2021
Una misión que cumplir en este mundo
Enero 2021


Sección Doctrinal

Una misión que cumplir en este mundo

Me llamo Faustino López, hijo de Faustino López y nieto de Faustino López. Mi abuelo se murió habiendo dicho que se olvidaran de él: “como si no hubiera existido”. Mi padre me enseñó que Dios no existía y que después de la muerte no había nada. Y con esta herencia me enfrenté yo al mundo. Lo natural habría sido que yo, Faustino III, siguiendo esa tradición familiar, hubiera vivido de espaldas a la religión, porque en mi familia nunca se habló de Dios, jamás se hizo una oración y solo había tiempo para preocuparse por el aquí y el ahora; y eso ya era bastante, teniendo en cuenta que éramos una familia que se ganaba la vida con dificultad en un barrio chabolista de Madrid.

Pero desde muy niño me agarré con todas mis fuerzas infantiles y adolescentes al catolicismo, que era la única opción religiosa en el año 1950 en el que nací; y esto sin saber por qué, ya que no había ninguna razón para que yo me convirtiera en una persona religiosa.

En la Iglesia católica me enseñaron principios morales que fueron muy importantes para los primeros años de mi vida. Y creo que aquello formaba parte de los planes de Dios para mí, ya que me sirvió de preparación para lo que ocurriría años después.

Digo que los principios morales que aprendí en la Iglesia católica me ayudaron en mi vida; y así fue. Pero los principios religiosos, teológicos o doctrinales fueron otra cosa: estos principios me hicieron buscar algo que corrigiera aquellas enseñanzas que no me satisfacían, y sirvieron para ir preparando mi mente y mi corazón para el encuentro con el Evangelio restaurado: ser un buen católico me ayudó a ser un buen mormón.

Los misioneros me encontraron buscando a Dios en diferentes religiones: era el año 1970. Y cuando me enseñaron sobre la Restauración, yo ya estaba preparado para aceptarlo: los principios morales ya los estaba cumpliendo, porque los buenos curas que tuve en el colegio religioso donde estudié me los habían enseñado bien, y los principios doctrinales los reconocí por contraste: en mi interior estaba preparado para escuchar el Plan de Salvación en oposición al plan de condenación, con las llamas del infierno siempre amenazantes, que me habían estado enseñando.

Como ya he dicho otras veces, mi madre, al ver que yo era muy religioso, a pesar del ambiente familiar, que invitaba a lo contrario, me decía: “Pero tú, ¿de quién eres hijo?”.

Yo, como todos los hombres y mujeres de este mundo, soy un hijo de Dios. Y sé que mi Padre me mandó a este mundo con una misión que cumplir, y que las circunstancias de mi nacimiento están relacionadas con esa misión. Y creo que ese es el desafío de todos: dar sentido a las circunstancias de nuestra vida, sean cuales sean.