor movían las largas correas de las trilladoras que ensacaban el trigo, la avena y la cebada…

    “Cuando los muchachos terminaban la enseñanza primaria en la escuela local, ‘se iban de casa’ para asistir a la Academia Oneida, escuela secundaria administrada por la Iglesia y situada en Preston, a unos 24 kilómetros de distancia. En aquel entonces Harold tenía trece años, y fue allí donde conoció a Ezra Taft Benson [quien llegó a ser el decimotercer Presidente de la Iglesia]. Posteriormente continuó sus estudios en la Escuela Normal estatal de Albion, que se encontraba al otro lado del estado de Idaho. Allí, Harold B. Lee obtuvo su certificado de maestro a los diecisiete años de edad. Aquél fue un día dichoso tanto para él como para su familia. La mesa directiva de educación del distrito le ofreció un cargo de maestro en la escuelita “Silver Star”, que contaba con una sola sala y que se hallaba entre los pueblos de Dayton y de Weston, ‘camino abajo’ por el sendero de tierra desde Clifton. El salario era de sesenta dólares al mes. Él recorría los dieciséis kilómetros a caballo los fines de semana para ir a su casa.

    “…Al año siguiente, la mesa de educación lo nombró director de la Escuela Oxford, que tenía cuatro salas. Aquélla era una gran oportunidad para un muchacho de dieciocho años. Recorría diariamente a caballo, de ida y vuelta, los seis kilómetros que distaban entre su casa y la escuela, con lluvia o sol, con buen o mal tiempo. Habiendo cultivado su talento musical, así como su destreza atlética en baloncesto, participaba en las actividades de la comunidad en sus ratos libres. En aquellos días, cuando su padre era obispo, Harold vislumbró por primera vez el programa de bienestar de la Iglesia, como llegó a conocerse andando el tiempo. En aquel entonces, como ahora, el obispo tenía la responsabilidad de cuidar de los que estuviesen necesitados. El obispo Lee tenía su propio almacén, cuyos artículos de consumo provenían de su propia despensa. Por las noches, la familia le veía sacar un saco de harina, sin saber adónde lo llevaba, puesto que las confidencias con respecto a los que pasaban necesidades se guardaban estrictamente, a fin de que nadie hablase después de ello y se evitara así la consiguiente turbación de quienes hubiesen recibido ayuda.

    “Al igual que en la actualidad, en aquel tiempo el obispo también tenía la prerrogativa y la responsabilidad de recomendar a los hombres jóvenes para la misión. Harold tenía veintiún años y había estado enseñando desde hacía cuatro cuando recibió el llamamiento del presidente Heber J. Grant de prestar servicio en la Misión de los Estados Occidentales de los Estados Unidos.

    “En los archivos que se guardan bajo llave en el Departamento Misional de la Iglesia hay un informe a la Primera Presidencia sobre el élder Lee. Tiene la fecha 30 de diciembre de 1922 y está firmado por el presidente John M. Knight; se refiere al periodo del servicio del élder Lee: desde el 11 de noviembre de 1920 hasta el 18 de diciembre de 1922. En él se encuentra la respuesta a diversas preguntas: ‘Calificaciones: Como orador: Muy buenas. Como oficial presidente: Buenas. ¿Tiene buen conocimiento del Evangelio?: Muy bueno. ¿Ha trabajado con energía?: Con mucha energía. ¿Es discreto y ha ejercido una buena influencia?: Sí.

    Observaciones: “El élder Lee presidió la Conferencia de Denver con notable distinción desde el 8 de agosto de 1921 hasta el 18 de diciembre de 1922. Misionero excepcional” ’.

    “Al mismo tiempo se encontraba en esa misma misión una joven de Salt Lake City, Fern Lucinda Tanner. Quienes la conocían la consideraban inteligente, hermosa y conocedora de las Escrituras con aptitudes extraordinarias. Cuando el élder Lee fue relevado, regresó a Clifton donde permaneció brevemente y luego se dirigió a Salt Lake City en busca de la joven que había admirado desde la distancia en el campo misional, para cortejarla. Se casaron en el Templo de Salt Lake aproximadamente once meses después de su regreso.

