Fortaleza en medio de las dificultades
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    Fortaleza en medio de las dificultades

    El Señor puede asegurarnos que Él está cerca y que nos guiará en los días más negros de nuestra vida.

    Vivir no siempre es fácil, pero la oportunidad de hacerlo es una bendición que escapa a nuestra comprensión. En el proceso de vivir, haremos frente a dificultades, muchas de las cuales nos harán sufrir y padecer dolor. Muchas personas tendrán dificultades personales, mientras que otras sufrirán al ver el dolor de sus seres queridos.

    Para tener fortaleza en medio de nuestras dificultades, debemos tener una perspectiva positiva de los principios del plan de salvación. Debemos darnos cuenta de que tenemos un Salvador personal en quien podemos confiar y al que podemos acudir en los momentos de necesidad. A fin de recibir la fortaleza que precisamos en medio de nuestras penalidades, debemos también aprender y vivir los principios que el Señor nos ha dado.

    Una Perspectiva Positiva

    Esta tierra es el lugar para probar si somos dignos y para prepararnos para regresar a la presencia del Señor. Él explicó: “y con esto los probaremos para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare” (Abraham 3:25).

    El Señor explicó la razón por la que debemos ser probados durante nuestra experiencia terrenal: “Es preciso que los de mi pueblo sean probados en todas las cosas, a fin de que estén preparados para recibir la gloria que tengo para ellos” (D. y C. 136:31).

    Parte del plan es que “haya una oposición en todas las cosas” (2 Nefi 2:11), y se nos concede el albedrío para escoger entre alternativas opuestas, lo que forma parte del proceso de probación (véase 2 Nefi 2:27; D. y C. 29:35). En nuestra existencia preterrenal, entendimos y apoyamos el plan de salvación, el que incluye los principios de la oposición y el albedrío. Sabíamos que en esta vida tendríamos experiencias que nos llevarían a tener dificultades y, en ocasiones, a sufrir.

    Algunas de nuestras penalidades tienen que ver con la toma de decisiones, mientras que otras son consecuencia de las decisiones que ya hayamos tomado. Una porción de esas penalidades se deriva de las decisiones que toman otras personas pero que afectan a nuestra vida. No siempre podemos controlar todo lo que nos sucede en esta vida, pero podemos controlar la forma en que habremos de reaccionar a ello. Muchas dificultades se presentan en forma de problemas y presiones que a veces causan dolor; otras adoptan la forma de tentaciones, pruebas y tribulaciones.

    Aun así, las dificultades forman parte del sagrado proceso de santificación. No existen medios fáciles ni indolentes de santificarnos hasta el grado de que estemos preparados para vivir en la presencia del Salvador. Puede haber bendiciones en las cargas que soportamos, mas como consecuencia de esas aflicciones, nuestro carácter se vuelve más semejante al de Cristo.

    Aun cuando esas experiencias puedan causar dolor, sufrimiento y pesar, tenemos esta certeza absoluta: “Ningún pesar que el hombre o la mujer padezcan en la tierra quedará sin sus efectos compensatorios si se sobrelleva con resignación y paciencia” ( The Teachings of Spencer W. Kimball, editado por Edward L. Kimball, 1982, pág. 168).

    El Salvador consoló y aconsejó al profeta José Smith (1805–1844) cuando éste se hallaba sufriendo en la cárcel de Liberty, y le explicó los efectos y las bendiciones benéficos que se reciben si sobrellevamos bien nuestras cargas: “…todas estas cosas te servirán de experiencia, y serán para tu bien” (D. y C. 122:7). Y prosiguió:

    “Hijo mío, paz a tu alma; tu adversidad y tus aflicciones no serán más que por un breve momento;

    “Y entonces, si lo sobrellevas bien, Dios te exaltará; triunfarás sobre todos tus enemigos” (D. y C. 121:7–8).

    La gente reacciona de formas diversas ante las dificultades. Algunos se sienten derrotados y vencidos por las cargas que son llamados a llevar. Muchos empiezan a culpar a los demás por sus dificultades y derrotas, y no siguen el consejo del Señor. Es una tendencia natural el buscar el camino fácil al realizar nuestra jornada por la vida y sentirnos desanimados, llenos de duda, o incluso deprimirnos cuando hacemos frente a las penalidades de la vida.

