Conferencia general
Jesucristo: El Cuidador de nuestra alma
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Jesucristo: El Cuidador de nuestra alma

Cuando nos arrepentimos sinceramente de nuestros pecados, permitimos que el sacrificio expiatorio de Cristo surta efecto plenamente en nuestra vida.

Mis queridos hermanos y hermanas, en esta radiante mañana de Pascua de Resurrección, mi corazón se regocija al recordar el acto más maravilloso, majestuoso e inconmensurable que ha ocurrido en toda la historia de la humanidad: el sacrificio expiatorio de nuestro Señor, Jesucristo. Las palabras eminentes del profeta Isaías magnifican la grandeza y el altruismo de la condescendencia y el sacrificio del Salvador en beneficio de todos los hijos de Dios:

“Ciertamente llevó él nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores, y nosotros le tuvimos por azotado, herido por Dios y afligido.

“Mas él herido fue por nuestras transgresiones, molido por nuestras iniquidades; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por sus heridas fuimos nosotros sanados”1.

Al tomar voluntariamente sobre Sí los pecados de toda la humanidad, al ser clavado en la cruz cruelmente y al conquistar victorioso la muerte al tercer día2, Jesús dio una significación más sagrada a la ordenanza de la Pascua, la cual se había conferido a Israel en la antigüedad3. En cumplimiento de la profecía, Él ofreció Su propio cuerpo y Su sangre bendita como el gran y postrer sacrificio4, validando los símbolos tradicionales empleados en la celebración de la Pascua del Señor5. Al hacerlo, Cristo experimentó un sufrimiento físico y espiritual que resulta incomprensible para la mente humana. El Salvador mismo enseñó:

“Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos […];

“padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar.

“Sin embargo, gloria sea al Padre, bebí, y acabé mis preparativos para con los hijos de los hombres”6.

Cristo, generosamente, cumplió la voluntad del Padre7 por medio de Su sacrificio infinito y misericordioso. Él venció el aguijón de la muerte física y espiritual8, que se había introducido en el mundo con la Caída9, ofreciéndonos así la gloriosa posibilidad de la salvación eterna10.

Jesús era el único Ser que podía llevar a cabo ese sacrificio eterno y perfecto por todos nosotros11. Él fue escogido y preordenado en el Gran Concilio de los cielos, aun antes de que se formara el mundo12. Además, al nacer de una madre mortal, Cristo heredó la muerte física; pero de Dios, como el Hijo Unigénito del Padre Eterno, heredó el poder para dar Su propia vida y volverla a tomar13. Adicionalmente, Cristo llevó una vida perfecta, sin mácula y totalmente pura y, por lo tanto, estaba exento de las demandas de la justicia divina14. En algunas ocasiones, el profeta José Smith enseñó:

“La salvación no podría venir al mundo sin la mediación de Jesucristo.

“Dios […] preparó un sacrificio en el don de Su propio Hijo, que sería enviado en el debido tiempo para […] abrir la puerta por la cual el hombre podría entrar en la presencia del Señor”15.

En tanto que el Salvador, por medio de Su sacrificio, suprimió los efectos de la muerte física de forma incondicional16, no anuló nuestra responsabilidad individual de arrepentirnos de los pecados que cometemos17. Más bien, Él nos extendió la invitación amorosa de reconciliarnos con nuestro Padre Eterno. Por medio de Jesucristo y Su sacrificio expiatorio, podemos experimentar un potente cambio en la mente y en el corazón, y manifestar una nueva actitud tanto hacia Dios como hacia la vida en general18. Cuando nos arrepentimos sinceramente de nuestros pecados y entregamos el corazón y la voluntad a Dios y Sus mandamientos, podemos recibir Su perdón y sentir la influencia de Su Santo Espíritu más abundantemente y, misericordiosamente, evitamos tener que experimentar el sufrimiento profundo que soportó el Salvador19.

El don del arrepentimiento es una expresión de la bondad de Dios para con Sus hijos y es una demostración del incomparable poder que Él tiene para ayudarnos a superar los pecados que cometemos. Asimismo manifiesta la paciencia y longanimidad que nuestro amoroso Padre tiene para con nuestras debilidades y fragilidades. El presidente Russell M. Nelson, nuestro amado profeta, se refirió a este don como “la clave de la felicidad y la paz interior”20.

