Capítulo 22: Tendamos la mano con amor a los nuevos conversos y los miembros menos activos
    Notas al pie de página

    Capítulo 22

    Tendamos la mano con amor a los nuevos conversos y a los miembros menos activos

    “Debemos [ser conscientes] constantemente… [de] la tremenda obligación de hermanar… a aquellos que vengan a la Iglesia como conversos, y de tender la mano con amor a aquellos que… entren en las sombras de la inactividad”.

    De la vida de Gordon B. Hinckley

    Un tema que recalcó el presidente Hinckley a lo largo de su servicio como Presidente de la Iglesia fue la importancia de tender la mano a los nuevos conversos y a aquellos que no son activos en la Iglesia. Dio muchos ejemplos de su esfuerzo personal a ese respecto, y describió uno de ellos, de modo conmovedor, como “uno de mis fracasos”. Explicó lo siguiente:

    “Mientras prestaba servicio misional en las Islas Británicas, mi compañero y yo le enseñamos el Evangelio a un joven a quien tuve el placer de bautizar. Era una persona culta, refinada y estudiosa. Me sentía muy orgulloso de ese talentoso joven que acababa de unirse a la Iglesia; pensaba que reunía todas las cualidades para algún día llegar a ser un líder entre nuestra gente.

    “Él se encontraba en el proceso de hacer la tremenda transición de converso a miembro. Durante un breve período antes de que yo fuera relevado, tuve la oportunidad de ser su amigo. Posteriormente fui relevado y volví a casa. A él se le confió una pequeña responsabilidad en la rama de Londres. No sabía nada de lo que se esperaba de él y cometió un error. El que estaba a la cabeza de la organización donde él prestaba servicio era un hombre al que puedo describir mejor como una persona con reducidas dotes de amor y propenso a la crítica. En una manera un tanto despiadada, confrontó a mi amigo que había cometido aquel pequeño error.

    “Esa noche, el joven salió dolido y herido de aquel salón alquilado… Se dijo a sí mismo: ‘Si esa es la clase de personas que son, entonces no volveré’.

    “Se dejó arrastrar hacia la inactividad. Pasaron los años… Durante un [nuevo] viaje a Inglaterra, traté desesperadamente de encontrarlo… Volví a casa y por fin, después de una prolongada búsqueda, lo localicé.

    “Le escribí y él me respondió, pero no hizo mención alguna del Evangelio.

    “La siguiente vez que estuve en Londres, lo volví a buscar; el día en que iba a partir, lo encontré. Le llamé por teléfono y nos reunimos en la estación del metro. Extendió los brazos para abrazarme y yo hice lo mismo. Yo disponía de muy poco tiempo antes de que saliera mi avión, pero hablamos brevemente con lo que considero fue un sincero afecto mutuo. Antes de irme me volvió a abrazar. Tomé la resolución de que jamás volvería a perderle la pista…

    “Pasaron los años y ambos nos fuimos haciendo viejos. Él se jubiló y se mudó a Suiza, y en una ocasión en que me encontraba en ese país, me afané por encontrar el pueblo donde él vivía. Pasamos la mayor parte del día juntos: él, su esposa, mi esposa y yo. Lo pasamos maravillosamente, pero era evidente que el fuego de la fe se había extinguido hacía mucho tiempo. Hice todo lo que pude, pero no me fue posible avivarlo. Continué con mi correspondencia; le envié libros, revistas, grabaciones del Coro del Tabernáculo y otras cosas, por las cuales me expresó su agradecimiento.

    “Él falleció hace unos meses; su esposa me escribió para darme la noticia. Me dijo: ‘Usted fue el mejor amigo que nunca tuvo’.

    “Las lágrimas me rodaban por las mejillas cuando leí esa carta. Sabía que había fracasado. Tal vez si yo hubiera estado ahí para darle aliento la primera vez que se sintió herido, él habría hecho algo diferente con su vida. Creo que en aquel momento yo hubiera podido ayudarlo; creo que podría haber vendado aquella herida que sufrió. Solo me queda el consuelo de que lo intenté, y solo me queda el dolor de que fracasé.

    “El reto ante nosotros es más grande de lo que jamás ha sido debido a que el número de conversos es mayor del que jamás habíamos visto… Cada converso es valioso. Cada converso es un hijo o una hija de Dios. Cada converso es una responsabilidad muy grande y seria”1.

    La preocupación del presidente Hinckley por los nuevos conversos y los miembros menos activos vino como resultado de su experiencia al ver cómo el Evangelio bendice la vida de las personas. Un reportero le preguntó en una ocasión: “¿Qué es lo que le brinda la satisfacción más grande al contemplar la obra de la Iglesia en la actualidad?”. El presidente Hinckley contestó:

    “La experiencia más grata para mí es ver lo que este Evangelio hace por la gente; les brinda una nueva dimensión de la vida; les brinda una perspectiva que jamás habían tenido; eleva sus aspiraciones hacia lo noble y lo divino. Algo milagroso les sucede, algo digno de contemplar. Acuden a Cristo para vivir”2.

    Cristo con un cordero

    “El Señor abandonó a las noventa y nueve para encontrar la oveja perdida”.

    Enseñanzas de Gordon B. Hinckley

    1

    Tenemos la gran responsabilidad de ministrar a la persona.

    Debemos atender a la persona. Cristo siempre habló de las personas. Sanó individualmente al enfermo. En Sus parábolas habló de personas. Esta Iglesia tiene que ver con las personas, no con los números. Ya sea que seamos 6, 10, 12 o 50 millones, jamás debemos perder de vista el hecho de que la persona es lo verdaderamente importante3.

    Estamos convirtiéndonos en una gran sociedad mundial; sin embargo, nuestro interés y preocupación deben concentrarse siempre en el individuo. Cada miembro de esta Iglesia es un hombre, mujer o niño individual. Nuestra mayor responsabilidad es asegurarnos de que todos sean “[recordados] y nutridos por la buena palabra de Dios” (Moroni 6:4), que cada uno tenga la oportunidad de progresar, expresarse y capacitarse en la obra y en las vías del Señor, que a nadie le falte lo necesario para vivir, que se satisfagan las necesidades de los pobres, que a todo miembro se le aliente, se le capacite y se le brinde la oportunidad de avanzar por la senda que lleva a la inmortalidad y a la vida eterna…

    Esta obra atiende a las personas, siendo cada una de ellas un hijo o una hija de Dios. Al describir sus logros, hablamos en términos de números; sin embargo, todos nuestros esfuerzos deben estar dedicados al desarrollo individual de la persona4.

    Deseo hacer hincapié en que existe un crecimiento neto muy positivo y maravilloso en la Iglesia… Tenemos todos los motivos del mundo para sentirnos animados. No obstante, todo converso cuya fe se enfría representa una tragedia. Todo miembro que se inactiva es un asunto que debe preocuparnos en sumo grado. El Señor abandonó a las noventa y nueve para encontrar la oveja perdida. Su preocupación por [la oveja individual] era tan intensa que la convirtió en el tema de una de Sus grandes lecciones (véase Lucas 15:1–7). No debemos abandonarla. Debemos sensibilizar constantemente a los oficiales y miembros de la Iglesia de la tremenda obligación de hermanar en una manera muy real, cálida y maravillosa a aquellos que vengan a la Iglesia como conversos, y de tenderles la mano con amor a aquellos que, por una razón u otra, se adentren en las sombras de la inactividad. Existen muchas evidencias de que es posible hacerlo cuando existe voluntad para hacerlo5.

    2

    Cada converso es una muy grande y seria responsabilidad.

