2020
A veces, el Padre Celestial nos hace esperar para recibir revelación… y está bien
Febrero de 2020


Solo para versión digital: Jóvenes adultos

A veces, el Padre Celestial nos hace esperar para recibir revelación… y está bien

La revelación llega en el tiempo del Padre Celestial, no en el nuestro.

Yo era una misionera nueva a punto de dejar el centro de capacitación misional y no sabía si el Libro de Mormón era verdadero.

Creía que lo era; lo había leído muchas veces y había orado reiteradamente al respecto, tal como lo aconseja Moroni (véase Moroni 10:3–5); sin embargo, ¡nunca había recibido una respuesta! Sin ese conocimiento, ¿cómo podría enseñar y testificar a la gente de Rumania? Necesitaba saberlo por mí misma, y necesitaba saberlo de inmediato.

Durante una tarde de estudio callado en el salón de clases del CCM, tomé las Escrituras e incliné la cabeza.

“Padre Celestial”, oré en silencio, “he leído este libro muchas veces. Si voy a continuar como misionera, necesito saber: ¿es verdadero?”.

Con los ojos aún cerrados, abrí el libro.

Mi dedo fue a parar sobre Mosíah 1:6: “¡Oh hijos míos, quisiera que recordaseis que estas palabras son verdaderas, y también que estos anales son verdaderos! Y he aquí, también las planchas de Nefi, que contienen los anales y las palabras de nuestros padres desde el tiempo en que salieron de Jerusalén hasta ahora, son verdaderas; y podemos saber de su certeza porque las tenemos ante nuestros ojos”.

Esas palabras me impactaron como no lo había hecho ningún otro pasaje de las Escrituras antes ni después de entonces. Cada vez que aparecían las palabras verdaderos y verdaderas, me saltaban a la vista. Tal como José Smith dijo en cuanto a su propia experiencia, las palabras “pareci[eron] introducirse con inmenso poder en cada fibra de mi corazón” (José Smith—Historia 1:12). Repentinamente me sentí llena de paz y propósito en vez de temor y preocupación.

En un instante supe que el Libro de Mormón era la palabra de Dios y que el Padre Celestial me estaba enviando ese mensaje. Fue como si me estuviese diciendo: Ya lo sabes; ahora… a trabajar.

Y así lo hice.

¿Por qué la espera?

Había estudiado y orado en cuanto a la veracidad del Libro de Mormón durante años antes de finalmente recibir una respuesta, de modo que me preguntaba por qué había tenido que esperar tanto tiempo la revelación de que era verdadero. ¿No era lo bastante sincera? ¿No tenía suficiente fe? Tal vez, pero no lo creo. Considero que el Señor esperó la oportunidad perfecta para enseñarme una lección importante: la revelación no es cuestión de conveniencia.

La revelación no llega simplemente porque la deseamos; llega cuando la necesitamos; y llega en el tiempo del Padre Celestial, no en el nuestro. Él conoce nuestras necesidades y podemos confiar en que Su plan es el mejor, aun cuando requiera algo de paciencia.

El élder David P. Homer, de los Setenta, enseñó que “a veces, las respuestas tardan en llegar […] debido a que no es el momento correcto, quizás porque no necesitamos la respuesta o porque Dios confía en nosotros para que tomemos la decisión” (“Escuchar Su voz”, Liahona, mayo de 2019, pág. 43).

¡A veces pienso que Dios confía más en mí que yo misma! Me atemoriza tomar decisiones importantes sin Su guía, pero cuando me preocupo demasiado por ello, recuerdo esta promesa del élder Richard G. Scott (1928–2015), del Cuórum de los Doce Apóstoles: “Cuando vives con rectitud y actúas con confianza, Dios no permitirá que sigas adelante por mucho tiempo sin hacerte sentir la impresión de que has tomado una mala decisión” (véase “Utilizar el don supremo de la oración”, Liahona, mayo de 2007, pág. 10).

Cuando estamos haciendo lo que podemos para encontrar respuestas y tomar buenas decisiones, podemos estar seguros de que el Padre Celestial nos guiará, aun cuando no siempre reconozcamos Sus caminos. No necesitamos temer; el Padre Celestial vela por nosotros con amor. La revelación llegará; quizá no cuando queramos que llegue, pero sí cuando realmente la necesitemos.