    El élder Neal A. Maxwell, en aquel entonces Ayudante de los Doce, distinguió las diferentes reacciones que surgen ante las dificultades: “Los vientos de tribulación que apagan las velas de la dedicación de algunos hombres, sirven para avivar el fuego de la fe de [los demás]” (véase “¿Por qué no ahora?”, Liahona, abril de 1975, pág. 40).

    Si seguimos los principios eternos revelados, cobraremos fuerza en medio de nuestras dificultades y seremos bendecidos al sobrellevar nuestras cargas, solucionar las dificultades y vencer los obstáculos que se presenten en nuestra vida. A fin de obtener la fortaleza que precisamos, tenemos que llegar a conocer al Salvador y seguir Su consejo.

    Un Salvador Personal

    El Salvador nos ha asegurado que nos conoce personalmente, que conoce nuestras necesidades y que podemos contar con Su presencia en los momentos de necesidad. Él aconsejó: “…de cierto os digo, que mis ojos están sobre vosotros. Estoy en medio de vosotros y no me podéis ver” (D. y C. 38:7). El élder Dallin H. Oaks, del Quórum de los Doce Apóstoles, explicó: “El Salvador está entre nosotros, a veces en persona, con frecuencia por medio de Sus siervos, y siempre a través de Su Espíritu” ( The Lord’s Way, 1991, pág. 14).

    El Salvador conoce todas las cosas pasadas, presentes y futuras. Jacob enseñó: “…Pues él sabe todas las cosas, y no existe nada sin que él lo sepa” (2 Nefi 9:20). Él sabe las cosas que necesitamos aun antes de que se las pidamos (véase 3 Nefi 13:8).

    Él también conoce nuestros pensamientos y las intenciones de nuestro corazón, y ve hasta las partes más recónditas de nuestros espíritus eternos (véase Alma 18:32). Él enseñó: “…las cosas que suben a vuestro espíritu, yo las he entendido” (Ezequiel 11:5).

    Él conoce las tentaciones que enfrentamos. El Salvador fue tentado más allá de cualquier tentación que nosotros podríamos soportar. Las Escrituras dicen: “Sufrió tentaciones, pero no hizo caso de ellas” (D. y C. 20:22). Está presto para librarnos en los momentos de tentación. Pablo escribió: “Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados” (Hebreos 2:18). Pedro proclamó: “sabe el Señor librar de tentación a los piadosos” (2 Pedro 2:9).

    El Salvador “sabe cómo socorrer a los que son tentados” (D. y C. 62:1). A pesar de nuestras debilidades, Él nos ama de forma incomprensible y nos ofrece gran esperanza: “…Doy a los hombres debilidad para que sean humildes; y basta mi gracia a todos los hombres que se humillan ante mí; porque si se humillan ante mí, y tienen fe en mí, entonces haré que las cosas débiles sean fuertes para ellos” (Éter 12:27).

    Además de conocer nuestros pensamientos y nuestras intenciones, tentaciones y debilidades, Él sabe todo lo que hacemos en nuestra vida. Él dijo: “He aquí, mis ojos ven y conocen todas sus obras” (D. y C. 121:24; véase también 2 Nefi 27:27). “Yo conozco tus obras, y amor, y fe, y servicio, y tu paciencia” (Apocalipsis 2:19).

    El Señor está dispuesto a ayudarnos en los días difíciles:

    “Allegaos a mí, y yo me allegaré a vosotros; buscadme diligentemente, y me hallaréis; pedid, y recibiréis; llamad, y se os abrirá;

    “cualquier cosa que le pidáis al Padre en mi nombre os será dada, si es para vuestro bien” (D. y C. 88:63–64).

    Él está siempre dispuesto a consolarnos y aconsejarnos en los momentos de dificultades y padecimientos. Jacob enseñó: “…Confiad en Dios con mentes firmes, y orad a él con suma fe, y él os consolará en vuestras aflicciones” (Jacob 3:1).

