“La condescendencia de Dios y del hombre”


“La condescendencia de Dios y del hombre”

Es una historia que nunca nos cansamos de oír:

“Y aconteció en aquellos días que salió un edicto de parte de Augusto César, que toda la tierra fuese empadronada.

“E iban todos para ser empadronados, cada uno a su ciudad.

“Entonces subió José de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por cuanto era de la casa y familia de David,

“para ser empadronado con María, su mujer, desposada con él, la que estaba encinta.

“Y aconteció que estando ellos allí, se cumplieron los días en que ella había de dar a luz.

“Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón”1.

Nos parece increíble que el mismo Hijo de Dios, el gran Jehová de antaño, naciera en este mundo terrenal en la más humilde de las circunstancias. Un mesón habría sido lo suficientemente modesto, pero no era ni siquiera un mesón; más bien, era un establo, y al bebé lo recostaron en el heno del establo donde los animales se alimentaban. Aun así, la mayor condescendencia es que Jesús hubiese estado siquiera sujeto a la mortalidad, incluso si hubiese nacido en las mejores y más elegantes de las condiciones. Al igual que Pablo, nos maravillamos que “Dios, [enviase] a su Hijo en semejanza de carne de pecado”2, que hubiese venido como un bebé; que hubiese sido un niño y después un hombre, sufriendo “tentaciones, y dolor en el cuerpo, hambre, sed y fatiga”3 e incluso muerte.

¿Cómo es que Aquél que gobernó en las alturas de los cielos, el mismo Creador de la tierra, consintió nacer “según la carne”4 y andar en el escabel de sus pies5 en pobreza, menospreciado y maltratado, y al final crucificado? ¿Cuál es la razón de esta inconcebible degradación? Jesús explicó: “Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió…Y ésta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero”6. Fielmente, Jesús soportó todo lo que fue necesario en la vida y en la muerte para expiar, redimir y establecer un modelo celestial para los hijos de Dios: para nosotros.

Era esencial que el Hijo de Dios naciera en la carne y descendiera por debajo de todas las cosas7 a fin de que pudiese “redimir todas las cosas”8. Al hablar de ello, Pablo dijo que Jesús “había descendido primero a las partes más bajas de la tierra… para [cumplirlo] todo”9. Después, “subiendo a lo alto, llevó cautivos a los cautivos”10. En la revelación de los últimos días, leemos que “quien ascendió a lo alto, [es] también [quien] descendió debajo de todo, por lo que comprendió todas las cosas, a fin de que estuviese en todas las cosas y a través de todas las cosas, la luz de la verdad, la cual verdad brilla. Ésta es la luz de Cristo” 11.

Jesús fue el Primogénito entre los espíritus y el Hijo Unigénito de Dios en la carne. Aunque no somos “engendrados de Dios en la carne”, somos, al igual que Jesús, hijos de Dios procreados en espíritu. Por tanto, nuestro nacimiento en la vida terrenal es también semejante a una condescendencia, y, así como la de Cristo, tiene un noble propósito. Así como Jesús, nosotros descendimos de los cielos para hacer la voluntad de Aquél que nos envió, y para lograr, con la gracia de Cristo, la inmortalidad y la vida eterna12. ¿No sería importante para nosotros que al procurar “[ascender] a lo alto”, también descendiéramos por lo menos por debajo de algunas cosas a fin de que comprendiésemos mejor y fuésemos más como Cristo? Si Jesús necesitó ciertas experiencias, ¿necesitaríamos también nosotros algunos desafíos y pruebas “para que [nuestras] entrañas sean llenas de misericordia, según la carne, a fin de que según la carne [sepamos] cómo [socorrernos los unos a los otros], de acuerdo con [nuestras] enfermedades?”13

Mientras era prisionero en la cárcel de Liberty, Misuri, el Señor le reveló a José Smith algunas de las cosas que aún tenía que padecer, y después dijo: “…todas estas cosas te servirán de experiencia, y serán para tu bien. El Hijo del Hombre ha descendido debajo de todo ello. ¿Eres tú mayor que él?”14

En esta época, recuerdo la conmovedora experiencia que tuvo Joseph F. Smith, sexto Presidente de la Iglesia, en un tiempo de su vida cuando era un joven padre:

Trabajaba en la oficina de diezmos de la Iglesia, desde las 6 de la mañana hasta las 11 de la noche todos los días, por lo cual recibía tres dólares por día en crédito de diezmos. Esto significaba que podía ir a la tienda de diezmos y canjear su certificado por harina, carne o melaza. Al menos la familia tenía alimentos [aunque muy poco o casi nada de dinero]. Él describió cómo se sentía en aquella época cuando añoraba brindarle a la familia una Navidad maravillosa. Él dijo:

“Salí de casa con sentimientos que no puedo describir. Deseaba hacer algo por mis [hijos] para que se sintieran contentos y destacar el día de Navidad entre todos los demás días, ¡pero no tenía ni un centavo con qué hacerlo! Anduve de aquí para allá por la calle principal, mirando los escaparates de las tiendas y entré en cada una de las tiendas... pero luego me escabullí de las miradas de la gente y me senté a llorar como un niño hasta que las lágrimas de pesar que derramé me aliviaron el dolor que me oprimía el corazón; después de un rato volví a casa, con las manos tan vacías como cuando había salido, y me puse a jugar con mis hijos, agradecido y feliz sólo por ellos”15.

Joseph F. Smith se crió sin su padre, Hyrum Smith y, en su juventud, algunas veces era áspero e indisciplinado. No puedo evitar pensar que esa experiencia junto con otras, sirvieron para transformarlo en el hombre fuerte, tierno y espiritualmente sensible que llegó a ser. Al igual que el Salvador, “…aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia”16.

Si constantemente confiamos en “los méritos, y misericordia, y gracia del Santo Mesías”17 y acudimos a Él en todo pensamiento18, lo que suframos también nos llevará a ser mejores; pero esto no es todo. Al igual que las experiencias del Salvador en la vida mortal tenían un propósito redentor, nuestras experiencias, en especial las difíciles, nos prepararán y capacitarán para elevarnos y ayudar a redimírnoslos unos a los otros.

En la Navidad, cuando meditamos en el nacimiento de Jesús y en Su ejemplo de servicio constante, tenemos la tendencia de valernos de nuestros propios recursos para bendecir y liberar a los demás. Son innumerables los relatos de personas que se ayudan y se bendicen mutuamente durante la Navidad; y ésa es ciertamente una de las razones principales por la que nos regocijamos tanto en esta época de festividades.

Una de esos relatos tuvo lugar hace sólo unas semanas en West Jordan, Utah. El pequeño de cuatro años Ethan Van Leuven había padecido una forma aguda de leucemia desde que tenía dos años. Lo habían tratado con una droga experimental, radiación y un trasplante de médula. Aunque el cáncer estuvo en remisión por un tiempo, para octubre de este año ya estaba fuera de control y ya no lo podían tratar.

Los padres de Ethan, Merrill y Jen, se dieron cuenta de que perderían a su pequeño en poco tiempo. “Quiero que sepa que estoy muy orgulloso de él”, dijo Merrill, “por luchar con esto, y en medio de todo este desafío, por ser un ejemplo de fe y fortaleza para mí”19.

Se aproximaba la “noche de las brujas” a finales de octubre, el cumpleaños de Ethan era en noviembre, y su época favorita, la Navidad, sería el mes siguiente. Cuando fue obvio que Ethan no viviría el tiempo suficiente para disfrutar ninguna de ellas por última vez, los miembros de su barrio y estaca, y otros vecinos y amigos, se juntaron para efectuar todas esas celebraciones para Ethan en una semana: la noche de las brujas el martes, una celebración de cumpleaños el jueves, Nochebuena el viernes, y el día de Navidad el sábado. Los padres de Ethan, que muchas veces habían ayudado a otros, ahora aceptaban gentilmente la ayuda que tantas personas deseaban brindar.

“Nochebuena” el 24 de octubre, incluyó a Papá Noel (Santa Claus) que llegó a casa de la familia Van Leuven en un camión de bomberos. Algunos dieron regalos, como el niño de trece años, que no era conocido de la familia, y que donó su colección de animales de peluche que le había costado años coleccionar. Una estación local de radio tocó música navideña durante tres horas para Ethan y la familia. Más de 150 personas se presentaron en el jardín frente a la casa de los Van Leuven para cantar villancicos, y los miembros del barrio hicieron la presentación en vivo de la Natividad, con todo y un bebé que representaba al niño Jesús. Llevaron a la familia a dar un paseo por el vecindario en un tractor para que pudiesen admirar las casas, que los vecinos habían decorado con luces navideñas.

Por último, Ethan y su familia regresaron a casa para tener una celebración privada de “Nochebuena” y de su “día de Navidad” el sábado, dando por terminada su semana de celebraciones. Ethan falleció tres días después, dejando atrás a una familia y a una comunidad enriquecidas por el ejemplo que les dio, y por sus propios actos de amor y de servicio para hacer felices los últimos días de un niño enfermo20.

Así pues, durante la Navidad, los relatos de sacrificio y de servicio se multiplican por el mundo. Nuestros regalos y servicio alegran los corazones; la bondad de otros derrama el bálsamo sanador en nuestras propias heridas. Es vivir a la manera del Salvador. Y ya que, al igual que Él, vinimos de los cielos para hacer la voluntad del Padre, no debe ser solamente un acontecimiento anual, sino más bien el modelo de nuestras vidas. En todo lo que sirve para profundizar nuestra empatía, ampliar nuestro entendimiento y purificar nuestra alma, la declaración del Señor nos da la seguridad: “En el mundo tendréis aflicción. Pero confiad; yo he vencido al mundo”21.

Siento gozo al dar testimonio del nacimiento, de la vida, la muerte y la resurrección de Jesucristo, e invoco Sus bendiciones sobre todos esta Navidad, en el nombre de Jesucristo. Amén.