2007
    Apoyemos a nuestro obispo
    Notas al pie de página
    Tema

    Apoyemos a nuestro obispo

    Mi primer encuentro con un obispo Santo de los Últimos Días se produjo antes de ser miembro de la Iglesia. Tenía 17 años y me veía sometido a la confusión, la duda y la ansiedad propias de muchos estudiantes durante su último año de la escuela secundaria. Un sábado por la mañana, me puse a contarle todas mis penas a mi mejor amigo. Aunque él tenía buenas intenciones, no me dio muchas respuestas, pero sí mencionó algo que se convertiría en algo muy trascendental. “A veces, cuando no sé lo que debo hacer”, dijo, “hablo con mi obispo”.

    “¿Tu obispo? ¿Quién es?”, le pregunté.

    “Es la persona que dirige mi barrio”, respondió mi amigo.

    Ahora me doy cuenta de que lo que dije después fue un claro susurro del Espíritu, pero en aquel momento me pareció la pregunta más inverosímil, viniendo de la boca de un joven de 17 años como yo. “¿Crees que querría hablar conmigo?”, le pregunté.

    Mi amigo dijo que llamaría a su obispo y que me llamaría a continuación. Muy pronto, se fijó una cita para más tarde, esa misma mañana, en casa del obispo.

    No sabía con qué me encontraría. Cuando estacioné el auto frente a la modesta casa de un solo piso, me sorprendió la normalidad del ambiente: bicicletas en la entrada, el césped bien cortado. Pero me sorprendió aún más el hombre que me saludó en la puerta, que llevaba puesta una bonita camisa informal. Me sonrió y dijo: “Hola, usted debe de ser Joe. Soy el obispo Maxwell. Por favor, pase”. Mientras caminábamos por el interior de la casa hacia su pequeña oficina, mi mente procuraba buscar justificación a todo. “¿No tendría que ser algo diferente la casa de un obispo?”, me pregunté. “¿No debería llevar puestos unos hábitos religiosos o algo así?”

    Durante los siguientes 45 minutos, lo que vi fue un hombre compasivo, alguien que mostró un interés sincero por mis dificultades; un hombre inspirado dispuesto a dedicar algo de su precioso tiempo un sábado por la mañana para ayudar a alguien, a cualquiera, ya fuera de su religión o no, a que tomara decisiones y sacara conclusiones.

    Han pasado más de 25 años desde esa reunión. No recuerdo ningún consejo en concreto de los que el obispo me haya dado aquella mañana, pero todavía recuerdo vívidamente la asombrosa claridad y el alivio de mi carga que experimenté al salir de su casa. No sería sino muchos años después cuando me daría cuenta de que aquella reunión fue una de mis primeras experiencias con la influencia del Espíritu.

    Me uní a la Iglesia tiempo después ese mismo año. Mi amigo Bill, que me puso en contacto con el obispo Maxwell, me bautizó. El obispo estuvo presente en el servicio. Más tarde serví en una misión, me casé con una hermosa joven en el templo, con la presencia del obispo Maxwell como testigo, y ahora tengo cinco hijos maravillosos.

    El élder L. Tom Perry, del Quórum de los Doce Apóstoles, prometió que “si apoyamos a los obispos, aprendemos a ser considerados con ellos y oramos por su bienestar, seremos bendecidos bajo su liderazgo y tendremos la oportunidad de seguir sus consejos mientras ellos reciben la inspiración para conducir, guiar y dirigir los barrios de la Iglesia”1.

    Me he dado cuenta de que podemos tomar la iniciativa para cumplir con nuestra responsabilidad de apoyar y sostener a nuestro obispo (o presidente de rama). Las seis sugerencias que siguen a continuación aportan guía para lograr ese objetivo.

    Respetar el tiempo que él dedica a su familia

    Su obispo normalmente dejará cualquier actividad que esté desempeñando para ayudar a uno de los miembros de su barrio que lo necesite. Conoce su responsabilidad como pastor del rebaño y se esfuerza mucho por cumplir con su sagrada mayordomía, y pronto se acostumbra a que se le reclame en varios sitios a la vez.

    Su obispo es también esposo y, en la mayoría de los casos, también padre, y con frecuencia un padre con hijos a su cargo en el hogar, que necesitan su guía y atención. Al procurar la guía de nuestro obispo, debemos ser conscientes y considerados con su tiempo para la familia y su responsabilidad de proveer para su hogar. Si bien nunca debemos dudar en llamar al obispo cuando verdaderamente necesitemos su ayuda, aún así podemos preguntarnos: “¿Es esto urgente o puede esperar?” o, “¿Hay otra persona, como un maestro orientador, que podría ayudarme igualmente?” Por supuesto, las cuestiones de dignidad deben tratarse solamente con nuestro obispo o presidente de rama.

    Hablando de los obispos y de otros líderes de la Iglesia y de las cargas específicas que portan, el élder Jeffrey R. Holland, del Quórum de los Doce Apóstoles, declaró: “Testifico del hogar, de la familia y del matrimonio, las posesiones humanas más preciadas de nuestra vida. Testifico de la necesidad de protegerlas y preservarlas mientras encontramos el tiempo y la forma de servir fielmente en la Iglesia”2.

    El obispo siempre estará anhelosamente consagrado a la obra del Señor, lo que incluye dedicar tiempo a sus llamamientos eternos de esposo y padre. Con una planificación considerada por nuestra parte, podemos convertirnos en un gran apoyo ayudando al obispo a administrar su enorme y exigente trabajo.

