Manuales y llamamientos
    1. Las familias y la Iglesia en el plan de Dios
    Notas al pie de página
    Tema

    “1. Las familias y la Iglesia en el plan de Dios”, Manual 2: Administración de la Iglesia, 2019

    “1. Las familias y la Iglesia en el plan de Dios”, Manual 2

    1.

    Las familias y la Iglesia en el plan de Dios

    1.1

    El plan de Dios el Padre para Su familia eterna

    1.1.1

    La familia preterrenal de Dios

    La familia es ordenada por Dios. Es la unidad más importante de esta vida y de la eternidad. Aun antes de nacer en la tierra éramos parte de una familia. Cada uno de nosotros “es un amado hijo o hija procreado como espíritu por padres celestiales” con “una naturaleza y un destino divinos” (“La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, Liahona, octubre de 1998, pág. 25). Dios es nuestro Padre Celestial y vivimos en Su presencia como parte de Su familia en la vida preterrenal. Allí aprendimos nuestras primeras lecciones y se nos preparó para esta vida (véase Doctrina y Convenios 138:56).

    1.1.2

    El propósito de la vida terrenal

    Debido al amor que Dios tiene por nosotros, Él preparó un plan que incluía venir a la Tierra, donde recibiríamos un cuerpo y seríamos probados para que pudiéramos progresar y llegar a ser más como Él. A este plan se le llama “el plan de salvación” (Alma 24:14), “el gran plan de felicidad” (Alma 42:8) y “el plan de redención” (Alma 12:25; véanse también los versículos 26–33).

    El propósito del plan de Dios es conducirnos a la vida eterna. Dios ha dicho: “… esta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39). La vida eterna es el mayor de los dones de Dios para Sus hijos (véase Doctrina y Convenios 14:7); es la exaltación en el grado más alto del reino celestial. Por medio del Plan de Salvación podemos recibir esta bendición de regresar a la presencia de Dios y recibir una plenitud de gozo.

    1.1.3

    La expiación de Jesucristo

    Para lograr la exaltación en el reino de Dios debemos superar dos obstáculos de la vida terrenal: la muerte y el pecado. Puesto que no podemos superarlos por nosotros mismos, nuestro Padre Celestial envió a Su Hijo Jesucristo para ser nuestro Salvador y Redentor. El sacrificio expiatorio del Salvador hizo posible que todos los hijos de Dios vencieran la muerte física, resucitaran y recibieran la inmortalidad. La Expiación también hizo posible que quienes se arrepientan y sigan al Señor, venzan la muerte espiritual, regresen a la presencia de Dios para morar con Él y reciban la vida eterna (véase Doctrina y Convenios 45:3–5).

    1.1.4

    La función de las familias en el plan de Dios

    Nacer en una familia forma parte del plan de nuestro Padre Celestial. Él estableció las familias para darnos felicidad, ayudarnos a aprender principios correctos en un ambiente amoroso y prepararnos para la vida eterna.

    Los padres tienen la responsabilidad esencial de ayudar a sus hijos a prepararse para regresar al Padre Celestial, y cumplen con ella al enseñarles a seguir a Jesucristo y a vivir Su evangelio.

    1.1.5

    La función de la Iglesia

    La Iglesia proporciona la organización y los medios para la enseñanza del evangelio de Jesucristo a todos los hijos de Dios, así como la autoridad del sacerdocio para administrar las ordenanzas de salvación y exaltación a todo el que sea digno y esté dispuesto a aceptarlas.

    1.2

    Regresar al Padre

    1.2.1

    El evangelio de Jesucristo

    El Plan de Salvación es la plenitud del Evangelio. Abarca la Creación, la Caída, la expiación de Jesucristo y todas las leyes, ordenanzas y doctrinas del Evangelio. Proporciona el camino para que tengamos gozo en la vida terrenal (véase 2 Nefi 2:25) y la bendición de la vida eterna.

    Por medio de la expiación de Jesucristo podemos ser limpios y santificados del pecado y prepararnos para entrar de nuevo en la presencia de nuestro Padre Eterno. Para recibir esta bendición, debemos seguir los principios y las ordenanzas del Evangelio (véase Artículos de Fe 1:3). Debemos:

    1. Ejercer fe en el Señor Jesucristo, el Hijo Unigénito de Dios.

    2. Volvernos a Dios mediante el arrepentimiento sincero al tener un cambio en el corazón, y al confesar y abandonar los pecados.

