2016
    Preparar un lugar para el Señor
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    Preparar un lugar para el Señor

    Cada vez que escucho el relato del nacimiento y del ministerio terrenal del Salvador, pienso en la responsabilidad personal que tenemos de preparar lugares acogedores para Él, para el día en que Él regrese.

    Preparing A Place for the Lord

    Imagen de luces © iStock/Thinkstock.

    El año pasado, justo antes de la Navidad, asistí a una cena en honor a un prominente oficial francés que no es miembro de la Iglesia. La cena tuvo lugar en el Edificio Conmemorativo José Smith, en Salt Lake City, Utah.

    Antes de sentarnos a cenar, llevamos a nuestro invitado al mirador del décimo piso, el cual ofrece a los visitantes una hermosa vista de la Manzana del Templo. La escena era casi mágica, en la que el Templo de Salt Lake se erguía majestuosamente entre un sinnúmero de luces brillantes. Permanecimos allí varios minutos, casi sin palabras.

    Al regresar al salón del banquete, el oficial hizo una pregunta inesperada: “¿Ustedes creen en el fin del mundo?”. Eso condujo a una inspiradora conversación sobre la segunda venida del Señor y la importancia de que todos estemos preparados para recibirlo el día en que Él regrese.

    Al pensar en el templo que acabábamos de admirar, vino a mi mente un maravilloso pensamiento: “Cuando regrese, Jesús tendrá al fin un hermoso lugar donde morar”.

    La Guía para el Estudio de las Escrituras señala que el templo es “literalmente la Casa del Señor”1. En otras palabras, no es solo un lugar simbólico. Los templos de nuestra dispensación son casas preparadas y consagradas a las que Él físicamente pueda venir. El Señor dijo que Su Iglesia debía establecerse “a fin de que mi pueblo del convenio se congregue como uno en aquel día en que yo vendré a mi templo” (D. y C. 42:36; cursiva agregada).

    ¡Qué impresionante contraste con los humildes comienzos del Salvador en la vida terrenal! Él, el Rey de reyes y Señor de señores, nació en un sencillo establo y durmió en un pesebre “porque no había lugar… en el mesón” (Lucas 2:7). Durante Su primera infancia, Jesús no siempre disfrutó de las comodidades de un hogar permanente, como cuando Su familia huyó a Egipto para escapar de la crueldad de un tirano (véase Mateo 2:13–14).

    No conocemos los detalles de la estadía de Su familia en Egipto, pero es probable que Él y Sus padres vivieron la ardua vida de los refugiados, una vida similar a la de muchos emigrantes que en nuestros días han huido de escenarios de guerra y conflicto social en África y el Oriente Medio.

    Aun durante Su vida adulta, Jesús indicó que no tenía un hogar habitual. Un día, se le acercó un hombre y dijo: “Señor, te seguiré adondequiera que fueres”. El Salvador respondió: “Las zorras tienen guaridas, y las aves de los cielos nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza” (Lucas 9:57, 58).

    Mis hermanos y hermanas, cada vez que escucho el relato del nacimiento y del ministerio terrenal del Salvador, pienso en la responsabilidad personal que tenemos de preparar lugares acogedores para Él, para el día en que Él regrese. ¿Qué podemos hacer?

    Asistir al templo

    Primero, estemos preparados para recibirlo en Su propia casa: el templo. ¿Quién de nosotros no ha soñado con visitar los lugares donde el Salvador nació, vivió y llevó a cabo Su ministerio terrenal? Muchas personas, a costa de considerable sacrificio, han viajado a la Tierra Santa; ¡pero cuán importante es que visitemos los lugares a los que, un día, Él podría volver! Una de las mejores maneras en que nosotros, como discípulos Suyos, nos podemos preparar para Su segunda venida, es asistir con frecuencia a Su santa casa y sujetarnos a Él por medio de convenios sagrados.

    Preparar nuestro hogar

    Segundo, podemos hacer de nuestros hogares lugares en donde el Señor desearía quedarse. En las Escrituras leemos numerosos relatos de personas bondadosas que recibieron y albergaron al Salvador en su hogar. Así pues, hagámonos las siguientes preguntas: ¿Es mi hogar aceptable para el Señor? ¿Es un lugar seguro, apacible y lleno del Espíritu, en donde Él se sentiría cómodo? No es necesario que nuestros hogares sean espaciosos ni lujosos. A Él le haría feliz una humilde morada, centrada en el Evangelio y llena de familiares y amigos bondadosos.

    Reunir a los elegidos

    Tercero, podemos ayudar a reunir a Sus elegidos de todo el mundo, aun cuando eso signifique dejar nuestros hogares por un tiempo para ayudar a edificar Su reino en la tierra. La historia del pueblo de Dios es una historia de santos que siempre estuvieron preparados y dispuestos a ir adonde el Señor deseaba que fueran. Pienso en los profetas de antaño, tales como Abraham, Isaac, Jacob, José, Moisés, Lehi y muchos otros. Pienso en los apóstoles del Señor en el meridiano de los tiempos, quienes proclamaron incansablemente el Evangelio a lo largo del Mediterráneo.

