2015
El consolador
Mayo de 2015


El Consolador

Testifico que el Cristo viviente envía al Espíritu Santo a aquellos a quienes nosotros hemos prometido ayudarlo a consolar.

Mis amadas hermanas, ha sido un gozo para mí estar con ustedes. He pensado en mi madre, mi esposa, mis hijas, mis nueras y mis nietas —algunas de las cuales están aquí hoy. Este magnífico programa me ha hecho apreciarlas más. Reconozco que el haber tenido una familia y una vida familiar tan maravillosa se debe a que la vida de ellas se centra en el Salvador. Lo hemos recordado esta noche con música, oraciones y sermones inspirados. Uno de los atributos que más apreciamos del Salvador es Su compasión infinita.

Esta noche ustedes han sentido que Él las conoce y las ama; han sentido Su amor por quienes están sentadas a su alrededor; son sus hermanas, hijas de nuestro Padre Celestial, procreadas como espíritus. Él se interesa por ellas como se interesa por ustedes; Él comprende todos sus pesares; Él quiere socorrerlas.

Mi mensaje para ustedes esta noche es que pueden y deben ser una parte importante de proporcionar el consuelo que Él da a quienes necesitan consuelo. Pueden cumplir con su parte mejor si entienden mejor la forma en que Él contesta las oraciones que suplican Su ayuda.

Muchas personas oran al Padre Celestial para recibir alivio, por ayuda para llevar sus cargas de aflicción, soledad y temor. Él oye esas oraciones y comprende sus necesidades; Él y Su Amado Hijo, el Jesucristo resucitado, han prometido ayuda.

Jesucristo hizo esta dulce promesa:

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.

“Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas.

“Porque mi yugo es fácil y ligera mi carga”1.

Las cargas que tienen que llevar Sus siervos fieles en la vida se aligeran por medio de Su expiación. La carga del pecado se puede quitar; pero las pruebas de la vida terrenal aún pueden ser pesadas cargas para la gente buena.

Ustedes han visto ese tipo de pruebas en la vida de personas buenas a quienes aman, y han sentido el deseo de ayudarlas. Existe una razón para los sentimientos de compasión que sienten hacia ellas.

Ustedes son miembros bajo convenio de la Iglesia de Jesucristo. Al entrar en la Iglesia, se inició un gran cambio en su corazón; hicieron un convenio y recibieron una promesa que empezó a cambiar su naturaleza misma.

Con las palabras que Alma dijo en las aguas de Mormón, él describió lo que ustedes prometieron cuando se bautizaron y lo que significará para ustedes y para todas las personas a su alrededor, en especial las de su familia. Se dirigía a los que estaban a punto de hacer los convenios que ustedes hicieron, y ellos también recibieron la promesa que el Señor les hizo a ustedes:

“He aquí las aguas de Mormón (porque así se llamaban); y ya que deseáis entrar en el redil de Dios y ser llamados su pueblo, y estáis dispuestos a llevar las cargas los unos de los otros para que sean ligeras;

“sí, y estáis dispuestos a llorar con los que lloran; sí, y a consolar a los que necesitan de consuelo, y ser testigos de Dios en todo tiempo, y en todas las cosas y en todo lugar en que estuvieseis, aun hasta la muerte, para que seáis redimidos por Dios, y seáis contados con los de la primera resurrección, para que tengáis vida eterna”2.

Es por eso que ustedes tienen el deseo de ayudar a una persona que lucha por seguir adelante llevando la carga del dolor y la dificultad. Ustedes prometieron que ayudarían al Señor a hacer que sus cargas fueran ligeras y recibieran consuelo. Se les dio el poder de ayudar a aligerar esas cargas cuando recibieron el don del Espíritu Santo.

Cuando estaba a punto de ser crucificado, el Salvador describió la forma en que Él aligera las cargas y da fortaleza para soportarlas. Él sabía que Sus discípulos se apenarían; sabía que temerían el futuro; sabía que dudarían de su capacidad para seguir adelante.

De modo que les dio la promesa que Él nos hace a nosotros y a todos Sus verdaderos discípulos:

“Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre:

“El Espíritu de verdad, al que el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros y estará en vosotros”3.

Y después prometió:

“Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que os he dicho.