    3. Recibir la ordenanza salvadora del bautismo para la remisión de los pecados.

    4. Ser confirmados miembros de la Iglesia y recibir el don del Espíritu Santo mediante la imposición de manos.

    5. Perseverar hasta el fin honrando los convenios sagrados.

    Estos principios se han enseñado desde la época de Adán. Al llegar a entender estas verdades, creer en ellas y obtener un testimonio firme de Jesucristo, nos esforzamos por obedecer Sus mandamientos y deseamos compartir nuestras bendiciones con nuestra familia y con las demás personas (véase 1 Nefi 8:9–37). Al fundamento seguro del testimonio le suceden de manera natural los demás elementos de la actividad en la Iglesia.

    El crecimiento espiritual personal tiene lugar cuando nos acercamos a Dios por medio de la oración, el estudio de las Escrituras, la reflexión y la obediencia. Nefi enseñó:

    “… después de haber entrado en esta estrecha y angosta senda, quisiera preguntar si ya quedó hecho todo. He aquí, os digo que no; porque no habéis llegado hasta aquí sino por la palabra de Cristo, con fe inquebrantable en él, confiando íntegramente en los méritos de aquel que es poderoso para salvar.

    “Por tanto, debéis seguir adelante con firmeza en Cristo, teniendo un fulgor perfecto de esperanza y amor por Dios y por todos los hombres. Por tanto, si marcháis adelante, deleitándoos en la palabra de Cristo, y perseveráis hasta el fin, he aquí, así dice el Padre: Tendréis la vida eterna” (2 Nefi 31:19–20).

    Cada uno de nosotros es responsable ante Dios de aprender y guardar Sus mandamientos, y de vivir el Evangelio. Seremos juzgados de acuerdo con nuestras obras, los deseos de nuestro corazón y la clase de personas que hayamos llegado a ser. Al volvernos verdaderos seguidores de Jesucristo experimentamos un poderoso cambio en el corazón y “ya no tenemos más disposición a obrar mal” (Mosíah 5:2; véanse también Alma 5:12–15; Moroni 10:32–33). Al vivir el evangelio de Jesucristo, crecemos línea por línea y llegamos a ser más como el Salvador al amar y servir a los demás.

    1.2.2

    La función de los líderes y los maestros de la Iglesia

    Los líderes y los maestros del sacerdocio y de las organizaciones auxiliares se esfuerzan por ayudar a las personas a llegar a ser verdaderos seguidores de Jesucristo (véase Mosíah 18:18–30). A fin de ayudar a las personas y a las familias en esta labor, ellos:

    1. Enseñan las doctrinas puras del evangelio de Jesucristo y testifican de ellas.

    2. Fortalecen a las personas y a las familias en sus esfuerzos por guardar sus convenios sagrados.

    3. Brindan consejo, apoyo y oportunidades de prestar servicio.

    Además, ciertos líderes del sacerdocio tienen autoridad para supervisar la ejecución de las ordenanzas salvadoras del sacerdocio.

    1.3

    Establecer familias eternas

    La familia ocupa un lugar fundamental en el plan de Dios, el cual proporciona el medio para que las relaciones familiares se extiendan más allá de la tumba. Observar fielmente las sagradas ordenanzas y los convenios del templo nos ayuda a regresar a la presencia de Dios unidos eternamente a nuestra familia.

    1.3.1

    El esposo y la esposa

    La exaltación en el grado más alto del reino celestial solo la pueden alcanzar aquellos que hayan vivido fielmente el evangelio de Jesucristo y estén sellados como compañeros eternos.

    El sellamiento de un esposo y una esposa por el tiempo y la eternidad mediante la autoridad del sacerdocio —también conocido como matrimonio en el templo— es un privilegio y una obligación sagrados que todos debieran esforzarse por recibir, y constituye el fundamento de una familia eterna.

    La naturaleza masculina y femenina de los espíritus es tal que se complementan el uno al otro. Se ha dispuesto que el hombre y la mujer progresen juntos hacia la exaltación.

