2010–2019
Redención
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Redención

En la medida en que seguimos a Cristo, procuramos participar y ayudar en Su obra de redención.

En la época colonial, en Estados Unidos la mano de obra era muy buscada. Durante el siglo XVIII y principios del XIX, se reclutaban posibles obreros inmigrantes de Gran Bretaña, Alemania y otros países europeos; pero muchos de los que estaban dispuestos a venir, no podían pagar el viaje. No era inusual que viajaran bajo un contrato bajo el cual prometían trabajar tras su llegada durante cierta cantidad de tiempo sin recibir salario como pago por su pasaje. Otros venían con la promesa de que familiares que ya estaban en Estados Unidos pagarían su boleto al llegar; pero si eso no ocurría, los recién llegados estaban obligados a pagarlo con su trabajo. El término que se usaba para describir a estos inmigrantes obligados a trabajar era “redimidores”; tenían que redimir el costo de su pasaje, en cierto sentido comprar su libertad, con su mano de obra1.

Entre los títulos más significativos que describen a Jesucristo está el de Redentor. Como indica mi breve relato de los inmigrantes “redimidores”, la palabra redimir significa saldar una obligación o una deuda. Redimir también puede querer decir rescatar o liberar, como cuando se paga una fianza. Cuando alguien comete un error y luego lo corrige o remedia, decimos que se ha redimido. Cada uno de estos significados sugieren diferentes aspectos de la gran Redención que realizó Jesucristo con Su expiación, la cual incluye, según el diccionario, “librar del pecado y sus castigos mediante un sacrificio que se realiza a favor del pecador”2.

La redención del Salvador consta de dos partes. Primero, expía la transgresión de Adán y la resultante caída del hombre al vencer lo que podría llamarse los efectos directos de la Caída: la muerte física y la muerte espiritual. La muerte física se entiende bien; la muerte espiritual ocurre cuando el hombre se separa de Dios. Como dijo Pablo: “Porque así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados” (1 Corintios 15:22). Esta redención de la muerte física y espiritual es universal y no tiene condiciones3.

El segundo aspecto de la expiación del Salvador es la redención de lo que podrían denominarse las consecuencias indirectas de la Caída: nuestros propios pecados, a diferencia de la transgresión de Adán. Por causa de la Caída, nacemos en un mundo terrenal donde el pecado, es decir, la desobediencia a la ley divinamente instituida, está en todas partes. Refiriéndose a todos nosotros, el Señor dice:

“…de igual manera, cuando empiezan a crecer, el pecado nace en sus corazones, y prueban lo amargo para saber apreciar lo bueno.

“Y les es concedido discernir el bien del mal; de modo que, son sus propios agentes” (Moisés 6:55–56).

Dado que somos responsables de nuestras decisiones y que somos quienes las tomamos, la redención de nuestros propios pecados es condicional: está sujeta a la confesión y al abandono del pecado y a que se lleve una vida devota, o en otras palabras, sujeta al arrepentimiento (véase D. y C. 58:43). El Señor manda: “Enséñalo, pues, a tus hijos, que es preciso que todos los hombres, en todas partes, se arrepientan, o de ninguna manera heredarán el reino de Dios, porque ninguna cosa inmunda puede morar allí, ni morar en su presencia” (Moisés 6:57).

El sufrimiento del Salvador en Getsemaní y Su agonía en la cruz nos redimen del pecado al satisfacer lo que la justicia demanda de nosotros. Él extiende misericordia y perdona a quienes se arrepienten. La Expiación también salda la deuda que la justicia tiene con nosotros al sanarnos y compensarnos por cualquier sufrimiento que padezcamos sin ser culpables. “…porque he aquí, él sufre los dolores de todos los hombres, sí, los dolores de toda criatura viviente, tanto hombres como mujeres y niños, que pertenecen a la familia de Adán” (2 Nefi 9:21; véase también Alma 7:11–12)4.

En la medida en que seguimos a Cristo, procuramos participar y ayudar en Su obra de redención. El mayor servicio que podemos dar a otras personas en esta vida, empezando por nuestra familia, es traerlos a Cristo mediante la fe y el arrepentimiento a fin de que experimenten Su redención, que es paz y gozo ahora, e inmortalidad y vida eterna en el mundo venidero. La obra de nuestros misioneros es una maravillosa expresión del amor redentor del Señor. Como Sus mensajeros autorizados, ofrecen incomparables bendiciones de fe en Jesucristo, arrepentimiento, bautismo y el don del Espíritu Santo, con lo cual dan lugar al renacimiento espiritual y la redención.

