2000–2009
Las cosas destrozadas pueden repararse
Abril 2006


Las cosas destrozadas pueden repararse

Cuando Él dice a los pobres en espíritu: “Venid a mí”, lo que quiere decir es que Él conoce el camino hacia la salida y hacia el cielo.

Las primeras palabras de Jesús en Su majestuoso Sermón del Monte iban dirigidas a los atribulados, los desalentados y los deprimidos: “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”1. Sean ustedes miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días o personas de entre las decenas de millares que nos escuchan y que no son de nuestra fe, me dirijo a los que se enfrentan con pruebas personales y dificultades familiares, a aquellos que se enfrentan con conflictos que se entablan en las solitarias trincheras del corazón, a aquellos que tratan de detener las marejadas de la desesperación que a veces nos abruman como si fueran un maremoto del alma. Deseo dirigir mis palabras en particular a ustedes que piensan que su vida está destrozada, y que, al parecer, no tiene reparación.

A todos ustedes les ofrezco el remedio más seguro y más agradable que conozco, que se encuentra en el llamado fuerte y sonoro que nos hizo el Salvador del mundo al comenzar Su ministerio y también al finalizarlo. Se lo dijo a los creyentes y se lo dijo a los que no estaban muy seguros de creerle. Se lo dijo a todos, cualesquiera que fuesen sus problemas personales:

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.

“Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas”2.

En esa promesa, la frase introductoria, “venid a mí”, es crucial; es la clave de la paz y del reposo que buscamos. De hecho, cuando el Salvador resucitado dio Su sermón a los nefitas en el templo del Nuevo Mundo, comenzó diciendo: “Bienaventurados son los pobres en espíritu que vienen a mí, porque de ellos es el reino de los cielos”3.

Cuando Andrés y Juan oyeron por primera vez a Cristo, se conmovieron tanto que, cuando Él se apartó de la multitud, lo siguieron. Percibiendo que lo seguían, Jesús les preguntó: “¿Qué buscáis?”. Ellos le respondieron: “¿Dónde moras?”. Y Cristo dijo: “Venid y ved”. Al día siguiente, Cristo encontró a otro discípulo, Felipe, y le dijo: “Sígueme”4. Poco tiempo después, llamó oficialmente a Pedro y a otros nuevos apóstoles con el mismo espíritu de invitación. “Venid en pos de mí”5, les dijo.

Evidentemente, la esencia misma de nuestro deber y del requisito fundamental de nuestra vida terrenal ha quedado captada en esas breves frases de diversas escenas del ministerio terrenal del Salvador. Él nos dice: “Confiad en mí; aprended de mí; haced lo que yo hago; y cuando recorráis mi camino, entonces hablaremos de la dirección que vosotros seguís y de las tribulaciones y de las pruebas que encaráis. Si me seguís, yo os sacaré de la oscuridad”. Él nos promete: “Os daré respuesta a vuestras oraciones y descanso para vuestras almas”.

Mis amados amigos, no conozco otra manera de tener éxito y seguridad entre todos los riesgos y problemas de la vida, ni conozco otra forma de llevar nuestras cargas ni de hallar lo que Jacob, en el Libro de Mormón, llamó: “esa felicidad que está preparada para los santos”6.

¿Y cómo puede uno “venir a Cristo” en respuesta a esa invitación constante? Las Escrituras nos dan muchos ejemplos y métodos, y ustedes ya conocen muy bien los más básicos. El primero y el más fácil es sencillamente el deseo del corazón, la forma más básica de fe que conocemos. “…aunque no sea más que un deseo de creer”, dice Alma, ejercitando tan sólo: “…un poco de fe…” dando aunque sea una pequeña cabida a las promesas de Dios, será suficiente para comenzar7. El tan sólo creer, el tener aunque sea una “molécula” de fe —el simple hecho de tener una esperanza en cosas que aún no hemos visto en la vida y que, sin embargo, realmente existen8— ese paso sencillo, cuando se centra en el Señor Jesucristo, siempre ha sido y siempre será el primer principio de Su Evangelio eterno, el primer paso para salir de la desesperación.

