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    Cómo una oración en conferencia general contestó a mi oración

    Eleanor Cain Adams Church Magazines

    La paz que buscaba tan desesperadamente durante aquella conferencia general no llegó mediante un discurso ni un número musical, pero sí llegó.

    Había estado en el campo misional durante unas tres semanas, cuando empecé a recibir algunos preocupantes mensajes de correo electrónico de mi familia:

    “Tu mamá se cayó y se desgarró el ligamento cruzado anterior mientras corría en el desierto, cerca de casa. Milagrosamente, una camioneta pasaba por un camino de tierra cercano y la trajo a casa”, escribió mi papá. “Pronto se someterá a una operación quirúrgica”.

    Después:

    “Tu papá se lesionó en un accidente al navegar y se desgarró un músculo pectoral, en el pecho”, escribió mi mamá. “Se someterá a una cirugía de mioplastia para solucionarlo”.

    Y luego:

    “Tu cuñado tiene una protrusión de disco en la columna vertebral que ocasiona el pinzamiento de un nervio”, escribió mi hermana. “Lo operarán pronto para reducir el disco a su tamaño normal de nuevo”.

    Y así, como si nada, casi media familia estaba lesionada y necesitaba cirugía de una u otra clase; entretanto, yo aún ni siquiera podía enseñar una lección completa en español.

    Aunque ninguna de sus lesiones presentaban riesgo de muerte, comencé a preocuparme más y más por mi familia. Un sinfín de preguntas del tipo “¿Y qué pasaría si…?” me invadía la mente de modo constante. ¿Qué pasaría si las cirugías resultaban mal? ¿Qué pasaría si sucedía algo aun peor mientras yo estaba tan lejos? Sabía que se me bendecía y protegía como misionera, pero, ¿protegería el Padre Celestial a mi familia también? ¿Cómo podía sentir paz en cuanto a aquello cuando mi familia estaba a miles de kilómetros de distancia?

    Esas eran mis preguntas al dirigirme a la primera conferencia general de mi misión. No podía dejar de preocuparme por todas las peores situaciones posibles, y necesitaba tener la tranquilidad de que el Padre Celestial conocía mis circunstancias y escuchaba mis oraciones. Más que nada, necesitaba paz.

    Al comenzar la sesión del sábado por la mañana, escuché con más atención que nunca antes. El deseo de recibir respuestas era tan grande que me resistí a cualquier distracción. Incluso los números musicales y las oraciones, que en conferencias anteriores habían sido el momento ideal para acudir al baño o comer un pequeño refrigerio, habían cobrado una especial importancia para mí. Tenía que recibir respuesta. Conforme el último discursante tomaba asiento, me sentí un poco decepcionada, pero pensé que mi respuesta llegaría más adelante. La sesión no terminaba aún, así que seguí escuchando con atención de todos modos, por si acaso.

    La respuesta no llegó sino hasta los momentos finales de la última oración y en la forma de un inusual pedido: “Padre, te agradecemos por todos los misioneros, y hoy te rogamos una bendición especial para sus padres… y sus familias: [derrama sobre ellos] un sentimiento de paz” (oración ofrecida en la Conferencia General de octubre de 2014).

    Un sentimiento de paz. ¡Era exactamente lo que necesitaba! Y fue exactamente lo que recibí. Aunque es probable que las palabras de la oración se refirieran a brindar consuelo a las familias preocupadas que tuvieran misioneros lejos de casa, me consolaron a mí también: una misionera preocupada, cuya familia estaba lejos.

    El presidente Thomas S. Monson enseñó: “Nuestro Padre Celestial está al tanto de nuestras necesidades y nos auxiliará cuando pidamos Su ayuda. Yo pienso que ningún asunto nuestro es demasiado pequeño o insignificante. El Señor participa en los detalles de nuestra vida” (“Consideren las bendiciones”, Conferencia General de octubre de 2012).

    Cuanto más creo en ese principio, más lo veo en todas partes. Los milagros más pequeños de la vida son los más prodigiosos, y ningún milagro es tan pequeño como para que el Padre Celestial no lo efectúe. Después de todo, ¿quién sino el Padre Celestial podría conocer esos ruegos secretos de nuestro corazón y concedérnoslos, aun de maneras que solo nosotros podríamos reconocer? Solo Él sabe lo que más necesitamos cuando le pedimos algo (véase Lucas 11:13). Aun los cabellos de nuestra cabeza están contados para Él (véase Lucas 12:7). En resumen: Para Él es de gran importancia mostrarnos que participa en los detalles de nuestra vida. (Mira: Mi Padre Celestial me conoce)

    La paz que buscaba tan desesperadamente durante aquella conferencia general no llegó mediante un discurso ni un número musical, pero sí llegó. Sé que cuando buscamos las tiernas misericordias, paz o respuesta a nuestras oraciones, las hallaremos por todas partes, incluso (y especialmente) en los detalles más inesperados de la vida.

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