Gloria a Dios


Gloria a Dios

Feliz Navidad, mis queridos hermanos y hermanas, agradezco a la Primera Presidencia esta oportunidad especial de compartir mis sentimientos acerca de la sagrada temporada navideña y del nacimiento de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo.

No me canso de escuchar los mensajes de la Navidad que empiezan con el nacimiento del niño Jesús en Belén de Judea.

Isaías habló de ese evento más de 700 años antes: “He aquí que una virgen concebirá, y dará a luz un hijo y llamará su nombre Emanuel”1.

El rey Benjamín profetizó: “Y se llamará Jesucristo, el Hijo de Dios, el Padre del cielo y de la tierra, el Creador de todas las cosas desde el principio; y su madre se llamará María”2.

El profeta Nefi escuchó una voz que decía: “mañana vengo al mundo”3.

Al día siguiente, al otro lado del océano, nació el niño Cristo. Sin duda alguna Su madre, María, veía maravillada a este recién nacido, el Unigénito del Padre en la carne.

En las colinas de Judea que rodean Jerusalén, Lucas nos cuenta de los pastores que se encontraban en sus campos4. No eran pastores comunes, sino “hombres justos y santos” que darían testimonio del niño Cristo5

“Y he aquí, se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor; y tuvieron gran temor.

“Pero el ángel les dijo: No temáis, porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que serán para todo el pueblo:

“que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor”…

“Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios y decían:

“¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!”6.

Imaginen la escena en Judea —el cielo lleno de hermosas estrellas y coros celestiales señalando este singular evento. Los pastores luego, se dirigieron “de prisa”7 a ver al niño acostado en el pesebre. Más tarde “dieron a conocer”8 lo que habían visto.

Cada año en la Navidad testificamos, igual que los pastores, que Jesucristo, el Hijo literal del Dios viviente, vino a este rincón de la tierra que llamamos Tierra Santa.

Los pastores reverentemente se acercaron al establo para adorar al Rey de Reyes. ¿Cómo lo adoraremos esta vez? ¿Comprando incesantemente? ¿Dándonos prisa y decorando nuestras casas? ¿Será ése nuestro homenaje a nuestro Salvador? O ¿llevaremos paz a los corazones atribulados, buena voluntad a aquellos que necesitan de un mejor propósito, gloria a Dios en nuestra buena disposición de hacer Su voluntad? Jesús lo dijo sencillamente: “ven [y] sígueme”9.

El evangelio de Jesucristo, restaurado por medio del profeta José Smith, ha tenido un efecto positivo en el mundo. He sido testigo personal del fervor de aquellos que han adoptado Su sagrada palabra desde las islas del mar hasta la inmensidad de Rusia.

Algunos de nuestros antepasados se encontraban entre los santos que se reunieron en Sión. Una mujer, Hannah Last Cornaby, se estableció en Spanish Fork, Utah. En esos días difíciles la Navidad se celebraba en ocasiones con una preciosa naranja, un juguete de madera o quizás una muñeca de trapo—pero no siempre. Hannah escribió el 25 de diciembre de 1856:

“Llegó la Navidad y mis pequeños, con su fe de niños, colgaron sus medias, preguntándose si [las medias] se [llenarían]. Con mucha pena, la cual disimulé, les aseguré que no serían olvidados; se fueron a la cama llenos de gozosa anticipación esperando que llegara la mañana.

Al no tener azúcar, no sabía qué hacer. Sin embargo ellos no debían sentirse decepcionados. Luego recordé una calabaza que tenía y que cocí, retirando todo el líquido; luego de cocerla por un par de horas, hice un jarabe dulce. Con esto y unas especias, hice una masa de jengibre, luego la corté en distintas formas y las horneé en una parrilla (ya que no tenía estufa) y llené sus medias con las galletas, las que los complacerían tanto como los mejores dulces lo harían”10.

