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“Cuando comenzamos a examinarnos a nosotros mismos y deseamos mejorar nuestra aptitud como maestros, ¿qué mejor modelo podríamos encontrar? ¿Qué mejor estudio podríamos emprender que examinar nuestras ideas, objetivos y métodos y compararlos con los de Jesucristo?” (Véase Boyd K. Packer, Enseñad diligentemente, rev. edición de 1991, pág. 14).


Enseñar a la manera del Salvador

Reflexione por un momento sobre lo que usted sabe del Salvador. ¿Puede imaginárselo rodeado de Sus discípulos? ¿Puede visualizarlo enseñando a las multitudes junto al mar de Galilea o hablando personalmente a la mujer junto al pozo? ¿Qué percibe de Su manera de enseñar y de dirigir? ¿Cómo ayudó Él a los demás a aprender, a crecer espiritualmente y a convertirse a Su evangelio?


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Él los amó, oró por ellos y les prestó servicio continuamente; buscó oportunidades para estar con ellos y expresarles Su amor; conocía sus intereses, esperanzas, deseos y lo que pasaba en sus vidas.


Él sabía quiénes eran y lo que podían llegar a ser; encontró maneras singulares de ayudarlos a aprender, maneras específicas para ellos. Cuando tropezaban, Él no se daba por vencido, sino que continuaba amando y ministrando a esas personas.

Pasó tiempo a solas en oración y ayuno a fin de prepararse para enseñar. Diariamente, estando a solas, procuró la guía de Su Padre Celestial.


Empleó las Escrituras para enseñar y testificar acerca de Su misión; enseñó al pueblo a analizarlas por sí solos y a utilizarlas para encontrar respuestas a sus propias preguntas. Sus corazones ardían cuando Él les enseñaba la palabra de Dios con poder y autoridad, y supieron por sí mismos que las Escrituras son verdaderas.


Compartió relatos sencillos, parábolas y ejemplos de la vida real que tuviesen sentido para ellos; los ayudó a descubrir lecciones del Evangelio en sus propias experiencias y en el mundo que los rodeaba. Les habló de la pesca, del nacimiento y de labrar el campo. Para enseñar cómo velar el uno por el otro, les contó relatos de rescates de ovejas perdidas. Para enseñar a Sus discípulos a confiar en los tiernos cuidados del Padre Celestial, los instó a “considera[r] los lirios del campo”.

Formuló preguntas que los hacían pensar y sentir con intensidad; se interesó sinceramente en sus respuestas y se regocijó en sus expresiones de fe; les dio oportunidades de hacer sus propias preguntas y de expresar sus puntos de vista; asimismo, respondió a sus interrogantes y escuchó sus experiencias. Gracias a Su amor, ellos compartían sus ideas y sentimientos personales con toda confianza.


Los invitaba a testificar y, cuando lo hacían, el Espíritu les tocaba el corazón. “¿Quién decís que soy yo?”, preguntó Él. Al responder Pedro, su testimonio se fortaleció: “¡Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente!”.


Confió en ellos, los preparó y les dio las importantes responsabilidades de enseñar, bendecir y servir a los demás. “Id por todo el mundo, y predicad el evangelio a toda criatura”, les encomendó. Su objetivo era ayudarlos a convertirse por medio del servicio a los demás.


Los invitó a actuar con fe y a vivir las verdades que Él enseñó. En todas Sus enseñanzas se concentró en ayudar a Sus seguidores a vivir el Evangelio con todo su corazón. Para lograr esto, encontró maneras de que aprendieran por medio de experiencias poderosas. Cuando se apareció a los nefitas, los invitó a venir a Él uno a uno, para que ellos pudieran verlo, sentirlo y conocerlo por ellos mismos. Cuando percibió que no entendían plenamente Su mensaje, los invitó a ir a casa y prepararse para volver y aprender más.


En cada situación, Él fue su ejemplo y mentor. Les enseñó a orar al orar con ellos. Les enseñó a amar y a prestar servicio por la manera en que Él los amó y les sirvió. Les enseñó el modo de enseñar Su evangelio mediante la forma en que Él lo enseñó.

Es evidente que la manera de enseñar del Salvador difiere de la del mundo.


Éste es el sagrado llamamiento de usted: enseñar como enseñó el Salvador. Al hacerlo, los jóvenes darán cabida en su corazón para que la semilla del Evangelio se siembre, se hinche y crezca, lo cual los conducirá a la conversión: el objetivo primordial de su enseñanza. Al ayudar a los jóvenes a convertirse, los ayuda a prepararse para seguir al Salvador a lo largo de la vida: a que sirvan en misiones, reciban las ordenanzas del templo, críen familias en rectitud y edifiquen el reino de Dios en todo el mundo.