    He llegado a la conclusión de que la tragedia más grande que puede ocurrir en la Iglesia es la pérdida de aquellos que se unen a ella y luego se apartan. Con muy pocas excepciones, esto no tiene por qué ocurrir. Estoy convencido de que casi la mayoría de las personas que bautizan los misioneros han recibido una enseñanza suficiente como para obtener el conocimiento y el testimonio necesarios para justificar el bautismo; pero la transición, después de unirse a la Iglesia, no es cosa fácil: Implica cortar viejos lazos y abandonar amigos; quizás sea preciso dejar a un lado creencias muy arraigadas; tal vez requiera un cambio de hábitos y la supresión de apetitos; en muchos casos, produce soledad e incluso temor a lo desconocido. Durante este difícil período en la vida de un converso, se le debe nutrir y apoyar, ya que se ha pagado un alto precio por su presencia en la Iglesia. Es preciso que después de los incansables esfuerzos de los misioneros y el costo de su servicio, después de separarse el miembro nuevo de viejas relaciones y pasar por el tremendo trauma asociado a todo ello, a estas preciosas almas se les dé la bienvenida, se les apoye, se les ayude en sus momentos de desánimo; que se les dé una responsabilidad mediante la cual puedan fortalecerse, se les aliente en todo lo que hagan y se agradezcan sus esfuerzos6.

    hombres trabajando con una motocicleta

    “Invito a todos los miembros a acercarse con amistad y con afecto a los que lleguen a la Iglesia en calidad de conversos”.

    No tiene sentido hacer la obra misional si no podemos conservar los frutos de esa labor. Ambas cosas deben ser inseparables. Esos conversos son de gran valor… Cada converso es una muy grande y seria responsabilidad. Es absolutamente imperativo que cuidemos a quienes han pasado a ser parte de nosotros…

    Hace unos días, recibí una carta muy interesante de una mujer que se bautizó en la Iglesia hace un año, en la que me dice:

    “Mi camino al entrar en la Iglesia fue único y bastante difícil. Este año pasado ha resultado ser el más duro de toda mi vida. También ha sido el de mayor satisfacción. Como miembro nuevo, continúo enfrentando desafíos todos los días”…

    En su carta dice que “los miembros de la Iglesia no saben lo que es ser un miembro nuevo en la Iglesia y, por consiguiente, les resulta casi imposible comprender cómo ayudarnos”.

    Quiero instarlos, mis hermanos y hermanas, a que si no saben lo que es ser un miembro nuevo, traten al menos de imaginárselo. Puede suponer una soledad abrumadora. Puede ser muy desalentador, puede ser aterrador. Nosotros, los de esta Iglesia, somos mucho más diferentes del mundo que lo que solemos pensar que somos. Esta hermana sigue diciendo:

    “Cuando de investigadores pasamos a ser miembros de la Iglesia, nos sorprende descubrir que hemos entrado en un mundo completamente foráneo, un mundo que tiene sus propias tradiciones, cultura y lenguaje. Descubrimos que no hay ni una sola persona ni un punto de referencia donde acudir en busca de orientación en nuestro trayecto hacia este mundo nuevo. Al principio, el recorrido es emocionante, nuestros errores son hasta divertidos, luego se va tornando frustrante y poco a poco esa frustración se convierte en disgusto; y es durante esta etapa de frustración y enojo cuando nos retiramos. Regresamos al mundo del cual vinimos, donde sabíamos quiénes éramos, donde contribuíamos y donde hablamos el mismo idioma”7.

    Algunas personas solo han sido bautizadas, no han sido hermanadas y en cuestión de dos o tres meses se marchan. Es muy importante, mis hermanos y hermanas, asegurarnos de que [los miembros recién bautizados] estén convertidos, de que tengan en el corazón una convicción de esta gran obra. No es solo una cuestión de saberlo intelectualmente, sino de sentirlo en el corazón y de que el Santo Espíritu les conmueva hasta saber que esta obra es verdadera, que realmente José Smith fue un profeta de Dios, que Dios y Jesucristo viven y que se aparecieron al joven José Smith, que el Libro de Mormón es verdadero, que el sacerdocio está aquí con todos sus dones y bendiciones. No puedo hacer suficiente hincapié en esto8.

