Conferencia general
¡Este es nuestro momento!
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¡Este es nuestro momento!

Dios nos ha enviado aquí, ahora, a esta época transcendental de la historia.

En 1978 me hallaba en el campo de un estadio de fútbol americano repleto de 65 000 fanáticos. Delante de mí había varios oponentes de gran tamaño que parecían querer arrancarme la cabeza. Era mi primer partido como mariscal de campo en la Liga Nacional de Fútbol Americano y jugábamos contra los campeones del Super Bowl. Para serles sincero, dudaba de que fuera lo suficientemente bueno para estar en el campo de juego. Retrocedí para hacer el primer pase, y al lanzar la pelota, me golpearon como nunca antes me habían golpeado. En ese momento, hallándome bajo un montón de atletas descomunales, me pregunté qué estaba haciendo allí. Debía tomar una decisión. ¿Iba a dejar que mis dudas se adueñaran de mí o hallaría el valor y la fuerza para levantarme y seguir adelante?

Associated Press

En ese momento desconocía la manera en que aquella experiencia me prepararía para ocasiones futuras. Necesitaba aprender que podía ser fuerte y valiente ante situaciones difíciles.

Tal vez un partido de fútbol americano no sea tan importante como los retos que ustedes afrontarán. En la mayoría de los casos no habrá un estadio repleto de personas observándolos. No obstante, sus valientes decisiones tendrán una importancia eterna.

Puede que no siempre sintamos que estamos a la altura de las circunstancias, pero nuestro Padre Celestial nos ve como intrépidos edificadores de Su reino. Esa es la razón por la que nos envió aquí durante este momento tan decisivo de la historia del mundo. ¡Este es nuestro momento!

Escuchen lo que dijo el presidente Russell M. Nelson poco después de convertirse en Presidente de la Iglesia: “Nuestro Salvador y Redentor, Jesucristo, llevará a cabo algunas de Sus obras más maravillosas entre ahora y cuando vuelva de nuevo. Veremos indicios milagrosos de que Dios el Padre y Su Hijo, Jesucristo, presiden esta tierra en majestad y gloria” (“Revelación para la Iglesia, revelación para nuestras vidas”, Liahona, mayo de 2018, pág. 96).

¿Obras más maravillosas? ¿Indicios milagrosos? ¿Cómo será eso? ¿Qué papel desempeñaremos y cómo entenderemos lo que debemos hacer? No conozco todas las respuestas, ¡pero sé que el Señor necesita qué estemos preparados! Nunca ha sido más crucial ejercer el poder del sacerdocio con dignidad.

¿Creemos al profeta de Dios? ¿Podemos descubrir nuestro destino y cumplir con él? ¡Sí podemos, y sí debemos hacerlo, porque este es nuestro momento!

Los relatos de poderosos siervos de Dios que nos precedieron —como Moisés, María, Moroni, Alma, Ester, José y muchos otros— parecen rebasar los confines de la realidad; pero ellos no eran muy diferentes de nosotros. Eran personas normales que afrontaron dificultades y confiaron en el Señor; que tomaron la decisión correcta en momentos decisivos y que, con fe en Jesucristo, hicieron las obras que se requirieron de ellos en su época.

Goodsalt

Acuérdense de Josué, el héroe del Antiguo Testamento. Era un devoto seguidor de Moisés, uno de los líderes más grandes de la historia. Tras la partida de Moisés, era el momento de Josué. Debía conducir a los hijos de Israel a la tierra prometida. ¿Cómo iba a hacerlo? Josué había nacido y se había criado en esclavitud en Egipto. No tenía manuales ni videos instructivos que lo ayudaran; ¡ni siquiera tenía un teléfono inteligente! Sin embargo, tenía esta promesa del Señor:

“… como yo estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré, ni te desampararé.

“Esfuérzate y sé valiente” (Josué 1:5–6).

Siendo un Setenta nuevo e inexperto, recibí una llamada urgente de la Oficina de la Primera Presidencia pidiéndome que representara al profeta al visitar, de manera inmediata, a un joven hospitalizado. El joven se llamaba Zach, y se estaba preparando para ser misionero, pero había sufrido un accidente y tenía una lesión grave en la cabeza.

