1990–1999
“Un Discípulo De Jesucristo”
Abril 1992


“Un Discípulo De Jesucristo”

“El Señor pide obreros dignos y bien dispuestos que salgan a cosechar Su mies.”

Esta tarde, el élder L. Tom Perry hizo referencia a los millones y millones de personas que ahora pueden escuchar el glorioso mensaje del evangelio restaurado. En épocas recientes, el Señor ha abierto las puertas de aquellas naciones que por mucho tiempo no habían gozado de las bendiciones de los convenios del evangelio. El élder Perry volvió a extender el llamado del Señor para que todo joven digno sirva en una misión. Sin ninguna intención de restarle importancia a su claro y urgente mensaje, quisiera hacer la siguiente pregunta: ¿Que clase de misioneros debéis ser?

La Iglesia tenía menos de dieciocho meses de organizada cuando el Señor dio animo a los santos de ese entonces con estas palabras: “… no os canséis de hacer lo bueno, porque estáis poniendo los cimientos de una gran obra. Y de las cosas pequeñas proceden las grandes.

“He aquí, el Señor requiere el corazón y una mente bien dispuesta” (D y C 64: 3 3–34)

Se necesitan misioneros con una mente bien dispuesta.

Permitidme leeros lo que escribió alguien que tenía una mente bien dispuesta, el élder Heber C. Kimball: “El profeta José Smith se acercó y me dijo: ‘Hermano Heber, el Espíritu del Señor me ha dicho: Deseo que mi siervo Heber vaya a Inglaterra y proclame mi Evangelio y abra las puertas de la salvación en esa nación’. Sólo de pensarlo me estremecí… Oh, Señor, soy un hombre que tartamudea y no sirvo para semejante obra. ¿Cómo puedo predicar en esa tierra tan famosa en todo el mundo cristiano por su conocimiento y devoción? Es la cuna de la religión. ¿Y predicar a esa gente con su consabida inteligencia? … Sin embargo, esos pensamientos no me apartaron de la senda del deber. Desde que entendí la voluntad de mi Padre Celestial, sentí la determinación de ir, costara lo que costara, porque sabia que El me iba a apoyar con todo Su poder y que me daría todas las virtudes que necesitara” (Orson F. Whitney, Life of Heber C. Kimball, 3ra edición, Salt Lake City: Bookcraft, 1967, pág. 103–104).

Pasaron muchos meses y el hombre que se decía tartamudo había terminado su misión y estaba a punto de regresar.

“La mañana que me fui de Chatburn, muchos lloraban al pensar que no volverían a verme. No puedo describir todas las emociones que sentí cuando me despedí. Al alejarme por la calle, muchos me siguieron y en los umbrales de las puertas había muchos que me saludaban para despedirse, visiblemente emocionados … Al ver estas cosas, en un impulso me quite el sombrero como si el lugar fuera sagrado. Sentí el Espíritu del Señor que me impulsó a bendecir toda esa región del país … Mis sentimientos eran iguales a los de ellos y era como si mis ojos fueran un manantial de lágrimas, porque llore mucho rato después de despedirme de ellos” (Ibíd., pág. 187).

El Señor necesita misioneros con el corazón y la mente dispuestos.

Los misioneros que son eficaces tienen muchos y variados talentos, pero todos suelen tener una cualidad que es la de cumplir con sus cometidos, es decir, la voluntad de hacer lo que se comprometen a hacer. Se proponen levantarse temprano por la mañana y lo hacen. No dependen de compañeros ni de lideres de distrito ni de nadie. Le prometen al presidente de la misión que van a estudiar el evangelio todas las mañanas y no cambian de idea a los pocos días.

¿De dónde proviene ese poder que les ayuda a tomar una decisión y a ser constantes? Me imagino que, en la mayoría de los casos, la aprenden mucho antes de llegar al campo misional.

Hace un año y medio el presidente Thomas S. Monson habló en la sesión general del sacerdocio de un tema muy importante y su discurso ha sido publicado en un folleto llamado La fortaleza de la juventud. Permitidme leeros un párrafo: “Algunas personas desobedecen a sabiendas los mandamientos de Dios. Piensan arrepentirse antes de salir a una misión o antes de recibir los convenios y las ordenanzas sagrados del templo. Arrepentirse de un comportamiento de este tipo es difícil y doloroso y puede tomar mucho tiempo. Lo mejor es no cometer el pecado, porque algunos, entre ellos los sexuales, son de tal gravedad que pueden poner en peligro tu calidad de miembro de la Iglesia y tu vida eterna” (La fortaleza de la juventud, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, Salt Lake City, 1990, pág. 19).

Yo tengo la impresión de que algunos de nuestros jóvenes no creen que el arrepentimiento por pecados graves sea difícil y doloroso y pueda tomar mucho tiempo. ¿De dónde ha salido esa idea falsa?