    El Señor nos da un espíritu de esperanza y un sentimiento de consuelo y confianza de que podemos vencer los obstáculos que enfrentamos. Él nos ha mostrado la forma de recibir fortaleza durante las pruebas y con Su ayuda tenemos la capacidad de salir vencedores. Presten atención a Sus palabras de consejo y consuelo: “No temáis, pequeñitos, porque sois míos, y yo he vencido al mundo… y ninguno de los que el Padre me ha dado se perderá” (D. y C. 50:41–42).

    De nuevo, y con amor, Él nos asegura que está cerca y que nos guiará en los momentos más negros de nuestra vida. Su fuerza nos sostendrá en las pruebas aun cuando nos sintamos débiles: “Por tanto, estoy en medio de vosotros, y soy el buen pastor y la roca de Israel. El que edifique sobre esta roca nunca caerá” (D. y C. 50:44).

    Debido a Su infinito amor por nosotros, Él suplica al Padre el perdón de nuestros pecados y nos aconseja que nos animemos: “Elevad vuestros corazones y alegraos, porque yo estoy en medio de vosotros, y soy vuestro intercesor ante el Padre” (D. y C. 29:5; véase también D. y C. 45:3; 62:1; 110:4).

    Si nuestra lucha es con el pecado, debemos recordar que Él está presto para perdonarnos si nos arrepentimos de verdad. Con demasiada frecuencia olvidamos que Él es un Dios amoroso, bondadoso y misericordioso. Es posible que algunos piensen que no hay esperanza porque han fracasado con demasiada frecuencia, pero el Señor nos ha aconsejado que hay gran esperanza para los pecadores si se arrepienten de verdad:

    “…y si confiesa sus pecados ante ti y mí, y se arrepiente con sinceridad de corazón, a éste has de perdonar, y yo lo perdonaré también.

    “Sí, y cuantas veces mi pueblo se arrepienta, le perdonaré sus transgresiones contra mí” (Mosíah 26:29–30).

    Debemos acercarnos al Señor tal como lo hizo Enós en la antigüedad; él dijo: “Y mi alma tuvo hambre; y me arrodillé ante mi Hacedor, y clamé a él con potente oración y súplica por mi propia alma; y clamé a él todo el día; sí, y cuando anocheció, aún elevaba mi voz en alto hasta que llegó a los cielos” (Enós 1:4).

    Es posible que se requiera una oración de tal intensidad para recibir la remisión de algunos pecados. Los pecados graves se deben confesar al obispo, que es el juez común en Israel.

    El resultado del verdadero arrepentimiento y de la remisión de los pecados son sentimientos de paz, esperanza, gozo y una conciencia tranquila (véase Mosíah 4:3). Alma describió ese sentimiento con estas palabras:

    “…ya no me pude acordar más de mis dolores; sí, dejó de atormentarme el recuerdo de mis pecados.

    “Y ¡oh qué gozo, y qué luz tan maravillosa fue la que vi! Sí, mi alma se llenó de un gozo tan profundo como lo había sido mi dolor” (Alma 36:19–20).

    Mormón enseñó sobre el proceso que se lleva a cabo cuando recibimos la remisión de nuestros pecados: “y la remisión de los pecados trae la mansedumbre y la humildad de corazón y por motivo de la mansedumbre y la humildad de corazón viene la visitación del Espíritu Santo, el cual Consolador llena de esperanza y de amor perfecto, amor que perdura por la diligencia en la oración, hasta que venga el fin, cuando todos los santos morarán con Dios” (Moroni 8:26).

    Fortaleza Para Cambiar

    A fin de que el Señor nos ayude a cobrar fortaleza en medio de las dificultades, debemos hacer las cosas que nos ha aconsejado hacer, lo cual incluye el volverse a Él y el aplicar ciertos principios del Evangelio.

    Confiemos en Él. La confianza requiere humildad, un espíritu sumiso y dispuesto a confiar en Él y en Su consejo revelado. El Señor aconseja: “Elevad hacia mí todo pensamiento; no dudéis; no temáis” (D. y C. 6:36). La fortaleza se recibe cuando buscamos Su voluntad y no la nuestra. Con ternura nos dice: “Sé humilde; y el Señor tu Dios te llevará de la mano y dará respuesta a tus oraciones” (D. y C. 112:10). Él es el camino y sólo mediante Él tendremos éxito.

    Sigamos Su consejo. Al seguir el consejo del Señor se recibe una fortaleza inmensa. Jacob dijo: “…no procuréis aconsejar al Señor, antes bien aceptad el consejo de su mano” (Jacob 4:10). Alma enseñó: “Consulta al Señor en todos tus hechos, y él te dirigirá para bien” (Alma 37:37).

    El Señor nos da consejos en las respuestas a nuestras oraciones; además nos dice que escudriñemos las Escrituras en busca de respuestas a nuestras inquietudes. Nefi escribió: “…Deleitaos en las palabras de Cristo; porque he aquí, las palabras de Cristo os dirán todas las cosas que debéis hacer” (2 Nefi 32:3).

    El Señor nos aconseja por medio de Sus siervos escogidos (véase D. y C. 1:38), aunque el consejo inspirado también puede provenir de seres queridos. Cuando estamos pasando por dificultades no siempre vemos ni pensamos con claridad y es por ese motivo que debemos prestar atención cuando se nos aconseje.

    Hace falta valor para reaccionar al consejo que recibimos. El Señor nos ha advertido que cuando pensamos que no necesitamos Su consejo y el de Sus siervos y el de las personas que nos quieren, “[tendremos] que caer e incurrir en la venganza de un Dios justo” (D. y C. 3:4).

    Meditemos en Sus promesas. Las Escrituras están repletas de promesas poderosas para los que siguen Su consejo. Debemos meditar en esas promesas y desarrollar fe y confianza en el Señor, pues Sus promesas son ciertas.

    Por medio del rey Limhi recibimos una gran promesa de fortaleza: “…si os tornáis al Señor con íntegro propósito de corazón, y ponéis vuestra confianza en él, y le servís con toda la diligencia del alma, si hacéis esto, él, de acuerdo con su propia voluntad y deseo, os librará del cautiverio” (Mosíah 7:33).

    El Salvador nos concede otras promesas maravillosas que debieran fortalecernos en nuestras dificultades:

    “Sed de buen ánimo, pues, y no temáis, porque yo, el Señor, estoy con vosotros y os ampararé” (D. y C. 68:6).

    “Y si vosotros sois humildes y fieles, e invocáis mi nombre, he aquí, os daré la victoria.

    “Os hago la promesa de que por esta vez seréis librados de vuestra mansedumbre” (D. y C. 104:82–83).

    El Señor ha revelado otros principios poderosos que nos permiten obtener fortaleza interior y, si los aplicamos, seremos bendecidos con poder y tranquilidad.

    Aceptemos la plena responsabilidad por nuestras elecciones. El admitir y aceptar la responsabilidad por nuestras decisiones y sus consecuencias es un paso crítico y primario en el proceso que nos lleva a cambiar. El Señor explicó que “porque has visto tu debilidad, serás fortalecido” (Éter 12:37; véase también D. y C. 135:5). En el gran plan, el Señor decretó “que todo hombre obre… de acuerdo con el albedrío moral que yo le he dado, para que todo hombre responda por sus propios pecados en el día del juicio” (D. y C. 101:78).

    Si culpamos de nuestras acciones a otras personas o a las circunstancias en las que nos hallamos, nunca podremos recibir la fortaleza para cambiar. Algunas personas tienden a justificar su comportamiento o a inventar excusas; esos métodos son elementos de engaño que se emplean con el propósito de aliviar la culpa y de librarse provisionalmente de los sentimientos de fracaso que vienen por no haber tomado decisiones correctas, lo que debilita nuestro carácter y prolonga nuestro sufrimiento y tensión.

    Cultivemos la fe. La fe nos facilita el poder para hacer los cambios necesarios en la vida (véase 2 Nefi 1:10). Si no tenemos la fe suficiente, no podemos cambiar ni ser sanados de nuestras dolencias (véase 3 Nefi 17:8). Nuestras debilidades jamás podrán tornarse en fortalezas sin una fe plena, ya que hace falta tener fe para recibir respuestas a nuestras oraciones (véase D. y C. 10:47). Moroni enseñó: “He aquí, os digo que quien crea en Cristo, sin dudar nada, cuanto pida al Padre en el nombre de Cristo, le será concedido” (Mormón 9:21).

