El símbolo de nuestra fe
    Notas al pie de página

    Mensaje de la Primera Presidencia

    El símbolo de nuestra fe

    Después de la renovación del Templo de Mesa, Arizona, hace algunos años, se invitó a clérigos de otras religiones a fin de que lo recorrieran el primer día en que se abrió para las visitas del público. Cientos se presentaron. Al dirigirles la palabra, les indiqué que nos complacería responder a las preguntas que tuvieran. Entre ellas se encontraba la de un ministro protestante.

    Él dijo: “He visitado todo este edificio, un templo que lleva en su fachada el nombre de Jesucristo, sin haber podido encontrar ninguna representación de la cruz, que es el símbolo del cristianismo. He observado también sus edificios en otras partes, y del mismo modo que en éste, encuentro una total ausencia del símbolo de la cruz. ¿Cómo puede ser, si ustedes profesan creer en Jesucristo?”

    A lo que respondí: “No quisiera ofender a ninguno de mis hermanos cristianos que utilizan la cruz en las agujas de sus catedrales y en los altares de sus capillas, que la llevan como parte de su vestimenta e imprimen su imagen en los libros, al igual que en otros materiales impresos. Sin embargo, para nosotros la cruz es el símbolo del Cristo agonizante, mientras que nuestro mensaje es una declaración del Cristo viviente”.

    Mi interlocutor volvió a preguntar: “Si ustedes no utilizan la cruz, ¿cuál es entonces el símbolo de su religión?”.

    Contesté que la vida de nuestros miembros debe llegar a ser la expresión más significativa de nuestra fe y, de hecho, el símbolo de nuestra adoración.

    Espero que por mi respuesta no haya pensado que yo era presumido ni que me las daba de perfecto. A primera vista, nuestra posición tal vez parezca contradecir nuestra creencia de que Jesucristo es la figura principal de nuestra fe. El nombre oficial de la Iglesia es La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Nosotros lo adoramos como nuestro Señor y Salvador; la Biblia es nuestra Escritura; creemos que los profetas del Antiguo Testamento que predijeron la venida del Mesías hablaron bajo inspiración divina; nos regocijamos con los relatos de Mateo, Marcos, Lucas y Juan que narran los acontecimientos del nacimiento, el ministerio, la muerte y la resurrección del Hijo de Dios, el Unigénito del Padre en la carne y, al igual que el antiguo apóstol Pablo, nosotros no nos avergonzamos “del evangelio [de Jesucristo], porque es poder de Dios para salvación” (Romanos 1:16). Del mismo modo, al igual que Pedro, afirmamos que Jesucristo es el único nombre “dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12).

    El Libro de Mormón, al cual consideramos como el testamento del Nuevo Mundo, que declara las enseñanzas de los profetas que vivieron antiguamente en este hemisferio occidental, testifica de Aquel que nació en Belén de Judea y murió en el Monte del Calvario, y constituye otro poderoso testigo de la divinidad del Señor a un mundo de fe incierta. Su prefacio, escrito por un profeta que vivió en las Américas hace mil quinientos años, declara categóricamente que el libro se escribió para “convencer al judío y al gentil de que Jesús es el Cristo, el Eterno Dios, que se manifiesta a sí mismo a todas las naciones”.

    En nuestro libro de revelaciones modernas, Doctrina y Convenios, el Señor declara con estas firmes palabras: “Yo soy el Alfa y la Omega, Cristo el Señor; sí, soy él, el principio y el fin, el Redentor del mundo” (D. y C. 19:1).

    A la luz de estas declaraciones y en vista de tal testimonio, bien podrían muchos preguntar, como lo hizo aquel ministro en Arizona: “Si ustedes profesan creer en Jesucristo, ¿por qué no utilizan el símbolo de Su muerte, la cruz del Calvario?”.

    A lo cual debo contestar, primero, que ningún miembro de esta Iglesia debe olvidar jamás el terrible precio que pagó nuestro Redentor, quien dio Su vida para que el género humano pudiera vivir: la agonía de Getsemaní, la farsa amarga de Su juicio, la hiriente corona de espinas que desgarró Su carne, el grito de sangre del populacho delante de Pilato, el solitario sufrimiento de la torturante caminata a lo largo del camino del Calvario, el espantoso dolor que padeció cuando los grandes clavos le perforaron las manos y los pies, la febril tortura de Su cuerpo al colgar de la cruz aquel trágico día, el Hijo de Dios, exclamando: “…Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).

    Ésa fue la cruz, el instrumento de Su tortura, el terrible artefacto diseñado para destruir al Hombre de Paz, la inicua recompensa por Su obra milagrosa de curar a los enfermos, de hacer que los ciegos vieran, de levantar a los muertos. Ésa fue la cruz sobre la que colgó y murió en la solitaria cumbre del Gólgota.

