Regalos del campo misional para llevar a casa
    Notas al pie de página

    Regalos del campo misional para llevar a casa

    Hace unos años, me hallaba en un aeropuerto cuando me encontré con unos misioneros que regresaban a sus hogares. Allí estaban sus familiares, recogiendo el equipaje. Así que le dije a uno de ellos: “¿Qué es todo eso que trae?”. Él respondió: “Son los regalos que traigo a casa”. Aquello me dio el título de lo que quisiera compartir con ustedes: “Regalos del campo misional para llevar a casa”.

    1. Conocimiento de Dios, nuestro Padre Eterno, y de Su Amado Hijo, el Señor Jesucristo, y amor por Ellos.

    “…esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3). No hay mayor regalo que persona alguna pueda recibir en este mundo que la firme y serena convicción de que Dios, nuestro Padre Eterno, vive y de que Jesús es el Cristo. Así lo creo yo y considero que es algo de suma importancia.

    2. Conocimiento de las Escrituras, la palabra del Señor, y amor por ellas.

    Cuando era misionero, cada noche antes de retirarme a dormir leía unos capítulos del Libro de Mormón y recibí en mi corazón una certeza que nunca me ha abandonado: que es la palabra de Dios, restaurada en la tierra por el poder del Todopoderoso, traducida por el don y el poder de Dios para convencer al judío y al gentil de que Jesús es el Cristo. Doy gracias al Señor por el testimonio que tengo de la verdad de la palabra de Dios tal y como se halla en estos libros sagrados y revelados. Espero que todo misionero regrese de su misión con la convicción en su corazón de que estas cosas son verdaderas.

    3. Un mayor amor por los padres.

    Con los años he asistido a cientos de reuniones con misioneros; me encanta oírles hablar de su amor por el Señor, pero también me encantar escucharles hablar de su gran aprecio y amor por sus padres. Jóvenes que habían sido desgarbados e indiferentes se ponen de pie y con lágrimas en los ojos dan gracias al Señor por sus padres y sus madres. Qué saludable y maravilloso es hoy día oír a un joven que se pone de pie para hablar con gran emoción de sus padres, diciendo cosas que antes nunca habría dicho en su vida. Todo joven y toda jovencita debe volver a casa con mayor amor por sus padres.

    4. Amor por las personas con las que trabajan.

    Amo a los ingleses. Nadie puede criticarlos en mi presencia porque he trabajado entre ellos, he vivido con ellos, he estado en sus casas, aprendí a conocer sus corazones y a amarlos.

    He aprendido a amar a los habitantes de Asia. Pasé once años entre ellos y los amo. Los amo tanto como a cualquier otra persona gracias a la experiencia que tuve entre ellos como misionero, por así decirlo.

    Si un misionero no vuelve con un gran amor por las personas a las que ha servido, es que algo va mal.

    5. Aprecio por el trabajo arduo.

    Todo misionero debe entender que trabajar, trabajar y trabajar es la clave para alcanzar las metas, la clave del éxito en la vida. No hay sustituto para el trabajo, para levantarse por la mañana y ponerse manos a la obra y seguir hasta cumplir con la tarea que se había propuesto. En cuanto a lo que nos depara el futuro, no hay cualidad más útil que la capacidad de disciplinarse para trabajar.

    6. La certeza de que la inspiración del Espíritu Santo está a nuestro alcance si somos dignos de ella.

    La inspiración está a nuestro alcance, al alcance de cada uno de nosotros si vivimos para ello y nos preparamos para recibirla. Me encantan estas grandes palabras reveladas, estas palabras con una promesa: “Dios os dará conocimiento por medio de su Santo Espíritu, sí, por el inefable don del Espíritu Santo” (D. y C. 121:26). Qué regalo tan valioso para llevar a casa: la seguridad, la certeza de que si vivimos dignos de ello, tendremos con nosotros aquello que se recibe por medio del poder del Espíritu Santo.

    7. Entender la importancia del trabajo en equipo.

    Nadie puede hacer esta obra por sí solo. Trabajamos en parejas. “…Por boca de dos o de tres testigos se decidirá todo asunto” (2 Corintios 13:1). Trabajamos juntos. No hay lugar para divos en el campo misional. Nuestro trabajo es en gran medida un trabajo de equipo; qué magnífico es aprender a trabajar con otras personas.

    8. El valor de la virtud personal.

    En cuanto a la integridad futura, considero que no hay nada más importante que pueda aprender un misionero que el valor de la virtud personal. Pocas palabras hay mayores que la promesa realizada bajo la inspiración del Señor y comunicada por el profeta José Smith: “…deja que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente”. Ése es el mandamiento, y ésta la promesa: “…tu confianza se fortalecerá en la presencia de Dios” (D. y C. 121:45). Ésa es la promesa que reciben quienes andan en la virtud.

    9. La fe para obrar.

    “…Iré y haré lo que el Señor ha mandado, porque sé que él nunca da mandamientos a los hijos de los hombres sin prepararles la vía para que cumplan lo que les ha mandado” (1 Nefi 3:7).

    Pedimos cosas difíciles a los misioneros; resulta muy difícil para jóvenes tímidos y reservados hacer lo que a veces les pedimos que hagan. Pero qué magnífico es cuando lo intentan; tienen la fe para hacer, para obrar, para seguir adelante y para esforzarse. Qué maravilloso regalo para llevar a casa.

    10. La humildad para orar.

    Admitan que hay un poder superior al nuestro y que no importa cuán bueno sea el hombre, no es lo bastante bueno; no importa lo sabio que sea, no es lo bastante sabio; no importa lo fuerte que sea, no es lo bastante fuerte para encarar todo lo que se le avecina en la vida, y que hay una fuente de poder a la que puede acudir con la certeza de que se le escuchará y que habrá una respuesta.

    Éstos son los diez regalos que espero que todo misionero o misionera lleve consigo a casa, y no muchas decoraciones, muchas muñecas, muchos tapetes, o pieles, o vestidos o cerámicas, sino estas cosas grandes, maravillosas y eternas. Ruego que Dios les bendiga para mantener la fe y que, mientras lo hacen, disfruten con gran felicidad de lo que se les llame a hacer.

    De un discurso pronunciado en un seminario para nuevos presidentes de misión el 24 de junio de 1983.