Segundo, debemos cambiar todo aquello que forme parte del problema y que nos sea posible cambiar; en suma, debemos arrepentirnos, siendo ésta tal vez la palabra del vocabulario cristiano que contenga más esperanza y aliento. Le agradecemos a nuestro Padre Celestial que se nos permita cambiar. Le agradecemos a Jesús que podamos cambiar, y finalmente lo hacemos sólo con Su ayuda divina. Es verdad que todos nuestros problemas no son el resultado de nuestros hechos; a menudo son la consecuencia de los hechos de otras personas o simplemente las circunstancias comunes de la vida. Pero debemos cambiar todo lo que podamos cambiar, y perdonar lo demás. De esa forma nuestro acceso a la expiación del Salvador queda tan libre de obstáculos como nosotros, con nuestras imperfecciones, podamos lograrlo. Él hará lo demás.

Tercero, de todas las formas posibles, procuramos tomar sobre nosotros Su identidad, y eso comienza al tomar sobre nosotros Su nombre. Ese nombre se nos otorga formalmente por convenio en las ordenanzas salvadoras del Evangelio, las que comienzan con el bautismo y terminan con los convenios del templo, y muchas más, como la de participar de la Santa Cena, las que se entrelazan en nuestra vida como bendiciones y recordatorios adicionales. Al enseñar a su pueblo el mensaje que damos en esta ocasión, Nefi dijo: “[Seguid] al Hijo con íntegro propósito de corazón… con verdadera intención… [y tomad] sobre vosotros el nombre de Cristo… haced las cosas que os he dicho que he visto que hará vuestro Señor y Redentor”9.

Al seguir esas enseñanzas tan básicas, se abren ante nosotros magníficas conexiones con Cristo de múltiples formas: orar y ayunar, meditar en Sus propósitos, saborear las Escrituras y prestar servicio al prójimo, “[socorrer] a los débiles, [levantar] las manos caídas… [fortalecer] las rodillas debilitadas”10, y, sobre todo, amar con “el amor puro de Cristo”, ese don que “nunca deja de ser”, ese don que “todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera [y] todo lo soporta”11. Con esa clase de amor, pronto comprendemos que en la vida tenemos al alcance muchos caminos que llevan al Maestro, y cada vez que le buscamos, por más débil que sea nuestro esfuerzo, descubrimos que Él ha estado intentando, deseoso, llegar hasta nosotros. Y así avanzamos, nos esforzamos, buscamos y nunca cedemos12.

Mi deseo en el día de hoy es para todos nosotros —no tan sólo para los “pobres en espíritu”, sino para todos— que tengamos más experiencia personal y directa con el ejemplo del Salvador. A veces buscamos lo divino de manera muy indirecta, concentrándonos en los programas, en la historia o en la experiencia ajena, lo cual es importante, pero no tanto como la experiencia personal, como el ser un verdadero discípulo, y la fortaleza que se recibe del experimentar personalmente la majestuosidad de la influencia de Él.

¿Luchan ustedes contra el demonio de la adicción del tabaco, de las drogas, de los juegos de azar o de la perniciosa plaga moderna de la pornografía? ¿Está pasando dificultades su matrimonio o se encuentra alguno de sus hijos en peligro? ¿Tienen problemas de identidad sexual o de propia estimación? ¿Afrontan ustedes, o algún ser querido, enfermedad, depresión o la muerte? Sean cuales sean los otros pasos que deban dar para resolver esos problemas, vengan primero al Evangelio de Jesucristo. Confíen en las promesas del cielo. En ese respecto, el testimonio de Alma es mi testimonio: “…sé que quienes pongan su confianza en Dios serán sostenidos en sus tribulaciones, y sus dificultades y aflicciones…”13.

El confiar en la naturaleza misericordiosa de Dios es el núcleo mismo del Evangelio que Cristo enseñó. Testifico que la expiación del Salvador quitará no sólo la carga de nuestros pecados, sino también la de nuestras desilusiones y la de nuestros dolores, la de nuestros sufrimientos y la de nuestra desesperación14. Desde el principio, el confiar en Su ayuda ha tenido por objeto darnos el motivo y la manera de mejorar, el incentivo para dejar a un lado nuestras cargas y labrar así nuestra salvación. Podrá haber y habrá muchas dificultades en la vida; no obstante, el alma que viene a Cristo, que conoce Su voz y se esfuerza por hacer como Él hizo, recibe, como dice el himno, “la fuerza para a otro levantar”15. El Salvador nos recuerda que nos tiene “…[grabados] en las palmas de [Sus] manos…”16. Al considerar el incomprensible precio de la Crucifixión y de la Expiación, les prometo que Él no va a darnos la espalda ahora. Cuando Él dice a los pobres en espíritu: “Venid a mí”, lo que quiere decir es que Él conoce el camino hacia la salida y hacia el cielo. Lo conoce porque Él ya lo recorrió. Conoce el camino porque Él es el camino.

