Las responsabilidades y el orden del sacerdocio
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Capítulo 1 4

Las responsabilidades y el orden del sacerdocio

La Iglesia se ha organizado… de conformidad con los principios que Dios ha revelado1.

De la vida de John Taylor

El presidente Taylor creía firmemente en el orden y la organización dentro del sacerdocio y enseñaba que el sacerdocio “es un modelo de las cosas celestiales” y el medio “por el cual fluyen las bendiciones de Dios a Su pueblo que está en la tierra”. Él dio comienzo a la práctica de realizar reuniones semanales del sacerdocio en los barrios, junto con reuniones mensuales del sacerdocio en las estacas y conferencias trimestrales de estaca, a fin de animar a los poseedores del sacerdocio a aprender y cumplir sus deberes.

Con el fallecimiento de Brigham Young en agosto de 1877, se disolvió la Primera Presidencia, y el Quórum de los Doce Apóstoles, con John Taylor como su Presidente, llegó a ser el cuerpo o entidad presidente de la Iglesia. Aun cuando el presidente Taylor sabía que en tales circunstancias los Doce como quórum son iguales en autoridad a la Primera Presidencia (véase D. y C. 107:22–24), también sabía que el debido orden del sacerdocio estipula que la Iglesia sea guiada por un Presidente y sus dos consejeros. Al mismo tiempo, buscó humildemente hacer sólo la voluntad del Señor y no quiso tomar ningún cargo para sí.

Un poco más de tres años después del fallecimiento de Brigham Young, fue reorganizada la Primera Presidencia. El 10 de octubre de 1880, el presidente John Taylor fue sostenido en calidad de Presidente de la Iglesia, con George Q. Cannon y Joseph F. Smith como consejeros. Al dirigir la palabra el día de ese sostenimiento, el presidente Taylor dijo: “Si no hubiese sido nuestro deber tener la Iglesia organizada plena y completamente en todos sus oficios de organización, yo hubiese preferido mucho más haber continuado con los hermanos de los Doce, y digo esto como opinión exclusivamente personal. Hay resoluciones con respecto a esos asuntos y no nos corresponde a nosotros indicar cómo serán ni qué procedimiento se seguirá. Puesto que Dios nos ha dado un orden y ha designado una organización en Su Iglesia con los diversos quórumes del sacerdocio, lo cual se nos ha dado a conocer por revelación por conducto del profeta José Smith, no creo que la Primera Presidencia, ni los Doce, ni los sumos sacerdotes, ni los setenta, ni los obispos ni nadie más tenga derecho a cambiar ni a modificar el plan que el Señor ha presentado y establecido”.

First Presidency of the Church from 1880 to 1887

La Primera Presidencia de la Iglesia desde 1880 hasta 1887: El presidente John Taylor (en el centro) y sus consejeros, George Q. Cannon (a la izquierda) y Joseph F. Smith (a la derecha).

En seguida dijo que, desde el fallecimiento de Brigham Young, el sacerdocio había estado plenamente organizado, con excepción de la Primera Presidencia y que era necesario que el quórum de la Primera Presidencia, al igual que todos los demás quórumes, ocupara el lugar que le había asignado el Todopoderoso.

El presidente Taylor continuó: “Ésas fueron las indicaciones que me dio el Espíritu del Señor. Hice saber a los Doce de esas impresiones y ellos coincidieron conmigo; de hecho, varios de ellos habían tenido las mismas sensaciones que yo había tenido. Para nosotros no es, ni debe serlo, asunto de lugar, de posición ni de honor, aun cuando es un gran honor ser siervo de Dios. Es un gran honor poseer el sacerdocio de Dios. Pero si bien es un honor ser siervos de Dios y poseer Su sacerdocio, no es honorable que ningún hombre ni ningún grupo de hombres busquen una posición en el santo sacerdocio. Jesús dijo: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros” [véase Juan 15:16]. Y como he dicho, si hubiese consultado mis propios sentimientos personales, me hubiera dicho: “Las cosas transcurren bien, sin complicaciones y en forma agradable; tengo un número de buenos colaboradores a quienes respeto y estimo, que son mis hermanos, y me regocijo con sus consejos. Que las cosas sigan como están”. Sin embargo, no me corresponde a mí decir, ni les corresponde a ustedes decir lo que preferimos individualmente, sino que nos corresponde sostener el santo sacerdocio para velar por que todas las organizaciones de ese sacerdocio se conserven intactas y por que todo en la Iglesia y reino de Dios esté organizado de acuerdo con el plan que Él ha revelado. Por consiguiente, hemos seguido el procedimiento para el cual hoy día hemos solicitado el voto de sostenimiento de ustedes3.

