2015
    Ser testigos de Dios
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    Ser testigos de Dios

    Tomado del discurso “Testigos de Dios”, pronunciado en un devocional de la Universidad Brigham Young-Idaho, el 25 de febrero de 2014. Para leer el texto completo en inglés, vaya a www2.byui.edu/DevotionalsandSpeeches.

    Como la “sal de la tierra”, nosotros, los Santos de los Últimos Días, debemos retener nuestro sabor mediante el vivir nuestra religión y reafirmar que somos testigos de Dios.

    Stand of Witnesses of God

    Ilustraciones por Scott Greer.

    Vivimos en un mundo donde muchos niegan la existencia de Dios o la importancia de Sus mandamientos. Espero que lo que diga les sirva para ser más eficaces en su deber de testificar acerca de Dios y de actuar a favor de la verdad y la rectitud.

    I.

    Empiezo con los primeros tres Artículos de Fe:

    “Nosotros creemos en Dios el Eterno Padre, y en su Hijo Jesucristo, y en el Espíritu Santo.

    “Creemos que los hombres serán castigados por sus propios pecados, y no por la transgresión de Adán.

    “Creemos que por la Expiación de Cristo, todo el género humano puede salvarse, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio” (Artículos de Fe 1:1–3).

    Un gran profeta del Libro de Mormón enseñó esas mismas verdades:

    “Creed en Dios; creed que él existe, y que creó todas las cosas, tanto en el cielo como en la tierra; creed que él tiene toda sabiduría y todo poder, tanto en el cielo como en la tierra; creed que el hombre no comprende todas las cosas que el Señor puede comprender.

    “Y además, creed que debéis arrepentiros de vuestros pecados, y abandonarlos, y humillaros ante Dios, y pedid con sinceridad de corazón que él os perdone” (Mosíah 4:9–10).

    En contraste, hoy día hay muchas personas que niegan la existencia de Dios o dudan de ella, e insisten en que todas las reglas de conducta las ha instituido el hombre y que se pueden aceptar o rechazar a nuestro antojo.

    ¿Por qué razón hablo sobre esas verdades básicas tal como la existencia de Dios y la realidad de las irrefutables verdades del bien y del mal que gobiernan nuestro comportamiento? A veces, lo más importante que podemos enseñar son cosas que damos por hecho. Podemos descuidar simples verdades básicas porque suponemos que todos las entienden, pero no es así. Debemos hacer hincapié en las verdades fundamentales sobre las que se basan nuestras creencias. Básicamente, éstas incluyen la existencia de Dios y la realidad eterna de las verdades y de lo bueno y lo malo, según lo definen Sus enseñanzas y Sus mandamientos.

    II.

    En la actualidad, el rechazar a Dios o el restarle importancia al papel que Él desempeña en los asuntos de los hombres, que comenzó con el Renacimiento, se ha generalizado. El encomio del razonamiento humano ha tenido resultados buenos y malos. Los adelantos de la ciencia han ocasionado innumerables mejoras en nuestra vida, pero el rechazo de la autoridad divina como la base suprema de lo bueno y lo malo por parte de aquellos que han sustituido a Dios por la ciencia ha hecho que muchas personas religiosas se pregunten: “¿Por qué la voluntad de cualquiera de los brillantes filósofos liberales [o incluso la voluntad de cualquiera de los poderes de la Corte Suprema de los Estados Unidos]… tiene más relevancia en cuanto a las decisiones morales que la voluntad de Dios?”1.

    Aquellos que se han valido del razonamiento humano para suplantar la influencia divina en su vida se han menoscabado a sí mismos y, a la vez, han devaluado a la civilización.

    Estoy agradecido por saber que hay dos métodos para obtener conocimiento: el método científico y el espiritual; de los cuales el segundo comienza con la fe en Dios y se basa en las Escrituras, la enseñanza inspirada y la revelación personal. No existe un conflicto definitivo entre el conocimiento que se obtiene mediante estos métodos diferentes, porque Dios, nuestro omnipotente Padre Eterno, conoce toda la verdad y nos manda que aprendamos por medio de ambos.

    Las profecías de los últimos días predicen gran oposición a la verdad y a la acción inspiradas. Algunas de esas profecías tienen que ver con el anticristo, y otras mencionan la iglesia grande y abominable.