    3

    Todo converso necesita un amigo, una responsabilidad y ser nutrido por la palabra de Dios.

    Con un número de conversos cada vez mayor, debemos incrementar de manera substancial nuestros esfuerzos para ayudarlos a integrarse. Cada uno de ellos necesita tres cosas: un amigo, una responsabilidad y ser nutridos por “la buena palabra de Dios” (Moroni 6:4). Tenemos el deber y la oportunidad de proporcionarles estas cosas9.

    Amistad

    [Los conversos] llegan a la Iglesia con entusiasmo por lo que han encontrado. Debemos valernos de inmediato de ese entusiasmo para fortalecerlos… [Debemos] escucharlos, guiarlos, contestar sus preguntas y estar cerca de ellos para prestarles ayuda en todas las circunstancias y en todas las condiciones… Invito a todos los miembros a acercarse con amistad y con afecto a los que lleguen a la Iglesia en calidad de conversos10.

    Tenemos una enorme obligación para con aquellos que se bautizan en la Iglesia; no podemos desatenderlos ni abandonarlos a su suerte. Necesitan ayuda para acostumbrarse a los modos y la cultura de esta Iglesia, y nosotros contamos con la gran bendición y la oportunidad de proporcionarles esa ayuda… Una cálida sonrisa, un amigable apretón de manos y una palabra de aliento obrarán maravillas11.

    ¡Tendamos la mano a estas personas! ¡Hagámonos amigos suyos! ¡Seamos amables con ellos! ¡Alentémoslos! Reforcemos su fe y su conocimiento de esta obra, la obra del Señor12.

    Les ruego… que rodeen con los brazos a aquellos que entren en la Iglesia, que sean sus amigos, que les hagan sentirse bienvenidos y que les reconforten, y veremos resultados maravillosos. El Señor les bendecirá para que contribuyan a este gran proceso de la retención de conversos13.

    Responsabilidad

    Esta Iglesia espera algo de las personas. Tiene normas elevadas, una doctrina firme, y espera que sus miembros presten un gran servicio. No se trata de que se queden cruzados de brazos, sino que esperamos que actúen. Las personas reaccionan favorablemente ante esto. Agradecen la oportunidad de ser útiles y, al hacerlo, aumentan su capacidad, su entendimiento y su preparación para hacer cosas y hacerlas bien14.

    Den [a los nuevos miembros] algo que hacer. No se fortalecerán en la fe sin ejercitarla. La fe y el testimonio se asemejan a los músculos de mi brazo. Si utilizo esos músculos y los nutro, se fortalecen. Si coloco mi brazo en un cabestrillo y lo dejo ahí, se debilita y pierde su eficacia; y así sucede con los testimonios.

    Algunos de ustedes dicen que no están listos para asumir responsabilidad. Lo cierto es que ninguno de nosotros estaba preparado cuando llegó el llamado. Puedo decir esto de mí mismo. ¿Creen que estaba preparado para este grandioso y sagrado llamamiento? Me sentía abrumado e incapaz. Aún sigo sintiéndome abrumado e incapaz. Sin embargo, estoy procurando seguir adelante, buscando la bendición del Señor, procurando hacer Su voluntad y orando para que mi servicio sea aceptable ante Él. La primera responsabilidad que tuve en esta Iglesia fue como consejero de un presidente de cuórum de diáconos cuando tenía doce años. No me sentía capaz, me sentía abrumado. No obstante, lo intenté, al igual que lo hacen ustedes, y después de ello llegaron otras responsabilidades, nunca con un sentimiento de capacidad, sino siempre con un sentimiento de gratitud y de disposición para intentarlo15.

    Todo converso que entre en esta Iglesia debe tener inmediatamente una responsabilidad. Esta puede ser muy pequeña, pero hará que todo sea diferente en su vida16.