“La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo”4.

En estas últimas semanas he visto la promesa de que enviaría el Espíritu Santo cumplirse en la vida de hijos de Dios que suplicaban en oración que se aligeraran sus cargas. El milagro de que se aligeraran las cargas ocurrió de la manera que el Señor prometió: Él y el Padre Celestial enviaron a sus discípulos el Espíritu Santo, en calidad de Consolador, para brindar ayuda.

Recientemente, tres generaciones de una familia lloraban la muerte de un niño de cinco años. Murió en un accidente mientras estaba de vacaciones con su familia. Se me dio la oportunidad de observar, una vez más, la manera en que el Señor bendice a quienes son fieles con alivio y fortaleza para soportar las pruebas.

Observé cómo el Señor aligeró su gran carga. Estuve con ellos como siervo bajo convenio del Señor —como se encontrarán ustedes con frecuencia en la vida— para “llorar con los que lloran… y… consolar a los que necesitan de consuelo”5.

Puesto que sabía que eso era verdad, me sentí complacido y en paz cuando los abuelos me pidieron que me reuniera con ellos y los padres del niño antes del funeral.

Oré a fin de saber cómo podía ayudar al Señor a consolarlos. Se sentaron conmigo en nuestra sala de estar, donde había encendido la chimenea para calentar la habitación aquella noche fría.

Sentí que debía decirles que los amaba, y les dije que sentía el amor que el Señor tenía por ellos. En pocas palabras, traté de decirles que yo sufría por ellos, pero que sólo el Señor conocía y podía sentir su pesar y dolor perfectamente.

Después de decirles esas palabras, tuve la impresión de escuchar con amor mientras ellos expresaban sus sentimientos.

Durante la hora que estuvimos juntos, ellos hablaron mucho más que yo; al oír sus voces y ver sus ojos pude sentir que el Espíritu Santo estaba influyendo en ellos. Con palabras sencillas de testimonio, hablaron de lo que ocurrió y sobre cómo se sentían. El Espíritu Santo ya les había dado la paz que viene con la esperanza de la vida eterna, cuando su hijo, que había muerto sin pecado, estaría con ellos para siempre.

Al dar a cada uno de ellos una bendición del sacerdocio, di gracias por la influencia del Espíritu Santo que estaba presente. El Consolador había venido para traernos esperanza, valor y mayor fortaleza a todos.

Esa noche, vi cómo el Señor nos usa a nosotros para aligerar las cargas de Su pueblo. Recordarán el relato en el Libro de Mormón cuando Su pueblo fue casi destruido debido a las pesadas cargas que les impusieron los crueles capataces.

El pueblo suplicó alivio, al igual que lo hacen muchos de aquellos a quienes amamos y servimos. Así dice el registro, el cual sé que es verdadero:

“Y también aliviaré las cargas que pongan sobre vuestros hombros, de manera que no podréis sentirlas sobre vuestras espaldas, mientras estéis en servidumbre; y esto haré yo para que me seáis testigos en lo futuro, y para que sepáis de seguro que yo, el Señor Dios, visito a mi pueblo en sus aflicciones.

“Y aconteció que las cargas que se imponían sobre Alma y sus hermanos fueron aliviadas; sí, el Señor los fortaleció de modo que pudieron soportar sus cargas con facilidad, y se sometieron alegre y pacientemente a toda la voluntad del Señor”6.

He presenciado ese milagro una y otra vez. La mejor manera de aliviar las cargas de los demás es ayudar al Señor a fortalecerlos. Es por eso que el Señor incluyó en nuestro mandato de consolar a los demás el decreto de ser Sus testigos en todo momento y en todo lugar.

Esa noche, el padre y la madre del niño testificaron del Salvador en la sala de estar de mi casa; el Espíritu Santo estuvo presente y todos recibimos consuelo. Los padres fueron fortalecidos; la carga del dolor no desapareció, pero fueron capaces de soportar el pesar. Su fe creció; y su fortaleza seguirá aumentando a medida que rueguen por ella y vivan de modo de merecerla.

El testimonio del Espíritu acerca de la Expiación que recibimos esa noche también fue lo que fortaleció a Job para llevar su carga:

“Yo sé que mi Redentor vive, y que al final se levantará sobre el polvo.

