Historia de la Iglesia
Crecer mientras se sirve al Señor


“Crecer mientras se sirve al Señor”, Historias mundiales: Filipinas, 2019

“Crecer mientras se sirve al Señor”, Historias mundiales: Filipinas

Crecer mientras se sirve al Señor

Cuando Nenita Reyes se unió a la Iglesia en 1961, los primeros conversos se sentían muy unidos. Los miembros solían quedarse a conversar entre ellos mucho después de que concluían los servicios. “Sentíamos amor”, recuerda Nenita. “Sentíamos que allí es donde realmente pertenecíamos”. Disfrutaban tanto socializar juntos que incluso los padres y otros adultos asistían a las actividades semanales para jóvenes. Los miembros también formaban parte de la vida de los demás por medio del servicio: cuando la casa de un miembro se incendió, los miembros de la rama lo ayudaron a reconstruir.

A pesar del apoyo de la rama, Nenita se sintió nerviosa cuando la llamaron como directora de música. “Cuando dirigí la música por primera vez, ocultaba mi rostro en el himnario”, dijo, mencionando que ella y los otros conversos recientes no estaban acostumbrados a estar ante una congregación. “Poco a poco lo superamos”.

Ese diciembre, Nenita dirigió a un grupo de miembros de la rama para cantar villancicos. Rubén Gapiz, cuya tía era miembro, se unió para tocar la guitarra. Se sintió decepcionado cuando se enteró de que no le pagarían, pero optó por quedarse cuando supo que los santos cantarían en hospitales y orfanatos. Al año siguiente, se unió a la Iglesia. Más tarde, Rubén y Nenita fueron el primer matrimonio filipino Santo de los Últimos Días a quien casó un líder de la Iglesia. En 1973, cuando se organizó la primera estaca en Filipinas, Rubén fue llamado a servir en el sumo consejo, aunque le preocupaba si estuviere preparado, ya que pensaba que una persona podría necesitar “un halo en la cabeza para cumplir con las responsabilidades”.

Dos años después, azotó el desastre. A Rubén le diagnosticaron cáncer y solo le dieron cinco años de vida. “Desde aquella visita al consultorio del médico, siempre he tenido una oración en mi corazón”, dijo Rubén. “No quería que mis hijos crecieran sin un padre”. Tres años de quimioterapia le agotaron el cuerpo y Rubén perdió su trabajo, pero en 1978 deseó recibir su bendición patriarcal. “Hacia el final de la bendición”, recordó Rubén, el patriarca le dijo que “viviría [su] vida al máximo” y que llegaría a ser un líder de la Iglesia. La bendición “hizo que mi esposa y yo sollozáramos en silencio”, recuerda Rubén. “Ese día supe que el Señor había contestado mi oración”.

“Después de eso, se convirtió en un hombre diferente”, dijo Nenita. Ella y Rubén sirvieron de manera más activa y de buen grado en la Iglesia mientras veían crecer a sus cuatro hijas. En 1990, Rubén y Nenita fueron llamados a la Misión Filipinas Davao, donde presidieron a misioneros proselitistas y de bienestar. También formaron parte del comité de revisión de la traducción del Libro de Mormón al tagalo. “El Evangelio ha sido la fuente de toda la felicidad que disfrutamos como familia”, dijo Nenita. “Realmente sé que esta es la Iglesia verdadera”.