    Anticristo

    El apóstol Juan utiliza el término anticristo para describir a aquel que “niega al Padre y al Hijo” (1 Juan 2:22). Hoy día, a los que niegan la existencia de Dios se los llama ateos. Algunos de ellos ridiculizan la fe de los que creen en lo que no se puede probar, mientras que, al mismo tiempo, niegan de manera agresiva una existencia divina que no pueden refutar.

    El relato del Libro de Mormón sobre un hombre que se llamaba Korihor nos prepara para ese tipo de rechazos de Dios. En términos que evocan los escritos más ateos de nuestros días, Korihor, a quien en dos ocasiones se lo llamó un “anticristo” (Alma 30:6, 12), enseñó:

    “He aquí, no podéis saber de las cosas que no veis; por lo tanto, no podéis saber si habrá un Cristo.

    “Miráis hacia lo futuro, y decís que veis la remisión de vuestros pecados. Mas he aquí, esto no es sino el efecto de una mente desvariada; y este trastorno mental resulta de las tradiciones de vuestros padres que os inducen a creer en cosas que no existen” (Alma 30:15–16).

    Korihor también declaró “que no se podía hacer ninguna expiación por los pecados de los hombres”. La descripción que hizo del resultado de rechazar la idea del pecado y a un Salvador es extraordinariamente parecida a la creencia de muchas personas de nuestra época; dijo que “…en esta vida a cada uno le tocaba de acuerdo con su habilidad; por tanto, todo hombre prosperaba según su genio, todo hombre conquistaba según su fuerza; y no era ningún crimen el que un hombre hiciese cosa cualquiera” (Alma 30:17; cursiva agregada).

    Relativismo moral

    Hoy día, a la filosofía de Korihor la llamamos relativismo moral. Dos observadores describen esa filosofía de la siguiente manera: “En lo que respecta a asuntos morales, no hay respuestas universalmente objetivas que sean correctas o incorrectas, ni hay fallos inapropiados o apropiados, ni hay maneras razonables o racionales mediante las cuales se puedan efectuar distinciones morales que sean pertinentes en todo momento, en todo lugar y a toda persona”2.

    Ésta es la creencia de la que se valen muchas personas en los medios populares de comunicación y en respuesta a la presión social. “Libérate de las reglas antiguas, y haz lo que te dé placer. No hay que rendir cuentas aparte de lo que las leyes del hombre o la censura pública impongan en los que sean sorprendidos haciéndolo”. Tras esas ideas radica la suposición de que no hay un Dios o que, si lo hay, Él no ha dado ningún mandamiento que se aplique a nosotros en la actualidad.

    Humanismo secular

    El rechazo de un Dios cuya existencia no se puede probar, y la negación de lo bueno y lo malo tienen gran influencia en el mundo de la educación superior. El humanismo secular, una rama del humanismo que probablemente se ha designado de ese modo debido a su gran convergencia con el secularismo, se demuestra de manera deliberada o inadvertida en las enseñanzas de los integrantes de las facultades de muchos colegios y universidades.

    Para las personas religiosas, el factor cuestionable de las diversas filosofías humanistas es su rechazo a la existencia de Dios y su negación de las verdades absolutas morales que se basan en Sus mandamientos. En efecto, el Manifiesto Humanista de 1973 rechazó los “códigos tradicionales de la moral” y “las religiones dogmáticas o autoritarias tradicionales que ubican a la revelación, a Dios, al ritual o a un credo por encima de las necesidades y las experiencias humanas”. Además, declaraba: “…no podemos descubrir ningún propósito divino… para la especie humana… los seres humanos somos responsables por lo que somos y en lo que nos convertiremos. Ninguna deidad nos salvará; debemos salvarnos a nosotros mismos”3.

    Naturalmente, los partidarios del humanismo, a quienes se les da el nombre de humanistas, han hecho muchas contribuciones positivas; por ejemplo, han apoyado la democracia, los derechos humanos, la educación y el progreso material. En tanto que esos adelantos no excluyan a los creyentes, el conflicto que tenemos con los humanistas es su rechazo de la autoridad divina y los valores divinos.

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    Tal como ha escrito Chauncey Riddle, ex profesor de filosofía de la Universidad Brigham Young: “El humanismo hace del hombre un dios, el ser supremo; y la mente humana educada se convierte en el árbitro de todo lo que es verdadero, bueno y bello”. También nos recuerda que el humanismo “disfruta de buena cobertura por parte de la prensa en el mundo de hoy porque la mayoría de los autores, publicistas, eruditos y corresponsales son partidarios de esa creencia”4.