Enseñanzas de John Taylor

Hay dos sacerdocios, a saber, el de Melquisedec y el Aarónico.

Primero: Hay dos sacerdocios distintivos y generales, a saber el de Melquisedec y el Aarónico… Segundo: Que los dos son conferidos por el Señor; que los dos son sempiternos y administran en el tiempo de esta vida y en la eternidad. Tercero: El Sacerdocio de Melquisedec posee el derecho de presidir, y tiene poder y autoridad sobre todos los oficios en la iglesia en todas las edades del mundo, para administrar en las cosas espirituales. Cuarto: Que el segundo sacerdocio es llamado el Sacerdocio de Aarón, porque se confirió a Aarón y a su descendencia por todas sus generaciones. Quinto: Que el sacerdocio menor [o Aarónico] es parte o una dependencia del mayor, o sea, el Sacerdocio de Melquisedec, y tiene el poder para administrar las ordenanzas exteriores… Sexto: Que hay una presidencia en cada uno de esos sacerdocios, tanto en el de Melquisedec como en el Aarónico.

Séptimo: Que al paso que, el poder y la autoridad del sacerdocio mayor, o sea, el de Melquisedec, consiste en tener las llaves de todas las bendiciones espirituales de la Iglesia: tener el privilegio de recibir los misterios del reino de los cielos, ver abiertos los cielos, comunicarse con la asamblea general e Iglesia del Primogénito, y gozar de la comunión y presencia de Dios el Padre y de Jesús, el Mediador del nuevo convenio [véase D. y C. 107:1–19], y presidir a todos los oficiales espirituales de la Iglesia, la presidencia del sumo sacerdocio, según el orden de Melquisedec, tiene el derecho de oficiar en todos los oficios de la Iglesia, tanto espirituales como temporales. “Entonces sigue el sumo sacerdocio, que es el mayor de todos. Por consiguiente, es menester que se nombre a uno del sumo sacerdocio para presidir al sacerdocio; y se le llamará presidente del sumo sacerdocio de la iglesia, o en otras palabras, el Sumo Sacerdote Presidente de todo el sumo sacerdocio de la iglesia” [D. y C. 107:64–66].

Por tanto, es evidente que ese sacerdocio preside a todos los presidentes, a todos los obispos, incluso al obispo presidente, todos los consejos, todas las organizaciones y autoridades de toda la Iglesia, en todo el mundo.

Que el obispado es la presidencia del Sacerdocio Aarónico, que es una dependencia del mayor, o sea, el Sacerdocio de Melquisedec [véase D. y C. 107:14], y que ningún hombre tiene el derecho legal de poseer las llaves del Sacerdocio Aarónico, que preside a todos los obispos y todo el sacerdocio menor, a menos que sea un descendiente literal de Aarón. Pero en vista de que un sumo sacerdote del Sacerdocio de Melquisedec tiene la autoridad para oficiar en todos los oficios menores, él puede desempeñar el oficio de obispo… siempre que sea llamado, apartado y ordenado a este poder por manos de la Presidencia del Sacerdocio de Melquisedec [véase D. y C. 107:17]4.

Se nos dice que este sumo sacerdocio [o sea, el de Melquisedec] posee el derecho de presidir en todas las edades del mundo [véase D. y C. 107:8]. Ahora bien, hay una diferencia entre los poderes generales del sacerdocio y el oficio y llamamiento particulares a los que los hombres son apartados… Si un hombre es sumo sacerdote, ¿es apóstol? No. Si un hombre es sumo sacerdote, ¿es presidente de una estaca o consejero de un presidente de estaca? No. Si es sumo sacerdote, ¿es obispo? No, de ningún modo. Y así, sucesivamente, en todos los diversos oficios. Los del sumo sacerdocio poseen la autoridad para administrar en las ordenanzas, en los oficios y en los lugares cuando son nombrados por las autoridades correspondientes y en ninguna otra ocasión; y si también son sostenidos por la Iglesia… No porque un hombre posea cierta clase de sacerdocio ha de administrar en todos los oficios de ese sacerdocio. Él administra únicamente en el oficio para el que sea llamado y apartado5.

Los oficios del sacerdocio se han dado para perfeccionar a los santos.

El Señor ha puesto en Su Iglesia apóstoles y profetas, sumos sacerdotes, setentas, élderes, etc. ¿Para qué? Para perfeccionar a los santos [véase Efesios 4:11–12]. ¿Somos todos perfectos para empezar? No. Los que ocupan esos diferentes oficios están para perfeccionar a los santos. ¿Para qué más? Para la obra del ministerio, para que los hombres sean capacitados e instruidos, y llenos de inteligencia, de sabiduría y de luz, y aprendan a proclamar los principios de la verdad eterna y a dar a conocer del tesoro de Dios las cosas nuevas y antiguas, aquello que tiene por objeto aumentar el bienestar de las personas. Puesto que esos oficios se han puesto en la Iglesia, todo hombre debe ser respetado en su oficio6.

Dios ha comunicado a los Santos de los Últimos Días principios que las gentes del mundo desconocen y, por motivo de que los desconocen, no saben apreciar nuestros sentimientos. A lo bueno llaman malo y hacen de la luz tinieblas, al error llaman verdad y a la verdad error, porque no tienen modo de ver la diferencia que hay entre uno y otro. “Mas vosotros sois linaje escogido, nación santa, real sacerdocio” [véase 1 Pedro 2:9], separados y apartados por el Todopoderoso para el cumplimiento de Sus propósitos. Dios ha ordenado entre ustedes presidentes, apóstoles, profetas, sumos sacerdotes, setentas, obispos y otras autoridades; éstos han sido nombrados por Él, Él les ha otorgado poder y los dirige bajo Su influencia para enseñar Su ley y dar a conocer los principios de la vida; han sido organizados y ordenados expresamente para dirigir a las personas por el camino que conduce a la exaltación y a la gloria eterna7.

¡Ah, si pudiésemos comprender la gloria, la inteligencia, el poder, la majestad y el dominio de nuestro Padre Celestial! ¡Si pudiéramos prever la exaltación, la gloria, la felicidad que espera a los justos, a los puros y a los virtuosos de los que temen a Dios, sí, los santos del Dios Altísimo! Si pudiéramos comprender las grandes bendiciones que Dios tiene reservadas para los que le temen y observan Sus leyes y guardan Sus mandamientos, pensaríamos de un modo muy diferente del que pensamos. Pero no las comprendemos. El Señor nos ha congregado de entre las naciones, para que seamos instruidos en las cosas del reino de Dios. Él nos ha conferido el santo sacerdocio con ese objetivo. Y las organizaciones que tenemos, las estacas y los barrios con sus respectivas presidencias y obispos, sumos consejos, sumos sacerdotes, setentas, élderes, presbíteros, maestros, diáconos, etc., todo ello lo ha puesto en la Iglesia el Todopoderoso para instruirnos y elevarnos8.

