“La Luz y la Vida del Mundo”


“La Luz y la Vida del Mundo”

Estoy agradecido al presidente Thomas S. Monson por la invitación de representar a la Primera Presidencia de hablar en este devocional de Navidad. Me sumo al agradecimiento de las palabras del presidente Dieter F. Uchtdorf por la grandiosa música del Coro del Tabernáculo Mormón y de la orquesta.

Esta tarde nuestro corazón se ha acercado al Salvador y nuestro compromiso de seguirlo se ha fortalecido. Las hermosas luces colocadas en el Centro de Conferencias son un símbolo del gozo que hemos sentido.

El Salvador vino al mundo con luz diseñada para confirmar y celebrar Su llegada. Ustedes recuerdan el relato:

“Y había pastores en la misma región, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre sus rebaños.

“Y he aquí, se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor; y tuvieron gran temor.

“Pero el ángel les dijo: No temáis, porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que serán para todo el pueblo:

“que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor…

“Y aconteció que cuando los ángeles se fueron de ellos al cielo, los pastores se dijeron los unos a los otros: Pasemos, pues, hasta Belén, y veamos esto que ha sucedido y que el Señor nos ha manifestado”1.

Esa noche, fueron atraídos para ir al Salvador. Lo que vieron con sus ojos físicos, en el establo, fue a un pequeño bebé. Lo que fueron a verificar era visible sólo mediante sentimientos espirituales. Sabemos que la Luz de Cristo es una influencia que podemos reconocer por sus efectos:

El Salvador dijo:

“Porque he aquí, soy yo el que hablo; he aquí, soy la luz que brilla en las tinieblas, y por mi poder te doy estas palabras.

“Y ahora, de cierto, de cierto te digo: Pon tu confianza en ese Espíritu que induce a hacer lo bueno, sí, a obrar justamente, a andar humildemente, a juzgar con rectitud; y éste es mi Espíritu.

“De cierto, de cierto te digo: Te daré de mi Espíritu, el cual iluminará tu mente y llenará tu alma de gozo”2.

Sentí esa clase de luz, gozo y deseo de hacer el bien cuando nació nuestra primera bisnieta. Al verla, pensé: “Parece resplandecer con una belleza que no creí que fuese posible”. Al instante me di cuenta de que la belleza que vi y el resplandor que sentí al ver su rostro provinieron de su pureza y, a mi modo de ver, de la Luz de Cristo.

Es importante que confíen en esa valiosa capacidad de ver más de lo que ven los ojos físicos. No requiere que se haya recibido el don del Espíritu Santo. Por ejemplo, en Utah teníamos una vecina que era viuda, un viuda mayor. Durante años, los miembros de nuestro barrio la incluían para confeccionar acolchados y otras actividades. Ella disfrutaba de su amistad, pero no demostraba interés en el Evangelio restaurado.

Me contó que un domingo, después de que se mudó a Nevada, regresó a su apartamento, sintiéndose triste, desanimada y sola. Sonó el timbre de la puerta.

Ella describió lo que ocurrió: “Abrí la puerta, preguntándome quién sería; y allí, a la entrada, vi a dos hermosas mujeres, una al lado de la otra. Y pensé que vi que llevaban una aureola sobre la cabeza”.

Eran las misioneras que habían ido porque mi esposa amaba a esa viuda lo suficiente para pedirle a un presidente de misión que le brindara el don del Evangelio de Jesucristo a su amiga.

Viajé a Las Vegas para bautizar y confirmar a esa viuda. Y mi esposa y yo fuimos sus acompañantes cuando entró al templo por primera vez. En todos aquellos sagrados momentos en los que se concertaron convenios, me pareció ver que la rodeaba un resplandor, así como me sentí cuando vi con amor a mi primera bisnieta.

Ustedes han tenido momentos como esos cuando sintieron el Espíritu de Cristo, como podrán sentirlo en este momento. Es porque estas palabras son verdaderas: “Toda persona que anda sobre la tierra, no importa donde viva ni en qué nación haya nacido, sea rico o pobre, ha recibido al nacer el don de esa primera luz que llamamos la Luz de Cristo, el Espíritu de la Verdad, o el Espíritu de Dios; esa luz universal de inteligencia con que toda alma ha sido bendecida”3.

Tal vez hayan sentido la Luz de Cristo esta noche en este devocional, el propósito del cual es recordar y celebrar el nacimiento de Jesucristo. Todos hemos sentido una influencia de desear ser bondadosos, o de ayudar a alguna persona necesitada. Todos hemos sentido un mayor deseo de alejarnos de la maldad, y cada uno hemos sentido un deseo de ser menos orgullosos, jactanciosos o críticos— ser más como el Salvador.

Al haber sentido el amor puro de Cristo, hemos percibido más Su amor por los demás. La caridad es el amor puro de Cristo. Lo que estemos sintiendo en este momento es únicamente un comienzo. El Señor nos prometió a cada uno un futuro glorioso de este modo: “Lo que es de Dios es luz; y el que recibe luz y persevera en Dios, recibe más luz, y esa luz se hace más y más resplandeciente hasta el día perfecto”4.

Algunos que estén viendo y escuchando esta tarde fueron atraídos para estar con nosotros con la esperanza de que pudieran hallar paz al enfrentarse a los pesares de las enfermedades y la muerte que acompañan a la vida mortal, a nosotros y a los que amamos. Testifico que Jesucristo “es la luz y la vida del mundo; sí, una luz que es infinita, que nunca se puede extinguir; sí, y también una vida que es infinita, para que no haya más muerte”5.

El presidente Thomas S. Monson, el profeta del Señor hoy día, nos ha asegurado: “Con toda la fuerza de mi alma, testifico que Dios vive, que Su Amado Hijo es las primicias de la resurrección y que el Evangelio de Jesucristo es la luz radiante que hace de cada amanecer sin esperanza una mañana gozosa”6. Agrego mi humilde testimonio al de él.