2021
¡Me quedé afuera!
Mayo de 2021


¡Me quedé afuera!

La autora vive en Utah, EE. UU.

Esta historia ocurrió en la región central de Hungría.

¡Quizás Emma podía ayudar!

“Pon tu confianza en ese Espíritu que induce a hacer lo bueno” (Doctrina y Convenios 11:12).

girl sitting on steps outside apartment

Emma iba por la acera saltando sobre las grietas que había en la acera de piedra. Era un día hermoso y soleado. Iba andando con su madre hacia la tienda de comestibles.

“Mamá, ¿qué tan lejos está el sol?”, le preguntó.

“No sé bien”, dijo la madre.

Emma entrecerró los ojos mientras veía hacia el cielo. “¿Crees que los cohetes llegarán alguna vez hasta el sol? ¿Piensas que el sol es más caliente que un relámpago? ¿Crees que… ?”.

La madre se rio. “Tus preguntas se están volviendo más y más difíciles”.

Emma también se rio; tenía muchas preguntas. Su madre siempre hacía lo que podía para contestarlas. Esa era una de las razones por las que a Emma le gustaba salir a caminar con su mamá.

Emma echó un vistazo al vecindario. Los taxis conducían sobre la calzada de adoquines, las personas iban en bicicleta, y muchas iban también andando.

Luego, Emma observó la acera de enfrente: había una niñita sentada en las escaleras de la entrada de un edificio de apartamentos. Daba la impresión de que estaba llorando.

Emma caminó más lento. ¿Debía detenerse para ayudarla? Quizás la niña querría estar sola. Cuando Emma se sentía triste, a veces quería estar sola.

Emma se detuvo; en la mayoría de las ocasiones en que necesitaba ayuda, deseaba poder hablar con alguien, y quizás podría ayudar.

Tomó la mano de la mamá y dijo: “¡Mira, Mami! Creo que esa niña necesita ayuda”.

La madre miró hacia la acera de enfrente. “Creo que tienes razón”.

Emma cruzó la calle de la mano de su mamá, y subió unos escalones hasta donde estaba la niña sentada. “Hola”, dijo Emma, “¿Necesitas ayuda?”.

La pequeña resopló y levantó la mirada para observarlas. Tenía los brazos alrededor de las rodillas, y los ojos rojos e hinchados.

“Me… me quedé fuera de mi apartamento”. Dio un gran suspiro; le temblaba la voz y hablaba en voz baja. Emma se arrodilló junto a ella para escucharla mejor.

“No sé leer”, dijo la niña. “No sé cuál botón debo apretar para poder entrar”.

Emma miró la pared exterior del edificio de apartamentos: había muchos botoncitos y cada botón tenía un nombre. Junto a los botones había un altavoz.

“¿Cuál es tu apellido?”, preguntó Emma.

“Schneider”, dijo la niñita.

La madre leyó los botones hasta que encontró uno que decía “Schneider” y lo pulsó.

¡Ring!,

sonó el timbre con fuerza. Entonces oyeron una voz poco clara a través del altavoz.

“Casa de la familia Schneider. ¿En qué puedo servirle?”.

La mamá de Emma habló por el intercomunicador: “¡Hola! Mi hija y yo estamos aquí afuera con una niñita que dice que se quedó afuera y no puede entrar”.

Rápidamente, la niña se puso de pie, corrió hacia el intercomunicador y dijo: “Mamá, ¡no podía leer cuál era el botón para regresar y estas personas me ayudaron!”.

La voz en el parlante dijo con sorpresa: “¡Leni! ¡Pensaba que estabas en tu habitación! No te preocupes. Bajo ahora mismo”.

Unos segundos después, salió una señora apresuradamente. La niña corrió hacia ella y le dio un abrazo.

La señora se dirigió a Emma y le dijo: “¡Gracias por ayudar a mi pequeña Leni!”.

Emma sonrió. “Fue fácil ayudar”.

Se despidieron y descendieron los escalones. Emma sintió una calidez dentro de sí. Se le ocurrió otra pregunta para su madre:

“Fue fácil ayudar a la niña. ¿Por qué me siento tan feliz al respecto?”.

La mamá tomó la mano de Emma con fuerza. “Es el Espíritu Santo que te dice que tomaste una buena decisión”.

Emma sonrió. Estaba feliz de haberse detenido a ayudar.