    Muchas de las personas que niegan o dudan de la existencia de Dios probablemente rechacen la filosofía del relativismo moral. Se consideran personas que tienen ciertas normas externas en cuanto a lo bueno y lo malo, aunque las normas absolutas que no se basan en la creencia en Dios sean difíciles de explicar. Los humanistas seculares, que formalmente rechazan “la moralidad religiosa tradicional” y declaran su dependencia de “las pruebas de la evidencia científica”5, parecen cumplir una profecía del Libro de Mormón sobre aquellos “que [viven] sin Dios en el mundo” (Mosíah 27:31).

    La grande y abominable iglesia y otras “iglesias”

    Las profecías del Libro de Mormón describen la “iglesia grande y abominable de toda la tierra, cuyo fundador es el diablo” (1 Nefi 14:17). Se ha profetizado que esta “iglesia” tendrá “dominio sobre toda la tierra, entre todas las naciones, tribus, lenguas y pueblos” (1 Nefi 14:11). Habiéndosele denominado “la más abominable de todas las demás iglesias”, esta iglesia también actúa “por motivo de las alabanzas del mundo” para traer “a los santos de Dios… al cautiverio” (1 Nefi 13:5, 9).

    Debido a que ninguna denominación religiosa, ya sea cristiana o no, jamás ha tenido “dominio” sobre todas las naciones de la Tierra o el potencial de llevar a todos los santos de Dios al “cautiverio”, esta grande y abominable iglesia debe ser algo mucho más generalizado y extendido que una sola “iglesia”, según entendemos ese término hoy día. Debe ser cualquier filosofía u organización que se opone a la creencia en Dios. Y el “cautiverio” al que esta “iglesia” procura llevar a los santos no será tanto un confinamiento físico, sino el cautiverio de falsas ideas.

    A Nefi se le dijo, por revelación, que había sólo “dos iglesias”: “la iglesia del Cordero de Dios” y “la iglesia del diablo” (1 Nefi 14:10; véase también 13:4–6). Esta descripción implica el contraste entre aquellos que creen en Dios y procuran servirle de acuerdo a su mejor entendimiento, y aquellos que rechazan la existencia de Dios (véase 1 Nefi 14:10).

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    Otras enseñanzas del Libro de Mormón también utilizan la palabra iglesia para representar el creer en Dios o no creer en Dios. Los últimos capítulos de 2 Nefi profetizan que en los últimos días los gentiles establecerán “muchas iglesias” que “[menospreciarán] el poder y los milagros de Dios, y [predicarán] su propia sabiduría y su propia instrucción, para enriquecerse” (2 Nefi 26:20). Hablan de “iglesias que se [han] establecido, mas no para el Señor” (2 Nefi 28:3), que “enseñarán con su conocimiento” y “[negarán] el poder de Dios” (2 Nefi 28:4, 5). Dirán “al pueblo: Escuchadnos y oíd nuestro precepto; pues he aquí, hoy no hay Dios” (2 Nefi 28:5).

    En el ministerio del Salvador entre los nefitas, Él advirtió en cuanto a una iglesia que no está “edificada sobre mi evangelio, [sino que] está fundada en los hechos de los hombres, o en las obras del diablo” (3 Nefi 27:11; véase también la enseñanza en cuanto “al grande y espacioso edificio” en 1 Nefi 8:26–33; 11:35; y 12:18). Estas advertencias no se limitan a las organizaciones religiosas. En las circunstancias de nuestros días, incluyen una multitud de filosofías y actividades seculares.

    III.

    Muchas personas que creen en Dios y en el bien y el mal que existen debido a Sus mandamientos, son objeto de escarnio y ridículo debido a las enseñanzas del mundo y la negación de Dios que muchas organizaciones manifiestan, incluso las instituciones educativas y los medios de comunicación. Ese tipo de desafíos que se profetizaron son los que afronta el número cada vez más reducido de personas temerosas de Dios que comparten nuestra creencia en Dios, y en el bien y el mal que existen debido a Sus mandamientos. Esto es únicamente una repetición de lo que existió en la época del Salvador.