    Por supuesto que el nuevo converso no lo sabrá todo. Probablemente cometa algunos errores. ¿Y qué? Todos cometemos errores. Lo que importa es el progreso que vendrá mediante la actividad17.

    mujeres en clase

    El presidente Hinckley enseñó que los nuevos conversos necesitan disfrutar de oportunidades de servir en la Iglesia.

    Nutridos por la buena palabra de Dios

    Yo creo… que estos conversos poseen un testimonio del Evangelio; creo que tienen fe en el Señor Jesucristo y saben en cuanto a Su existencia divina; creo que verdaderamente se han arrepentido de sus pecados y están resueltos a servir al Señor.

    Moroni [dice] al referirse a estos, después de que son bautizados: “Y después que habían sido recibidos por el bautismo, y el poder del Espíritu Santo había obrado en ellos y los había purificado, eran contados entre los del pueblo de la iglesia de Cristo; y se inscribían sus nombres, a fin de que se hiciese memoria de ellos y fuesen nutridos por la buena palabra de Dios, para guardarlos en la vía correcta, para conservarlos continuamente atentos a orar, confiando solamente en los méritos de Cristo, que era el autor y perfeccionador de su fe” (Moroni 6:4).

    En estos días, como en aquella época, los conversos son “contados entre los del pueblo de la iglesia… a fin de que se [haga] memoria de ellos y [sean] nutridos por la buena palabra de Dios, para guardarlos en el camino recto, para conservarlos continuamente atentos a orar”… Ayudémoslos conforme dan sus primeros pasos como miembros18.

    Es imperativo que [cada nuevo converso] se relacione con un cuórum del sacerdocio, con la Sociedad de Socorro, las Mujeres Jóvenes, los Hombres Jóvenes, la Escuela Dominical o la Primaria. Se le debe alentar a que asista a la reunión sacramental para participar de la Santa Cena y renovar los convenios hechos al bautizarse19.

    4

    Hay mucho para ganar y nada que perder al volver a estar activos en la Iglesia.

    Hay miles de personas en el mundo… que aunque nominalmente pertenecen a la Iglesia, se han alejado; actualmente anhelan regresar, pero no saben cómo hacerlo y son demasiado tímidos para intentarlo…

    A ustedes, mis hermanos y hermanas que han tomado su dote espiritual y se han marchado, y que ahora sienten un gran vacío en su vida, les digo que el camino está abierto para su regreso… Si dan el primer paso tímido para el regreso, encontrarán brazos abiertos para recibirles y amigos cariñosos que les darán la bienvenida.

    Creo que sé por qué algunos de ustedes se han alejado. Quizás les ofendió alguna persona desconsiderada, cuyas acciones ustedes consideraron equivocadamente como representativas de la Iglesia; quizás se mudaran de un lugar donde eran conocidos a un lugar donde se encontraban solos, y crecieron con escaso conocimiento de la Iglesia;

    tal vez fueran atraídos por otras compañías o por hábitos que ustedes consideraban incompatibles con su relación con la Iglesia; o quizás se sintieran superiores a sus conocidos de la Iglesia en cuanto a la sabiduría del mundo, y con cierto aire de desdén se apartaron de ellos.

    No es mi propósito reparar en los motivos, y espero que tampoco ustedes lo hagan; dejen atrás el pasado… No tienen nada que perder y sí todo que ganar. Regresen, amigos míos. En la Iglesia encontrarán más paz de la que han disfrutado durante mucho tiempo; hay muchas personas cuya amistad llegarán a apreciar20.

    Mis amados hermanos y hermanas… que se han apartado, la Iglesia les necesita, y ustedes necesitan la Iglesia. Encontrarán muchos oídos dispuestos a escuchar con comprensión. Habrá muchas manos dispuestas a ayudarles a buscar el camino de regreso. Habrá corazones que darán calidez al de ustedes. Habrá lágrimas, no de amargura sino de regocijo21.

    5

    Los Santos de los Últimos Días que vuelvan a estar activos en la Iglesia se sentirán bien por estar en casa de nuevo.