Estamos organizados con apóstoles y profetas: con presidentes y sus consejeros, con obispos y sus consejeros, con élderes, presbíteros, maestros y diáconos. Estamos organizados según el orden de Dios, y esos mismos principios que nos parecen pequeños provienen de Dios. Tenemos setentas y sumos sacerdotes, y todos esos hombres poseen ciertos cargos que se espera cumplan y magnifiquen, aquí en la carne, para el beneficio de la verdad y de la rectitud, para el beneficio del reino de Dios y el establecimiento de principios correctos entre los santos del Dios Altísimo. Nos encontramos aquí para colaborar con Dios en la salvación de los vivos, en la redención de los muertos, en las bendiciones de nuestros antepasados, en el derramamiento de bendiciones sobre nuestros hijos; estamos aquí con el fin de redimir y regenerar la tierra sobre la cual vivimos, y Dios ha puesto Su autoridad y Sus consejos aquí sobre la tierra con esa finalidad, para que las personas aprendan a hacer la voluntad de Dios en la tierra, así como se hace en el cielo. Ése es el objeto de nuestra existencia. A nosotros nos corresponde comprender nuestra responsabilidad y la importancia de nuestra función9.

El sacerdocio ha sido organizado según el orden de Dios.

[El sacerdocio] es un orden, según yo lo entiendo, que ha sido introducido por el Todopoderoso y sólo por Él. No es del hombre, ni ha provenido del hombre; y por cuanto no ha provenido del hombre, tampoco puede progresar ni ser perfeccionado por el hombre sin la dirección del Todopoderoso. En realidad, con todas esas ayudas, con todas esas organizaciones, con todos esos principios, debido a las debilidades y las flaquezas del hombre, nos resulta difícil conservar con pureza las sagradas instituciones que Dios nos ha dado, por lo que debemos ejercer constantemente el mayor cuidado, la mayor humildad, abnegación, perseverancia, vigilancia y confianza en Dios10.

Si hemos recibido cualquier oficio, o llamamiento, o autoridad, o cualquier poder para administrar en cualquiera de las ordenanzas, lo hemos recibido de la mano de Dios, y sólo podemos efectuar esas ordenanzas según el sacerdocio que se nos haya permitido poseer… Si cumplimos con nuestros deberes, cada uno de nosotros en su propio lugar, Dios nos da poder para cumplir con el objetivo que tengamos, no importa qué sea, ni qué sacerdocio poseamos, ni si se trata del Presidente de la Iglesia o de un presidente de estaca, un obispo, un miembro de un sumo consejo, un sumo sacerdote, un setenta, o un élder, un presbítero, un maestro o un diácono; sea lo que sea, si cumplimos con nuestros deberes con la mira puesta únicamente en la gloria de Dios, Él nos sostendrá en nuestras labores y administraciones11.

Moses calls Aaron the the ministry

“Si hemos recibido cualquier oficio, o llamamiento, o autoridad, o cualquier poder para administrar en cualquiera de las ordenanzas, lo hemos recibido de la mano de Dios”.

Ustedes y yo podemos violar los convenios que hemos hecho; ustedes y yo podemos atropellar los principios del Evangelio y quebrantar el orden del sacerdocio y los mandamientos de Dios; pero entre las huestes de Israel habrá miles y decenas de miles que serán fieles a los principios de la verdad, y Dios que está en los cielos, los santos ángeles y el sacerdocio antiguo que ahora viven donde está Dios están todos unidos para el cumplimiento de este propósito. El Señor hará avanzar sus propósitos según Su propia manera y en Su propio tiempo. Y por estar organizados como he indicado anteriormente, no nos corresponde actuar como pensemos en forma individual, sino como Dios mande.

Tenemos un orden regular en la Iglesia. Ustedes, hermanos, que poseen el santo sacerdocio, comprenden estas cosas. ¿No ha dado Dios a cada uno una porción de la manifestación de Su Espíritu para provecho? Sí. ¿No ha dado Él más que eso a los santos que son leales y fieles? ¿No les ha dado Él el don del Espíritu Santo? Él lo ha hecho, y ellos lo saben y lo comprenden. Han sido puestos en comunión los unos con los otros y en comunión con Dios y con las huestes celestiales. Ahora bien, al tener ese Espíritu, ¿necesitamos a otros para que nos guíen? Sí, constantemente. ¿Por qué? Por motivo de los poderes de las tinieblas, de la influencia de Satanás y de la debilidad de la naturaleza humana. Tenemos necesidad de que haya centinelas sobre las torres de Sión, que estén en guardia para cuidar el bienestar de Israel y velar por que los del pueblo de Dios no se vayan por el mal camino… Todos los oficiales necesarios para la obra del ministerio se encuentran en la Iglesia, y todo ha sido organizado según el orden de Dios12.

El sacerdocio se debe ejercer con bondad y con fidelidad a Dios.

Debemos tener un mutuo afecto y comprensión los unos por los otros y sentir una bondadosa consideración por la más sencilla de las creaciones de Dios, sobre todo por los santos de Dios, sea cual sea el lugar que ocupen. Si algunos andan en error, intenten rescatarlos con bondad; si hay quienes tienen un mal espíritu, muéstrenles un espíritu mejor; si algunos no hacen lo bueno, hagan lo bueno ustedes y digan: “Ven, sígueme, como yo sigo a Cristo”. ¿No sería ésa la manera correcta de actuar? Pienso que sí; ése es el modo como yo entiendo el Evangelio. No tenemos, —ninguno de nosotros—, el sacerdocio para nuestro propio engrandecimiento, ni para utilizarlo para oprimir ni para explotar a nadie, ni para emplear un lenguaje indebido, sino para ejercerlo con bondad, con longanimidad, con benignidad y con amor sincero. Leeré en Doctrina y Convenios…

“He aquí, muchos son los llamados, y pocos los escogidos. ¿Y por qué no son escogidos? Porque a tal grado han puesto su corazón en las cosas de este mundo, y aspiran tanto a los honores de los hombres, que no aprenden esta lección única”, aquello de lo que hemos estado hablando: “Que los derechos del sacerdocio están inseparablemente unidos a los poderes del cielo, y que éstos no pueden ser gobernados ni manejados sino conforme a los principios de la rectitud”. ¿Creen que Dios dará poder a hombre alguno sólo para que ese hombre lleve a cabo sus propios y limitados y egoístas objetivos? Les digo que Él nunca lo hará, nunca, no, nunca. “Es cierto que se nos pueden conferir; pero cuando intentamos encubrir nuestros pecados, o satisfacer nuestro orgullo, nuestra vana ambición, o ejercer mando, dominio o compulsión sobre las almas de los hijos de los hombres, en cualquier grado de injusticia, he aquí, los cielos se retiran, el Espíritu del Señor es ofendido, y cuando se aparta, se acabó el sacerdocio o autoridad de tal hombre” [véase D. y C. 121:34–37].

A veces pensamos que estamos en los lugares celestiales con Cristo Jesús; y así es. Pero el sacerdocio del Hijo de Dios no autoriza al hombre oprimir a otras personas ni violar los derechos ajenos en forma alguna. Eso sencillamente no tiene lugar en el sacerdocio; no existe, como se ha dicho: “He aquí, antes que se dé cuenta, queda abandonado a sí mismo para dar coces contra el aguijón, para perseguir a los santos y combatir contra Dios” [D. y C. 121:38]13.

No hay autoridad alguna vinculada con el santo sacerdocio que no esté basada en el principio de la persuasión, y ningún hombre tiene derecho a vanagloriarse públicamente por algún cargo que ocupe en esta Iglesia, dado que él es simplemente siervo de Dios y siervo de las personas. Si algún hombre intenta utilizar cualquier clase de autoridad arbitraria y actúa en cualquier grado de injusticia, Dios hará responsable de ello a ese hombre, pues todos nosotros tenemos que ser juzgados de acuerdo con las obras que hayamos hecho en el cuerpo mortal. Estamos aquí en calidad de salvadores de hombres y no como tiranos ni opresores…

…A los que poseemos el santo sacerdocio nos corresponde ser puros. “…purificaos los que lleváis los utensilios de Jehová” [véase Isaías 52:11]. Cada uno de nosotros debe ser puro y, entonces, decir a los demás: “Ven, sígueme, como yo sigo a Jesús”. Nos corresponde vivir nuestra religión y obedecer las leyes de Dios, y cumplir con los deberes que se nos han dado14.