    Aunque estamos “atribulados en todo”, no estamos “angustiados” (2 Corintios 4:8). Sabemos que nuestro progreso espiritual requiere “una oposición en todas las cosas” (2 Nefi 2:11). También sabemos que el Señor “considera conveniente castigar a su pueblo; sí, él prueba su paciencia y su fe” (Mosíah 23:21). No obstante, las Escrituras también enseñan que Él librará a aquellos que pongan su confianza en Él (véase 1 Samuel 17:37, 45–46; Salmos 34:22; Proverbios 3:5–6; Alma 36:27; 38:5).

    A continuación sugeriré tres clases de cosas que podemos hacer en respuesta a las condiciones actuales, empezando con la más fácil. Todas éstas responden a la gran enseñanza del Libro de Mormón de que debemos “ser testigos de Dios en todo tiempo, y en todas las cosas y en todo lugar en que [estemos], aun hasta la muerte” (Mosíah 18:9).

    Honrar el nombre y la influencia de Dios

    Se nos enseña a “creer en Cristo y no negarlo” (2 Nefi 25:29); a “[elevar] hacia [Cristo] todo pensamiento; no [dudar]; no [temer]” (D. y C. 6:36); y a “[hablar] de Cristo”, “[regocijarnos] en Cristo”, y a “[predicar] de Cristo” (2 Nefi 25:26). Dos formas para lograrlo son: en nuestras oraciones privadas y en nuestros saludos personales.

    En nuestras oraciones privadas y familiares, debemos pedirle a Dios que nos ayude a nosotros, a nuestro prójimo y a nuestros líderes a reconocer a Dios nuestro Creador, y el bien y el mal que establecen Sus mandamientos. Debemos hacerlo por el bien de Sus hijos de todas partes.

    También debemos mantenernos firmes contra la tendencia actual de abstenerse de hacer referencias religiosas incluso en las comunicaciones privadas. En años recientes, la inclusión de símbolos religiosos y palabras reverentes en las tarjetas de felicitaciones navideñas o en las tarjetas de condolencias casi ha desaparecido. Al tomar decisiones en cuanto a esa clase de comunicaciones, no debemos participar en eliminar los recordatorios sagrados de nuestras comunicaciones personales. Como creyentes, tenemos el deber de preservar el nombre y la influencia de Dios y de Cristo en nuestras conversaciones, nuestra vida y nuestra cultura.

    Reconocer públicamente las bendiciones de Dios

    Apoyen el reconocimiento público de las bendiciones de Dios. Con ello, procuramos contrarrestar la decreciente mención de la fe religiosa y las referencias a Dios y a Sus bendiciones en nuestro diálogo público. Comparen, por ejemplo, los actuales documentos públicos y la retórica de los líderes gubernamentales de los Estados Unidos con los documentos y las palabras similares de líderes durante los dos primeros siglos de este país. En esa comparación, verán evidencia de los esfuerzos deliberados para suprimir las referencias a Dios y la influencia de la religión en la fundación y la preservación de los Estados Unidos.

    ¿Qué podemos hacer al respecto? Primeramente, podemos dar un buen ejemplo en las enseñanzas de nuestra familia y la Iglesia al reconocer las bendiciones del Señor en nuestra vida y en nuestras naciones. Para hacerlo “con prudencia y orden” (Mosíah 4:27), no debemos dar la impresión de que negamos que nuestras naciones incluyen a ciudadanos con creencias judías, musulmanas y otras religiones, así como ateos, y que sean bendecidas por ellos; pero debemos hablar con la verdad en cuanto al hecho de que, por ejemplo, los Estados Unidos fue fundado por personas y líderes que eran predominantemente cristianos y que incorporaron los principios de su fe en la Constitución, las leyes y la cultura de la nación6.

    En una reciente disertación del hermano Clayton Christensen, profesor de la Facultad de Administración de Empresas de Harvard y ex Setenta de Área, él insiste en que la religión es el cimiento de la democracia así como de la prosperidad. Nos recuerda que tanto la democracia como el capitalismo dependen de la extensa obediencia hacia lo que no se puede obligar a las personas a cumplir, y que este requisito depende de las religiones que enseñan elementos básicos tales como “la igualdad de la gente, la importancia de respetar el derecho ajeno, y la honradez e integridad personales”. El secularismo, que pretende desplazar la religión teísta, no tiene el poder ni el programa para proporcionar lo que el hermano Christensen llama “la base necesaria de la vasta obediencia a lo que no se puede obligar a las personas a cumplir”7.