También podemos ayudar en la redención que el Señor hace de quienes ya murieron. “…los fieles élderes de esta dispensación, cuando salen de la vida terrenal, continúan sus obras en la predicación del evangelio de arrepentimiento y redención, mediante el sacrificio del Unigénito Hijo de Dios, entre aquellos que están en tinieblas y bajo la servidumbre del pecado en el gran mundo de los espíritus de los muertos” (D. y C. 138:57). Gracias al beneficio de las ordenanzas vicarias que les ofrecemos en los templos de Dios, aun los que han muerto esclavos del pecado pueden ser librados5.

Si bien los aspectos más importantes de la redención tienen que ver con el arrepentimiento y el perdón, también hay un aspecto temporal de mucha importancia. Se dice que Jesús anduvo haciendo bienes (véase Hechos 10:38), como sanar a los enfermos y débiles, alimentar a multitudes hambrientas y enseñar un camino aún más excelente. “…el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos” (Mateo 20:28). Nosotros también, bajo la influencia del Santo Espíritu, podemos andar haciendo bienes según el modelo de redención del Maestro.

Este tipo de obra redentora implica ayudar a las personas con sus problemas. Significa ser un amigo para los pobres y débiles, mitigar el sufrimiento, rectificar males, defender la verdad, fortalecer a la nueva generación y alcanzar la seguridad y la felicidad en el hogar. Gran parte de nuestra obra de redención en la tierra es ayudar a otros a progresar y alcanzar sus esperanzas y aspiraciones justas.

Un ejemplo de la novela Los Miserables de Victor Hugo, aunque ficticia, siempre me ha conmovido e inspirado. Cerca del comienzo de la historia, Monseñor Myriel alimenta y da albergue por una noche a Jean Valjean, que no tiene hogar y acaba de quedar en libertad tras diecinueve años en prisión por haber robado una hogaza de pan para alimentar a los hambrientos niños de su hermana. Insensible y resentido, Valjean retribuye la bondad de Monseñor Myriel robándole sus cubiertos de plata. Luego, al ser detenido por gendarmes desconfiados, Valjean falsamente afirma que los cubiertos se los habían obsequiado. Cuando los gendarmes lo llevan a rastras de regreso a la casa del obispo Myriel, para gran sorpresa de Valjean, el monseñor confirma su relato y, para hacerlo más convincente, dice: “‘Pero también te di los candeleros, de plata como el resto, y obtendrías por ellos doscientos francos. ¿Por qué no los llevaste junto con los cubiertos?’…

“El obispo se le acercó y, en voz baja, dijo:

‘No olvides, nunca olvides que me prometiste usar esta plata para convertirte en hombre honrado’.

“Jean Valjean, que no recordaba la promesa, quedó perplejo. El obispo… prosiguió, con solemnidad:

“‘Jean Valjean, hermano mío: tú ya no perteneces al mal, sino al bien. Estoy comprando tu alma; la libro de ideas oscuras y del espíritu de perdición, ¡y la entrego a Dios!’”.

Jean Valjean ciertamente se convirtió en un hombre nuevo, benefactor de muchos. A lo largo de su vida guardó los dos candeleros de plata, recuerdo de que su alma había sido redimida para servir a Dios6.

Algunos tipos de redención temporal surgen del esfuerzo mancomunado; ésa es una de las razones por las que el Salvador creó una iglesia. Organizados en quórumes y organizaciones auxiliares; y en estacas, barrios y ramas; podemos no sólo enseñarnos y alentarnos mutuamente en el Evangelio, sino también contar con personas y recursos para enfrentarnos a las exigencias de la vida. Las personas solas o en grupos reunidos para un fin determinado no siempre pueden proporcionar la cantidad de ayuda que se necesita ante dificultades grandes. Como seguidores de Jesucristo, somos una comunidad de santos organizada para ayudar a redimir las necesidades de otros santos y de tantas personas como podamos alcanzar a través del mundo.

Gracias a nuestra labor humanitaria durante el año pasado, 890.000 personas de 36 países tienen agua potable; 70.000 personas de 57 países tienen sillas de ruedas; 75.000 personas de 25 países han mejorado su visión y gente de 52 países recibió ayuda tras desastres naturales. Junto a otras organizaciones, la Iglesia ha ayudado a vacunar a unos 8 millones de niños y ha ayudado a cubrir las necesidades básicas de sirios en campos de refugiados en Turquía, Líbano y Jordania. Al mismo tiempo, los miembros de la Iglesia necesitados recibieron millones de dólares en ofrendas de ayuno y otras ayudas de bienestar durante 2012. Gracias por su generosidad.

