2007
¿El fútbol o la misión?
Junio de 2007


¿El fútbol o la misión?

Como les sucede a otros futuros misioneros, Lohran Saldanha Queiroz tuvo que decidir si serviría o no en una misión. Pero además de decidir si debía dejar la escuela, el trabajo, la familia y los amigos durante dos años, Lohran se enfrentó a otra decisión difícil: ¿servir en una misión o aprovechar la oportunidad de jugar profesionalmente al fútbol en Brasil?

Lohran, miembro del Barrio Barra da Tijuca, Estaca Jacarepaguá, Río de Janeiro, Brasil, lleva el fútbol en la sangre. A su padre, Milton, se le conoce como “Tita” en todo Brasil. Jugó profesionalmente en cinco países y ganó muchos títulos. Llegó a ser el máximo goleador del estado y jugó en el equipo nacional.

Tita se dio cuenta del talento de su hijo desde muy joven. “Crecí con una pelota de fútbol siempre cerca de mí”, recuerda Lohran. “Mi padre siempre me ha animado. Comencé a acompañarle a sus entrenamientos cuando tenía tres o cuatro años y he seguido en contacto con jugadores profesionales desde entonces”.

Lohran comenzó sus entrenamientos formales a los 6 años en México, país en el que jugaba su padre en aquella época; a los 12 ya jugaba en competiciones importantes con los mejores jugadores de Brasil, y a los 17 entró en la liga de juveniles, la perfecta plataforma para dar el salto al fútbol profesional. Lohran parecía destinado a estar entre los grandes del fútbol, pero pronto cumpliría 18 años y comenzó a pensar seriamente en el servicio misional.

Lohran explica el dilema: “Quería ser jugador de fútbol y quería ser misionero. En el mundo del fútbol, se espera que los jugadores pasen directamente del equipo juvenil a la liga profesional. Dejar de jugar durante dos años y después pretender que le contraten a uno a los 21 años resulta casi inconcebible”.

A los 17 años, Lohran tomó ciertas decisiones que le condujeron a lo que él considera el comienzo de su conversión. Se fijó la meta de leer el Libro de Mormón diariamente, de ayunar y de orar. Asistió a la Mutual, a las charlas fogoneras y a otras actividades de la Iglesia con mayor frecuencia, y cuando comenzó a trabajar con regularidad con los misioneros, experimentó un gran amor por las personas que visitaba y por las cuales oraba. Deseaba que disfrutaran de las bendiciones del Evangelio. Su deseo de servir en una misión empezó a crecer. Pero, ¿cuándo sería el mejor momento para servir? ¿Y qué sería de su carrera futbolística tras una interrupción de dos años?

Lohran procuró averiguar la voluntad de Dios mediante el ayuno y la oración. Aquella misma semana, vio el último número de la revista Liahona en su casa y comenzó a hojearlo. Le atrajo el artículo “Sueños sobre hielo”, que trataba de Chris Obzansky, quien interrumpió una prometedora carrera en el patinaje sobre hielo para servir en una misión a los 19 años, con lo cual perdió la oportunidad de competir en las Olimpíadas de Invierno de 2006.

Una parte del artículo le llamó en particular la atención: Mientras Chris se hallaba en la reunión sacramental escuchando el discurso del presidente de los Hombres Jóvenes acerca de su propio llamamiento misional, el Espíritu le susurró: “Debes servir en una misión cuando cumplas 19 años o vas a tener una vida dura”. Chris dijo: “El mensaje fue tan claro que me di vuelta para ver si había alguien ahí. La impresión volvió más fuerte unas diez veces más y sabía que tenía que irme a la misión”1.

Lohran sonríe. “Cuando leí aquello, sentí que se había escrito para mí. Los 19 años es la edad prescrita por el Señor. Me di cuenta de que ésta era la respuesta que necesitaba, y fue como si me quitaran un enorme peso de encima”. El momento de servir para Lohran en una misión era ahora. Habló con su obispo, hizo los preparativos necesarios y nunca echó la vista atrás. “Ni siquiera me fue difícil tomar la decisión de dejar atrás el fútbol”, dice, “porque supe que era el momento de hacerlo”.

Lohran sirvió en la capital de su país, en la Misión Brasil Brasilia. Le llamaban “el élder Feliz” por su entusiasmo contagioso. “Me siento excepcionalmente feliz sirviendo a los demás, compartiendo con ellos lo que sé que es verdadero”, dice. “Es una gran satisfacción ver cómo cambia la vida de las personas después de conocer el Evangelio”.

No obstante, como todos los misioneros, también experimentó momentos difíciles. “Obviamente, en la vida misional no todo es de color rosa”, dice. “Hay dificultades, momentos de debilidad y soledad, pero todo eso no es nada en comparación con los tesoros de la misión. Son años que nunca olvidaré, que siempre llevaré en la mente, y lo que es más, en el corazón”.

Hace unos meses terminó su misión con éxito. Al encontrarse de nuevo en casa, se ha incorporado a un equipo de fútbol de Río de Janeiro y cree que se le presentarán aún más oportunidades de continuar con su carrera futbolística. Con gran fe dice: “Ahora estoy a la espera de que lleguen oportunidades, las oportunidades con las que nuestro Padre Celestial desee bendecirme”.

Nota

  1. Citado en Shanna Ghaznavi, Liahona, enero de 2004, págs. 45–46.