La luz de Cristo
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La luz de Cristo

Lo que debe saber toda persona llamada a predicar el Evangelio, a enseñarlo o a vivirlo.

La mayoría de los miembros de la Iglesia tienen una comprensión básica de quién es el Espíritu Santo. Casi todos han sentido Sus impresiones y comprenden por qué se le llama el Consolador.

Saben que “el Espíritu Santo… es un personaje de Espíritu” (D. y C. 130:22) y que es uno de los miembros de la Trinidad (véase Artículos de Fe 1:1).

Pero muchos no saben que hay otro Espíritu —“la luz de Cristo” (D. y C. 88:7)—, otra fuente de inspiración que cada uno de nosotros posee en común con todos los demás miembros de la familia humana. Si sabemos lo que es la luz de Cristo, entenderemos que hay algo dentro de todos nosotros y que podemos recurrir a eso en nuestro deseo de dar a conocer la verdad.

El Espíritu Santo y la luz de Cristo se diferencian entre sí. Aunque a veces se describen en las Escrituras con las mismas palabras, son dos entidades diferentes y distintivas, y es importante que ustedes sepan lo que hay que saber sobre ambas.

Cuanto más sepamos sobre la luz de Cristo, más entenderemos sobre la vida y más amor profundo sentiremos por toda la humanidad. Seremos mejores maestros, misioneros y padres; seremos mejores hombres, mujeres y niños. Tendremos en mayor estima a nuestros hermanos y hermanas de la Iglesia y a aquellos que no crean y a quienes no se les haya conferido todavía el don del Espíritu Santo.

La luz de Cristo se define en las Escrituras como “el Espíritu [que] da luz a todo hombre que viene al mundo (D. y C. 84:46; cursiva agregada); “la luz que existe en todas las cosas, que da vida a todas las cosas, que es la ley por la cual se gobiernan todas las cosas” (D. y C. 88:13; véase también Juan 1:4–9; D. y C. 84:45–47; 88:6; 93:9).

Y la luz de Cristo también se describe en las Escrituras como “el Espíritu de Jesucristo” (D. y C. 88:45), “el Espíritu del Señor” (2 Corintios 3:18; véase también Mosíah 25:24), “el Espíritu de verdad” (D. y C. 93:26), “la luz de la verdad” (D. y C. 88:6), “el Espíritu de Dios” (D. y C. 46:17) y el “Santo Espíritu” (D. y C. 45:57). Algunos de esos términos se usan también para referirse al Espíritu Santo.

La Primera Presidencia escribió lo siguiente: “Existe una esencia que se difunde por todo el universo, que es la luz y la vida del mundo, que alumbra a todo hombre que viene al mundo, que proviene de la presencia de Dios para llenar la inmensidad del espacio, la luz y potestad que Dios confiere en diversos grados a los que le piden, de acuerdo con su fe y obediencia”1.

Ya sea que a esta luz interior, a este conocimiento de lo bueno y de lo malo, se le llame luz de Cristo, sentido moral o consciencia, puede dirigirnos para moderar nuestras acciones, esto es, a menos que la pasemos por alto o la acallemos.

Cada uno de los hijos espirituales de nuestro Padre Celestial entra en el mundo terrenal para recibir un cuerpo físico y para ser probado.

“El Señor dijo… son la obra de mis propias manos, y les di su conocimiento el día en que los creé; y en el Jardín de Edén le di al hombre su albedrío” (Moisés 7:32).

“Así pues, los hombres son libres según la carne; y les son dadas todas las cosas que para ellos son propias. Y son libres para escoger la libertad y la vida eterna, por medio del gran Mediador de todos los hombres, o escoger la cautividad y la muerte, según la cautividad y el poder del diablo…” (2 Nefi 2:27).

Por lo tanto, sabemos “que todo hombre” puede obrar “en doctrina y principio pertenecientes a lo futuro, de acuerdo con el albedrío moral que yo le he dado [las palabras “libre albedrío” no aparecen en las revelaciones], para que todo hombre responda por sus propios pecados en el día del juicio” (D. y C. 101:78; cursiva agregada).

Se nos amonesta diciendo que no apaguemos al Espíritu (véase 1 Tesalonicenses 5:19). Así podemos ver que todos “son suficientemente instruidos para discernir el bien del mal” (2 Nefi 2:5; véase también 2 Nefi 2:27). Tienen su albedrío y son responsables de lo que hagan.