Las ideas se me agolpaban en la cabeza mientras conducía de camino al hospital. Un encargo del profeta, ¿en serio? ¿A qué me voy a enfrentar? ¿Cómo voy a ayudar a este joven? ¿Tengo suficiente fe? Me aferré a la oración ferviente y al conocimiento de que poseía la autoridad del santo sacerdocio.

Cuando llegué, Zach estaba acostado en una cama, y un camillero se estaba aprestando para llevarlo rápidamente al quirófano a fin de que los médicos pudieran aliviar la presión que aquejaba su cerebro. Observé a su madre, que no podía contener las lágrimas, y al joven y asustado amigo que estaba a su lado y supe con claridad que Zach necesitaba una bendición del sacerdocio. Su amigo acababa de recibir el Sacerdocio de Melquisedec, así que le pedí que me ayudara. Sentí el poder del sacerdocio cuando, con humildad, le dimos la bendición a Zach. Entonces se lo llevaron a toda velocidad a la cirugía, y un sentimiento de paz me confirmó que el Salvador se haría cargo de todo según Su sabiduría.

El personal médico realizó una última radiografía antes de practicar la incisión inicial y descubrieron, para su asombro, que no sería necesario operarle.

Después de mucha terapia, Zach aprendió nuevamente a caminar y hablar, prestó servicio con éxito en una misión y ahora cría a una hermosa familia.

Claro que ese no es siempre el resultado. He dado otras bendiciones del sacerdocio con idéntica fe, y el Señor no concedió una curación completa en esta vida. Confiamos en Sus propósitos y dejamos que sea Él quien se encargue de los resultados. No siempre podemos elegir el resultado de nuestros actos, pero podemos escoger estar listos para actuar.

Puede que nunca les pidan de la Primera Presidencia que los representen en una situación de vida o muerte, pero como representantes del Señor a todos se nos llama a hacer cosas que podrían cambiar vidas. Él no nos abandonará. ¡Este es nuestro momento!

Pedro, el apóstol principal del Salvador, se hallaba en una embarcación en el mar cuando vio a Jesús caminando sobre el agua. Quería estar con Él, y el Salvador le dijo: “Ven”. Valerosa y milagrosamente, Pedro abandonó la seguridad de la embarcación y comenzó a caminar hacia el Salvador, mas su fe flaqueó cuando dirigió la atención al viento embravecido. “[T]uvo miedo y, comenzando a hundirse, dio voces, diciendo: ¡Señor, sálvame! Y al momento Jesús, extendiendo la mano, le sujetó” (véase Mateo 14:22–33).

Cuando el viento sopla en nuestra vida, ¿a dónde dirigimos la atención? Recuerden que siempre hay una fuente fiable de fortaleza y valor. Los brazos de Jesús se extienden hacia nosotros, tal como hicieron con Pedro; si acudimos a Él, nos rescatará con amor. Somos Suyos. Él dijo: “No temas, porque yo te he redimido; te puse nombre; mío eres tú” (Isaías 43:1). Él prevalecerá en sus vidas si ustedes se lo permiten. La opción es de ustedes (véase Russell M. Nelson, “Que Dios prevalezca”, Liahona, noviembre de 2020, págs. 92–95).

Hacia el final de su vida, Josué le suplicó a su pueblo: “… [e]scogeos hoy a quién sirváis; […] pero yo y mi casa serviremos a Jehová” (Josué 24:15). Gracias a las decisiones que tomó para servir al Señor, Josué se convirtió en un gran líder de su época. ¡Mis queridos amigos, este es nuestro momento!, y las decisiones que tomemos determinarán nuestro destino (véase Thomas S. Monson, “Decisions Determine Destiny” [“Las decisiones determinan nuestro destino”], charla fogonera de la Universidad Brigham Young, 6 de noviembre de 2005, speeches.byu.edu).