    Aligerar su carga

    Hay algunas responsabilidades que el obispo no puede delegar. Entre ellas se incluyen la administración de las medidas disciplinarias formales de la Iglesia, el ajuste de diezmos, la dispensa de ayuda según el plan de bienestar y la atención a las confesiones de los miembros del barrio que se arrepientan. Sin embargo, más allá de esas responsabilidades, existen muchas cosas que se pueden delegar apropiadamente en otras personas para aligerar la carga del obispo, como la atención a los miembros necesitados del barrio, la planificación de actividades sociales y la ayuda en cuestiones relativas al empleo.

    Cuando los maestros orientadores y las maestras visitantes atienden adecuadamente a sus respectivas familias asignadas, cuando los líderes de grupo y de quórum y los presidentes de las organizaciones auxiliares ejercen su llamamiento con rectitud, el obispo puede concentrarse en aquellas actividades que sólo él puede desempeñar. Si deseamos apoyar al obispo y aligerar su carga, seamos diligentes en cumplir con las responsabilidades que se nos hayan asignado.

    Respetar el oficio

    A algunos nuevos obispos les resulta difícil pasar por la transición de ser sólo un miembro del barrio a convertirse en el líder del mismo. Se dan cuenta de que en la mayoría de los casos hay otras personas igualmente aptas para servir. Incluso, al recibir la confirmación de que el Señor les ha escogido para esta asignación, aceptar el manto puede resultarles tan incómodo como le resultó a David ponerse la armadura del rey para enfrentarse a Goliat.

    El oficio de obispo es un llamamiento sagrado que el Señor confía a cierta persona de cada barrio en un momento determinado. Podemos ayudarle mostrando respeto por el oficio. Llamémosle “obispo” en vez de utilizar su nombre de pila o un título vulgar o informal. Mostremos respeto en nuestra manera de tratarle, y le ayudaremos a asumir con más éxito el manto tan real que el Señor le ha confiado.

    Orar por él

    Las Escrituras enseñan: “…las ofrendas de vuestras oraciones han subido a los oídos del Señor” (D. y C. 88:2). Cuando oramos por nuestro obispo, el Señor nos escucha de verdad. Y cuando oramos por él en la oración familiar, enseñamos a nuestros hijos los importantes principios de la fe, la obediencia y la confianza. Muchos obispos testifican de la fortaleza que han recibido mediante las oraciones de los miembros de su barrio.

    Aceptar cumplir con lo que nos pida y seguir su consejo

    El obispo es un representante del Señor Jesucristo y nos puede encomendar ciertos desafíos; nos puede llamar a servir en llamamientos que nos saquen de nuestra zona de comodidad; nos puede pedir que nos esforcemos y demos de nosotros mismos. Por nuestro bien, por el de él y para edificar el reino del Señor sobre la tierra, debemos seguir el consejo del obispo y aceptar y magnificar los llamamientos que nos extiendan él o sus consejeros.

    Ofrecer apoyo y no juicio

    Los obispos, como todas las personas, son humanos. Cada uno tiene diferentes puntos fuertes y estilos de liderazgo. Como miembros, no debemos comparar a un obispo con otro, sino reconocer que nuestro obispo hace todo lo que puede por cumplir con lo que el Señor espera de él. Debemos alabar, no juzgar, y estar resueltos a no participar en críticas ni chismes.

    Hace unos años, se me llamó como obispo. Durante los varios años en que serví en ese llamamiento, experimenté un gozo de los más abundantes de toda mi vida: el gozo de entrevistar a niños de ocho años llenos de entusiasmo por el bautismo y la confirmación, el de trabajar con los hombres y las mujeres jóvenes en su preparación para servir en una misión, y el de enseñar acerca de las grandes bendiciones del templo a las parejas que se preparaban para el matrimonio eterno. Durante esa época, en innumerables ocasiones, pensé en el obispo Maxwell. Su influencia en mi vida será eterna.

    Qué bendición tan grande tenemos de que el Señor estime conveniente proporcionarnos obispos llenos de amor, devoción e interés para pastorear a las familias de nuestros barrios. Su llamamiento es difícil y su carga puede resultar pesada a veces, pero tenemos una gran oportunidad de sostenerle y ayudarle con nuestro apoyo y nuestras acciones positivas.

    Aligeren la carga de su obispo

    “Todos… rendimos cuenta a un obispo o a un presidente de rama. Enorme es el peso que ellos llevan sobre sus hombros, e invito a todo miembro de la Iglesia a hacer todo lo posible para que resulten más livianas las cargas que tienen nuestros obispos y presidentes de rama en su labor.

    “Debemos orar por ellos; ellos necesitan ayuda al llevar esa pesada carga. Podemos apoyarles más y ser menos dependientes de ellos; podemos ayudarles de muchas maneras y agradecerles todo lo que hacen por nosotros”.

    Presidente Gordon B. Hinckley, “Los pastores de Israel”, Liahona, nov. de 2003, pág. 60.

    Los obispos también tienen sus límites

    “No hay nada en todo el mundo que pueda compararse al oficio del obispo en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Con excepción de los padres, el obispo tiene la mejor oportunidad para enseñar y disponer que se enseñen las cosas de mayor significado… Pero tengan cuidado de no exigir demasiado de su tiempo. Hay límites en lo que un obispo puede hacer. Los miembros de un obispado necesitan dedicar tiempo a ganarse la vida y a atender a sus respectivas familias”.

    Presidente Boyd K. Packer, Presidente en Funciones del Quórum de los Doce Apóstoles, “El obispo y sus consejeros”, Liahona, julio de 1999, págs. 71–72.