    Los profetas y apóstoles de los últimos días, junto con miles de misioneros, han llevado y continúan llevando el mensaje de Cristo a los cuatro extremos de la tierra. Ellos están dispuestos a dejar la comodidad de su hogar para ofrecer su servicio en la viña del Señor.

    Ayudar a los necesitados

    Finalmente, una manera maravillosa de preparar un lugar para el Señor es ayudar a las personas que nos rodean que no tienen un hogar. Durante los primeros días de la Restauración, hubo ocasiones en las que los santos no tuvieron refugio. En su búsqueda de Sion, la intolerancia y la crueldad de sus enemigos con frecuencia los obligaron a abandonar sus hogares.

    El presidente Brigham Young (1801–1877) utilizó estas conmovedoras palabras para describir su difícil situación: “Una y otra vez hemos sido expulsados de nuestros apacibles hogares, y se ha obligado a nuestras mujeres e hijos a vivir en pleno invierno en planicies, montañas, caminos y tiendas, sufriendo toda clase de privaciones, aun hasta la muerte”2.

    Uno de los episodios más emotivos de esa época pone en relieve el pueblito de Quincy, Illinois, durante el invierno de 1839. En aquel tiempo, esa comunidad de colonos y granjeros, situada a orillas del río Misisipí, constaba de unas mil quinientas almas que vivían en condiciones precarias. En medio de un riguroso invierno, hicieron frente a la repentina llegada de unos cinco mil miembros de la Iglesia que huían de la orden de exterminio emitida por el gobernador de Misuri. Tras haber cruzado a pie las gélidas aguas del Misisipí, los santos se hallaban en un estado de absoluta aflicción y pobreza. Con increíble generosidad, los ciudadanos de Quincy los recibieron con los brazos abiertos, abriendo sus hogares y compartiendo sus escasas provisiones.

    Un habitante de Quincy describió la llegada de aquellos refugiados: “Muchos de los santos se alegraron de hallar en mi hogar un refugio frente a las tormentas, hasta que pudieran encontrar un lugar donde vivir. Muchas noches, los pisos (suelos) de las plantas superior e inferior estaban cubiertos de camas tan juntas que era imposible caminar sin pisar alguna”3.

    Para aquellos de nosotros que tenemos la bendición de vivir en circunstancias más tranquilas y prósperas, esos relatos tienen gran importancia; nos enseñan a ser un pueblo siempre preparado para tender una mano a las personas desamparadas y sin hogar. Ya sea que vivamos en lugares con una gran afluencia de refugiados o en pequeñas comunidades aisladas, hay muchas maneras en las que podemos prestar servicio a quienes luchan por satisfacer las necesidades básicas de la vida. Podemos contribuir al fondo humanitario de la Iglesia; podemos trabajar con otras personas que prestan amoroso servicio a los necesitados en nuestras comunidades; podemos ofrecer nuestra amistad a los desplazados que llegan a nuestras comunidades; podemos dar una sincera bienvenida a los extranjeros que visitan nuestros barrios y ramas.

    Uno de nuestros himnos más hermosos narra la historia de un forastero que halló refugio con un hombre de gran caridad.

    Cayó la noche invernal

    con espantosa tempestad.

    Su voz en la tormenta oí,

    y lo acogí en mi hogar.

    Le atendí, lo conforté,

    mi propio lecho le ofrecí.

    En duro suelo me acosté,

    mas en Edén creí dormir…

    Al forastero vi ante mí;

    Su identidad Él reveló;

    las marcas en Sus manos vi:

    reconocí al Salvador.

    Me dijo: “Te recordaré”,

    y por mi nombre me llamó.

    “A tu prójimo ayudaste y

    así serviste a tu Señor”4.

    Preparing A Place for the Lord

    Estoy orgulloso de pertenecer a una Iglesia que nunca cesa de tender la mano a los pobres y necesitados de la tierra. Me siento humilde por los innumerables actos de amor y caridad, pequeños y grandes, que cada día realizan la Iglesia y sus miembros. Esos actos siempre serán una parte esencial de la misión de la Iglesia porque es la Iglesia de Jesucristo y nos esforzamos por seguir Su ejemplo.

    Jesús es nuestro Salvador y Redentor. Testifico que Él nació en el meridiano de los tiempos, que vive, y que un día regresará en gloria para gobernar y reinar sobre Su reino terrenal.

    A modo de preparación, les invito a asistir con más frecuencia a Su santa casa, a crear en su hogar un ambiente seguro, amoroso y apacible, y a participar en el recogimiento de Sus elegidos de los cuatro cabos de la tierra. También ruego que sientan un deseo especial de tender la mano con amor a las personas desamparadas y sin hogar que se encuentran entre nosotros. Al hacerlo, prepararán un lugar en su corazón y en su hogar para recibir al Salvador, y Su regreso verdaderamente será un día grande y maravilloso.