    “El matrimonio tuvo dos hermosas hijas, Helen [que se casó con L. Brent Goates] y Maurine [que contrajo matrimonio con Ernest J. Wilkins]. El hogar de los Lee era un lugar de reunión de los jóvenes del vecindario. El carácter amable de la hermana Lee, así como su habilidad para tratar situaciones difíciles, la llevaron a ganarse la admiración de todos los que la conocían. En una ocasión, hizo callar a dos distinguidos señores que criticaban a uno de sus propios colaboradores, al decirles: ‘En sus esfuerzos por ser justos, no olviden ser bondadosos’…

    “Las cualidades que habían hecho a [Harold B. Lee] director de dos escuelas a los dieciocho años le fueron nuevamente reconocidas. Mientras proseguía sus estudios en la Universidad de Utah, fue nombrado director, primero de la Escuela Whittier y después de la Escuela Woodrow Wilson del condado de Salt Lake…

    “Después de casarse, vivió en la Estaca Pioneer, donde desempeñó diversos cargos en la Iglesia, uno tras otro. Más adelante, en 1929, fue nombrado consejero de la presidencia de la estaca y, al año siguiente, fue llamado a ser presidente de la estaca. Para entonces tenía 31 años y era el presidente de estaca más joven de la Iglesia.

    “La depresión económica acechaba a la nación y al mundo. Los valores bursátiles se derrumbaron, los créditos se cancelaron, los bancos cerraron y se perdieron millones de dólares de ahorros. El índice de desempleo adquirió proporciones catastróficas. Al ver aniquilado su trabajo de años, los hombres se suicidaban. Había comedores de beneficencia y se repartía pan y otros alimentos en las calles. Reinaban el desaliento y la tragedia. En la Estaca Pioneer más de la mitad de los miembros no tenían trabajo.

    “Era un problema, un espantoso problema para el joven presidente de la estaca. Él se angustiaba, lloraba, oraba al ver a hombres una vez orgullosos y prósperos, reducidos, por falta de trabajo, hasta el punto en el que no tenían cómo dar de comer a sus familias. Entonces recibió la inspiración de establecer un almacén donde pudiesen juntarse alimentos y artículos de consumo para repartir entre los necesitados. Se emprendieron proyectos de trabajo, no sólo para ayudar a la comunidad, sino, lo que es más importante, para proporcionar a los hombres la oportunidad de trabajar por lo que recibían. Se demolió un antiguo edificio comercial y se utilizaron los materiales para construir un gimnasio de la estaca donde la gente pudiese realizar actividades sociales y recreativas.

    “Otras estacas emprendieron proyectos similares y, en abril de 1936, se coordinaron para formar lo que el presidente Heber J. Grant llamó primeramente el programa de seguridad de la Iglesia y que en la actualidad se conoce como el programa de bienestar de la Iglesia.

    “Harold B. Lee, el joven líder de la Estaca Pioneer, fue llamado para dirigir la embarcación que acababa de lanzarse en las agitadas aguas de aquellos desesperados y difíciles días. Los problemas eran monumentales; era bastante difícil adquirir terrenos para granjas a fin de producir alimentos y crear instalaciones de procesamiento y almacenamiento. Aún peor era hacer frente a la actitud crítica de las personas con respecto a lo que estaba realizando la Iglesia y que consideraban que el programa de bienestar debía mantenerse bajo el control del gobierno.

    “Sin embargo, con oración y persuasión, con arduo trabajo y dolor emocional, y con la bendición del que él respetaba como profeta, viajó por todas las estacas de Sión y el programa adquirió forma, creció y prosperó. “Los enormes recursos del programa de bienestar de la actualidad —el gran número de granjas productivas, de plantas de procesamiento de alimentos y artículos de consumo y de envasados, de almacenes de grano y molinos, y otros proyectos esparcidos por gran parte de los Estados Unidos… son la prolongada e impresionante continuación de aquellos primeros esfuerzos. Al paso que los programas de ayuda del gobierno están bajo ataque constante, el programa de la Iglesia continúa ganando elogios de personas de todo el mundo. Se han ahorrado millones de dólares de los contribuyentes debido a las responsabilidades económicas que ha asumido la Iglesia. Se han conseguido buenos trabajos para miles de hombres y de mujeres, e incluso a muchas personas discapacitadas se les ha brindado la oportunidad de ganar lo que necesitan. A los que han recibido los beneficios de este programa se les ha evitado ‘el azote de la ociosidad y de los males de la limosna’, por lo que se ha protegido su dignidad y su respeto por sí mismos. Y los millares de hombres y mujeres que no han recibido directamente los beneficios del programa, pero que han participado en el progreso de él tanto en el procesamiento de alimentos como en las diversas empresas relacionadas, dan testimonio del regocijo que se experimenta al servir desinteresadamente a los demás.

