2019
La ofrenda del corazón y la Santa Cena
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La ofrenda del corazón y la Santa Cena

Hace algunos años, tuve la bendición de visitar a un pequeño grupo de santos reunidos en el día de reposo en las montañas de Guatemala. El paisaje era hermoso; los bosques, los sembrados, el clima y por sobre todo la humildad de aquellos miembros de la Iglesia que se reunían con frecuencia para adorar y tomar de los sacramentos era hermoso.

Los miembros llegaban temprano a la Iglesia a pesar de que algunos de ellos caminaban entre dos y cuatro horas desde sus hogares. Su anhelo era participar de la Santa Cena, renovar sus convenios y compartir con sus hermanos. Al tornar ahora mis pensamientos al pasado puedo ver que estos humildes santos no “iban a la capilla” sino “iban a participar de los sacramentos”.

Qué impresionante ver el efecto de algo tan sencillo. Cuando decimos: “Vamos a la capilla”, enfocamos quizás nuestra atención en las clases y el edificio”. No importa si llegamos tarde… hemos ido a la capilla; sin embargo, cuando nos enfocamos en: “Vamos a participar de la Santa Cena”, entonces nuestros pensamientos se vuelcan al Salvador Jesucristo, al anhelo de hacer esos sagrados convenios con Él, de recordarle siempre y guardar Sus mandamientos.

Así sucedía con los santos del Nuevo Testamento y los santos del nuevo mundo. Moroni dejó registrado este pensamiento:

“Y se reunían con frecuencia para participar del pan y vino, en memoria del Señor Jesús” (Moroni 6:6).

Y los santos del Nuevo Testamento:

“Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, y en la hermandad, y en el partimiento del pan y en las oraciones” (Hechos 2:42).

También en Hechos se menciona lo siguiente:

“Y el primer día de la semana, reunidos los discípulos para partir el pan…” (Hechos 20:7).

Cómo ha cambiado mi vida y enfoque cuando pienso: “Voy a participar de los sacramentos”, en vez de solo decir: “Voy a la capilla”.

Al estar con ese pequeño grupo de santos y participar juntos de la Santa Cena, me llenó de gozo y disfruté aún más de la clase de la Escuela Dominical.

Había una conexión perfecta entre el espíritu que reinó mientras tomábamos del agua y comíamos del pan y las enseñanzas de ese día.

Los hermanos estaban hablando en su lengua nativa así que no entendía casi nada de lo que decían; sin embargo, sí me enteré del tema del cual conversaban. En su lengua natal, hay palabras que no tienen traducción así que lo que han hecho es incorporar las palabras del español a su idioma. Con frecuencia escuchaba a ellos decir “ofrendas” y luego “diezmos”, así que no fue difícil saber que el tema que estaban tratando era el de las ofrendas y los diezmos.

Entonces llegó a mi mente el momento en que participamos de la Santa Cena e hicimos ese convenio sagrado con nuestro Salvador. Al pensar en ello hoy día mis pensamientos de nuevo se vuelcan a esa bonita experiencia y entonces recuerdo las palabras de Alma cuando se encontraba en las aguas de Mormón al decir:

“… y ya que deseáis entrar en el redil de Dios y ser llamados su pueblo, y estáis dispuestos a llevar las cargas los unos de los otros para que sean ligeras;

“sí, y estáis dispuestos a llorar con los que lloran; sí, y a consolar a los que necesitan de consuelo, y ser testigos de Dios en todo tiempo, y en todas las cosas y en todo lugar en que estuvieseis, aun hasta la muerte, para que seáis redimidos por Dios, y seáis contados con los de la primera resurrección, para que tengáis vida eterna;

“os digo ahora, si este es el deseo de vuestros corazones, ¿qué os impide ser bautizados en el nombre del Señor, como testimonio ante él de que habéis concertado un convenio con él de que lo serviréis y guardaréis sus mandamientos, para que él derrame su Espíritu más abundantemente sobre vosotros?” (Mosíah 18:8–10).

Era la conexión perfecta:

Participar de los sacramentos y conversar sobre la ayuda a los necesitados por medio de las ofrendas, como parte de ese gran convenio que hacemos con el Señor.

Entonces les pregunté:

“¿Hermanos, pueden decirme cómo es que ustedes calculan el monto de sus ofrendas de ayuno?”.

Uno de ellos muy rápidamente me respondió:

“En mi familia tenemos la costumbre, el día de reposo, de invitar simbólicamente al Señor a nuestra mesa para que coma con nosotros, así que ponemos una silla extra”.

El domingo de ayuno, al llegar a tomar nuestros alimentos al final del día, allí está la silla puesta. Como fue un día de ayuno, donamos como ofrenda lo que dejamos de gastar en nuestros alimentos, pero como el Señor “también ayunó” con nosotros, pagamos lo que Él se hubiera comido. Y así damos una ofrenda generosa.

Desde entonces el domingo de ayuno al preparar mi sobre para donar mis ofrendas, a mi mente llegan dos pensamientos:

  1. Hoy fui “a tomar la Santa Cena” y hacer mis convenios con Dios y,

  2. a causa de ese convenio que incluye “llorar con los que lloran, sí, y a consolar a los que necesitan de consuelo, y ser testigos de Dios en todo tiempo”, entonces el Espíritu me dice que es mejor dar una ofrenda generosa.

¡Qué paz! ¡Qué gozo! es ir cada domingo “a tomar la Santa Cena” y el primer domingo de mes poder aliviar algunas cargas de los que sufren a través de nuestra ofrenda generosa.

Cuán sabio fue el Señor con aquella enseñanza que nos dejó al observar a la viuda pobre que echaba todo su sustento al arca de las ofrendas:

“Y estando Jesús sentado delante del arca de la ofrenda, miraba cómo el pueblo echaba dinero en el arca; y muchos ricos echaban mucho.

“Y vino una viuda pobre y echó dos blancas, que son un cuadrante.

“Entonces, llamando a sus discípulos, les dijo: De cierto os digo que esta viuda pobre echó más que todos los que han echado al arca,

“porque todos han echado de lo que les sobra; pero esta, de su pobreza echó todo lo que tenía, todo su sustento” (Marcos 12:41–44).

Nadie es tan rico que no necesite las bendiciones de Dios ni tan pobre que no pueda contribuir.

Ruego que el Espíritu nos dé testimonio de la grandeza de “ir a participar de la Santa Cena”, de “ir a renovar nuestros convenios” y a dar una ofrenda generosa al recordar a aquellos que sufren.

La ley de la ofrenda permite que al sentir hambre durante el día de ayuno me acuerde de aquellos que tienen hambre, no porque estén ayunando, sino porque no tienen el pan para llevar a su mesa.