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    Un caso de “tristeza de día de reposo”

    Alyssa Nielsen

    Sabía que debía amar el día de reposo, pero ignoraba cómo hacerlo.

    Las Escrituras dicen que el día de reposo es un día santo, un día alegre y deleitable, un día de descanso y un día para celebrar (véase Levítico 23:32). No obstante, hace algunos años, mientras estaba en la adolescencia, los domingos me resultaban desdichados. En lugar de paz, sentía estrés; en lugar de gozo, tristeza; en lugar de esperanza, culpa. Sufría de un completo caso de “tristeza de día de reposo”.

    Cada domingo por la mañana, tras pasar una vergonzosa cantidad de tiempo escondida bajo las cobijas, finalmente admitía que era domingo y me vestía para ir a la Iglesia. En la Iglesia, repasaba la semana anterior. Durante la Santa Cena, sumaba todos mis fracasos y jamás terminaba de hacerlo antes que el primer orador se pusiera de pie. El resto de las reuniones se volvían una batalla por reprimir las lágrimas conforme se intensificaba la culpa por el nuevo remordimiento de sentirme tan desdichada en la Iglesia.

    La tarde era lo mismo, mayormente. Sentía culpa por decisiones pasadas, me ponía nerviosa en cuanto a decisiones futuras y sentía tristeza por las circunstancias del presente. Al no contar con la distracción de los estudios ni de las actividades extracurriculares, pasaba el tiempo mortificándome con pensamientos negativos.

    Después de escuchar, leer y luego volver a leer el mensaje del presidente Russell M. Nelson de la Conferencia General de octubre de 2015 sobre cómo el día de reposo es una delicia, oré para implorar paz en ese día y sentir amor por él en vez de la desdicha que sentía en aquel momento. Y la respuesta llegó.

    Centrar la atención en el Padre Celestial y en Jesucristo

    Me sentí inspirada a cambiar el centro de mi atención de mis aflicciones a mi relación con el Padre Celestial y el Salvador. En vez de meditar en mis fracasos, dediqué tiempo a meditar en cómo Ellos tomaban parte en mi vida.

    Cuando tenía pensamientos negativos, me repetía a mí misma lo que sabía y creía en cuanto a Dios y Jesucristo: soy hija de Dios; Él me ama; Jesucristo es mi hermano y efectuó la Expiación por mí; ambos quieren que sea feliz y que regrese a Su lado; el día de reposo es un don de Dios. Comencé a ejercer la fe en ese testimonio.

    Aceptar de manera activa la Santa Cena

    Cambiar el centro de mi atención también me condujo a reconsiderar mi forma de ver la Santa Cena. Durante mucho tiempo, había tratado la Santa Cena como el momento para autocastigarme, pero ese no es su propósito. La Santa Cena es una ordenanza sagrada para renovar nuestros convenios; es una oportunidad para llegar a ser puros de nuevo mediante el poder expiatorio de Jesucristo. Al centrarme en la ordenanza y en el convenio con fe y con el corazón arrepentido, me di cuenta que la Santa Cena ofrecía paz conforme yo aceptaba el don del perdón, guardaba los convenios y recibía el Espíritu del Señor (véase Doctrina y Convenios 20:77, 79).

    Al pensar en la expiación de Cristo durante la Santa Cena, otro don acudió a mi mente; no solo podía ser perdonada, sino que además podía recibir sanación, puesto que mi Salvador tomó sobre sí mis dolores y debilidades (véase Alma 7:11–12). Por medio de Su expiación y la Santa Cena, podía hallar paz y fortaleza en el día de reposo —o en cualquier otro día— en lugar de estrés y tristeza. (Lee “Ocho maneras en que la Santa Cena te puede ayudar a lo largo de la semana”).

    Y hallé dicha paz. ¡Mi Salvador está para ayudarme los días domingos y siempre!

    Ejercer una fe paciente

    No se trató de una solución que demandara tan solo una semana; fue una lucha, y requirió tiempo. “Pero si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo esperamos” (Romanos 8:25). Continué esforzándome por centrar mi atención correctamente, y orando para sentir amor por el día de reposo.

    Con el tiempo, hallé paz y deleite en ese día santo, pero no podía detenerme en aquel punto o caería de nuevo en las depresiones del día de reposo. Cada semana requiere que me centre diligentemente en el Salvador y en el propósito del día de reposo, pero sé que la promesa de paz y gozo es verdadera.

    Este artículo apareció originalmente en la revista Liahona de Julio de 2018.

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