    El Señor ha mandado al esposo y a la esposa allegarse el uno al otro (véanse Génesis 2:24; Doctrina y Convenios 42:22). En este mandamiento, la palabra allegarse significa dedicarse a alguien por entero y con absoluta fidelidad. Las parejas casadas se allegan a Dios y entre sí al servirse y amarse mutuamente, y al guardar convenios con absoluta fidelidad el uno para con el otro y para con Dios (véase Doctrina y Convenios 25:13).

    Un matrimonio ha de llegar a ser uno al establecer su familia como la base de una vida recta. Los esposos y las esposas Santos de los Últimos Días dejan atrás su vida de solteros y establecen su matrimonio como la prioridad principal de sus vidas. No permiten que ninguna otra persona ni interés tenga mayor prioridad en sus vidas que el guardar los convenios que han hecho con Dios y entre sí. No obstante, los matrimonios siguen amando y apoyando a sus padres y hermanos, al mismo tiempo que se concentran en su propia familia. Del mismo modo, los padres sabios se dan cuenta de que sus responsabilidades familiares perduran a lo largo de la vida en un espíritu de amor y aliento.

    Ser uno en el matrimonio requiere una asociación plena. Por ejemplo, Adán y Eva trabajaron juntos, oraron y adoraron juntos, se sacrificaron juntos, enseñaron juntos el Evangelio a sus hijos y juntos lamentaron la pérdida de sus hijos descarriados (véase Moisés 5:1, 4, 12, 27). Estaban unidos el uno al otro, y a Dios.

    1.3.2

    Los padres y los hijos

    “El primer mandamiento que Dios les dio a Adán y a Eva se relacionaba con el potencial que, como esposo y esposa, tenían de ser padres… el mandamiento de Dios para Sus hijos de multiplicarse y henchir la tierra permanece en vigor” (“La Familia: Una Proclamación para el Mundo”). Por designio divino, tanto el hombre como la mujer son esenciales para traer hijos a la vida terrenal y proporcionarles el mejor ambiente para criarlos y educarlos.

    La abstinencia sexual total antes del matrimonio y la absoluta fidelidad dentro de este protegen la santidad de esta sagrada responsabilidad. Los padres y los líderes del sacerdocio y de las organizaciones auxiliares deben hacer todo lo posible por reafirmar esta enseñanza.

    En cuanto a la función de los padres y las madres, los líderes de la Iglesia han enseñado: “El padre debe presidir la familia con amor y rectitud y es responsable de proveer las cosas necesarias de la vida para su familia y de proporcionarle protección. La madre es principalmente responsable del cuidado de sus hijos. En estas sagradas responsabilidades, el padre y la madre, como compañeros iguales, están obligados a ayudarse el uno al otro” (“La Familia: Una Proclamación para el Mundo”). Si no hay un padre en el hogar, la madre preside la familia.

    Los padres tienen la responsabilidad divinamente señalada de “criar a sus hijos con amor y rectitud, de proveer para sus necesidades físicas y espirituales, y de enseñarles a amarse y a servirse el uno al otro, a observar los mandamientos de Dios y a ser ciudadanos respetuosos de la ley dondequiera que vivan” (“La Familia: Una Proclamación para el Mundo”; véase también Mosíah 4:14–15).

    Los padres sabios enseñan a sus hijos a aplicar el poder sanador, reconciliador y fortalecedor de la Expiación en su familia. Así como el pecado, las debilidades terrenales, el dolor emocional y la ira son estados que alejan a los hijos de Dios de Él, también pueden distanciar a los integrantes de una familia. Cada miembro de la familia tiene la responsabilidad de esforzarse por contribuir a la unidad familiar. A los hijos que aprenden a esforzarse por lograr la unidad en el hogar les resulta más sencillo hacerlo fuera de él.

    1.3.3

    Miembros solteros de la Iglesia

    Todos los miembros, aun cuando nunca se hayan casado ni tengan familia en la Iglesia, deben esforzarse por lograr el ideal de vivir en una familia eterna. Esto significa prepararse para llegar a ser cónyuges dignos y padres o madres amorosos. En algunos casos, estas bendiciones no se cumplirán hasta la vida venidera, pero la meta máxima es la misma para todos.

    Los miembros fieles cuyas circunstancias no les permitan recibir las bendiciones del matrimonio eterno y de la paternidad o la maternidad en esta vida recibirán todas las bendiciones prometidas en las eternidades, siempre y cuando guarden los convenios que hayan hecho con Dios.

