Dios, nuestro amoroso Padre Celestial, desea que sintamos felicidad y gozo. Él elaboró un plan para que vengamos a la tierra, nos desarrollemos y volvamos a vivir con Él por siempre. Su plan brinda significado y contexto a nuestra vida y responde a las grandes preguntas: “¿De dónde vengo?”, “¿Por qué estoy aquí?” y “¿Qué sucede después de la muerte?”.
Tu historia comienza antes de que nacieras. En el cielo, exististe como espíritu con Dios y con el resto de Sus hijos procreados como espíritus. Todos somos miembros de Su familia y, en nuestra vida preterrenal, elegimos seguir el plan de Dios. Eso significaba venir a la tierra para que pudiéramos dar el siguiente paso en nuestro progreso eterno.
Bajo la dirección de Dios, Jesucristo creó la tierra y todos los seres vivientes. Adán y Eva fueron los primeros hijos de Dios procreados como espíritus que vinieron a la tierra. Dios creó sus cuerpos a semejanza del Suyo y los puso en el Jardín de Edén.
Mientras Adán y Eva estaban en el Jardín, Dios les mandó que no comieran del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal.
Si obedecían ese mandamiento, podrían permanecer en el Jardín, pero no podrían progresar al aprender de la oposición y los desafíos de la vida terrenal. Nunca podrían conocer el gozo, porque no podrían experimentar tristeza ni dolor.
Satanás tentó a Adán y Eva para que comieran del fruto prohibido. Eva decidió comer del fruto y le dio a Adán parte del fruto. Él también eligió comer de él. Debido a esa decisión, fueron expulsados del Jardín y separados de la presencia de Dios. A ese acontecimiento se le llama la Caída.
La Caída fue un paso hacia adelante para la humanidad y una gran bendición para todos nosotros. La Caída hizo posible que nosotros naciéramos en la tierra y progresáramos en el plan del Padre Celestial.
La Caída fue un paso hacia adelante para la humanidad y una bendición para todos nosotros. Las bendiciones de la Caída incluyen las siguientes:
Gracias a la Caída, nosotros somos bendecidos con un cuerpo físico, con el derecho a elegir entre el bien y el mal y con la oportunidad de obtener la vida eterna. Nada de esto habría sido posible si Adán y Eva hubieran permanecido en el Jardín.
Adán y Eva expresaron su gratitud por las bendiciones que se recibieron como resultado de la Caída:
“Y Adán bendijo a Dios en ese día y fue lleno, y empezó a profetizar concerniente a todas las familias de la tierra, diciendo: Bendito sea el nombre de Dios, pues a causa de mi transgresión se han abierto mis ojos, y tendré gozo en esta vida, y en la carne de nuevo veré a Dios.
“Y Eva, su esposa, oyó todas estas cosas y se regocijó, diciendo: De no haber sido por nuestra transgresión, nunca habríamos tenido posteridad, ni hubiéramos conocido jamás el bien y el mal, ni el gozo de nuestra redención, ni la vida eterna que Dios concede a todos los que son obedientes”.
La vida en la tierra es una parte esencial del hermoso plan de Dios para cada uno de nosotros. Las experiencias que tenemos aquí nos ayudan a aprender, progresar y prepararnos para regresar a nuestro Padre Celestial.
Jesucristo ofrece consuelo, esperanza y sanación. Su sacrificio expiatorio es la máxima expresión de Su amor. Todo lo que es injusto en la vida se puede remediar por medio de la Expiación de Jesucristo.
Así como vivimos antes de venir a la tierra, seguiremos viviendo después de morir. Saber esto puede proporcionar consuelo y paz cuando nosotros o nuestros seres queridos enfrentemos la muerte. Aunque lloramos por aquellos a quienes hemos perdido, hay esperanza gracias a Jesucristo: la muerte no es el final (véase Juan 11:25–26).
Cuando morimos, nuestro espíritu se separa del cuerpo. Aunque nuestro cuerpo muere, nuestro espíritu, la esencia de quienes somos, continúa viviendo. Nuestro espíritu va al mundo de los espíritus, que es un período de espera, de aprendizaje y preparación hasta que recibamos el don de la resurrección.
La resurrección es la reunión de nuestro cuerpo y nuestro espíritu y es el siguiente paso en nuestro progreso eterno.
Cuando resucitemos, cada uno de nosotros tendrá un cuerpo físico perfeccionado, libre de dolores y enfermedades. Seremos inmortales, es decir que viviremos para siempre.
Gracias a la Expiación y la Resurrección del Salvador, toda persona que haya vivido será resucitada (Alma 11:42–44).
Puesto que todos resucitaremos, todos seremos salvos —es decir, obtendremos la salvación— de la muerte física; pero ni la resurrección ni la salvación de nuestros pecados serían posibles sin Jesucristo.
Él sufrió por nuestros pecados para que, cuando oremos para pedir perdón y tratemos de cambiar, podamos ser limpios. También murió en la cruz y resucitó de entre los muertos. Gracias a Jesús, la muerte no es el fin.
En el momento de la resurrección, cada uno de nosotros será juzgado individualmente por Jesús, nuestro Salvador. Este juicio final se basará en nuestros deseos, nuestros hechos y nuestras decisiones.
Solo Dios y Jesús conocen perfectamente nuestro corazón y las circunstancias de nuestra vida, así que solo Ellos pueden juzgarnos de una manera perfecta. Ese juicio será de amor, misericordia, justicia y para rendir cuentas (véase 3 Nefi 27:14–15).
La meta suprema de Dios es ayudar a todos Sus hijos a regresar a vivir con Él en el Reino Celestial.
El plan de Dios para nosotros hace posible la vida eterna con Él y con nuestra familia. Seguir el plan de felicidad de Dios incluye: