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El sacerdocio


Lección 1

El sacerdocio

El propósito de esta lección es ayudarnos a entender qué es el sacerdocio y cómo magnificar nuestro llamamiento en él.

Introducción

Piense en el día en que usted recibió el sacerdocio. Sin duda el Espíritu del Señor estuvo presente cuando los poseedores del sacerdocio pusieron las manos sobre su cabeza y pronunciaron ciertas palabras. Hombres con autoridad para hacerlo le dieron el sacerdocio. Al pensar en tal experiencia, pregúntese a sí mismo:

  • ¿Qué fue lo que me sucedió ese día?

  • ¿Me transformé en una persona diferente después de recibir el sacerdocio?

  • ¿Soy una persona diferente hoy debido a que poseo el sacerdocio?

  • ¿He podido servir a los demás mediante mi sacerdocio?

  • ¿Se siente complacido mi Padre Celestial por la forma en que uso mi sacerdocio?

El sacerdocio es el poder de Dios

“Cuando oficiamos en el nombre del Señor, como poseedores del sacerdocio, lo estamos haciendo en el nombre de nuestro Padre Celestial. El sacerdocio es el poder mediante el cual Él obra a través de los hombres” (Harold B. Lee, “Seguid a los líderes de la Iglesia”, Liahona, diciembre de 1973, pág. 34).

El sacerdocio es el poder de Dios, y Dios lleva a cabo Su obra mediante el poder del sacerdocio que posee. Por medio de éste creó todas las cosas y gobierna los cielos y la tierra, y dado que es el poder de Dios, es eterno. En La Perla de Gran Precio leemos que el sacerdocio “que existió en el principio, existirá también en el fin del mundo” (Moisés 6:7).

Dios y Jesucristo han dado a los hombres el poder del sacerdocio para que puedan ayudar a “llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39). Por lo tanto, el sacerdocio es la autoridad de Dios dada a los hombres con el fin de que lleven a cabo todas las cosas que sean necesarias para la salvación de la humanidad.

Nosotros, los poseedores del sacerdocio, tenemos la autoridad para obrar en el nombre de Dios. Hablando a todos los poseedores del sacerdocio, un Profeta del Señor, el presidente Joseph Fielding Smith, dijo: “Somos los agentes del Señor; somos Sus representantes; Él nos ha dado autoridad con la cual nos habilita para hacer todo lo que sea necesario para salvarnos y exaltarnos, nosotros así como Sus otros hijos.

“Somos embajadores del Señor Jesucristo; hemos sido comisionados para representarlo; se nos ha mandado… hacer lo que Él haría si estuviese presente” (“Nuestras responsabilidades como poseedores del sacerdocio”, Liahona, diciembre de 1971, pág. 1).

Línea de autoridad del sacerdocio

Cada poseedor del sacerdocio debe ser capaz de trazar su “línea de autoridad” hasta llegar a Jesucristo, lo cual significa que debe saber quién le ordenó al sacerdocio y quién ordenó a la persona que le ordenó a él. Debería trazar esas ordenaciones en forma ascendente hasta José Smith, quien fue ordenado por Pedro, Santiago y Juan, y quienes a su vez fueron ordenados por Jesucristo. Esto es conocido como nuestra ”línea de autoridad”. Si una persona no tiene una copia escrita de su línea de autoridad, puede obtener una de la persona que le ordenó al sacerdocio.

Pida al poseedor del sacerdocio previamente designado que muestre a la clase su tarjeta de “línea de autoridad” en la que conste su autoridad hasta llegar a Jesucristo.

El poder del sacerdocio se obtiene por medio de una vida recta

“Todos los que poseemos el sacerdocio tenemos la autoridad para actuar por el Señor, pero su eficacia o, si gustan decirlo de otro modo, el poder que recibimos a través de esa autoridad, depende del molde de nuestra vida, depende de nuestra justicia” (véase H. Burke Peterson, “La autoridad y el poder del sacerdocio”, Liahona, agosto de 1976, pág. 25).

El Señor nos ha aclarado en las Escrituras que debemos vivir con rectitud para tener, no sólo la autoridad, sino también el poder del sacerdocio. “He aquí, muchos son los llamados, y pocos los escogidos. ¿Y por qué no son escogidos?

“Porque a tal grado han puesto su corazón en las cosas de este mundo, y aspiran tanto a los honores de los hombres, que no aprenden esta lección única:

“Que los derechos del sacerdocio están inseparablemente unidos a los poderes del cielo, y que éstos no pueden ser gobernados ni manejados sino conforme a los principios de la rectitud.

“Es cierto que se nos pueden conferir; pero cuando intentamos encubrir nuestros pecados, o satisfacer nuestro orgullo, nuestra vana ambición, o ejercer mando, dominio o compulsión sobre las almas de los hijos de los hombres, en cualquier grado de injusticia, he aquí, los cielos se retiran, el Espíritu del Señor es ofendido, y cuando se aparta, se acabó el sacerdocio o autoridad de tal hombre” (D. y C. 121:34–37).

¿Por qué lo que se menciona en este pasaje impide que tengamos poder en el sacerdocio?

La fuente del poder del sacerdocio es Dios, quien trabaja por medio del Espíritu Santo. Para que el Espíritu Santo nos guíe en el uso del sacerdocio, debemos guardar los mandamientos y vivir dignamente. Nuestra “línea de autoridad” hasta Jesucristo queda trazada a través de quienes han poseído el sacerdocio, pero el poder en el sacerdocio llega de Dios a nosotros por medio del Espíritu Santo. Con este poder podemos llevar a cabo la obra de Dios; sin el mismo, es imposible.

Muestre la ayuda visual 1-a, “Poseedores del sacerdocio administran a los enfermos tal como lo hizo Cristo en la antigüedad”.

”Si vivimos para lograrlo, nuestro puede ser el poder que nos dé nuestro Padre Celestial para llevar la paz a un hogar con problemas; el poder que bendiga y reconforte a los niños pequeños, que brinde un descanso apacible a los ojos enrojecidos por el llanto de la madrugada; el poder que lleve felicidad a una noche de hogar, que calme los nervios de una esposa cansada; que guíe al adolescente confundido y vulnerable. Podemos poseer ese poder para bendecir a una hija antes de que salga por primera vez con un joven o antes de su casamiento en el templo; o para bendecir a un hijo antes de su partida para una misión o para estudiar fuera del hogar. Podemos poseer el poder, mis jóvenes hermanos, de detener los pensamientos viles de un grupo de jóvenes en medio de una conversación vulgar; nuestro puede ser el poder que sane a los enfermos y dé consuelo a los solitarios. Estos son algunos de los importantes propósitos del sacerdocio” (véase H. Burke Peterson, “La autoridad y el poder del sacerdocio”, Liahona, agosto de 1976, pág. 26).

Solicite al poseedor del sacerdocio previamente asignado que comparta una experiencia de su vida en la que se haya demostrado el poder del sacerdocio.

Cómo desarrollar poder en el sacerdocio

Hay varias maneras de desarrollar poder en el sacerdocio:

Desear

En primer lugar debemos tener el deseo de desarrollar poder en el sacerdocio. Las Escrituras enseñan que los hombres reciben del Señor según sus deseos (véase Alma 29:4; D. y C. 4:3; D. y C. 6:8; D. y C. 7:1–3).

Vivir rectamente

Debemos esforzarnos por guardar todos los mandamientos de nuestro Padre Celestial. Si vivimos rectamente, el Espíritu Santo será nuestro compañero constante y nos dirigirá en todas las cosas que debamos hacer (véase 2 Nefi 32:5).

Ser humilde

“Sí, el que verdaderamente se humille y se arrepienta de sus pecados, y persevere hasta el fin, será bendecido” (Alma 32:15). Debemos estar dispuestos a aceptar y seguir los consejos de nuestros líderes del sacerdocio, así como a realizar las asignaciones que nos den, estar dispuestos a hacer lo que sea necesario por el bienestar de otros, y escuchar y seguir los susurros del Espíritu.

Estudiar

Debemos escudriñar y meditar las Escrituras. Sólo por medio del estudio personal podemos saber cuál es la voluntad de Dios; si no la sabemos, no podemos vivir el Evangelio. Por las mismas razones, también necesitamos estudiar nuestros manuales del sacerdocio a fin de saber cuáles son nuestras obligaciones como poseedores del sacerdocio.

Orar

Debemos preguntar a nuestro Padre Celestial lo que desea que hagamos y orar siempre para que nos ayude a utilizar en forma correcta nuestro sacerdocio. Debemos “orar siempre, no sea que [entremos] en tentación; porque Satanás desea [poseernos]” (3 Nefi 18:18).

Amar a los demás

Jesucristo ha enseñado que el poder del sacerdocio está fundado en el amor y que debemos amar a todos los hombres (véase D. y C. 121:41–42, 45–46). El amor comienza en el hogar. Debemos amar a nuestra esposa e hijos y preocuparnos por su bienestar; una forma en que podemos mostrar amor por los miembros de nuestra familia es utilizar el sacerdocio que tenemos para dirigir y bendecir la vida de ellos.

Usar el sacerdocio

Cuando utilizamos el sacerdocio, nos convertimos en un ejemplo para otros poseedores del mismo, para el mundo y especialmente para nuestra familia. Cuando los miembros de nuestra familia nos vean utilizar el sacerdocio, sabrán que somos siervos del Señor y vendrán a nosotros cuando necesiten ayuda. Es triste pensar que algunas familias no llegan jamás a conocer las bendiciones que se reciben debido a que los padres e hijos no utilizan su sacerdocio para el beneficio de ellas.

El sacerdocio puede hacer que nuestros hogares sean diferentes. El presidente David O. McKay dijo: “Un hogar se transforma cuando un hombre posee y honra el sacerdocio” (“Priesthood”, Instructor, octubre de 1968, pág. 378).

Si nosotros, los poseedores del sacerdocio, vivimos con rectitud, haremos lo que se indica a continuación:

  • Consideraremos con sinceridad los justos deseos de los miembros de la familia aun cuando tal vez no sean exactamente los mismos que los nuestros.

  • Escucharemos, aun al niño más pequeño.

  • Pondremos el bienestar de nuestra familia por encima de nuestra propia comodidad.

  • Aprenderemos a controlarnos.

  • Hablaremos con un tono de voz que muestre siempre nuestro amor y preocupación por los demás.

¿En qué otras formas podemos magnificar el sacerdocio?

Conclusión

“Debemos comprender todos que no hay nada en el mundo que tenga más poder que el sacerdocio de Dios” (N. Eldon Tanner, “Respetemos nuestro sacerdocio”, Liahona, agosto de 1976, pág. 34).

En la siguiente historia el presidente Tanner explicó la importancia de ser digno de recibir el sacerdocio:

“Cuando yo era obispo, tenía en mi barrio seis muchachos con edad suficiente para ser ordenados élderes, pero pude recomendar sólo a cinco pues uno de ellos no estaba listo. Habíamos hablado varias veces y él me había dicho que no era digno; se sentía muy mal en cuanto a esto pero no esperaba ser recomendado… Su tío se acercó a mí, diciéndome: ‘Seguramente usted no dejará al muchacho atrás mientras sus cinco amigos son adelantados’. Me suplicó que lo dejara pasar; me dijo: ‘Si no lo hace, hará que el muchacho se aleje de la Iglesia’.

“Entonces le di a aquel hombre la siguiente explicación: ‘El sacerdocio es lo más importante que podemos dar a este muchacho. No lo repartimos en bandeja de plata. Este joven y yo nos comprendemos perfectamente y él no está listo para ser ordenado élder’. Y no fue recomendado.

“Pocos años después asistía yo a una conferencia general… cuando se me acercó un joven que me dijo: ‘Presidente Tanner, no se acordará usted de mí. Yo soy aquel muchacho al cual usted no recomendó para ser ordenado élder’. Y extendiéndome la mano, continuó: ‘Quiero darle las gracias por eso. Ahora soy obispo en California; si me hubiese recomendado cuando no era digno, posiblemente no habría llegado a apreciar jamás lo que es el sacerdocio y lo que se espera de uno, y seguramente nunca habría llegado a ser obispo’ ” (“Las responsabilidades del sacerdocio”, Liahona, diciembre de 1973, págs. 39–40).

A fin de poder ejercer con eficacia el sacerdocio, debemos aprender este importante principio: “Que los derechos del sacerdocio están inseparablemente unidos a los poderes del cielo, y que éstos no pueden ser gobernados ni manejados sino conforme a los principios de la rectitud” (D. y C. 121:36). Con el fin de recibir poder de Dios, debemos convertirnos en personas dignas del mismo.

Siempre debemos recordar que tenemos la autoridad y el poder de Dios, y que le representamos. Cuando ejercemos el sacerdocio, debemos preguntarnos: “¿Que querría Jesús que yo hiciera en esta situación? ¿Estoy actuando de acuerdo con Su deseo?”.

Cometidos

  1. Comprométase a estudiar con cuidado las instrucciones de este manual del sacerdocio y a aceptar las metas que se proponen en cada lección. Al cumplir con ellas, desarrollará poder en el sacerdocio, se acercará más a nuestro Padre Celestial y será de mayor servicio a los demás.

  2. Mantenga un registro de la línea de autoridad de su sacerdocio. Usted debe trazar esa línea de autoridad hasta llegar a Jesucristo.

  3. Escriba en una tarjeta o un trozo de papel su línea de autoridad y entréguela a aquellos a quienes usted ordene al sacerdocio.

Pasajes adicionales de las Escrituras

  • D. y C. 107:1–14 (diferencias que existen entre los sacerdocios de Melquisedec y de Aarón).

Preparación del maestro

Antes de presentar esta lección:

  1. Estudie los capítulos 13, “El sacerdocio” y 14, “La organización del sacerdocio”, que figuran en el manual Principios del Evangelio.

  2. Estudie D. y C. 121:34–46.

  3. Designe a un poseedor del sacerdocio para que muestre a la clase la tarjeta en la que consta su “línea de autoridad” hasta llegar a Jesucristo.

  4. Designe a otro poseedor del sacerdocio para que comparta una experiencia que haya tenido en la que demuestre el poder del sacerdocio.

  5. Solicite a cada miembro de la clase que lleve sus libros canónicos a la reunión del sacerdocio cada semana y que se prepare para leer y marcar los pasajes de las Escrituras correspondientes a cada lección.

  6. Recuerde que los miembros de la clase pueden presentar los relatos y los pasajes de las Escrituras de la lección.