2004
Las Bendiciones del Templo
enero de 2004


Las Bendiciones del Templo

Mi madre falleció cuando yo tenía 5 años. Vivíamos en la Ciudad de Guatemala, Guatemala, y en ese entonces no éramos miembros de la Iglesia. Mi padre creía en Dios, pero no sabía nada del plan de salvación ni de lo que había pasado con el espíritu de su esposa. Le costó mucho criar él solo a cuatro hijos.

Cuando tenía 12 años, mi hermana vio a dos misioneros que pasaban por enfrente de nuestra casa y los invitó a pasar. Nos enseñaron el Evangelio y unas semanas después mi hermana y yo decidimos bautizarnos, pero mi padre no estaba muy seguro. Un hermano del barrio lo visitó y le dio un folleto del plan de salvación. Cuando mi padre leyó que nuestra familia podía estar junta para siempre, supo que quería unirse a la Iglesia. Fue la realización de sus esperanzas y sueños.

En aquel entonces, el templo más próximo era el de Mesa, Arizona, en los Estados Unidos. Resultaba muy difícil hacer un viaje tan caro, pero tiempo después, cuando mi padre fue llamado como presidente de distrito, el presidente de misión le preguntó: “¿Qué piensa hacer?”.

“Nos vamos al templo”, respondió mi padre. Organizó un grupo de cerca de 100 personas que viajaron al Templo de Mesa, Arizona. Nuestra familia se selló y todos sentimos la presencia de nuestra madre. Sabíamos que había aceptado el Evangelio.

Cuando mi esposa Blanca y yo nos casamos, las leyes de Guatemala nos obligaban a que primero celebráramos un matrimonio civil, pero a mí no me gustaba esa ceremonia porque en ella se dice que estamos casados sólo hasta la muerte. Al día siguiente partimos hacia Arizona, aunque tuvimos que vender algunas de nuestras posesiones para sufragar los gastos del viaje. El sellarme a mi esposa en el templo por la eternidad fue una de las experiencias más dichosas de mi vida.

Sin embargo, descubrimos que no teníamos suficiente dinero para volver a Guatemala. Al ir a las reuniones de la Iglesia, un hombre me estrechó la mano y me dio un billete de 20 dólares; luego, otro hombre hizo lo mismo. Nosotros no les habíamos dicho nada de nuestros problemas, aunque sí a nuestro Padre Celestial.

Yo era presidente de estaca cuando se anunció la construcción de un templo en Guatemala y tuve el privilegio de recaudar fondos para el templo y preparar a la gente para entrar en él. Se nos pidió que recaudáramos 10.000 dólares. Niños, jóvenes y adultos, todos participaron. La gente de la estaca era tan feliz que recaudamos cerca de 27.000 dólares, casi el triple de nuestra meta.

Cuando nuestro hijo más pequeño, Daniel, tenía 11 años, nos dijo que quería un regalo especial para su próximo cumpleaños. Quería ir al templo y bautizarse por algunos de sus antepasados. Toda la familia tomó parte activa en la historia familiar. Nos acercamos más a nuestros familiares vivos y encontramos a varios antepasados por los que no se había hecho la obra del templo. Cuando cumplió los doce años, él se bautizó por ellos. Yo realicé las ordenanzas y Daniel obtuvo un mayor testimonio de la obra del templo.

Como pueden ver, muchos de los mejores momentos de mi vida los he pasado en la casa del Señor, y puede sucederles lo mismo a cada uno de ustedes.

Recuerden siempre que nuestro Señor Jesucristo ama a los niños. Al leer de Su visita a las Américas después de Su resurrección, aprendemos que llamó a los niños y los bendijo a cada uno. No hay muchos pasajes en las Escrituras en los que el escriba no pudiera anotar Sus palabras, pero éste fue uno de ellos. Las palabras y bendiciones fueron tan sagradas que no pudieron escribirse (véase 3 Nefi 17:12–23). Jesús los ama a ustedes así como amó a aquellos niños.

Creo que mi testimonio era tan firme a los 12 años como lo es actualmente. No es necesario ser adulto para tener un testimonio de Jesucristo o para contribuir a que el mundo sea un lugar mejor. Puede que a veces no se den cuenta de la gran ayuda que son para sus padres, sus familiares y para el mundo.