    No podemos olvidar ese hecho. No debemos olvidarlo jamás, ya que fue allí donde nuestro Salvador y Redentor, el Hijo de Dios, se entregó en un sacrificio vicario por cada uno de nosotros. La lobreguez de aquella obscura tarde que precedió al día de reposo judío, cuando Su cuerpo inerte fue bajado y apresuradamente depositado en una tumba prestada, se llevó consigo hasta las esperanzas de Sus más devotos discípulos, aquellos que mejor le conocían. Éstos se encontraban desolados, sin comprender lo que Él les había dicho anteriormente. Muerto se encontraba el Mesías en quien ellos habían creído; el Maestro en quien habían depositado todo su anhelo, su fe y su esperanza se había ido. El que había hablado de vida eterna y había levantado a Lázaro del lecho de muerte, había dejado de existir del mismo modo que todos los hombres que vivieron antes que Él. Así había llegado el fin de Su pesarosa y breve existencia, una vida que había sido tal como Isaías lo predijera muchos siglos antes: “Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto… Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él…” (Isaías 53:3, 5). Había muerto.

    Sólo podemos especular sobre los sentimientos de quienes le habían amado, mientras meditaban sobre Su muerte durante las largas horas del día de reposo judío, que corresponde al día sábado de nuestro calendario.

    Luego, siguió el amanecer del primer día de la semana, el día de reposo del Señor, tal como lo conocemos en la actualidad. Y a los que llegaron hasta la tumba apesadumbrados de dolor, un ángel que se encontraba en la puerta les declaró: “…¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?” (Lucas 24:5).

    “No está aquí, pues ha resucitado, como dijo” (Mateo 28:6).

    He aquí el más grande de los milagros de la historia de la humanidad. Previamente Él les había dicho: “…Yo soy la resurrección y la vida” (Juan 11:25). Pero ellos no habían entendido; sin embargo, ahora comprendían. Había muerto en medio del sufrimiento y del dolor y en completa soledad. Al tercer día, resucitó con poder, hermosura y vida, las primicias de todos aquellos que dormían, la seguridad dada a los hombres de todos los tiempos de que “así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (1 Corintios 15:22).

    En el Calvario, había sido el Jesús agonizante. De la tumba emergió como el Cristo viviente. La cruz había sido el amargo fruto de la traición de Judas, el acto final luego de la negación de Pedro. En contraste, la tumba vacía se convirtió en el testimonio de Su divinidad, la seguridad de la vida eterna, la respuesta a la pregunta de Job, que hasta ese momento nunca había sido contestada: “Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?” (Job 14:14).

    Al haber muerto, Él podría haber sido olvidado, o, en el mejor de los casos, recordado como uno de los muchos grandes maestros cuya vida se resume en unas pocas líneas en los libros de historia.

    Sin embargo, al resucitar, llegó a ser el Maestro de la vida y Sus discípulos, junto con Isaías, podían afirmar con verdadera fe: “…y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz” (Isaías 9:6).

    Se cumplieron también las esperanzadas palabras de Job cuando dijo: “Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo;

    “Y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios;

    “Al cual veré por mí mismo, y mis ojos lo verán, y no otro, aunque mi corazón desfallece dentro de mí” (Job 19:25–27).

    Con toda razón exclamó María: “…¡Raboni! (que quiere decir, Maestro)” (Juan 20:16), al ver por primera vez al Señor resucitado, ya que era en verdad Maestro, no sólo de la vida, sino también de la muerte misma. Desapareció así el aguijón de la muerte, triunfante fue la victoria del sepulcro.

    El temeroso Pedro se transformó; aun el dubitativo Tomás declaró con solemnidad, reverencia y realismo: “…¡Señor mío, y Dios mío!” (Juan 20:28); y las inolvidables palabras del Señor en aquella maravillosa oportunidad fueron: “…no seas incrédulo, sino creyente” (Juan 20:27).

    Después de eso, muchos fueron testigos de Sus apariciones, incluso, como Pablo lo registra: “…más de quinientos hermanos a la vez…” (1 Corintios 15:6).

    En el hemisferio occidental había otras ovejas de las cuales Él había hablado anteriormente. Y las personas de ese lugar “oyeron una voz como si viniera del cielo… y les dijo:

    “He aquí a mi Hijo Amado, en quien me complazco, en quien he glorificado mi nombre, a él oíd.

    “…y he aquí, vieron a un Hombre que descendía del cielo; y estaba vestido con una túnica blanca; y descendió y se puso en medio de ellos…

    “Y aconteció que extendió la mano, y habló al pueblo, diciendo:

    “He aquí, yo soy Jesucristo, de quien los profetas testificaron que vendría al mundo…

    “Levantaos y venid a mí…” (3 Nefi 11:3, 6–10, 14).

