Heber J. Grant Un Profeta Para Momentos Difíciles
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    Heber J. Grant Un Profeta Para Momentos Difíciles

    Conocido por su perseverancia, el presidente Grant estaba bien preparado para guiar la Iglesia después de la Primera Guerra Mundial, a través de la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial.

    Cuando en 1918 el presidente Joseph F. Smith yacía moribundo en su lecho, Heber J. Grant, en aquel entonces Presidente del Quórum de los Doce Apóstoles, estaba a su lado. Tomando la mano de Heber, el presidente Smith dijo: “Que el Señor te bendiga, muchacho, que el Señor te bendiga; tienes una gran responsabilidad. Recuerda siempre que ésta es la obra del Señor y no del hombre. El Señor es más grandioso que cualquier hombre. Él sabe quién desea Él que guíe Su Iglesia y jamás se equivoca. Que el Señor te bendiga”1.

    Con esas palabras de ánimo, el liderazgo de los 495.000 miembros de la Iglesia recayó sobre Heber Jeddy Grant. La Primera Guerra Mundial acababa de terminar y la gente luchaba para recuperarse de su terrible devastación. En el otoño de 1918 se desató una epidemia mundial de gripe que acabó con la vida de más de 20 millones de personas. Debido a ello, se pospuso hasta el 2 de junio la conferencia general de abril de 1919 en la que el presidente Grant debía ser sostenido2.

    Pero ese líder de 1,85 metros estaba listo para la tarea. Durante los siguientes 26 años y medio, el presidente Grant sirvió como profeta, vidente y revelador. Siendo el séptimo Presidente de la Iglesia, fue el profeta que sirvió durante más tiempo, si exceptuamos a Brigham Young. Durante esos años, la Iglesia casi se duplicó en tamaño, llegando a los 954.000 miembros, edificó tres templos nuevos y estableció 16 misiones adicionales. Bajo el liderazgo del presidente Grant, la Iglesia inauguró el sistema de bienestar, comenzó a microfilmar registros de historia familiar y estableció el programa semanal de radio del Coro del Tabernáculo. El presidente Grant pronunció un sermón durante la primera emisión radiofónica de la Iglesia e hizo mucho para cambiar la imagen negativa de la Iglesia de aquel entonces.

    Jedediah y Rachel

    El presidente Grant había sido bien preparado espiritualmente gracias al ejemplo de sus progenitores. Su padre, Jedediah M. Grant, Segundo Consejero de la Primera Presidencia del presidente Brigham Young, falleció de pulmonía a los 40 años, nueve días después del alumbramiento de Heber, el 22 de noviembre de 1856. Sin embargo, el legado de fe y rectitud de su padre fue un factor decisivo en su vida. “Años después de su muerte, seguía recogiendo los beneficios de su honradez y fidelidad”, explicó posteriormente el presidente Grant3.

    La influencia de su madre, Rachel Ridgeway Ivins Grant, fue igualmente poderosa. Antes de que Rachel se uniera a la Iglesia, su acomodada familia del Este del país le ofreció una gran cantidad de dinero a cambio de que renunciara al Evangelio de Jesucristo. Ella se negó y permaneció fiel a su testimonio. A la muerte de su esposo, la joven viuda, que no tenía dinero alguno, trabajó como costurera y dio alojamiento a huéspedes a fin de proveer para su hijo.

    Ella enseñó a Heber el valor del trabajo arduo, y, trabajando juntos, pudieron satisfacer sus necesidades, aunque sufrieron muchas privaciones. A raíz de sus circunstancias, Rachel y Heber fueron muy unidos. Más tarde llegaría a decir de su madre: “Me encuentro hoy aquí como alguien para quien su madre lo era todo. Ella fue un padre y una madre para mí. Ella fijó el ejemplo de integridad, devoción, amor, determinación y honor por encima de todo. Me encuentro hoy aquí en calidad de Presidente de la Iglesia porque he seguido la orientación y el consejo, al igual que el fervoroso testimonio de la divinidad de la obra de Dios, que recibí de mi madre”4.

    La influencia de un profeta

    Si bien su madre fue la influencia principal en la vida de Heber, el Señor puso a muchas otras personas en su camino para guiarlo y orientarlo. Una de las primeras asociaciones de ese tipo fue la del presidente Brigham Young (1801–1877). El joven Heber, demasiado pobre para poseer un trineo, se entretenía durante el invierno agarrándose a los vehículos que pasaban para así patinar sobre la nieve durante una cuadra o dos; después se soltaba. Un día, a la edad de 6 años, Heber se agarró al trineo tirado por caballos del presidente Young. Según relató Heber años después, el presidente Young “apreciaba mucho su tiro de caballos y le gustaba manejar con cierta velocidad. Y ahí estaba yo, patinando a tanta velocidad que ni siquiera intenté soltarme, y al cabo de un tiempo empecé a tener frío”.