Hermanos y hermanas, cualesquiera que sean sus problemas, por favor no se den por vencidos y por favor no cedan ante el temor. Siempre me ha conmovido el hecho de que, al partir su hijo a su misión en Inglaterra, el hermano Bryant S. Hinckley abrazó al joven Gordon y le entregó una nota escrita a mano con sólo cuatro palabras del capítulo cinco de Marcos: “No temas, cree solamente”17. También pienso en aquella noche cuando Cristo se apresuró para llegar a ellos y ayudar a Sus atemorizados discípulos, cuando anduvo sobre el agua y les dijo: “¡Tened ánimo; yo soy, no temáis!”. Pedro exclamó: “Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas”. La respuesta de Cristo fue la que siempre es: “Él dijo: Ven”. Al instante, como era su naturaleza, Pedro descendió de la barca a las agitadas aguas. Mientras sus ojos permanecieron fijos en el Señor, el viento le sacudía el cabello y el agua le empapaba el manto, pero todo estaba bien, porque venía a Cristo. Fue sólo cuando su fe vaciló y el temor se apoderó de él, sólo cuando quitó los ojos del Maestro para mirar las furiosas olas y el alarmante abismo negro, sólo entonces comenzó a hundirse en el mar. Con nuevo terror, gritó: “¡Señor, sálvame!”.

Sin duda con algo de tristeza, el Maestro, que domina toda dificultad y todo temor, que es la solución de todo desaliento y desánimo, extendió la mano, asió al discípulo que se ahogaba y con esta tierna reprensión le dijo: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?”18.

Si se sienten solos, por favor, sepan que pueden hallar consuelo. Si se sienten desanimados, por favor, sepan que pueden hallar esperanza. Si son pobres en espíritu, por favor, sepan que pueden ser fortalecidos. Si se sienten destrozados, por favor, sepan que pueden ser sanados.

En Nazaret, el angosto camino

que quita el aliento y cansa los pies,

pasa por donde una vez vivió

el Carpintero de Nazaret.

Por el polvoriento camino

solía la gente del pueblo llegar

y sobre el banco del Carpintero

lo destrozado depositar.

Una muñeca rota llevaba la niña,

un arado el hombre, una silla la mujer.

“Carpintero, ¿Lo puede reparar?”,

esperanzados preguntaban los tres.

Cada uno recibe lo solicitado:

la muñeca, la silla o el arado;

lo destrozado que le habían llevado

se lo devuelve perfectamente reparado.

Año tras año la cuesta empinada,

con paso lento y melancolía,

recorren de pena y dolor cargadas

las almas que imploran día a día:

“Ah, Carpintero de Nazaret,

¿Te será posible reparar

mi destrozado corazón,

y mi vida destrozada de verdad?”.

Y por Su amor y gran bondad,

Su vida dulce entretejerá

con la nuestra destrozada

y vida nueva creará.

“¡Ah, Carpintero de Nazaret,

convierte en plena perfección,

los destrozados ídolos de mi ser:

|deseo, esperanza, fe y aspiración!”19.

Ruego que todos, en particular los pobres en espíritu, vengamos a Él para ser sanados, en el nombre de Jesucristo de Nazaret. Amén.

  1. Mateo 5:3.

  2. Mateo 11:28–29.

  3. 3 Nefi 12:3; cursiva agregada.

  4. Juan 1:35–39, 43.

  5. Véase Mateo 4:19.

  6. Véase 2 Nefi 9:43.

  7. Véase Alma 32:27; cursiva agregada.

  8. Véase Alma 32:21.

  9. 2 Nefi 31:13, 17.

  10. D. y C. 81:5.

  11. Moroni 7:47, 46, 45.

  12. Véase Alfred Lord Tennyson, “Ulises”, en The Complete Poetical Works of Tennyson, 1898, pág 89.

  13. Alma 36:3.

  14. Véase Alma 7:11–12.

  15. “Señor, yo te seguiré”, Himnos, Nº 138.

  16. 1 Nefi 21:16.

  17. Marcos 5:36.

  18. Mateo 14:27–31; cursiva agregada.

  19. George Blair, “The Carpenter of Nazareth”, en Obert C. Tanner, Christ’s Ideals for Living, Sunday School manual, 1955, pág. 22; traducción.