Yo no creo en ninguna clase de tiranía. Creo en la longanimidad, en la misericordia, en la bondad, en la delicadeza y en el amor y temor de Dios. No creo que el sacerdocio se ha dado al hombre para que ejerza dominio y autoridad sobre las almas de las demás personas. Todo debe hacerse con bondad y longanimidad y al mismo tiempo con fidelidad a Dios15.

Sugerencias para el estudio y el análisis

  • ¿Por qué es importante que exista el orden dentro del sacerdocio? ¿Por qué ese orden puede ayudar a cada uno de nosotros en el esfuerzo de satisfacer las necesidades de las personas de las cuales es responsable?

  • ¿Por qué hay diversos oficios en el sacerdocio? (Véase también Efesios 4:11–12.) ¿En qué forma ha visto usted que los diferentes oficios del sacerdocio ayudan a “perfeccionar a los santos”?

  • ¿Qué experiencias ha tenido usted en las que haya sido bendecido al haber seguido el consejo de los líderes del sacerdocio aun cuando al principio no haya entendido ese consejo o no haya estado de acuerdo con él?

  • Al hablar del liderazgo que sigue el ejemplo de Cristo, el presidente Taylor exhortó a los poseedores del sacerdocio a vivir de acuerdo con las palabras de la expresión: “Ven, sígueme, como yo sigo a Cristo”. ¿Por qué ese consejo puede bendecir nuestra relación con nuestros familiares, así como con las demás personas? ¿Por qué el honrar a las mujeres sirve a los hombres para honrar el sacerdocio?

  • ¿Por qué el orgullo disminuye o destruye el poder del sacerdocio de un hombre? ¿Cómo podemos cultivar las cualidades de la bondad, la longanimidad, la benignidad y el amor sincero? ¿Cómo podemos inspirar y revitalizar esas cualidades entre las personas con las que servimos en la Iglesia?

  • ¿De qué forma puede usted ayudar a los poseedores del Sacerdocio Aarónico de su familia y de su barrio a prepararse para el privilegio de poseer el Sacerdocio de Melquisedec?

Pasajes relacionados: Efesios 4:11–15; D. y C. 20:38–67; 84:18–32, 109–110; 107; 121:33–46.

Notas

  1. The Gospel Kingdom, seleccionado por G. Homer Durham (1943), pág. 159.

  2. Deseret News (Weekly), 28 de diciembre de 1859, pág. 337.

  3. The Gospel Kingdom, págs. 141–142.

  4. The Gospel Kingdom, págs. 155–156; los párrafos y la puntuación se han cambiado.

  5. The Gospel Kingdom, págs. 197–198.

  6. The Gospel Kingdom, pág. 165.

  7. Deseret News (Weekly), 8 de mayo de 1872, pág. 181.

  8. Deseret News: Semi-Weekly, 3 de enero de 1882, pág. 1.

  9. Deseret News: Semi-Weekly, 1° de junio de 1880, pág. 1.

  10. Deseret News: Semi-Weekly, 8 de marzo de 1881, pág. 1.

  11. Deseret News: Semi-Weekly, 10 de agosto de 1880, pág. 1.

  12. Deseret News: Semi-Weekly, 21 de octubre de 1884, pág. 1; los párrafos se han cambiado.

  13. Deseret News: Semi-Weekly, 19 de agosto de 1879, pág. 1.

  14. Deseret News: Semi-Weekly, 14 de agosto de 1883, pág. 1.

  15. Deseret News: Semi-Weekly, 24 de marzo de 1885, pág. 1.