    Un domingo me encontraba en un ciudad de California para participar en una conferencia de estaca. Mi nombre y mi foto habían aparecido en el periódico local. Al entrar en el centro de estaca junto con el presidente, comenzó a sonar el teléfono de su oficina. La llamada era para mí; la persona que llamaba dijo su nombre y expresó que quería verme. Me disculpé por no participar en la reunión que iba a mantener aquella mañana temprano y le pedí al presidente de la estaca que la efectuaran sin mí. Yo tenía algo más importante que hacer.

    Este amigo mío vino, tímidamente y con algo de temor. Había estado alejado durante mucho tiempo y nos abrazamos como hermanos tras una larga separación. Al principio, la conversación resultó poco fluida, pero pronto se llenó de calidez al hablar juntos de los días que pasamos en Inglaterra hacía muchos años. Este hombre tan fuerte me habló con lágrimas en los ojos de la Iglesia, en la cual había desempeñado una función tan eficaz en su día, y después me comentó los años que siguieron, largos y vacíos. Describió aquellos años desperdiciados como un hombre que habla de pesadillas. Cuando hubo terminado, hablamos de su regreso. Él pensaba que sería difícil y embarazoso, pero aceptó intentarlo.

    No hace mucho, [recibí] una carta de él. En ella decía: “Estoy de vuelta. He regresado, y me siento fantásticamente por estar en casa de nuevo”.

    Así que, amigos míos que anhelan regresar como él, pero dudan en dar el primer paso, inténtenlo. Permítannos encontrarnos con ustedes, en el punto donde se hallen, y tomarles de la mano para ayudarles. Les prometo que se sentirán bien por estar en casa de nuevo22.

    Sugerencias para el estudio y la enseñanza

    Preguntas

    • ¿Por qué motivo “nuestro interés y preocupación deben concentrarse siempre en el individuo”, aunque sea una Iglesia mundial? (Véase la sección 1). ¿En qué ocasión ha sido bendecido por una persona que se interesó personalmente en usted? ¿Cuáles son algunas maneras en que podemos ser más sensibles al velar por cada persona?

    • ¿Qué podemos aprender y aplicar de las experiencias que el presidente Hinckley relata en la sección 2? Medite lo que puede hacer para fortalecer a aquellos que se esfuerzan por edificar su fe.

    • ¿Por qué necesita todo converso un amigo, una responsabilidad y ser nutrido por la palabra de Dios? (Véase la sección 3). ¿Cuáles son algunas formas en las que podemos hacernos amigos de los nuevos conversos? ¿Cómo podemos apoyar a los nuevos conversos en sus responsabilidades en la Iglesia? ¿Cómo podemos ayudar a los nuevos conversos a ser “nutridos por la buena palabra de Dios”?

    • ¿Por qué a veces les resulta difícil a algunas personas regresar y ser miembros activos de la Iglesia? (Véase la sección 4). ¿Cómo podemos ayudar a otras personas a regresar? ¿En qué ocasión ha experimentado o presenciado el regocijo que acompaña a la reactivación de una persona en la Iglesia?

    • ¿Qué ha aprendido de la experiencia que el presidente Hinckley cuenta en la sección 5? Piense en cómo puede tender la mano a alguien que no es activo en la Iglesia para que “vuelva a casa”.

    Pasajes de las Escrituras relacionados con el tema

    Lucas 15; Juan 10:1–16, 26–28; 13:34–35; Mosíah 18:8–10; Helamán 6:3; 3 Nefi 18:32; Moroni 6:4–6; D. y C. 38:24.

    Ayuda para el estudio

    “Muchos consideran que el mejor momento para estudiar es por la mañana, después de la noche de descanso… Otros prefieren los silenciosos momentos después que se ha concluido con el trabajo y los afanes del día… Más importante que el momento del día, quizás sea el tener un horario establecido para estudiar con regularidad” (véase Howard W. Hunter, “El estudio de las Escrituras”, Liahona, enero de 1980, pág. 97).