Durante mi servicio como obispo, teníamos un lema en nuestro barrio: las buenas decisiones equivalen a la felicidad, para siempre. Cuando los jóvenes me veían en el pasillo, me decían: “Obispo, ¡estoy tomando buenas decisiones!”. ¡Ese es el sueño de todo obispo!

¿A qué nos referimos con “buenas decisiones”? Una vez alguien le preguntó a Jesús: “Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?”. A lo que Él respondió:

“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente.

“Este es el primero y grande mandamiento.

“Y el segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:36–39).

No sé ustedes, pero cuando yo leo estos dos grandes mandamientos, detecto un tercer mandamiento implícito: amarse a uno mismo.

¿Alguna vez han considerado que amarse a ustedes mismos fuera un mandamiento? ¿Realmente podemos amar a Dios y a Sus hijos si no nos amamos a nosotros mismos?

Hace poco, un sabio líder aconsejó a un hombre que estaba intentando superar años de decisiones destructivas y que se sentía avergonzando y dudaba de que fuera merecedor del amor de nadie.

Su líder le dijo: “El Señor lo conoce, lo ama y está complacido [con] usted y con los valientes pasos que está dando”. Pero entonces agregó: “[Usted] necesita escuchar el mandamiento de amarse a sí mismo a fin de poder sentir el amor [de Dios] y amar a los demás”.

Cuando aquel hermano oyó este consejo, vio la vida con ojos nuevos. Más tarde dijo: “Toda mi vida he tratado de hallar paz y sentirme aceptado. He procurado ambas cosas en muchos sitios equivocados. Solo en el amor del Padre Celestial y del Salvador puedo hallar consuelo. Sé que Ellos quieren que me ame a mí mismo; realmente es la única manera de poder sentir Su amor por mí”.

Nuestro Padre Celestial quiere que nos amemos a nosotros mismos; no para que nos volvamos orgullosos ni egocéntricos, sino para que nos veamos como Él nos ve: nosotros somos Sus hijos preciados. Cuando esta verdad penetra en lo profundo de nuestro corazón, nuestro amor por Dios crece. Cuando nos vemos a nosotros mismos con un respeto sincero, nuestro corazón se abre para tratar a los demás de esa manera. Cuanto más reconocemos nuestro valor divino, mejor entendemos esta verdad divina: que Dios nos ha enviado aquí, ahora, a esta época transcendental de la historia, para que hagamos el mayor bien posible con los talentos y dones que tenemos. ¡Este es nuestro momento! (Véase Russell M. Nelson, “Cómo llegar a ser una verdadera generación del milenio”, devocional mundial para jóvenes adultos, 10 de enero de 2016, broadcasts.ChurchofJesusChrist.org).

José Smith enseñó que cada profeta de cada época “[ha] mirado adelante, con gloriosa expectativa, hacia el día en que ahora vivimos […]; [ha] cantado, escrito y profetizado acerca de esta, nuestra época […]. Nosotros somos el pueblo favorecido que Dios ha elegido para llevar a cabo la gloria de los últimos días” (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, pág. 195).

Cuando afronten retos cotidianos, recuerden estas palabras de aliento del élder Jeffrey R. Holland: “Es mucho lo que descansa sobre nuestros hombros, pero será una experiencia gloriosa y llena de éxito […]. [L]a victoria en esta última contienda ya ha sido declarada. La victoria ya está en los registros: ¡[…] las Escrituras!” (“No temas, cree solamente”, discurso dirigido a los maestros de religión del Sistema Educativo de la Iglesia, 6 de febrero de 2015, broadcasts.ChurchofJesusChrist.org).

En este hermoso fin de semana de Pascua de Resurrección, deseo extender la invitación de que todos oremos para reconocer y aceptar nuestras funciones individuales al prepararnos para el glorioso día en que el Salvador vuelva. El Señor nos ama más de lo que podemos comprender, ¡y Él contestará nuestras oraciones! Ya sea que estemos en un campo de fútbol americano, en la habitación de un hospital o en cualquier otro lugar, podemos ser una parte importante de estos extraordinarios acontecimientos, ¡porque este es nuestro momento! En el nombre de Jesucristo. Amén.