Este Espíritu de Cristo fomenta todo lo que es bueno, toda virtud (véase Moroni 7:16). Está en una clara e inalterable oposición a todo lo que sea grosero, desagradable, profano, malo o inicuo (véase Moroni 7:17).

La consciencia afirma en el hombre la realidad del Espíritu de Cristo. Afirma de igual manera la realidad del bien y del mal, de la justicia, la misericordia, el honor, el valor, la fe, el amor y la virtud, así como todo lo que se les opone: el odio, la codicia, la brutalidad, los celos (véase 2 Nefi 2:11, 16). Aun cuando son intangibles físicamente, esos valores responden con tanta certeza a las leyes en las que hay una relación entre causa y efecto como lo hace cualquier relación de ese tipo que resulte de las leyes físicas (véase Gálatas 6:7–9). El Espíritu de Cristo se puede comparar con un “ángel guardián” para toda persona2.

El Espíritu de Cristo puede iluminar al inventor, al científico, al pintor, al escultor, al compositor, al actor, al arquitecto, al autor para producir obras grandes e incluso inspiradas para la bendición y el beneficio de toda la humanidad.

Este Espíritu puede inspirar al granjero en su campo y al pescador en su barca; puede inspirar al maestro en la sala de clase, al misionero cuando presenta una charla; puede inspirar al estudiante que escuche. Y, lo que es de enorme importancia, puede inspirar a marido y mujer, a padre y madre.

Esa luz interior puede advertir y proteger y guiar; pero a la vez cualquier acción que sea desagradable o indigna o inicua o inmoral o egoísta puede hacer que se aparte de nosotros.

La luz de Cristo existió en ustedes desde antes de nacer (véase D. y C. 93:23, 29–30), y seguirá con ustedes en cada minuto de su vida y no perecerá cuando la parte mortal de su ser se haya convertido en polvo. Siempre está allí.

Todo hombre, mujer y niño de toda nación, creencia y color —todos, sea cual sea el lugar donde vivan, lo que crean y lo que hagan— tienen dentro de sí la imperecedera luz de Cristo. En ese sentido, todas las personas son iguales. La luz de Cristo en todos es un testimonio de que Dios no hace acepción de personas (véase D. y C. 1:35), sino que trata a todos equitativamente al investirlos con esa luz.

Es importante que los maestros, los misioneros y los padres sepan que el Espíritu Santo puede obrar por medio de la luz de Cristo. Un maestro de las verdades del Evangelio no está sembrando en un adulto ni en un niño semillas de plantas extrañas o ni siquiera nuevas; más bien, el misionero o el maestro se pone en contacto con el Espíritu de Cristo que ya se encuentra en las personas. El Evangelio les “sonará” familiar. Entonces, la enseñanza es “para convencer [a los que estén dispuestos a escuchar] de que Jesús es el Cristo, el Eterno Dios, que se manifiesta a sí mismo a todas las naciones” (portada del Libro de Mormón).

Durante Su ministerio terrenal, Jesús enseñó Su Evangelio y colocó el fundamento sobre el cual se habría de edificar Su Iglesia. Ese fundamento se componía de rocas de doctrina que no se pueden ver con los ojos mortales ni palpar; son invisibles e intangibles. No se gastarán ni se desintegrarán; no se pueden romper, disolver ni destruir. Esas rocas de doctrina son imperecederas e indestructibles.

Las rocas de doctrina existieron “desde antes que el mundo fuese” (D. y C. 124:38), “desde antes de la fundación del mundo” (D. y C. 124:41). Cristo edificó Su Iglesia sobre ellas.

Jesús habló de “la piedra que desecharon los edificadores” (Mateo 21:42). Después, la sombra de la apostasía cubrió la tierra; la línea de autoridad del sacerdocio se rompió. Pero la humanidad no quedó en absolutas tinieblas ni completamente privada de revelación o inspiración. La idea de que con la crucifixión de Cristo los cielos se cerraron y que se abrieron en la Primera Visión no es verídica. La luz de Cristo estaría presente en todas partes para asistir a los hijos de Dios; el Espíritu Santo visitaría a las almas inquisitivas; las oraciones de los justos no quedarían sin respuesta.

La acción de conferir el don del Espíritu Santo debía esperar la restauración del sacerdocio y la dispensación del cumplimiento de los tiempos, cuando todo se revelara. La obra del templo, la obra de ordenanzas, habría de revelarse entonces. Luego, se redimiría a los que hubieran vivido durante las muchas generaciones en las cuales no tenían a su alcance las ordenanzas esenciales, en las que el bautismo no estaba disponible. Dios nunca abandona a Sus hijos y Él nunca ha abandonado esta tierra.

Cuando se restauró la plenitud de Su Evangelio, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días se edificó sobre el fundamento de las mismas rocas de doctrina.

Debido a que aprendemos casi todo a través de nuestros sentidos físicos, resulta muy difícil enseñar doctrinas intangibles, que no se pueden ver ni palpar. Jesús, el Maestro de maestros, enseñó esas doctrinas, que se pueden enseñar de la misma manera hoy en día. Tengo el propósito de demostrarles cómo las enseñó Él, el Maestro de maestros.

Pueden llegar a comprender las verdades espirituales con tanta claridad como si esas rocas de doctrina fueran tan tangibles como el granito, el pedernal o el mármol. El mármol cede en las manos del escultor a fin de que otros puedan ver lo que él ve escondido en la piedra sin forma. De la misma manera, ustedes pueden enseñar a los demás a ver —o sea, a entender— esas rocas de doctrina intangibles e invisibles.

El modo en que enseñó el Salvador, y el modo en que ustedes pueden enseñar, es a la vez sencillo y muy profundo. Si eligen un objeto palpable como símbolo de una doctrina, enseñarán tal como Él enseñó. El maestro puede relacionar la doctrina con un objeto conocido, que se pueda ver.

Jesús comparó la fe con una semilla, la minúscula semilla de mostaza, que se puede ver y tocar. Él explicó que, si la semilla se nutre, puede crecer, progresar y convertirse en un árbol (véase Lucas 13:19).

Él comparó el reino de los cielos con un objeto común que se puede ver. “…el reino de los cielos es semejante a una red, que echada en el mar, recoge de toda clase de peces” (Mateo 13:47); y dijo que “el reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, el cual un hombre halla, y lo esconde de nuevo; y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo” (Mateo 13:44).

Cristo utilizó como ejemplos, como símbolos, cosas tan comunes como la sal (véase Mateo 5:13; Marcos 9:49–50; Lucas 14:34), las velas (véase Mateo 5:15; Marcos 4:21; Lucas 8:16; 11:33–36; Apocalipsis 18:23), la lluvia (véase Mateo 7:25–27) y el arco iris (véase Apocalipsis 4:3; 10:1). Los cuatro Evangelios están llenos de esos ejemplos; así también el Libro de Mormón, Doctrina y Convenios y la Perla de Gran Precio tienen numerosas referencias similares. Están por todos lados. En eso consiste una historia o una parábola: un ejemplo de la vida real utilizado para enseñar un principio o una doctrina que es invisible o intangible.

Una vez en Mateo, una vez en Lucas, tres veces en el Libro de Mormón y tres veces en Doctrina y Convenios, el Salvador habla de una gallina con sus pollitos (véase Mateo 23:37; Lucas 13:34; 3 Nefi 10:4–6; D. y C. 10:65; 29:2; 43:24). Todo el mundo sabe lo que es una gallina con pollitos, hasta los niños pequeños.

Ahora bien, la fe no es realmente igual a una semilla, ni el reino de Dios es exactamente como una red ni como un tesoro ni como la levadura (véase Lucas 13:21), ni tampoco como “un mercader que busca buenas perlas” (Mateo 13:45). Pero con esas ilustraciones, Jesús pudo abrir los ojos de Sus discípulos, no los ojos naturales sino los del entendimiento (véase Mateo 13:15; Juan 12:40; Hechos 28:27; Efesios 1:18; 2 Nefi 16:10; D. y C. 76:12, 19; 88:11; 110:1).

Con los ojos del entendimiento, vemos las cosas espirituales. Ensanchando nuestro espíritu, podemos tocar lo espiritual y percibirlo. Entonces podemos ver y sentir lo que es invisible a los sentidos físicos. Recuerden que Nefi dijo a sus hermanos rebeldes, que habían rechazado el mensaje de un ángel: “…habíais dejado de sentir, de modo que no pudisteis sentir sus palabras… (1 Nefi 17:45; cursiva agregada).

Pablo escribió a los corintios: “…Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios…

“lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual.

“Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (1 Corintios 2:10, 13–14).

En las revelaciones modernas, Cristo dijo que “la luz que brilla, que os alumbra, viene por medio de aquel que ilumina vuestros ojos, y es la misma luz que vivifica vuestro entendimiento” (D. y C. 88:11).

No sé cómo enseñar acerca del Espíritu de Cristo, a menos que se haga lo que el Señor hizo cuando enseñó a Sus discípulos verdades invisibles e intangibles.

Para describir la luz de Cristo, la compararé con la luz del sol. Todos conocen la luz de los rayos solares; está presente en todas partes y se puede ver y sentir. La vida misma depende de la luz del sol.

La luz de Cristo es como la luz del sol; también está presente en todas partes y se da a todos por igual.

Así como la oscuridad se desvanece cuando aparece la luz del sol, de la misma manera el mal es expulsado por la luz de Cristo.

En la luz del sol no hay oscuridad, pues ésta se sujeta a aquélla. El sol puede quedar oculto por las nubes o por la rotación de la tierra, pero las nubes desaparecerán y la tierra completará su ciclo.

De acuerdo con el plan, se nos dice que “es preciso que haya una oposición en todas las cosas” (2 Nefi 2:11).

Mormón advierte que “el diablo… no persuade a ningún hombre a hacer lo bueno, no, ni a uno solo; ni lo hacen sus ángeles; ni los que a él se sujetan.

“Ahora bien… en vista de que conocéis la luz por la cual podéis juzgar, la cual es la luz de Cristo, cuidaos de juzgar equivocadamente…” (Moroni 7:17–18).

Esta luz de Cristo, que da vida, está dentro de ustedes. El maligno intentará oscurecerla; y se puede empañar con confusión, hasta el punto de convencerlos de que ni siquiera existe.

Así como la luz del sol es un desinfectante natural, el Espíritu de Cristo puede limpiar nuestro espíritu.

Toda alma, sea quien sea, o dónde esté o en qué época viva, es un hijo de Dios. Nosotros tenemos la responsabilidad de enseñar que “espíritu hay en el hombre, y el soplo del Omnipotente le hace que entienda” (Job 32:8).

El presidente Joseph Fielding Smith habló de las enseñanzas del Espíritu Santo y de las del Espíritu de Cristo: “Todo hombre puede recibir una manifestación del Espíritu Santo, aun cuando no esté en la Iglesia, si es que se encuentra buscando la luz y la verdad anhelosamente. El Espíritu Santo vendrá y le dará al hombre el testimonio que está buscando, y luego se retirará; y el hombre no tiene derecho a reclamar otra visita ni visitas y manifestaciones continuas de parte de Él. Puede, sí, tener la guía continua de aquel otro Espíritu, el Espíritu de Cristo…”3.

El Espíritu de Cristo siempre estará presente. Nunca se aleja; no puede alejarse.

Toda persona en todas partes tiene ya el Espíritu de Cristo, y mientras que el Espíritu Santo puede visitar a cualquiera, el don del Espíritu Santo se obtiene “mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio” (Artículos de Fe 1:3), sometiéndose “al bautismo por inmersión para la remisión de los pecados” y a la “imposición de manos para comunicar el don del Espíritu Santo” (Artículos de Fe 1:4). No está presente automáticamente como lo está el Espíritu de Cristo. El mencionado don debe ser conferido por alguien que posea la autoridad (véase Artículos de Fe 1:5).

Se nos ha comisionado para hacer eso, para fomentar la luz de Cristo, que está en toda alma con la que nos encontremos, y llevar a las almas al punto en que el Espíritu Santo pueda visitarlas. Luego, a su debido tiempo, pueden recibir, por medio de la ordenanza, el don del Espíritu Santo, que se confiere a todo miembro de la Iglesia.

Una vez que la persona haya recibido el don del Espíritu Santo y pueda cultivarlo junto con la luz de Cristo que ya posee, entonces la plenitud del Evangelio se abrirá a su entendimiento. El Espíritu Santo puede incluso obrar mediante la luz de Cristo4.

La luz de Cristo es tan universal como la luz del sol. Doquiera que haya vida humana, ahí está el Espíritu de Cristo. Toda alma viviente lo posee y es el patrocinador de todo lo que es bueno. Es el inspirador de todo lo que bendiga y beneficie a la humanidad. Es lo que nutre la bondad misma.

