Restauración e Historia de la Iglesia
“Había llegado el momento”
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Historias de fe

“Había llegado el momento”

En 1846, cuando Brigham Young comenzó a dirigir a los santos en su éxodo hacia el oeste, el valle del Lago Salado seguía siendo territorio que México reclamaba como propio. Los siguientes 30 años, sin embargo, fueron agitados tanto para los santos en el territorio de Utah como para México como nación, ya que ambos afrontaron conflictos con el gobierno de los Estados Unidos y mientras tanto los reformadores en México luchaban para asegurar libertades fundamentales. Finalmente en 1874, a medida que México incrementaba la libertad religiosa y disminuía las restricciones para las publicaciones, Brigham Young se reunió con algunos santos que hablaban español y anunció que “había llegado el momento de prepararse para llevar el Evangelio a México”. Daniel Jones y, posteriormente, Melitón Trejo tradujeron partes del Libro de Mormón al español. Jones envió rápidamente ejemplares del libro a líderes y pensadores prominentes de todo México.

Varios reformadores quedaron fascinados con lo que leyeron. Ignacio Manuel Altamirano, un escritor y político prominente de origen náhuatl, se impresionó con las profecías del Libro de Mormón en cuanto al futuro de los lamanitas y solicitó más información. Plotino Rhodakanaty, otro reformador social comprometido, intercambió correspondencia con Trejo, compartió su testimonio creciente y su emoción con amigos y escribió al presidente John Taylor para solicitar finalmente el bautismo y la ordenación. “Hemos encontrado el Evangelio”, escribió, “y deseamos que nos den el Sacerdocio Aarónico para que podamos comenzar a predicar en México”. En 1879 el presidente Taylor llamó a un grupo de misioneros, incluyendo al élder Moses Thatcher, del Cuórum de los Doce Apóstoles, para servir una misión en la Ciudad de México. Aun antes de que los misioneros llegaran, el pequeño grupo de creyentes en la Ciudad de México comenzó a divulgar una publicación llamada La voz del desierto a fin de compartir el Evangelio restaurado. Al llegar, los misioneros bautizaron a personas, ordenaron élderes locales y organizaron una rama.

Rhodakanaty había tenido la esperanza de establecer una comunidad centrada en los principios de la Orden Unida, como él la entendía, y se apartó de la Iglesia cuando no se dio inicio a tal proyecto. Otros miembros, sin embargo, siguieron adelante y establecieron un fundamento para la obra. Los conversos de las localidades cercanas se unieron prontamente a los miembros en la Ciudad de México. El 6 de abril de 1881, Thatcher y un grupo de santos, incluyendo al presidente de rama de la Ciudad de México, Silviano Arteaga, el misionero local Fernando A. Lara, Lino Zárate y dos miembros de la familia Páez subieron a las laderas del volcán Popocatépetl para dedicar formalmente a México para la predicación del Evangelio. En su conferencia en la ladera del volcán, Arteaga ofreció una oración que dejó una impresión profunda en Thatcher. “Las lágrimas rodaron por sus arrugadas mejillas por la liberación de su raza y su pueblo”, recordó Thatcher. “Nunca escuché a un hombre orar con mayor fervor”.