    “Nadie que haya visto las enormes repercusiones y las grandiosas consecuencias de este programa puede razonablemente dudar del espíritu de revelación que lo ocasionó ni de que ha aumentado su poder práctico para bien. Al presidente Harold B. Lee, que fue su primer director administrativo y que durante largo tiempo fue presidente del Comité de Bienestar de la Iglesia, debe reconocérsele el mérito por su inspirada dirección. Con su modestia, él no lo aceptaría y, con toda justicia, porque daría debidamente el mérito al Señor. El Señor, al magnificar a Su siervo, ha reconocido su devoción y su fe…

    “Tras haber pasado la prueba de fuego de aquellos difíciles primeros días del programa de bienestar, el élder Lee fue llamado al apostolado por el presidente Heber J. Grant y fue sostenido como miembro del Consejo de los Doce el 6 de abril de 1941.

    “Con motivo de esa designación, el élder John A. Widtsoe escribió un editorial sobre su nuevo compañero en el que decía: ‘Está lleno de fe en el Señor, de un inmenso amor por sus semejantes y es leal a la Iglesia y al Estado; es generoso en su devoción al Evangelio; ha sido dotado de inteligencia, de energía e iniciativa y con el poder de la elocuencia para enseñar la palabra y la voluntad de Dios. El Señor, a quien acude en busca de ayuda, hará de él un instrumento poderoso para llevar adelante el plan eterno de la salvación humana… Le dará una fortaleza que hasta ahora no ha conocido al ascender al Señor las oraciones de la gente por él’ (Improvement Era, mayo de 1941, pág. 288).

    “Sinceras palabras de reconocimiento fueron ésas, así como palabras de profecía.

    “Su historia… es de fidelidad a la grande y sagrada misión de apóstol, cuyo llamamiento especial es el de ser testigo especial ‘del nombre de Cristo en todo el mundo’ [D. y C. 107:23].

    “Al cumplir con esa responsabilidad, ha viajado por asignación de la Primera Presidencia a muchas partes de la tierra, haciendo resonar su voz con elocuencia, al proclamar la divinidad del Redentor del género humano.

    “Con frecuencia ha citado las palabras de Pablo a los corintios: ‘Y si la trompeta diere sonido incierto, ¿quién se preparará para la batalla?’ (1Corintios 14:8). No ha habido nada incierto en el mensaje de Harold B. Lee. Sin equivocación, y con la seguridad que proviene de la firme convicción, ha dado testimonio a gentes de todas las clases sociales de la tierra… Nunca ha flaqueado en el cumplimiento de su responsabilidad como siervo de Dios al dar testimonio de la verdad. Los misioneros se han sentido motivados a trabajar con mayor ahínco, los miembros de la Iglesia han sentido intensificarse dentro de sí su resolución de vivir el Evangelio. Los investigadores se han compungido de corazón [véase Hechos 2:37] al oírle expresar su testimonio. No se ha ahorrado esfuerzos y ha mantenido un riguroso programa de trabajo aun haciendo peligrar su propia salud. Los que están cerca de él saben que durante un periodo de muchos meses fueron pocas las veces en que no padeció dolores… el haber conocido la enfermedad ha agudizado su sensibilidad ante los sufrimientos ajenos. Ha recorrido largas y cortas distancias para animar y bendecir a los santos. En muchos países hay quienes, con agradecimiento, dan testimonio del milagroso poder del sacerdocio que ejerció en beneficio de ellos este siervo del Señor.

    “Del mismo modo, ha sido muy consciente de la soledad, del temor y de los desafíos que enfrentan los hombres en el servicio militar. Durante los años de la Segunda Guerra Mundial, de la guerra de Corea y de la guerra en [Vietnam], dirigió el programa de la Iglesia para los militares. Ha expresado constantemente ante las Autoridades Generales la necesidad de brindar a los que se encuentran en el servicio militar el programa completo de la Iglesia, con todas las bendiciones y las oportunidades que emanan de dicho programa. Ha viajado por mar y tierra para reunirse con los miembros de la Iglesia que están en el servicio militar. En 1955, fue a Corea, cuando ese lugar todavía era en gran parte un campo armado para la batalla, vestido con ropa militar de faena… Aquellos con quienes se reunió no olvidarán jamás su bondad, ni su interés ni su testimonio del poder predominante de Dios en los asuntos de los hombres. Les dio consuelo, los tranquilizó y salvó a muchos de caer en situaciones trágicas.