Todo esto no llega a incluir los actos individuales de bondad y ayuda: regalos de alimentos, ropa, dinero, cuidado y otras miles de formas de consuelo y compasión mediante las que participamos en la obra cristiana de redención. De niño fui testigo de los actos que mi propia madre llevó a cabo para redimir a una mujer necesitada. Hace muchos años, mientras sus hijos eran pequeños, mi madre se sometió a una delicada intervención quirúrgica que casi termina con su vida y que la dejó postrada en la cama gran parte del tiempo, por casi un año. Durante esa época, familiares y miembros del barrio ayudaron a mi madre y a nuestra familia. La presidenta de la Sociedad de Socorro del barrio, la hermana Abraham, sugirió que mis padres contrataran a una mujer del barrio que necesitaba trabajo desesperadamente. Para relatar esta historia, usaré los nombres ficticios Sara y Annie para esta mujer y su hija. Lo que sigue es como lo relató mi madre:

“Lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Allí estaba yo, en cama, cuando la hermana Abraham llevó a Sara hasta la puerta de la habitación. Se me cayó el alma al piso. Ante mí estaba la persona menos atractiva que hubiera visto: tan flaca, desaliñada, con el cabello despeinado, los hombros caídos y la cabeza gacha. Tenía un vestido sencillo demasiado grande para ella. No levantaba la vista y hablaba tan bajo que no la oía. Escondida tras ella, había una niñita de unos tres años. ¿Qué se suponía que debía hacer con esa criatura? Cuando salieron de la habitación, lloré y lloré. Necesitaba ayuda, no más problemas. La hermana Abraham se quedó un rato con ella y en seguida dejaron la casa limpia y prepararon buenas comidas. La hermana Abraham me pidió que probara unos días: la muchacha había tenido muchas dificultades y necesitaba ayuda.

“La mañana siguiente llegó Sara y finalmente logré que se acercara a la cama, donde podía oírla. Me preguntó qué deseaba que hiciera; se lo indiqué y agregué: ‘Pero lo más importante son mis hijos; pasa tiempo con ellos y léeles; ellos son más importantes que la casa’. Cocinaba bien, mantenía la casa limpia, lavaba la ropa y era buena con los niños.

“Con el transcurso de las semanas conocí la historia de Sara. [Debido a problemas de audición, no le había ido bien en la escuela y finalmente la abandonó. Se casó joven con un hombre entregado al vicio. Cuando nació Annie, se convirtió en la alegría de su vida. Una noche invernal, el esposo llegó ebrio, obligó a Sara y a Annie a meterse en el auto en su ropa de cama y las dejó a un lado de la carretera. Nunca más lo vieron. Descalzas y muertas de frío, Sara y Annie caminaron varios kilómetros hasta la casa de su madre.] La madre accedió a que se quedaran a cambio de que se encargaran de las tareas domésticas y la comida, y que cuidaran de su hermana y su hermano que iban a la escuela secundaria.

“Llevamos a Sara a un especialista del oído y le pusieron un audífono… Logramos que fuera a la escuela para adultos y obtuvo su diploma de la secundaria. Fue a la universidad por la noche, se graduó y empezó a enseñar educación especial. Luego compró una casa pequeña. Annie se casó en el templo y tuvo dos hijos. Con el tiempo, Sara se hizo algunas operaciones en los oídos y finalmente pudo oír bien. Años más tarde, se jubiló y sirvió en una misión… Sara nos agradecía a menudo y decía que había aprendido mucho de mí, sobre todo cuando le dije que mis hijos eran más importantes que la casa. Dijo que le había enseñado a ser así con Annie… Sara es una mujer muy especial”.

Como discípulos de Jesucristo, debemos hacer cuanto podamos para redimir a otros del sufrimiento y de las cargas. Aun así, el servicio redentor más grande será conducirlos a Cristo. Sin Su redención de la muerte y del pecado, sólo queda un evangelio de justicia social, el cual quizá proporcione algo de ayuda y reconciliación en el presente, pero no tiene poder alguno para atraer la justicia perfecta y la misericordia infinita del cielo. La redención suprema está en Jesucristo y sólo en Él. Con humildad y agradecimiento, lo reconozco como el Redentor; en el nombre de Jesucristo. Amén.