    1.4

    El hogar y la Iglesia

    En las enseñanzas y prácticas del Evangelio restaurado, la familia y la Iglesia se ayudan y se fortalecen mutuamente. A fin de merecer las bendiciones de la vida eterna, es necesario que las familias aprendan las doctrinas y reciban las ordenanzas del sacerdocio que están disponibles únicamente por medio de la Iglesia. Para ser una organización fuerte y vital, la Iglesia necesita familias rectas.

    Dios ha revelado un modelo de progreso espiritual para las personas y las familias mediante ordenanzas, enseñanzas, programas y actividades que se centran en el hogar y cuentan con el apoyo de la Iglesia. Las organizaciones y los programas de la Iglesia existen para bendecir a las personas y a las familias, y no son un fin en sí mismos. Los líderes y los maestros del sacerdocio y de las organizaciones auxiliares tratan de ayudar a los padres, no de sustituirlos ni reemplazarlos. Para informarse sobre el plan de estudios centrado en el hogar y apoyado por la Iglesia, véase 1.4.3.

    Los líderes del sacerdocio y de las organizaciones auxiliares deben poner todo su empeño en fortalecer el carácter sagrado del hogar, asegurándose de que todas las actividades de la Iglesia den apoyo a las personas y a las familias. Los líderes de la Iglesia deben tener cuidado de no abrumar a las familias con demasiadas responsabilidades en la Iglesia. Los padres y los líderes de la Iglesia trabajan juntos para ayudar a las personas y a las familias a regresar a nuestro Padre Celestial al seguir a Jesucristo.

    1.4.1

    Fortalecer el hogar

    Se invita a los seguidores de Cristo a que “se congreguen”, a “[estar] en lugares santos y no [ser] movidos” (véanse Doctrina y Convenios 45:32; 87:8; 101:22; véanse también 2 Crónicas 35:5; Mateo 24:15). Estos lugares santos incluyen los templos, los hogares y las capillas. Lo que hace que estas estructuras físicas sean “lugares santos” es la presencia del Espíritu y la conducta de quienes están en ellas.

    Dondequiera que vivan los miembros de la Iglesia, deben establecer un hogar en el que esté presente el Espíritu. Todos los miembros de la Iglesia pueden esforzarse por asegurarse de que su lugar de residencia sea un santuario donde resguardarse del mundo. Cada hogar en la Iglesia, sea grande o pequeño, puede ser “una casa de oración, una casa de ayuno, una casa de fe, una casa de instrucción, una casa de gloria, una casa de orden, una casa de Dios” (Doctrina y Convenios 88:119). Los miembros de la Iglesia pueden invitar al Espíritu a sus hogares mediante actos sencillos como las actividades recreativas edificantes, la buena música y las obras de arte inspiradoras (por ejemplo: un cuadro del Salvador o de un templo).

    Un hogar con padres amorosos y leales es el ambiente que mejor satisface las necesidades espirituales y físicas de los hijos. Un hogar centrado en Cristo ofrece a los adultos y a los niños un lugar de defensa contra el pecado, un refugio del mundo, alivio del dolor emocional o de otra índole, así como un amor abnegado y genuino.

    Siempre se ha mandado a los padres criar a sus hijos “en disciplina y amonestación del Señor” (Efesios 6:4; Enós 1:1) y “en la luz y la verdad” (Doctrina y Convenios 93:40). La Primera Presidencia declaró:

    “Hacemos un llamado a los padres para que dediquen sus mejores esfuerzos a la enseñanza y crianza de sus hijos con respecto a los principios del Evangelio, lo [cual] los mantendrá cerca de la Iglesia. El hogar es el fundamento de una vida recta y ningún otro medio puede ocupar su lugar ni cumplir sus funciones esenciales en el cumplimiento de las responsabilidades que Dios les ha dado.

    “Aconsejamos a los padres y a los hijos dar una prioridad predominante a la oración familiar, a la noche de hogar para la familia, al estudio y a la instrucción del Evangelio, y a las actividades familiares sanas. Sin importar cuán apropiadas puedan ser otras exigencias o actividades, no se les debe permitir que desplacen los deberes divinamente asignados que solo los padres y las familias pueden llevar a cabo de forma adecuada” (carta de la Primera Presidencia, 11 de febrero de 1999).

