Mejoramiento continuo del maestro
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Mejoramiento continuo del maestro

A medida que los maestros se esfuerzan por implementar los principios y métodos descritos en este manual, deben trabajar continua y pacientemente en su mejoramiento. Los maestros deben aprender los principios de la enseñanza eficaz y dominar sus técnicas línea sobre línea, por medio del estudio, la fe, la práctica y la experiencia. Hay muchas maneras de evaluar la eficacia de la enseñanza y recibir comentarios y ayuda sobre cómo mejorar. Algunas de las formas que ayudarán a los maestros a mejorar son mediante métodos formales, estructurados, tales como la observación de la clase y las sugerencias de los otros maestros, supervisores y alumnos. Existen métodos informales tales como escuchar a los alumnos, observar a otros maestros o compartir ideas y experiencias con otros maestros.


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Uno de los métodos más valiosos de evaluación puede ser la autoevaluación bajo la guía del Espíritu Santo. El élder Henry B. Eyring enseñó:


“Al concluir la clase, usted podría apartar un momento para orar a fin de ver con claridad lo que sucedió en la clase y en la vida de los alumnos. Puede hacerlo a su manera, pero la forma en que me gusta hacerlo a mí es preguntando: ‘¿Hubo algo que hice o dije, o que ellos dijeron o hicieron, que los elevó?’…

“Si lo pregunta en oración, con humildad y con fe, algunas veces, quizás a menudo, le vendrán a la memoria momentos de la clase como la mirada de un alumno, o el sonido de la voz de otro, o incluso la manera en que un alumno se sentó y se inclinó hacia adelante en algún momento de la lección, que le confirmará que ellos fueron elevados.


“Y más importante aún, le dará la oportunidad de aprender. Usted podrá aprender lo que ocurrió en el salón de clase, y por tanto, lo que usted puede hacer para que se presenten, una y otra vez, las experiencias por las que sus alumnos son elevados” (“Converting Principles”, discurso en una velada con el élder L. Tom Perry, 2 de febrero de 1996, pág. 2).


A medida que los maestros procuran mejorar y se esfuerzan constantemente por enseñar de una manera que agrade al Padre Celestial, Él les inspirará en su preparación, fortalecerá su relación con los alumnos, magnificará sus esfuerzos en el salón de clase y los bendecirá con Su Espíritu, a fin de cumplir más cabalmente con Su obra. Él también les ayudará a ver áreas en que deben progresar, mientras se esfuerzan por enseñar de una manera que conduzca a los alumnos a entender y confiar en las enseñanzas y en la expiación de Jesucristo.


Después de todo, la meta de cada maestro de religión debe ser representar lo mejor posible al Salvador del mundo como un “maestro que ha venido de Dios” (Juan 3:2). El élder Boyd K. Packer dijo a un grupo de maestros de seminario e instituto: “Los atributos que he tenido el privilegio de reconocer en ustedes, hermanos y hermanas, durante estos doce años, no son ni más ni menos que la imagen del Maestro de maestros que se ve reflejada en ustedes. Pienso que al grado que se desempeñen de acuerdo con el desafío y la asignación que tienen, la imagen de Cristo efectivamente se llega a grabar sobre sus rostros. A efectos prácticos, en ese salón de clase, en ese momento, en esa situación y con esa inspiración, ustedes son Él y Él es ustedes” (“El maestro ideal”, discurso a los maestros de seminario e instituto, 28 de junio de 1962, págs. 5–6).

La promesa del Señor [6.1]

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La enseñanza del Evangelio es la obra del Señor y Él desea que los maestros de seminario e instituto tengan éxito en esa labor. Al clamar a Él diariamente, los maestros y los líderes sentirán que esa ayuda vendrá. Él da una promesa a quienes se esfuerzan por vivir y enseñar Su evangelio:

“Por tanto, de cierto os digo, alzad vuestra voz a este pueblo; expresad los pensamientos que pondré en vuestro corazón, y no seréis confundidos delante de los hombres;


“porque os será dado en la hora, sí, en el momento preciso, lo que habéis de decir.


“Mas os doy el mandamiento de que cualquier cosa que declaréis en mi nombre se declare con solemnidad de corazón, con el espíritu de mansedumbre, en todas las cosas.

“Y os prometo que si hacéis esto, se derramará el Espíritu Santo para testificar de todas las cosas que habléis” (D. y C. 100:5–8).