    Defender el libre ejercicio de la religión

    Defiendan el libre ejercicio de la religión. Esto es más difícil debido a que requiere la acción colaboradora de creyentes de varias fes. Donde exista el libre ejercicio de la religión garantizado por el gobierno, debemos insistir a los oficiales gubernamentales que honren tales garantías. Referente a ello, haré hincapié en sólo dos ejemplos de preocupación actual.

    El primero se refiere a orar en público. Se eleva una oración cuando las personas se dirigen al Ser Divino, sea cual fuere el concepto que tengan de Dios y como quiera que elijan dirigirse a Él. Sin importar el contenido de la oración, el cual variará según la creencia de la persona que ora, cuando se ofrece una oración en un entorno público, es importante como afirmación o símbolo de la dependencia común del grupo en Dios y de reverencia hacia Él. Ésta es la naturaleza de las oraciones que se ofrecen al comenzar las asambleas legislativas o reuniones de consejo, y en los juramentos que se hacen antes de ofrecer testimonio en un tribunal o en los nombramientos a puestos oficiales. Cualquiera que sea el concepto que tenga de Dios la persona designada para orar, y cualquiera sea su persuasión religiosa o el lenguaje que utilice en la oración, espero que testifiquemos nuestra creencia en Dios mediante el símbolo de la oración ofrecida de manera prudente y tolerante. Eso es algo que vale la pena defender.

    Segundo, debemos estar alertas para oponernos a los oficiales gubernamentales y a los defensores de las pautas públicas que proponen que el libre ejercicio de la religión se limita a la “libertad de culto”. En los Estados Unidos, por ejemplo, la garantía del “libre ejercicio” protege el derecho de salir de nuestros entornos privados, incluyendo iglesias, sinagogas y mezquitas, para actuar de acuerdo con nuestras creencias, sujetos únicamente a los poderes legítimos del gobierno que se necesitan para proteger la salud, la seguridad y el bienestar públicos. El libre ejercicio ciertamente protege a los ciudadanos religiosos al actuar según sus creencias en los debates de normas públicas y al votar como ciudadanos o legisladores.

    Como dijo el élder Jeffrey R. Holland, del Quórum de los Doce Apóstoles, en un potente discurso dirigido a una audiencia de líderes cristianos de toda la nación, nosotros, los Santos de los Últimos Días, estamos “deseosos de unir nuestras manos… para garantizar la libertad de culto que nos permita a todos expresarnos en asuntos de conciencia cristiana relacionados con los problemas sociales de nuestra época”8.

    Necesitamos dar nuestro apoyo a los grupos de líderes religiosos y de gente temerosa de Dios que se están unificando para defender la cultura tradicional de la creencia en Dios y el reconocimiento de Sus bendiciones.

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    IV.

    Para terminar, hago notar a todos los creyentes de todas partes que tenemos el solemne deber religioso de ser testigos de Dios. Debemos ratificar nuestras creencias religiosas, unirnos para insistir en el derecho del libre ejercicio de nuestras religiones, y honrar su función vital para establecer, preservar y prosperar a las naciones.

    Les recuerdo a mis colegas cristianos la solemne enseñanza del apóstol Juan:

    “…y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y éste es el espíritu del anticristo, del cual vosotros habéis oído que había de venir, y que ahora ya está en el mundo” (1 Juan 4:3).

    Las consecuencias de no hablar como testigos de Dios son evidentes en la enseñanza de nuestro Salvador acerca de la sal que ha perdido su sabor. Mezclada con otras sustancias —al igual que a nosotros nos pueden diluir los valores del mundo— pierde su influencia singular al mezclar la masa; tal como el Salvador enseñó: “No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres” (Mateo 5:13).

    Como la “sal de la tierra” (Mateo 5:13), nosotros, los Santos de los Últimos Días, debemos retener nuestro sabor mediante el vivir nuestra religión y reafirmar que somos testigos de Dios. Al hacerlo, nos asociamos con aquellos que disfrutarán la máxima victoria de verdad y rectitud, cuando “se doblará toda rodilla… y toda lengua confesará a Dios” (Romanos 14:11) y al Señor Jesucristo, a quien adoramos y cuyos siervos somos.