Mormón enseña esto: “…os suplico… que busquéis diligentemente en la luz de Cristo, para que podáis discernir el bien del mal; y si os aferráis a todo lo bueno, y no lo condenáis, ciertamente seréis hijos de Cristo” (Moroni 7:19).

Todos conocen la luz del sol. Si comparan el Espíritu de Cristo con la luz del sol, recordarán ejemplos de sus propias experiencias. Esos ejemplos son casi innumerables; los pueden entender los niños pequeños o los adultos, como se pueden entender las parábolas de Cristo. No debería de resultar difícil enseñar cómo se recibe revelación por medio de la Luz, aun cuando no sepamos exactamente cómo funciona la inspiración.

El hombre mismo, con todas sus limitaciones, comunica mensajes por cables de fibra óptica. Una fibra de vidrio minúscula, más pequeña que un pelo humano, puede transmitir 40.000 mensajes al mismo tiempo, los cuales se descodifican y se convierten en objetos visibles y en sonido y color, incluso en movimiento. El hombre puede hacer eso.

Un rayo láser, que no contiene nada de alambre ni fibra, puede conducir en un segundo cien mil millones de unidades de información de computadora.

Si el hombre puede hacer eso, ¿por qué nos asombramos ante la promesa de que la luz de Cristo está en todos nosotros y de que el Espíritu Santo puede visitar a cualquiera de nosotros?

Por lo tanto, no debe resultar difícil entender cómo toda la humanidad puede recibir la revelación de Dios a Sus hijos terrenales, ya sea por medio del Espíritu de Cristo o del Espíritu Santo.

Esta luz de Cristo se menciona en todas partes de las Escrituras. Doctrina y Convenios es una fuente en la que abunda la enseñanza sobre la luz de Cristo. Por ejemplo, se habla de “la luz de la verdad, la cual verdad brilla. Ésta es la luz de Cristo… él está en el sol, y es la luz del sol, y el poder por el cual fue hecho” (D. y C. 88:6–7).

Los maestros comunes que son responsables de enseñar las doctrinas y de testificar de lo espiritual cuentan, entre sus experiencias personales, ocurrencias cotidianas que se pueden comparar con elementos espirituales.

Entonces la luz de Cristo puede avivarse por medio del Espíritu Santo, el Consolador. Se nos dice que “el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Juan 14:26).

El presidente Harold B. Lee lo explicó así: “Esa luz no se apaga nunca por completo [refiriéndose a la luz de Cristo]… a menos que cometamos el pecado imperdonable. Su brillo puede ser tan mortecino que apenas podamos percibirlo, pero está allí para que lo avivemos hasta que sea una llama que refulgirá más aún con comprensión y con conocimiento. A menos que eso suceda, no podremos lograr nada. Nuestra obra misional sería en vano”5.

Si entendemos la realidad de que existe la luz de Cristo en toda persona que veamos y en toda reunión a la que asistamos y dentro de nosotros mismos, y si comprendemos el gran desafío que tenemos —el lugar donde vivamos y el peligro que a veces nos acecha—, tendremos un valor y una inspiración mayores de los que jamás hayamos tenido hasta ahora. ¡Debe ser así! ¡Y así será! Todo esto es un aspecto de la verdad del Evangelio que muy pocos entienden.

Que con oración y diligentemente se esfuercen por comprender el significado de estos principios, y luego comiencen a aplicarlos. Al hacerlo, recibirán entonces el testimonio de que el Evangelio de Jesucristo es verdadero, de que la restauración del Evangelio es una realidad y de que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es “la única iglesia verdadera y viviente sobre la faz de toda la tierra” (D. y C. 1:30). Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, el Unigénito del Padre, y de Él emana la luz de Cristo para todo el género humano.

Que ustedes, los que han sido llamados para ser misioneros o maestros y los que son padres se deleiten “en las palabras de Cristo; porque he aquí, las palabras de Cristo os dirán todas las cosas que debéis hacer” (2 Nefi 32:3). En el nombre de Jesucristo. Amén.

Tomado de un discurso pronunciado el 22 de junio de 2004, durante un seminario para presidentes de misión, en el Centro de Capacitación Misional, Provo, Utah.