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    Cómo responder con valor cristiano

    Élder Robert D. Hales Of the Quorum of the Twelve Apostles

    Cuando se ponen en duda o se critican nuestras creencias podemos “preparamos para pelear” o responder como lo hizo el Salvador.

    Una de las grandes pruebas de la vida terrenal se presenta cuando nuestras creencias se ponen en duda o se critican. En esos momentos quizás queramos responder en forma agresiva y “prepararnos para pelear”, pero cuando respondemos a nuestros acusadores como lo hizo el Salvador, no solo somos más como Cristo, sino que también invitamos a los demás a sentir Su amor y a seguirlo.

    Élder Robert D. Hales

    Como verdaderos discípulos, nuestra preocupación principal debe ser el bienestar de los demás, no la justificación personal. Las preguntas y las críticas nos dan la oportunidad de tender la mano a los demás y demostrarles que ellos son importantes para el Padre Celestial y para nosotros. Nuestro objetivo debe ser ayudarlos a comprender la verdad, no defender nuestro amor propio ni ganar puntos en un debate teológico. Nuestro testimonio sincero es la respuesta más poderosa que podamos dar a nuestros acusadores, y ese testimonio solo puede nacer del amor y de la mansedumbre. Deberíamos ser como Edward Partridge, de quien el Señor dijo: “… Su corazón es puro delante de mí, porque es semejante a Natanael de la antigüedad, en quien no hay engaño” (D. y C. 41:11). El no tener engaño significa tener la inocencia de un niño, ser lento en ofenderse y presto para perdonar.

    A todos los que desean saber cómo responder a los acusadores, les digo: los amamos. Sin importar su raza, creencia, religión o inclinación política, si seguimos a Cristo y demostramos Su valor, debemos amarlos. No pensamos que somos mejores que ellos; más bien, con nuestro amor deseamos mostrarles un camino mejor: el camino de Jesucristo. Su camino conduce a la puerta del bautismo, al sendero estrecho y angosto de una vida recta, y al templo de Dios. Él es “el camino, y la verdad y la vida” (Juan 14:6). Solo por medio de Él, nosotros y todos nuestros hermanos y hermanas, podemos heredar el don más grandioso que podamos recibir: la vida eterna y la felicidad eterna. Ayudar a los demás y ser un ejemplo para ellos no es una tarea para débiles; es para los fuertes. Es una tarea para ustedes y para mí, los Santos de los Últimos Días que pagan el precio del discipulado al responder a nuestros acusadores con valor cristiano.

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