“Y después de deshecha ésta mi piel, aún he de ver en mi carne a Dios”7.

Fue el testimonio del Espíritu lo que le dio la fortaleza para perseverar. Él tendría que soportar el duelo y la falta de consuelo por parte de la gente que lo rodeaba a fin de ver el gozo que recibirán los fieles después de soportar fielmente sus pruebas.

Así ocurrió con Job; él recibió bendiciones en esta vida. Su historia concluye con este milagro:

“Y bendijo Jehová los postreros días de Job más que los primeros…

“Y no había mujeres tan hermosas como las hijas de Job en toda la tierra; y su padre les dio herencia entre sus hermanos.

“Y después de esto vivió Job ciento cuarenta años, y vio a sus hijos y a los hijos de sus hijos, hasta la cuarta generación.

“Y murió Job anciano y lleno de días”8.

Fue el testimonio del Espíritu acerca de la futura Expiación que ayudó a Job a soportar las pruebas que deliberadamente incluye la vida, como en la de todos. Eso es parte del gran plan de felicidad que el Padre nos dio. Él permitió que Su Hijo, mediante Su sacrificio expiatorio por nosotros, nos proporcionara la esperanza que nos consuela, no importa cuán difícil sea el camino de regreso a Él.

El Padre y el Hijo envían al Espíritu Santo para consolar y fortalecer a los discípulos del Maestro en su trayecto.

Vi ese milagro de consuelo al llegar a la capilla donde se llevó a cabo el funeral del niño. Una hermosa mujer joven, que no reconocí, me detuvo. Me dijo que venía al funeral para mostrar su dolor y dar consuelo, si podía.

Dijo que había venido al funeral, en parte, en busca de consuelo para ella misma. Mencionó que su primera hija había muerto hacía poco. Llevaba en los brazos a una hermosa niñita; me incliné para mirar el rostro sonriente de la niña. Le pregunté a la mamá: “¿Cómo se llama?”. Su respuesta rápida y alegre fue: “Se llama Joy, o Alegría. La alegría siempre viene después del dolor”.

Me estaba expresando su testimonio. Me di cuenta de que había recibido paz y consuelo de la única fuente segura. Solamente Dios conoce el corazón, así que sólo Él puede decir verdaderamente: “Sé cómo te sientes”. Yo sólo puedo imaginar el gozo que ella sentía y el dolor que lo precedió; pero el Señor, que la ama, sabe.

Sé sólo parcialmente cuánto gozo Él siente cuando ustedes, en calidad de Sus discípulas, lo ayudan a dar momentos de paz y gozo a un hijo de nuestro Padre Celestial.

Testifico que el Señor nos ha pedido a cada uno de nosotros, Sus discípulos, que nos ayudemos a llevar las cargas los unos de los otros. Hemos prometido hacerlo. Testifico que el Señor, mediante Su expiación y resurrección, ha quebrantado el poder de la muerte. Testifico que el Cristo viviente envía al Espíritu Santo, el Consolador, a aquellos a quienes nosotros hemos prometido ayudarlo a consolar.

Todos ustedes son testigos, como lo soy yo, de la verdad de las palabras escritas en el broche que mi madre usó por más de veinte años como miembro de la mesa directiva general de la Sociedad de Socorro. Decía: “La caridad nunca deja de ser”9. Todavía no sé el significado completo de esas palabras, pero he vislumbrado un destello al verla tender una mano a las personas necesitadas. Las Escrituras nos enseñan esta verdad: “la caridad es el amor puro de Cristo”10.

Su amor nunca falla, y nunca dejaremos de sentir en el corazón la necesidad de “llorar con los que lloran… y… consolar a los que necesitan de consuelo”11; ni tampoco nos dejará jamás la paz que Él promete si servimos a los demás en Su nombre.

Como Su testigo, expreso gratitud por lo que ustedes hacen tan bien para ayudar al Señor Jesucristo viviente y al Espíritu Santo, el Consolador, a fortalecer las rodillas debilitadas y levantar las manos caídas12. Agradezco, de todo corazón, por las mujeres en mi vida que me han ayudado y me han bendecido al ser verdaderas discípulas de Jesucristo. En el nombre de Jesucristo. Amén.