El gozo del arrepentimiento
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    Lecciones del Nuevo Testamento

    El gozo del arrepentimiento

    Durante Su ministerio terrenal, el Salvador demostró un gran amor por cada hijo e hija de Dios, particularmente por aquellos que habían caído. En las parábolas de la oveja perdida, la moneda de plata perdida y el hijo pródigo, el Señor recalca la importancia de tender una mano de ayuda a los que se hayan descarriado o estén perdidos, y la dicha que se siente cuando éstos regresan (véase Lucas 15). Por ejemplo, Él dice: “Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento” (Lucas 15:7).

    Deseo centrarme en la gran dicha que reciben aquellos que se arrepienten y en el sentimiento de gozo que obtenemos al ayudar al prójimo en el proceso del arrepentimiento.

    “Existen los hombres para que tengan gozo”

    El gozo es algo mucho más profundo que un simple momento pasajero de satisfacción o sentimientos de felicidad. El gozo verdadero o “perpetuo gozo” (2 Nefi 8:11) se recibe al experimentar el poder de la Expiación a través del arrepentimiento sincero y de la confirmación espiritual de que podemos ser redimidos del pecado gracias al Señor Jesucristo y heredar la vida eterna.

    El profeta Lehi enseñó que el plan de nuestro Padre Celestial para cada uno de Sus hijos consiste en “que tengan gozo” (2 Nefi 2:25) y que la única manera segura de hallar el gozo sempiterno es mediante la expiación de Jesucristo.

    Si bien no nos es posible recibir una plenitud de gozo en esta vida (véase D. y C. 93:33–34), podemos obtener manifestaciones diarias de gozo cuando vivimos el Evangelio. Mormón enseñó el modelo a seguir para tener gozo cuando dijo de los nefitas fieles: “…ayunaron y oraron frecuentemente, y se volvieron más y más fuertes en su humildad, y más y más firmes en la fe de Cristo, hasta henchir sus almas de gozo y de consolación; sí, hasta la purificación y santificación de sus corazones, santificación que viene de entregar el corazón a Dios” (Helamán 3:35).

    Llenos de gozo por medio del Espíritu Santo

    En muchos pasajes de las Escrituras, los profetas emplean casi indistintamente las expresiones sentir gozo y sentir el Espíritu Santo. Por ejemplo, en el libro de Hechos aprendemos que “los discípulos estaban llenos de gozo y del Espíritu Santo” (Hechos 13:52). Y el Señor promete a los que le siguen: “…Te daré de mi Espíritu, el cual iluminará tu mente y llenará tu alma de gozo” (D. y C. 11:13).

    Al entender que estar lleno de gozo implica estar lleno del Espíritu Santo, nos damos cuenta de que la verdadera felicidad se obtiene al arrepentirnos de nuestros pecados y vivir dignos del Espíritu. Además, cuando sentimos el Espíritu, recibimos una gran medida de gozo por saber que estamos siendo santificados ante Dios.

    El gozo, que es fruto del arrepentimiento, es evidente en muchos niveles. En primer lugar están el gozo y el consuelo que siente el corazón del alma arrepentida cuando desaparece la carga del pecado. En segundo lugar tenemos los profundos sentimientos de gozo y amor que reciben los que ayudan a otras personas a pasar por el proceso del arrepentimiento. Y por último tenemos los sentimientos de gozo de un amoroso Salvador que nos ve seguir Sus enseñanzas y confiar en el poder curativo de Su sacrificio expiatorio.

    Al aplicar la Expiación a nuestra vida, debemos reflexionar en el Salvador y en el don infinito que nos dio, debemos ejercer fe en Él y buscar la confirmación espiritual de que puede redimirnos de nuestros pecados y debilidades, y de que así lo hará. De ese modo sentiremos el gozo y la paz que sólo puede manifestársenos por medio del Espíritu Santo. Nuestra experiencia será como la de la gente de Zarahemla: “…el Espíritu del Señor descendió sobre ellos, y fueron llenos de gozo, habiendo recibido la remisión de sus pecados, y teniendo paz de conciencia a causa de la gran fe que tenían en Jesucristo que había de venir” (Mosíah 4:3).