    Jamás debemos subestimar el poder del Señor, ni siquiera cuando nos sintamos impotentes. Nefi nos recuerda el poder infinito del Señor con estas palabras: “Sí, y ¿cómo es que habéis olvidado que el Señor tiene poder de hacer todas las cosas según su voluntad, para los hijos de los hombres, si es que ejercen la fe en él? Por tanto, seámosle fieles” (1 Nefi 7:12).

    Él verdaderamente es un Dios de milagros (véase 2 Nefi 27:23). Moroni nos advierte: “Porque si no hay fe entre los hijos de los hombres, Dios no puede hacer ningún milagro entre ellos” (Éter 12:12). El Señor nos advierte en cuanto a la fe: “Recuerda que sin fe no puedes hacer nada” (D. y C. 8:10).

    Cultivemos deseos correctos. Nuestra motivación para cambiar procede de los deseos de nuestro corazón, pero sin un deseo profundo y divino de arrepentirnos, no habrá cambio alguno. Alma enseñó este poderoso principio cuando dijo: “…sé que él concede a los hombres según lo que deseen” (Alma 29:4).

    Profundicemos nuestra dedicación. Sin dedicación, nuestros deseos tienden a disminuir y extinguirse. La dedicación nos da fuerza y poder para hacer los cambios apropiados que deseemos. Esa dedicación debiera ser como la que sintió Nefi, que cuando se le dio una asignación difícil, puso todo su empeño en cumplirla con éxito, tal como lo hubiera hecho Cristo “…Iré y haré lo que el Señor ha mandado, porque sé que él nunca da mandamientos a los hijos de los hombres sin prepararles la vía para que cumplan lo que les he mandado” (1 Nefi 3:7; véase también 1 Nefi 3:15).

    Ayunemos y oremos. El Señor ha mandado que debemos “perseverar en la oración y el ayuno desde ahora en adelante” (D. y C. 88:76). Se recibe gran poder al ayunar y orar respecto a nuestras dificultades y bienestar espiritual.

    Cuando ayunemos, debemos hacerlo con un fin, con oración y “con la mira puesta únicamente en la gloria de Dios” (D. y C. 4:5). Debemos esforzarnos por lograr el autodominio, tener pensamientos puros y meditar en cosas espirituales. Durante nuestro ayuno, podemos recibir fortaleza mediante el estudio de las Escrituras; debemos dar oído a las indicaciones del Espíritu en nuestra búsqueda de soluciones.

    Por medio de la oración debemos pedir al Señor que nos fortalezca y nos libre del cautiverio de nuestro comportamiento (véase Alma 58:10; Jacob 3:1). Debemos orar pidiendo fortaleza para resistir las tentaciones. El Señor nos advierte y aconseja: “Ora siempre, para que no entres en tentación y pierdas tu galardón” (D. y C. 31:12; véase también D. y C. 61:39; 10:5). Debemos orar para recibir el perdón y para expresar nuestro amor y gratitud a nuestro Padre Celestial.

    Como consecuencia de nuestro arrepentimiento, nuestras oraciones y nuestros ayunos sinceros, recibiremos el perdón. Podemos percibir los frutos del Espíritu en forma de gozo (véase D. y C. 59:13); podemos ser santificados (véase Helamán 3:35) y heredar la vida eterna (véase Omni 1:26).

    El ayuno y la oración nos ayudan a controlar nuestros pensamientos, sentimientos, pasiones y apetitos, pudiendo sujetar éstos y el cuerpo a nuestro espíritu. Experimentaremos mayor espiritualidad, fortaleza, poder, humildad y un testimonio más fuerte. Seremos capaces de recibir respuestas a nuestras oraciones y de disfrutar de sentimientos de paz y de consuelo. Disfrutaremos de la compañía del Espíritu, sentiremos más amor y los malos sentimientos desaparecerán de nuestra alma. Tendremos mayor poder para resistir la tentación y superar nuestras debilidades. Nos veremos libres de la preocupación desmedida y también se incrementarán nuestra fe y nuestra esperanza. Los sentimientos de duda y de desánimo se disiparán.

