2003
El regalo de Ben
julio de 2003


El regalo de Ben

Basado en un relato real que aconteció en Nauvoo, Illinois, en la década de 1840.

“Cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14:33).

A Ben le fascinaba la tienda de carromatos de su padre. Era un lugar ajetreado, en el que todo el día se oía el ruido de la música de las sierras, las garlopas, los martillos y los formones.

“No te acerques demasiado a los trabajadores”, solía advertir el padre al curioso muchacho. “Y no toques las herramientas afiladas”.

“Pero, papá, yo quiero hacer mi propio carromato. ¿Por qué no puedo?”

Por lo general, cuando Ben se ponía así, conseguía algunos trozos de madera, algunas herramientas y le hacían un lugar donde pudiera martillar todo lo que quisiera.

Entonces llegó el día feliz en el que su padre había prometido hacerle un carromato por su cumpleaños. Sería exactamente igual que uno de los grandes, sólo que más pequeño.

“Imagínate”, le dijo a su madre, “un carromato de verdad… ¡y todo para mí! Podré llevarme a mi hermanito de paseo y traerte la compra de la tienda. ¿No sería genial?”.

Su madre estuvo de acuerdo; estaba casi tan feliz como su pequeño.

La mañana de su séptimo cumpleaños, Ben despertó para descubrir que su sueño se había hecho realidad. En la sala de estar estaba su hermoso y nuevo carromato, brillante con una nueva y fresca capa de pintura. Las lágrimas bañaron los ojos de sus padres cuando su feliz hijo les dio un abrazo amoroso. Entonces salió de inmediato para correr calle arriba y calle abajo y mostrarle a sus amigos el regalo tan especial.

Fiel a su promesa, Ben dio muchos paseos a su hermano pequeño y se mostró muy dispuesto a hacer mandados para su madre. Ben y su perro se convirtieron en algo familiar en las calles de Nauvoo. Con la ayuda de su padre, Ben construyó un arnés y entrenó al inteligente animal para que tirara del carromato y de su amo por las calles cercanas a su hogar.

Una de las actividades favoritas de Ben consistía en empezar por la calle Mulholland, pasar por la parcela donde se estaba edificando el gran templo y seguir hasta la tienda de Parley P. Pratt. Resultaba emocionante ver a los obreros dar forma a las piedras y colocarlas a medida que el majestuoso edificio se elevaba por encima de la colina. Además, había cosas muy buenas en la tienda del hermano Pratt. A menudo Ben le llevaba una jarra de melaza a su madre.

Un día se detuvo cerca de la parcela del templo para observar cómo un trabajador tallaba una piedra. El ruido del cincel guiado con maestría por la piedra resultaba tan cautivador, que Ben perdió la noción del tiempo y no se dio cuenta de que dos trabajadores también se detuvieron para mirar de cerca su pequeño carromato.

“Ese carromato sería una cosa buenísima y muy útil para llevar las herramientas”, dijo uno de los hombres. “Hijo, ¿te gustaría prestarnos tu carromato para ayudarnos a construir el templo?”.

“Oh, no. No podría hacerlo”, respondió Ben.

El hombre le miró con detenimiento. “¿No es tu padre el jefe de la gran tienda de carromatos?”

“Sí, señor”.

“Pues hablaremos con él”.

Asustado por la idea de perder su preciado carromato, Ben se fue corriendo a casa, con su perro pisándole los talones. Al llegar, se echó a llorar. “Mamá, no dejarás que se lo lleven, ¿verdad?”

Su madre lo miró preocupada. “¿De qué me estás hablando, Ben?”

“Unos hombres del templo me pidieron mi carromato para llevar sus herramientas, y cuando les dije que no podía dárselo, ellos dijeron: ‘Iremos a ver a tu padre’ ”.

“Tal vez sólo estaban bromeando. Vamos, ven a cenar; te sentirás mejor después de comer algo”.

Pero estaba demasiado preocupado para comer. Cuando su padre llegó a casa, aquellos dos hombres aparecieron en la puerta.

Aquella noche Ben y sus padres tuvieron un conversación muy seria. “Mira, Ben, todo el mundo está dando algo para contribuir a la edificación del templo”, dijo su padre. “Sé como te sientes por el carromato y no voy a obligarte a que te deshagas de él, pero piensa un poco en ello. Pídele a nuestro Padre Celestial que te ayude a decidir qué hacer. Lo que estamos construyendo es la casa del Señor”.

“Sé que harás lo correcto”, le dijo su madre. A la hora de acostarse, ella le besó el rostro bañado por las lágrimas, le pasó la mano por el cabello alborotado y le dejó para que hiciera sus oraciones.

A la mañana siguiente, Ben tiró de su carromato por la calle Mulholland hasta la parcela del templo, seguido de su fiel perro. Acercándose hasta el hombre que parecía ser el encargado, dijo: “Le he traído mi carromato para ayudar a los hombres a construir el templo”.

Mirándole a los ojos, aquel buen hombre le contestó emocionado: “Que Dios te bendiga, muchacho. Sé cuánto significa para ti. Nadie ha realizado un sacrificio mayor para edificar el Templo de Nauvoo”; y le apretó el hombro con ternura.

Ben caminó lentamente a casa con su perro a su lado. Había hecho su parte.

Este relato ha sido adaptado de Ben, the Wagon Boy (Ben, el chico del carromato). Su autor, Howard R. Driggs, es hijo de Benjamín Woodbury Driggs, el joven Ben del relato.

“Dos cualidades complementarias que fueron evidentes en las vidas de nuestros pioneros—antiguos y modernos—son la generosidad y el sacrificio.”

Élder Dallin H. Oaks, del Quórum de los Doce Apóstoles, “Sigamos a los pioneros”, Liahona , enero de 1998, págs. 85–86).