    “Ha consolado a los acongojados por la muerte de algún familiar. Por propia experiencia, conoce el pesar que se experimenta cuando se pierde a seres queridos. Se encontraba lejos de Salt Lake City, asistiendo a una conferencia de estaca, mientras su amada compañera se debatía entre la vida y la muerte. Viajando de noche, se apresuró a llegar a su lado sólo para encontrarla agonizando. Los que estuvieron cerca de él en los oscuros días que siguieron al fallecimiento de ella sintieron en alguna pequeña medida la profundidad del pesar que él sentía. Eso ocurrió en 1962. En 1965, mientras el élder Lee se encontraba en Hawai cumpliendo una asignación de la Iglesia, falleció su querida hija Maurine, dejando cuatro hijos.

    “Esas tristes experiencias, difíciles de sobrellevar, sirvieron para intensificar su comprensión para con los pesares de los demás. Quienes han sufrido pérdidas semejantes han encontrado en él un amigo comprensivo, cuya propia y probada fe ha sido una fuente de fortaleza para ellos.

    “En 1963 contrajo matrimonio con Freda Joan Jensen, quien ha complementado su vida de una manera notable. Educada y refinada, sabe desenvolverse en la mejor sociedad; es una mujer de extraordinarias habilidades. Estudió para educadora y ejerció la docencia; después fue ascendiendo mediante diversas responsabilidades administrativas hasta llegar a ocupar el cargo de supervisora de educación primaria en el Distrito Escolar Jordan del condado de Salt Lake. También prestó servicio en la mesa directiva general de la Asociación Primaria. El hogar que ella ha llevado ha sido un remanso de paz para su esposo, así como un lugar de cordial y agradable hospitalidad para todos los que han tenido el privilegio de entrar en él.

    “El presidente David O. McKay, reconociendo el conocimiento a fondo del élder Lee con respecto a los programas de la Iglesia, así como sus comprobadas aptitudes administrativas, le nombró presidente del comité de correlación para coordinar todo el programa de estudios de la Iglesia. De eso provino un repaso exhaustivo de los cursos de instrucción que se habían utilizado durante un periodo de muchos años, junto con un análisis de todas las organizaciones e instalaciones de enseñanza. La extensa labor que se llevó a cabo bajo su dirección ha dado como resultado un programa de estudios correlacionado y estructurado para impartir conocimiento sobre todos los aspectos de las actividades y doctrina de la Iglesia, así como para edificar espiritualmente a los miembros de ella. La potencia de su liderazgo ha sido evidente en esa empresa; ha actuado con firmeza y resolución y sus objetivos han sido claramente definidos. Toda la Iglesia es la beneficiaria del servicio que él ha prestado.

    “Tras el fallecimiento del presidente McKay y al sucederle en la presidencia Joseph Fielding Smith, el élder Lee llegó a ser Presidente del Consejo de los Doce y fue escogido por el presidente Smith para ser su primer consejero. Si bien eso requirió que se le relevara de la presidencia de algunas de sus actividades anteriores, se continuó con los mismos objetivos bajo su dirección general. Se instituyeron programas para mejorar la competencia de los maestros de toda la Iglesia, se puso en marcha un programa de capacitación de obispos y se revitalizó el programa misional en todo el mundo…

    “Cuando el presidente Joseph Fielding Smith pasó silenciosa y serenamente de la vida a la muerte el 2 de julio de 1972, no cupo duda en la mente de los miembros del Consejo de los Doce en cuanto a quién debía sucederle como Presidente de la Iglesia. Por la mañana del viernes 7 de julio, se reunieron en los sagrados recintos del Templo de Salt Lake. En ese tranquilo y santo lugar, con el corazón sumiso, buscaron los susurros del Espíritu. Todos los corazones fueron uno en respuesta a esos susurros. Harold Bingham Lee, escogido del Señor, instruido desde la niñez en los principios del Evangelio restaurado, refinado y pulido a lo largo de treinta y un años de servicio en el apostolado, fue nombrado Presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y Profeta, Vidente y Revelador. Todos los presentes pusieron las manos sobre la cabeza del élder Lee, y fue ordenado como el ungido del Señor para este elevado e incomparable llamamiento.

    “Siendo sostenido por la fe y las oraciones de los santos de todo el mundo, es el sumo sacerdote presidente del reino de Dios sobre la tierra”.

    El presidente Harold B. Lee fue el profeta del Señor durante 17 meses y 19 días. Durante ese periodo de cambio y expansión, el presidente Lee supervisó la creación de las primeras estacas en Chile y en Corea, Asia continental. Presidió las primeras conferencias de área, que se realizaron en la Ciudad de México, México y en Munich, Alemania. Acrecentó el programa de servicios de bienestar de la Iglesia por todo el mundo. Falleció el 26 de diciembre de 1973, a los 74 años de edad.