“Una carta para quienes tienen dificultades para perdonar”, Liahona, julio de 2025.
Jóvenes adultos
Una carta para quienes tienen dificultades para perdonar
Me han lastimado en el pasado y tuve que aprender a perdonar.
Estimado amigo:
Sentirse herido u ofendido parece ser una experiencia universal. Las personas que nos rodean a menudo dicen o hacen cosas que nos hacen sentir enojados, ignorados, ofendidos, menospreciados o no apreciados para nada.
Hace muchos años, alguien en la iglesia hirió mis sentimientos. Yo estaba enojada y molesta, y quería que esa persona se disculpara, pero nunca lo hizo. Traté de olvidar lo que había sucedido, pensando que el dolor y la ira que sentía simplemente desaparecerían.
Sin embargo, mantuve esos sentimientos de enojo durante varios años. El resentimiento que sentía hacia esa persona se rehusaba a desaparecer.
Un día, estaba hablando con una amiga sobre esa situación. Un pensamiento me vino al corazón:
Perdona.
El Espíritu me inspiraba a perdonar a esa persona por la que sentía tanta ira. ¡Me quedé estupefacta!
¿Cómo se suponía que fuera a perdonar a esa persona? Yo era la que había sido herida, así que merecía que me pidieran perdón, ¿verdad?
Luché contra aquella impresión durante mucho tiempo. Sin embargo, medité en el ejemplo de mi Salvador y en Sus enseñanzas sobre el perdón:
“Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre Celestial.
“Pero si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas” (Mateo 6:14–15).
Aun en la cruz, el Salvador suplicó a Su Padre que perdonara a los soldados que lo crucificaron (véase Lucas 23:34).
También recordé la invitación del presidente Russell M. Nelson: “Ejerzan la humildad, el valor y la fortaleza necesarios tanto para perdonar como para pedir perdón. […]
“Si en este momento el perdón parece imposible, supliquen por el poder que se deriva de la sangre expiatoria de Jesucristo para que los ayude”.
Con todo eso en mente, oré mucho. Oré a mi Padre Celestial y le dije: “Si es Tu voluntad que perdone a esta persona, abre las puertas y ayúdame a que esto suceda, porque no tengo la fuerza para hacerlo yo sola”.
Al día siguiente, en la iglesia, me encontré cara a cara con la persona que me había lastimado. Guiada por el Espíritu, sentí que debía pedirle perdón. Me disculpé por no haber sido un buena amiga en ocasiones y le pregunté si podía perdonarme. Lo hizo, y en respuesta, me pidió perdón por lo que había hecho. La perdoné también.
Salí de esa experiencia aliviada. Mis sentimientos heridos no desaparecieron de repente, pero me sentía mejor. Estaba libre del dolor y el pesar que me habían atormentado por tanto tiempo. Podía seguir adelante con paz.
A veces puede parecer imposible perdonar. Pero aferrarnos a la ira solo nos hace más daño. El Padre Celestial no desea que sigamos sufriendo el dolor, el pesar y la ira por los que Jesús pagó tan caro para liberarnos. Debido a que nos ama, desea que sintamos gozo.
Amigos, por favor, dejen las cargas a las que se están aferrando. Dénselas al Salvador y permitan que Su amor entre en su vida. No elijan seguir sufriendo. Elíjanlo a Él.
La hermana Kristin M. Yee, Segunda Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro, testificó: “El Señor nos requiere perdonar por nuestro propio bien, pero Él no nos pide que lo hagamos sin Su ayuda, Su amor y Su comprensión. Mediante nuestros convenios con el Señor, cada uno puede recibir el poder fortalecedor, la guía y la ayuda que necesitamos tanto para perdonar como para ser perdonados”.
Mi querido amigo, eres muy amado. Es probable que tu camino hacia el perdón no se parezca al mío. Pero debido a que todos somos hijos de Dios y somos amados, Él cuidará de cada uno de nosotros, de acuerdo con nuestras necesidades individuales. Él nos mostrará el camino de la sanación, aunque tome tiempo.
Espero que busques el perdón que tu alma necesita tan desesperadamente. Espero que mis palabras te hayan sido útiles, pero lo que es más importante, espero que el Espíritu te haya testificado de la verdad de que el Salvador puede brindarnos paz, alivio y sanación.
Con amor,
Tu amiga