2019
Tú: Una obra en curso
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Tú: Una obra en curso

¿Sientes que no estás a la altura de las circunstancias? Ya es hora de que te des un respiro.

¿Sientes constantemente que no alcanzas las expectativas? ¿Pasas horas tratando de hacer algo a la perfección o, peor aún, pasas horas esperando para comenzar a actuar porque crees que tus esfuerzos no estarán a la altura de lo esperado? Tal vez tienes un problema de perfeccionismo.

Una pregunta más: ¿Se aloja actualmente tu espíritu en tu cuerpo resucitado? Si es así, sigue adelante, ignora el artículo, no hay nada relevante aquí; pero, si no es así, entonces este mensaje es para ti. Sin importar cuán correctas sean (o no sean) tus acciones diarias, tu promedio de calificaciones, tu vida familiar o tu carrera; si aún estás en la mortalidad, entonces aún eres una obra en curso.

Sin pecado versus completo

En cierta ocasión, el presidente Russell M. Nelson enseñó algo que aprendió mientras estudiaba el texto original en griego del Nuevo Testamento junto con la traducción al inglés en busca de ejemplos de la palabra perfecto.

Un pasaje que parece desalentar a muchos se halla en Mateo 5:48: “Sed, pues, vosotros perfectos, así como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto”. Sin embargo, y significativamente, el texto griego original no se refería a estar libre de errores o sin pecado.

El presidente Nelson enseñó: “En Mateo 5:48, el término perfectos fue traducido del griego teleios, que significa ‘completo’”1.

A continuación, el presidente Nelson dio un ejemplo profundo de esa verdad: “Momentos antes de Su crucifixión, [Jesucristo] dijo que ‘al tercer día seré perfeccionado’. Piensen en ello. El Señor, sin pecados ni errores —quien, según nuestras normas mortales, ya era perfecto—, proclamó que Su propio estado de perfección estaba aún en el futuro. Su perfección eterna llegaría después de Su resurrección”2.

Los peligros del perfeccionismo

No obstante, es una tendencia común dejar de lado la necesidad que tenemos de ayuda divina e intentar lograr la perfección solos y vivir sin errores. Cuando lo hacemos, inevitablemente no damos la talla.

Los científicos del comportamiento describen el perfeccionismo como “un camino rápido y duradero hacia la desdicha”. ¡Y es verdad! El perfeccionismo es el ladrón de la felicidad y la satisfacción. Te roba la autoestima, hace que tus mejores esfuerzos parezcan extremadamente insuficientes y puede llevarte a la rutina interminable de intentar hacer más de lo que es posible.

El élder Jeffrey R. Holland, del Cuórum de los Doce Apóstoles, enseñó: “Nuestra única esperanza para tener la verdadera perfección es recibirla como un regalo de los cielos; no podemos ‘ganárnosla’. Por tanto, la gracia de Cristo nos ofrece no solo salvación del pesar, del pecado y de la muerte, sino de nuestra persistente autocrítica”3.

Sé un poco más amable contigo mismo

¿Eres tu peor enemigo? ¿Sabes mejor que nadie cómo meterte en un atascadero? Bueno, ¡basta! En vez de ello, comienza a procurar que esa “gracia de Cristo” sea parte de tu vida a fin de encontrar la ayuda que necesitas.

En este mundo caído nunca habrá una escasez de voces dispuestas a decirte que no estás a la altura de una manera u otra. No necesitas agregarte a esa lista de críticos.

Es hora de que seas un poco más amable contigo mismo. Sí, lucha por mejorar, pero ten presente el siguiente consejo del élder Holland: “… espero que procuremos mejorar personalmente de una manera que no incluya provocar[nos] úlceras ni anorexia, depresión ni [la] destrucción de nuestra autoestima”4.

Si crees que es más fácil decirlo que hacerlo, considera comenzar a practicar.

Paso a paso

Por último, esta vida es demasiado corta como para sentir que cometes errores constantemente. El presidente Nelson lo expresó muy bien: “Es preciso que recordemos lo siguiente: ‘… existen los hombres para que tengan gozo’ ¡sin sentimientos de culpabilidad!”5.

Al ser una obra en curso, tu perfección plena no llega sino en la vida venidera. Mientras tanto, simplemente sigue dando lo mejor de ti. Lo lograrás con la ayuda del Señor y en el tiempo del Señor.

En las bienaventuranzas y en otras ocasiones del discipulado, Él dijo: “Sed, pues, vosotros perfectos, así como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mateo 5:48).

Se espera que todo hombre y toda mujer de Dios lleguen a ser perfectos… con el tiempo. Sin embargo, todos somos humanos y tenemos la tendencia a pecar. De modo que, para infundirnos esperanza, el profeta Moroni enseñó que, si “veni[mos] a Cristo, y [nos] perfecciona[mos] en él, y [nos] abstene[mos] de toda impiedad, y am[amos] a Dios con toda [n]uestra alma, mente y fuerza, entonces su gracia [n]os es suficiente, para que por su gracia se[amos] perfectos en Cristo” (Moroni 10:32). Nuestro Padre Celestial dispuso que fuésemos humanos; pero eso no significa que no podamos ser hombres y mujeres de Dios, incluso con nuestras imperfecciones. Yo, por mi parte, estoy agradecido por eso.

Podemos ser hombres y mujeres de Dios a pesar de que en ocasiones tropecemos y caigamos. Todo lo que tenemos que hacer es esforzarnos por vivir de acuerdo con el Evangelio y nuestro Salvador nos ayudará el resto del camino hacia la perfección.