    Recordemos las bendiciones del sacerdocio. Cuando pasemos por dificultades, podemos solicitar una bendición del sacerdocio. Para que ésta sea eficaz, debemos ser humildes y dispuestos a aprender, debemos estar dispuestos a someter nuestra voluntad a la del Señor tal y como se nos comunique en la bendición, la cual puede ser una gran fuente de consejo del Señor. Nuestra mente puede verse iluminada y estimulados nuestro entendimiento y nuestra comprensión. Él nos ha dado una poderosa promesa en cuanto a lo que diga el poseedor del sacerdocio que pronuncie la bendición: “Y lo que hablen cuando sean inspirados por el Espíritu Santo… será la voluntad del Señor, será la intención del Señor, será la palabra del Señor, será la voz del Señor y el poder de Dios para salvación” (D. y C. 68:4).

    Debemos tener fe plena y completa confianza en el consejo que recibamos. Debemos tener el valor de obedecerlo, ya que, al hacerlo, recibiremos poder adicional para salir vencedores en nuestras dificultades.

    Meditemos en nuestra bendición patriarcal. Nuestra bendición patriarcal es otra fuente de gran fortaleza en medio de las pruebas. El presidente Ezra Taft Benson (1899–1994) dijo del Salvador: “Él sabe de antemano todos los movimientos y estrategias que el enemigo utilizará en contra de nosotros… conoce nuestras debilidades y nuestros puntos fuertes. Por consiguiente, si estudiamos cuidadosamente y con espíritu de oración nuestra bendición patriarcal, podremos obtener revelación personal para descubrir cuáles son algunos de esos puntos fuertes que poseemos” ( The Teachings of Ezra Taft Benson, 1988, pág. 214).

    El presidente James E. Faust, cuando era miembro del Quórum de los Doce Apóstoles, enseñó: “Nuestras bendiciones patriarcales… pueden darnos ánimo en momentos de desaliento, fortalecernos cuando sentimos temor, consolarnos durante las horas de tristeza, darnos valor con nuestros momentos de angustia y alentarnos cuando estamos espiritualmente débiles” (“Bendiciones patriarcales”, Liahona, junio de 1983, pág. 33).

    Consejo Final

    Si nuestras dificultades tienen que ver con el pecado, debemos meditar en la apasionada súplica de Alma:

    “Y ahora bien, hermanos míos, deseo desde lo más íntimo de mi corazón, sí, con gran angustia, aun hasta el dolor, que escuchéis mis palabras, y desechéis vuestros pecados, y no demoréis el día de vuestro arrepentimiento;

    “sino que os humilléis ante el Señor, e invoquéis su santo nombre, y veléis y oréis incesantemente, para que no seáis tentados más de lo que podáis resistir, y así seáis guiados por el Santo Espíritu, volviéndoos humildes, mansos, sumisos, pacientes, llenos de amor y de toda longanimidad;

    “teniendo fe en el Señor; teniendo la esperanza de que recibiréis la vida eterna; siempre teniendo el amor de Dios en vuestros corazones para que en el postrer día seáis enaltecidos y entréis en su reposo” (Alma 13:27–29).

    Las palabras del Salvador son un consejo apropiado sobre las dificultades que no son fruto del pecado: “Escudriñad diligentemente, orad siempre, sed creyentes, y todas las cosas obrarán juntamente para vuestro bien, si andáis en la rectitud y recordáis el convenio que habéis hecho el uno con el otro” (D. y C. 90:24).

    Todos los consejos que se hallan en las Escrituras y en las palabras de las Autoridades Generales son palabras de esperanza que reflejan el amor que el Salvador tiene por nosotros así como Su deseo de que tengamos éxito. No hay ningún otro modo de recibir fortaleza en los momentos de necesidad, y si seguimos Su consejo, hallaremos fortaleza infinita en medio de nuestras dificultades.