Si a vosotros, jovencitos, algunos de nosotros, los mayores, os hemos dado la impresión de que no es tan serio desobedecer los mandamientos de Dios, perdonadnos y escuchad con atención las palabras del Señor dadas por medio del profeta y rey Benjamín:

“Y ahora os digo, hermanos míos, que después de haber sabido y de haber sido instruidos en todas estas cosas, si transgredís y obráis contra lo que se ha hablado, de modo que os separáis del Espíritu del Señor, para que no tenga cabida en vosotros para guiaros por las sendas de la sabiduría, a fin de que seáis bendecidos, prosperados y conservados,

“os digo que el hombre que esto hace, tal se declara en rebelión manifiesta contra Dios; por tanto, prefiere obedecer al mal espíritu y se convierte en enemigo de toda rectitud; por tanto, el Señor no tiene lugar en el, porque no habita en templos impuros” (Mosíah 2:36–37).

Es mucho mejor que nos esforcemos por mantenernos puros y no incurrir en pecados serios. Algunos no han tenido ese cuidado, y por eso agradecemos que exista el arrepentimiento. Pero “… es difícil y doloroso y puede tomar mucho

tiempo”.

Prestad atención a las palabras del Señor mismo cuando recuerda el precio que pagó por nuestros pecados y nos guía hacia esa redención:

“Así que, te mando arrepentir; arrepiéntete, no sea que te hiera con la vara de mi boca, y con mi enojo, y con mi ira, y sean tus padecimientos dolorosos; cuan dolorosos no lo sabes; si, cuan difíciles de aguantar no lo sabes.

“Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten;

“mas si no se arrepienten, tendrán que padecer así como yo;

“padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu …” (D. y C. l 9:1 5–18).

Jóvenes, vosotros debéis vivir una vida digna por muchas razones. Una de ellas es que el Espíritu del Señor debe acompañaros mientras estáis en el campo misional. La asociación que tengáis con el Espíritu del Señor dependerá de si sois dignos o no. Si no buscáis con dedicación la ayuda del Espíritu, encontraréis que la obra misional os resultara extremadamente difícil y no obtendréis resultados positivos.

El consejo del presidente Benson es bien claro: “Nuestras predicaciones y enseñanzas deben hacerse por medio del Espíritu Santo. Siempre debemos recordar que en esta gloriosa obra, el elemento esencial es el Espíritu” (Teachings of Ezra Taft Benson, Salt Lake City: Bookcraft, 1988, pág. 313).

Escuchad también las palabras del Señor dirigidas a Sus emisarios:

“Por tanto, llamo a lo débil del mundo, a aquellos que son indoctos y despreciados, para trillar a las naciones por el poder de mi Espíritu.

“Y su brazo será mi brazo, y yo seré su escudo y su broquel; y ceñiré sus lomos y lucharan por mi varonilmente … (D. y C. 35:13–14).

Tened el deseo de uniros a ese ejército y marchar al lado de compañeros para luchar “varonilmente” por Jesucristo, acompañados del Espíritu.

Lideres del sacerdocio, tengamos cuidado de no permitir que los jóvenes misioneros vayan a la misión con el peso de una transgresión que no se haya confesado, porque es como dejarlos ir a la batalla sin casco ni espada ni escudo. Recordemos que lleva tiempo desarrollar la fuerza de voluntad para resistir el fuego de la tentación. Lleva tiempo recibir el dulce consuelo que siempre llega al corazón del que verdaderamente se arrepiente. Dadles suficiente tiempo.

Además, hay otro asunto que sólo tengo tiempo de mencionar brevemente. Pero nuestro éxito en esta causa tendrá consecuencias eternas para mas personas que sólo el misionero y el converso.

El élder Boyd K. Packer nos ha recordado que “la seguridad de la Iglesia en generaciones futuras yace en el éxito que tengamos al llamar misioneros. Si nos preocupa el futuro de esta obra, no descansaremos hasta que todo joven capaz llegue a ser digno y tenga el deseo de recibir el llamamiento para servir en una misión” (Liahona, octubre/noviembre de 1985, pág. 41).

El Señor pide obreros dignos y bien dispuestos que salgan a cosechar Su mies.

Mis queridos hermanitos, pensad lo que significaría para vosotros si pudierais decir como el profeta Mormón:

“He aquí, soy discípulo de Jesucristo, el Hijo de Dios. He sido llamado por el para declarar su palabra entre los de su pueblo, a fin de que puedan alcanzar la vida eterna” (3 Nefi 5:13).

Soy testigo de que el Señor Jesucristo es el Hijo de Dios y el Salvador del mundo. Tengo la firme convicción de que El nos ha llamado para enseñar y testificar al mundo en Su nombre. Y para vosotros, queridos hermanitos, mi oración sincera es que respondáis a Su llamamiento con el corazón digno y la mente dispuesta, en el nombre de Jesucristo. Amen.