    “Para traer almas al arrepentimiento”

    Una vez que hayamos sentido el gozo que se recibe a través de las bendiciones de la Expiación, también podremos hallar un gran gozo en invitar a nuestro prójimo a venir a Cristo. Mientras enseñaba a su hijo Helamán, Alma dijo: “…he trabajado sin cesar para traer almas al arrepentimiento; para traerlas a probar el sumo gozo que yo probé; para que también nazcan de Dios y sean llenas del Espíritu Santo.

    “Sí, y he aquí, ¡oh hijo mío!, el Señor me concede un gozo extremadamente grande en el fruto de mis obras” (Alma 36:24–25).

    El Salvador mismo enseña: “Y si acontece que trabajáis todos vuestros días proclamando el arrepentimiento a este pueblo y me traéis aun cuando fuere una sola alma, ¡cuán grande será vuestro gozo con ella en el reino de mi Padre!

    “Y ahora, si vuestro gozo será grande con un alma que me hayáis traído al reino de mi Padre, ¡cuán grande no será vuestro gozo si me trajereis muchas almas!” (D. y C. 18:15–16).

    “¡Y cuán grande es su gozo por el alma que se arrepiente!”

    Por último, no puedo evitar el imaginarme la sensación de plenitud que debe sentir el Salvador cada vez que nos arrepentimos de nuestros pecados y aplicamos Su sacrificio expiatorio a nuestra vida. Ciertamente, Juan se hizo eco de los sentimientos del Salvador al declarar: “No tengo yo mayor gozo que este, el oír que mis hijos andan en la verdad” (3 Juan 1:4). Cristo dijo de Sí mismo: “¡Y cuán grande es su gozo por el alma que se arrepiente!” (D. y C. 18:13).

    Tras enseñar a los nefitas sobre Su expiación y lo que precisaban hacer para presentarse sin mancha ante Él, Jesús les manifestó Sus sentimientos diciendo: “…mi gozo es grande, aun hasta la plenitud, por causa de vosotros… sí, y aun el Padre se regocija, y también todos los santos ángeles, por causa de vosotros y los de esta generación; porque ninguno de ellos se pierde… y mi gozo es completo en ellos” (3 Nefi 27:30–31).

    Testifico que también nosotros podemos hallar gozo en esta vida y recibir una plenitud de gozo en la vida venidera al tener “puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios” (Hebreos 12:2; cursiva agregada).

    El gozo del Alma que se arrepiente

    Mucho se aprende sobre el gozo que sigue al verdadero arrepentimiento al estudiar las experiencias del apóstol Pablo y de Alma, hijo, aunque nuestras propias experiencias tal vez no lleguen a ser tan espectaculares (véase Hechos 8:1–3; 9:1–31; Mosíah 27:8–31; Alma 36:5–24). Pablo y Alma eran hombres influyentes que persiguieron a los santos. En medio de sus destructivas obras, ambos recibieron la visita de seres celestiales. A Alma se le apareció un ángel del Señor, mientras que Jesús mismo le habló a Pablo y le preguntó: “…¿por qué me persigues?” (Hechos 9:4).

    Ambos hombres cayeron a tierra como resultado de lo que vieron y oyeron. Alma perdió la capacidad de hablar y Pablo quedó ciego, pero lo realmente importante fue que ambos se recuperaron de su estado inicuo y caído de un modo muy parecido. Pablo se limitó a preguntar: “…Señor, ¿qué quieres que yo haga?” (Hechos 9:6). De inmediato, su vida dio un giro radical hacia el Salvador y siguió las instrucciones del Señor con exactitud. Alma describe su arrepentimiento:

    “Y aconteció que mientras así me agobiaba este tormento, mientras me atribulaba el recuerdo de mis muchos pecados, he aquí, también me acordé de haber oído a mi padre profetizar al pueblo concerniente a la venida de un Jesucristo, un Hijo de Dios, para expiar los pecados del mundo.

    “Y al concentrarse mi mente en este pensamiento, clamé dentro de mi corazón: ¡Oh Jesús, Hijo de Dios, ten misericordia de mí que estoy en la hiel de amargura, y ceñido con las eternas cadenas de la muerte!

    “Y he aquí que cuando pensé esto, ya no me pude acordar más de mis dolores; sí, dejó de atormentarme el recuerdo de mis pecados.

    “Y ¡oh qué gozo, y qué luz tan maravillosa fue la que vi! Sí, mi alma se llenó de un gozo tan profundo como lo había sido mi dolor” (Alma 36:17–20; cursiva agregada).

    Élder Craig C. Christensen, de los Setenta.