    Finalmente, el presidente Young se percató de la presencia de Heber y le dijo a su chofer que se detuviera, tapó al tiritante niño con su abrigo de piel y le preguntó quién era. Cuando el presidente Young averiguó que el muchacho era el hijo de Jedediah M. Grant, le expresó su amor por su padre y la esperanza de que también él llegara a ser un hombre igual de excepcional. Antes de que el presidente Young dejara al pequeño Heber, lo invitó a visitarle en su despacho, y así se inició una amistad que duró hasta el fallecimiento del presidente Young. Heber dijo de esa amistad: “No sólo aprendí a respetarlo y venerarlo, sino a amarlo con un afecto similar al que me parece que habría sentido por mi propio padre, si se me hubiera permitido conocer y corresponder el amor de un padre”5.

    Las opciones del joven Heber

    La pobreza definió la juventud de Heber, aunque no negativamente. El tener escaso dinero nunca fue motivo para que desistiera de sus propósitos. Quería aprender a ser lanzador de béisbol, pero al no disponer de dinero suficiente para una pelota, Heber ganó dinero lustrando el calzado de los huéspedes de su madre. Años después deseaba ir al Teatro de Salt Lake, pero en vez de apenarse por no tener dinero para las entradas, consiguió un empleo como repartidor de agua entre los asistentes al teatro, con lo que pudo ver las obras6.

    A medida que crecía, su perseverancia y fortaleza tuvieron buen uso en sus actividades empresariales. Habiéndosele ofrecido un nombramiento en la Academia Naval de los Estados Unidos, optó por quedarse cerca de su madre y convertirse en un hombre de negocios7. Al finalizar sus estudios a los 16 años, Heber consiguió un empleo como secretario de banco y aprendió a llevar libros de cuentas. Su honradez, su capacidad para trabajar fuerte, así como su gran deseo de aprender le abrieron muchas oportunidades. A la edad de 20 años era cajero auxiliar de “Zion’s Saving Bank and Trust Company” y había adquirido una agencia aseguradora8.

    La pobreza de la juventud de Heber J. Grant lo hizo ser compasivo y lo preparó para dirigir a la Iglesia desde la hecatombe de la Primera Guerra Mundial, a través de la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial.

    Vencer al “Sr. Diablo”

    De joven, Heber estaba preocupado por una promesa que se le había hecho en su bendición patriarcal, en la que se le decía que sería llamado al ministerio en su juventud. Creyendo que se refería a que serviría en una misión para la Iglesia, se consternó cuando, al cumplir los 23 años, aún no había recibido llamamiento misional alguno. Por ello comenzó a preocuparse sobre su situación y sobre la Iglesia. Empezó a dudar de la inspiración del patriarca, en cuyo caso habría además otras revelaciones que tampoco tenían su origen en la inspiración. Según meditaba se confundía más. Sabía que la Iglesia era verdadera, entonces ¿por qué le asolaban las dudas? Finalmente concluyó que el patriarca debía estar equivocado, pero seguía sin hallar paz al respecto.

    Un día, mientras caminaba por Main Street, en Salt Lake City, esos pensamientos volvieron a atormentarlo. Heber J. Grant se detuvo ahí mismo, en la acera, y dijo en voz alta, aunque no había nadie más presente: “Sr. Diablo, cállese. No me importa si cada uno de los patriarcas de la Iglesia ha cometido un error durante una bendición o si ha mentido. Creo con todo mi corazón y mi alma que el Evangelio es verdadero y no permitiré que se disturbe mi fe”.

    Nunca más volvió Heber a ser atormentado con esos pensamientos negativos, y poco después fue llamado a servir como presidente de estaca: el cumplimiento de su bendición patriarcal9.

    Llamado como apóstol

    Habiendo sido ordenado apóstol en 1882, cuando sólo tenía 25 años de edad, a Heber J. Grant le preocupaba no ser capaz ni digno de la confianza que se había depositado en él. Durante una visita a unos indios de Arizona, se apartó de sus compañeros para orar y meditar al respecto. Posteriormente explicó que, estando a solas, le “pareció ver” un concilio al otro lado del velo en el que se debatía quién debía cubrir dos vacantes en el Quórum de los Doce Apóstoles. El padre de Heber y el profeta José Smith propusieron su nombre, con lo que se aplacaron las inquietudes de Heber. “También se me dio a entender”, dijo, “que eso era todo lo que aquellos hombres… podían hacer por mí; desde entonces dependía de mí únicamente tener éxito o fracasar en la vida”10.