Entre líneas en esta historia se lee el relato de una madre que trabajó durante toda la noche sin tener siquiera una estufa para facilitar su tarea. Sin embargo, estaba decidida a dar gozo a sus hijos, reforzar su fe, reafirmar en su hogar, “¡oh, qué gozo y paz!”11 ¿No es éste el mensaje de la Navidad?

El presidente Monson enseña: “Disponemos de oportunidades ilimitadas para dar de nosotros mismos, aunque también son perecederas. Hay corazones que alegrar, palabras amables que decir, regalos que dar”12.

Siempre que actuemos de acuerdo con el Señor—al hacer Su voluntad, edificando a los que nos rodean— estamos testificando que Él vive y que nos ama, sin importar nuestros desafíos temporales.

Otra gran alma en la historia de la Iglesia es el converso escocés John Menzies Macfarlane. Se unió a la Iglesia junto con su madre viuda y su hermano, y los tres viajaron a Salt Lake en 1852. Él tenía 18 años. Con los años, se convirtió en topógrafo, constructor y hasta juez distrital, pero lo que lo distinguió fue la música.

Él organizó su primer coro en Cedar City y lo llevó por el sur de Utah. Después de su presentación en St. George, el élder Erastus Snow, apóstol y líder de la colonia, lo alentó a que se mudara a la comunidad del sur de Utah y trajera consigo a su familia y su música.

Eran tiempos difíciles en 1869 y el élder Snow pidió al hermano Macfarlane que presentara un programa navideño que elevara el espíritu de las personas. El hermano Macfarlane deseaba tener una pieza musical nueva e interesante para el acontecimiento. Aun cuando intentó componerla, no lograba nada. Oró rogando inspiración y oró de nuevo. Luego, una noche, despertó a su esposa y le dijo: “Tengo la letra para una canción y creo que la música también”. Corrió al teclado de su pequeño órgano y tocó la melodía, escribiéndola mientras su esposa sostenía la luz titilante de un trozo de franela que flotaba en un cuenco de grasa. La letra y la música fluyeron:

En la Judea, en tierra de Dios,

fieles pastores oyeron la voz:

¡Gloria a Dios,

gloria a Dios,

gloria a Dios en lo alto!

¡Paz y buena voluntad!

¡Paz y buena voluntad!13

El hermano Mcfarlane nunca había estado en Judea para ver que las tierras eran más bien laderas rocosas, pero el inspirado mensaje de su música salió de su alma como testimonio del nacimiento del Salvador en Belén de Judea, un inicio que cambiaría para siempre al mundo14.

Testifico que nuestro Padre Eterno vive. Su plan de felicidad bendice profundamente la vida de cada uno de Sus hijos en todas las generaciones. Sé que Su Amado Hijo, Jesucristo, el niño nacido en Belén, es el Salvador y Redentor del mundo y que el presidente Thomas S. Monson es Su profeta en la tierra en estos días. Estas palabras de alabanza resuenan en mis oídos: ¡Gloria a Dios en lo alto, ¡Paz y buena voluntad”15.

En el nombre de Jesucristo. Amén.

Notas

  1. Isaías 7:14.

  2. Mosíah 3:8.

  3. 3 Nefi 1:13.

  4. Véase Lucas 2:8.

  5. Véase Alma 13:26.

  6. Lucas 2:9–11.

  7. Lucas 2:16.

  8. Lucas 2:17.

  9. Lucas 18:22.

  10. Hannah Last Cornaby, 25 de diciembre de 1856, Spanish Fork, Utah.

  11. “¡Oh, está todo bien!”, Himnos, Nº 17.

  12. Thomas S. Monson, “Los regalos de la Navidad”, Liahona, diciembre de 2003, pág. 2.

  13. “En la Judea, en tierra de Dios”, Himnos, Nº 134.

  14. Véase Karen Lynn Davidson, Our Latter-Day Hymns: The Stories and the Messages, 1988, pág. 224.

  15. Himnos, Nº 134.