    Los padres tienen la responsabilidad primordial de ayudar a sus hijos a conocer a nuestro Padre Celestial y a Su Hijo, Jesucristo (véase Juan 17:3). Se ha mandado a los padres y a las madres Santos de los Últimos Días enseñar a sus hijos las doctrinas, las ordenanzas y los convenios del Evangelio, así como a vivir en rectitud (véase Doctrina y Convenios 68:25–28). Los hijos a quienes se cría y se educa de esa manera estarán más preparados a la edad adecuada para recibir las ordenanzas del sacerdocio, hacer convenios con Dios y cumplirlos.

    El fortalecimiento de las personas y las familias es el objetivo de la ministración (véase Doctrina y Convenios 20:47, 51) y de programas inspirados de la Iglesia tales como la noche de hogar. Como en todas las cosas, Jesús dio el ejemplo al ir a los hogares a cuidar y velar, a enseñar y bendecir (véanse Mateo 8:14–15; 9:10–13; 26:6; Marcos 5:35–43; Lucas 10:38–42; 19:1–9).

    1.4.2

    La noche de hogar

    Los profetas de los últimos días han aconsejado a las personas y a las familias que tengan una noche de hogar cada semana para enseñar el Evangelio, dar testimonio de su veracidad y fortalecer la unidad familiar. Se insta a los miembros a efectuar la noche de hogar los domingos o en otras ocasiones, según lo decidan. Se podría llevar a cabo una noche de actividad familiar los lunes o en algún otro momento. Los líderes deben seguir manteniendo los lunes libres de reuniones y actividades de la Iglesia.

    En la noche de hogar se pueden incluir la oración familiar; la enseñanza del Evangelio; el compartir testimonios, himnos y canciones de la Primaria; y actividades recreativas edificantes. (Para informarse sobre cómo utilizar la música en el hogar, véase 14.8). Como parte de la noche de hogar, o por separado, los padres también pueden realizar de manera periódica un consejo familiar para fijar metas, resolver problemas, coordinar horarios y dar apoyo y fortaleza a los miembros de la familia.

    La noche de hogar es un tiempo sagrado y privado. Los líderes del sacerdocio no deben dar indicaciones acerca de lo que las personas y las familias deben hacer durante ese tiempo.

    1.4.3

    Estudiar el Evangelio en el hogar

    Los líderes de la Iglesia alientan a los miembros a participar en el estudio del Evangelio en el hogar durante el día de reposo y durante la semana. El estudio del Evangelio en el hogar profundiza la conversión al Padre Celestial y al Señor Jesucristo, y fortalece a las personas y a las familias.

    El estudio de las Escrituras, apoyado por el recurso Ven, sígueme — Para uso individual y familiar, es el curso a seguir que se sugiere para estudiar el Evangelio en el hogar. Este recurso proporciona una variedad de opciones de estudio y alinea los cursos de estudio de la Escuela Dominical y la Primaria con el estudio en el hogar.

    Sin embargo, las personas y las familias buscan inspiración al escoger estudiar lo que sea más adecuado para sus necesidades. Con espíritu de oración consideran opciones tales como el Libro de Mormón y otros libros canónicos, los mensajes de la conferencia general, la revista de la Iglesia y otros materiales sugeridos por los líderes generales o locales.

    1.4.4

    Fortalecer a las personas

    Cada miembro de la Iglesia es preciado. El plan eterno de Dios dispone que todos Sus hijos fieles reciban toda bendición de la vida eterna, exaltados para siempre como familias.

    Los líderes de la Iglesia deben prestar especial atención a las personas que por el momento no disfrutan del apoyo de una familia con miembros fuertes de la Iglesia. Tales personas podrían ser niños o jóvenes cuyos padres no son miembros de la Iglesia, otras con familias en las que no todos pertenecen a la Iglesia, o adultos solteros de cualquier edad. Ellos son miembros de la familia eterna de Dios por convenio y Él los ama profundamente. Se les debe alentar y ayudar en sus esfuerzos por estudiar el Evangelio, y se les deben brindar oportunidades de servir en la Iglesia. La Iglesia puede proporcionarles experiencias sociales sanas y hermanamiento.

    Las personas pueden reunirse, de manera informal o según lo organicen los participantes, para fortalecerse mutuamente mediante el estudio del Evangelio. Ven, sígueme — Para uso individual y familiar puede ser un recurso para aquellos que desean estudiar el Evangelio juntos.