Mis queridos amigos, les testifico que cuando nos arrepentimos sinceramente de nuestros pecados21, permitimos que el sacrificio expiatorio de Cristo surta efecto plenamente en nuestra vida22. Nos liberamos de la esclavitud del pecado, hallamos gozo en nuestro trayecto terrenal y nos convertimos en merecedores de recibir la salvación eterna, que se preparó desde la fundación del mundo para todos aquellos que crean en Jesucristo y vengan a Él23.

Además de proporcionar el majestuoso don de la salvación, el Salvador nos ofrece alivio y consuelo conforme afrontamos las aflicciones, tentaciones y flaquezas de la vida mortal, incluyendo las circunstancias que hemos vivido recientemente durante la actual pandemia. Puedo asegurarles que Cristo está constantemente al tanto de las adversidades que experimentamos en la vida mortal. Él entiende plenamente la amargura, la agonía y el dolor físico, así como las dificultades emocionales y espirituales que afrontamos. Las entrañas del Salvador rebosan de misericordia y Él siempre está listo para socorrernos. Eso es posible, porque Él personalmente experimentó y tomó sobre Sí en la carne el dolor de nuestras enfermedades y debilidades24.

Con mansedumbre y humildad de corazón, Él descendió debajo de todas las cosas y aceptó ser despreciado, rechazado y humillado por los hombres, después de haber sido herido por nuestras transgresiones e iniquidades. Él sufrió estas cosas por todos, tomando sobre Sí todos los pecados del mundo25, y de este modo se convirtió en nuestro cuidador espiritual supremo.

A medida que nos acerquemos más a Él y nos rindamos espiritualmente a Su cuidado, podremos llevar Su yugo, que es fácil, y Su carga, que es ligera; y así hallaremos el consuelo y el descanso prometidos. Además, recibiremos la fortaleza que todos necesitamos para superar las dificultades, las debilidades y los pesares de la vida, que son sumamente difíciles de sobrellevar sin Su ayuda y Su poder de sanación26. Las Escrituras nos enseñan: “Echa sobre Jehová tu carga y él te sustentará”27. “Y entonces Dios [n]os conceda que sean ligeras [n]uestras cargas mediante el gozo de su Hijo”28.

A finales del año pasado, me enteré del fallecimiento de una querida pareja, Mario y Regina Emerick, quienes fueron muy fieles al Señor y murieron con cuatro días de diferencia, debido a complicaciones causadas por el COVID-19.

Uno de sus hijos, que en la actualidad presta servicio como obispo en Brasil, me contó lo siguiente: “Fue muy difícil ver a mis padres marcharse de este mundo en esas condiciones, pero pude sentir claramente la mano del Señor en mi vida en medio de esa tragedia, porque recibí fortaleza y paz que trascendieron mi entendimiento. Por medio de mi fe en Jesucristo y en Su expiación, recibí ayuda divina para fortalecer y consolar a mis familiares y a todos aquellos que nos ayudaron durante esta experiencia tan difícil. Aunque no ocurrió el milagro que todos esperábamos, he sido testigo personalmente de muchos otros milagros que tuvieron lugar en mi vida y en la vida de mis familiares. Sentí una paz inexplicable que penetró hasta el fondo de mi corazón, que me brindó esperanza y confianza en el amor que el Salvador siente por mí y en el plan de felicidad de Dios para Sus hijos. Descubrí que en los días de mayor pesar, los brazos amorosos del Salvador siempre están extendidos, cuando lo buscamos a Él con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerza”.

Mis queridos hermanos y hermanas, en este domingo de Pascua de Resurrección, doy mi solemne testimonio de que Jesús se levantó de entre los muertos y que vive. Les testifico que, por medio de Él y de Su expiación infinita, el Salvador nos proporcionó la vía para vencer la muerte, tanto la física como la espiritual. Además de estas grandiosas bendiciones, Él también nos ofrece consuelo y seguridad durante los momentos difíciles. Les aseguro que si ponemos nuestra confianza en Jesucristo y Su sacrificio expiatorio supremo, perseverando en nuestra fe hasta el fin, disfrutaremos de las promesas de nuestro amado Padre Celestial, quien hace todo lo que esté en Su poder para ayudarnos a regresar a Su presencia algún día. ¡Esta es Su obra y Su gloria29! Les testifico que Jesús es el Cristo, el Redentor del mundo, el Mesías prometido, la Resurrección y la Vida30. Y comparto estas verdades con ustedes en Su santo nombre, el del Unigénito del Padre, nuestro Señor, Jesucristo. Amén.