    A continuación en ese hermoso registro siguen muchas palabras que se refieren al ministerio del Señor resucitado entre el pueblo de la antigua América.

    Por último, existen testigos contemporáneos, ya que el Señor vino de nuevo con el fin de abrir esta dispensación, la dispensación del profetizado cumplimiento de los tiempos. En una gloriosa visión, Él, el Señor resucitado y viviente, y Su Padre, el Dios de los cielos, se le aparecieron a un joven profeta para comenzar la restauración de las antiguas verdades. Le siguió una verdadera “nube de testigos” (Hebreos 12:1); y el que había recibido la Primera Visión —José Smith, el profeta moderno— declaró con palabras solemnes:

    “Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, éste es el testimonio, el último de todos, que nosotros damos de él: ¡Que vive!

    “Porque lo vimos, sí, a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que él es el Unigénito del Padre;

    “que por él, por medio de él y de él los mundos son y fueron creados, y sus habitantes son engendrados hijos e hijas para Dios” (D. y C. 76:22–24).

    A ese testimonio se pueden agregar los de millones de personas, quienes, mediante el poder del Espíritu Santo, han testificado y ahora testifican solemnemente que Él en realidad vive, testimonio que ha sido para ellos su consuelo y fortaleza.

    Por ejemplo, pienso en un amigo al que llegué a conocer en Vietnam en una época turbulenta de ese país; era un hombre que tenía una fe apacible y firme en Dios, nuestro Padre Eterno, y en Su Hijo, el Cristo viviente. Tengo recuerdos vívidos de cuando lo oía cantar con profunda convicción:

    Y cuando torrentes tengáis que pasar,

    los ríos del mal no os pueden turbar,

    pues yo las tormentas podré aplacar,

    salvando mis santos de todo pesar.

    (“Qué firmes cimientos”, Himnos, Nº 40)

    Por lo tanto, por causa de que nuestro Salvador vive, nosotros no utilizamos el símbolo de Su muerte como característico de nuestra fe. Y ¿qué habremos de utilizar entonces? Ninguna señal, ninguna obra de arte ni representación alguna, es adecuada para expresar la gloria y la maravilla del Cristo viviente. Él nos indicó cuál habría de ser el símbolo cuando dijo: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15).

    Siendo Sus discípulos, todo lo que hagamos que sea malo, vulgar o desagradable sólo conseguirá manchar Su imagen; al igual que cualquier acto bueno, altruista o digno de alabanza que efectuemos le dará más brillo y gloria al símbolo de Aquel cuyo nombre hemos tomado sobre nosotros. De modo que nuestra vida debe ser una expresión significativa, el símbolo del testimonio que tenemos del Cristo viviente, el Hijo Eterno del Dios viviente.

    Es así de sencillo, mis hermanos y hermanas, es así de profundo, y sería conveniente que jamás lo olvidáramos.

    Yo sé que vive mi Señor,

    el Hijo del eterno Dios;

    venció la muerte y el dolor,

    mi Rey, mi Luz, mi Salvador.

    Él vive, roca de mi fe,

    la luz de la humanidad.

    El faro del camino es,

    destello de la eternidad.

    Oh, dame siempre esa luz,

    la paz que sólo tú darás,

    la fe de andar en soledad,

    camino a la eternidad.

    (Gordon B. Hinckley, “Vive mi Señor”, Himnos, Nº 74)

    Ideas para los maestros orientadores

    Una vez que se prepare por medio de la oración, comparta este mensaje empleando un método que fomente la participación de las personas a las que enseñe. A continuación figuran unos ejemplos:

    1. Invite a los miembros de su familia a decir cómo responderían a las siguientes preguntas: ¿Por qué no hay cruces en los edificios de nuestra Iglesia? ¿Cuál es el símbolo de nuestra religión? Lea en cuanto a la forma en que el presidente Hinckley ha decidido responder a esas preguntas (véanse los primeros cinco párrafos). ¿Cuál pasaje de las Escrituras explica el símbolo de nuestra religión? (véanse los últimos cuatro párrafos). ¿Qué podemos hacer para que el símbolo de nuestra fe brille con más fulgor hacia los demás?

    2. Pida a los miembros de la familia que describan lo que consideren que una “figura principal” haría o la forma en que sería. Lean en voz alta y comenten las porciones de este artículo que traten en cuanto a Jesucristo como la figura principal de nuestra religión.

    3. Invite a los miembros de la familia a compartir un relato favorito sobre Jesús. Lea en voz alta uno o dos relatos acerca de Él que se encuentran en este artículo. Testifique en cuanto a la resurrección y el sacrificio redentor de Jesucristo.