Liahona
Un pajarito me lo recordó
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Un pajarito me lo recordó

Laura Linton

Utah, EE.

Parents at Grave

Ilustración por Carolyn Vibbert

Yo tenía veintiséis años cuando mi esposo y yo perdimos a nuestra primera hija. A Kennedy le diagnosticaron un tumor cerebral cuando solo tenía trece meses de edad. Después de tres cirugías, cinco tratamientos de quimioterapia, y muchos medicamentos y tratamientos, falleció en nuestros brazos a los veinte meses de edad.

Me sentí devastada al perder a mi hermosa, curiosa y dinámica niña. ¿Cómo pudo suceder? ¿Cómo podría seguir adelante? Tenía muchas preguntas, pero ninguna respuesta. Dos días después del funeral, mi esposo y yo visitamos la tumba, todavía cubierta de hermosas flores rosadas y moños de cinta del funeral.

Mientras pensaba en mi hija, vi un pequeño pajarito bebé, demasiado joven para volar, saltando sobre la hierba. Aquel pájaro me recordó a Kennedy, porque le encantaban los animales. El pájaro brincó sobre la tumba y jugó entre las cintas y flores. Sonreí, al saber que eso era exactamente lo que Kennedy hubiera deseado. Luego el pájaro saltó hacia mí. No me atreví a mover ni un músculo. El pajarito brincó a mi lado, se apoyó en mi pierna, cerró los ojos y se durmió.

Sería difícil expresar lo que sentí en aquel momento; sentí como si recibiera un abrazo de Kennedy. No podía sostener en brazos a mi hija, pero este pajarito, una creación de nuestro Padre Celestial, podía venir y apoyar la cabecita sobre mí, recordándome que el Padre Celestial entendía mi dolor, y que siempre estaría dispuesto a consolarme y ayudarme a lo largo de esta prueba.

El élder David A. Bednar, del Cuórum de los Doce Apóstoles, dijo: “Cuando las palabras no pueden proporcionar el solaz que necesitamos […], cuando la lógica y la razón no pueden brindar el entendimiento adecuado en cuanto a las injusticias e irregularidades de la vida […], y cuando parezca que quizás nos encontramos totalmente solos, en verdad somos bendecidos por las entrañables misericordias del Señor” (“Las entrañables misericordias del Señor”, Liahona, mayo de 2005, págs. 100–101).

Todavía no tenía todas las respuestas a mis preguntas, pero esta entrañable misericordia me aseguró que nuestro Padre Celestial nos ama a Kennedy y a mí y que a través del sacrificio expiatorio de Su Hijo Jesucristo tengo la esperanza de que Kennedy, mi esposo y yo, algún día, estaremos juntos otra vez como familia.