    Vida familiar

    El presidente Grant era un esposo y un padre amoroso. En una ocasión, su esposa le sugirió que se dijeran mutuamente sus faltas, a lo que el presidente Grant accedió. Ella mencionó un par de defectos de Heber y lo invitó a hablar de los de ella. Con una sonrisa le dijo: “No tienes ninguno”11.

    El presidente Grant amaba a sus 10 hijas y permanecía muy unido a ellas, pero el hecho de que sus dos únicos hijos fallecieran cuando aún eran pequeños fue para él causa de grande y profundo pesar.

    A lo largo de muchos años de viajar para desempeñar sus responsabilidades eclesiásticas, el presidente Grant se sentía solo siempre que estaba lejos de su familia. Su regreso a casa se celebraba con gran gozo. Sus hijas recuerdan que en esas ocasiones les relataba sus experiencias mientras paseaba con ellas alrededor de la casa, llevando a una niña sentada en cada pie y deleitándose con su compañía12.

    La perseverancia y el sentido del humor

    Aquellos que conocían en persona al presidente Grant concuerdan en que había dos características que sobresalían entre las muchas buenas cualidades que poseía: su perseverancia y su sentido del humor. El presidente Grant solía relatar la historia de una hormiga que había hecho 69 intentos para llevar un grano de maíz antes de tener éxito. “Esta maravillosa lección sobre la perseverancia de un insecto ha sido una fuente de inspiración durante toda mi vida”13.

    Un ejemplo de su perseverancia lo demuestra la forma en que aprendió a cantar. Cuando tenía 43 años, decidió que quería cantar, a pesar del hecho de que jamás había sido capaz de cantar afinado. Según explica:

    “Tuve un secretario particular que tenía una hermosa voz de barítono. Le dije que daría cualquier cosa en el mundo si tan sólo pudiese cantar una melodía bien, ajustándome al tono. Él rió y me dijo: ‘Cualquier persona que tenga voz y perseverancia puede cantar’. De inmediato le nombré mi maestro de canto.

    “Mis lecciones de canto comenzaron aquella noche. Al cabo de dos horas de práctica, todavía no me era posible cantar ni una línea de la canción que había estado practicando. Tras haber practicado esa canción más de cinco mil veces, intenté cantarla en público y lo hice de un modo espantoso. La practiqué durante otros seis meses. Ahora aprendo una canción en unas pocas horas”14.

    El sentido del humor del presidente Grant se evidencia en los relatos que compartía sobre sus esfuerzos por aprender a cantar. Una vez habló de cuando estaba practicando al lado del consultorio de un dentista y oyó decir a una persona que estaba en el pasillo que sonaba como si a alguien le estuvieran sacando un diente15.

    Un hombre de fe

    El presidente Grant tenía 62 años cuando el 23 de noviembre de 1918 se convirtió en el séptimo Presidente de la Iglesia; falleció el 14 de mayo de 1945 a los 88 años. En el púlpito era severo cuando tenía que serlo; predicó extensamente a favor de la Prohibición, que prohibía la preparación y la venta de alcohol en los Estados Unidos, y contra el subsidio del desempleo. Pero a menudo también se valía de su gran sentido del humor para demostrar algún punto. Al referirse a los atributos de los Santos de los Últimos Días, dijo una vez: “He oído el comentario de que cuando se presenta ante el Congreso una medida que pudiera perjudicar a los mormones, los santos oran para que sea rechazada, y que si no es denegada, dan gracias a Dios de todos modos… Hay algo de verdad en ello. Un mormón sabe que las promesas de Dios son verdaderas, y que ha dicho que todos serán probados. Siendo conscientes de ello, los Santos de los Últimos Días darán gracias a su Hacedor no sólo en las bendiciones, sino en las tribulaciones también”16.

    Por encima de todo, el presidente Heber J. Grant era un hombre de fe inmutable que dio testimonio en sus viajes por todo el mundo, incluso durante los años que dedicó a presidir las misiones de Europa y Asia. En una ocasión testificó: “Sé que Dios vive. Sé que Jesús es el Cristo. Sé que José Smith fue un profeta de Dios. He estirado la mano; he sacado los frutos del Evangelio y los he probado, y son dulces, sí, más dulces que todo lo dulce”17. Pero más que limitarse a probar, el presidente Grant hizo todo lo posible por ofrecer el fruto a otras personas porque sabía de su propia experiencia que el Evangelio sostendría a la gente en cualquier adversidad.

    Sherrie Mills Johnson pertenece al Barrio Cascade 4, Estaca Cascade, Orem, Utah, E.U.A.