El milagro de pertenecer al convenio
    Notas al pie de página

    El milagro de pertenecer al convenio

    Tomado del discurso “Strengthen One Another in the Lord”, pronunciado en la Conferencia de la Mujer de la Universidad Brigham Young el 4 de mayo de 2018.

    La armonía de nuestros convenios y de la expiación de Jesucristo se oye en melodías y contrapuntos a medida que el recurrir a la expiación de nuestro Salvador nos ayuda a cumplir nuestros convenios de un modo nuevo y más santo.

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    En la escuela de la vida terrenal, el Señor nos invita a aprender y progresar de maneras vitalicias y eternas al amarlo primeramente, y al fortalecernos unos a otros en Su amor.

    Fortalecernos unos a otros en el Señor y en Su amor se halla implícito en el primer gran mandamiento, así como en el segundo. Tal como se ha enseñado recientemente en una carta de la Primera Presidencia: “El ministerio del Salvador ejemplifica los dos grandes mandamientos: ‘Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente’ y ‘amarás a tu prójimo como a ti mismo’ (Mateo 22:37, 39)”. La carta de la Primera Presidencia continúa así: “En ese sentido, Jesús también enseñó: ‘Vosotros sois aquellos a quienes he escogido para ejercer el ministerio entre este pueblo’ (3 Nefi 13:25)”1.

    La canción del amor que redime de nuestro Salvador resucitado celebra la armonía de los convenios, los cuales nos conectan con Dios y los unos con los otros; y la expiación de Jesucristo, la cual nos ayuda a despojarnos del hombre y de la mujer natural y someternos al santificador “influjo del Espíritu Santo” (Mosíah 3:19).

    Dicha armonía se expresa en el plan de felicidad, en el que aprendemos y progresamos mediante el ejercicio diario del albedrío moral personal, y en el que no se nos deja librados a andar errantes por nuestra propia cuenta, sino que se nos dan la senda del convenio y el don del Espíritu Santo. El Alfa y la Omega (véase Doctrina y Convenios 61:1), el Señor Jesucristo, está con nosotros desde el principio. Y está con nosotros hasta el fin, cuando “Dios enjugará toda lágrima de [nuestros] ojos” (Apocalipsis 7:17), excepto las que sean de gozo.

    Nuestros convenios nos conectan con Dios y los unos con los otros; estos, cuyo designio es ser eternos, abarcan a Dios, nuestro Padre Eterno, y a Su Hijo Jesucristo. Los convenios eternos pueden invocar el poder del amor de Dios; brindar esperanza y aumentar el amor; elevar y transformar; edificar y santificar; redimir y exaltar.

    Al revelarse nuestra verdadera y divina naturaleza mediante los convenios con Dios, aprendemos a ver y amar a nuestros hermanos y hermanas como Él los ama. Tal mayor amor y conocimiento nos invita, nos inviste de poder y santifica para conocer y, a nuestra propia manera, llegar a ser más semejantes a Él.

    Los convenios y la expiación del Señor

    La armonía de nuestros convenios y de la expiación de Jesucristo se oye en melodías y contrapuntos a medida que el recurrir a la expiación de nuestro Salvador nos ayuda a cumplir nuestros convenios de un modo nuevo y más santo. Nuestros convenios y la expiación de nuestro Salvador juntos pueden dar forma a lo que deseamos, percibimos y experimentamos en la vida terrenal cotidiana, y prepararnos para la sociabilidad del cielo (véase Doctrina y Convenios 130:2).

    Por medio de la expiación de Jesucristo, hallamos la paz, la fortaleza y la confianza para venir a Cristo, al saber que la perfección está en Él. Ese conocimiento nos ofrece una puerta de escape del siempre ansioso e incesante proceso del perfeccionismo. Es posible que haya algo de verdad en la canción “Libre soy”2 si es que “ser libre” significa librarse de las autoimpuestas expectativas del mundo que jamás pueden satisfacer, y si además significa “aferrarse” a las esperanzas celestiales que Dios da y las promesas que el Señor nos ofrece.

    ¿Han notado que en todas las ordenanzas se nos llama por nuestro nombre y que estas nos conectan uniendo nuestro nombre con el nombre de Jesucristo?

    Las ordenanzas son universales y particulares (individuales) al mismo tiempo. Hace años, como miembro del sumo consejo a cargo de los bautismos de la estaca, noté que la ordenanza bautismal, en apariencia, era la misma para todas las personas, aunque difería de forma individual ya que cada persona que se bautizaba era llamada, una por una, por su nombre; y que dicho nombre se conectaba por convenio al “nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (3 Nefi 11:25).

    La gracia sublime es tan universal y singular como nuestro Salvador mismo. Aunque Él era un cordero sin defecto, dio el ejemplo al bautizarse para cumplir con toda justicia (véase 2 Nefi 31:6). Las Escrituras la llaman, y nuestros misioneros la enseñan, “la doctrina de Cristo” (2 Nefi 31:21; véase también 3 Nefi 11:38–40). La doctrina de Cristo incluye “[seguir] el ejemplo de Jesucristo al ser bautizado por alguien que posea la autoridad del sacerdocio de Dios?”3.

    Entramos por la puerta del arrepentimiento y del bautismo en el agua “y entonces viene una remisión de [nuestros] pecados por fuego y por el Espíritu Santo” (2 Nefi 31:17). El estrecho y angosto camino —la senda del convenio— conduce a la vida eterna (véase 2 Nefi 31:18); es parte del modo en que a cada uno de nosotros se nos fortalece en Su amor.

    Nuestros convenios y la expiación de Jesucristo se conectan en otros aspectos también.

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    Pertenecer al convenio

    Por convenio divino, pertenecemos a Dios y unos a otros. Pertenecer al convenio es un milagro; no es algo posesivo; al igual que la caridad, es algo sufrido, benigno y no tiene envidia; no se jacta ni se envanece (véase 1 Corintios 13:4; véase también Moroni 7:45). Pertenecer al convenio nos proporciona raíces y alas; nos libera por medio del compromiso; nos engrandece por medio del amor.

    Al pertenecer al convenio, nos fortalecemos mutuamente en el amor del Salvador y, por consiguiente, llegamos a amar más a Dios y el uno al otro. Eso sucede en parte porque pertenecer al convenio “no busca lo suyo, no se irrita [fácilmente], no piensa el mal” (véase 1 Corintios 13:5). Pertenecer al convenio “no se regocija en la maldad, sino que se regocija en la verdad” (1 Corintios 13:6). Pertenecer al convenio es llegar a ver cara a cara y conocer como somos conocidos (véase 1 Corintios 13:12). Nuestra fidelidad al convenio es firme e inmutable (véanse Mosíah 5:15; Alma 1:25).

    Pertenecer al convenio es esperar todas las cosas, sufrir muchas cosas y “espe[rar] poder sufrir todas las cosas” (véase Artículos de Fe 1:13; véanse también 1 Corintios 13:7; Moroni 7:45). Pertenecer al convenio es guardar la fe. No es darnos por vencidos con nosotros mismos, ni con los demás, ni renunciar a Dios.

    Pertenecer al convenio es deleitarse con aquellos que se deleitan y regocijarse con aquellos que tienen razón para regocijarse, y ser testigos de las tiernas misericordias y milagros diarios de Dios “en todo tiempo, y en todas las cosas y en todo lugar” (véase Mosíah 18:8–9).

    Pertenecer a Dios y los unos a los otros al pertenecer al convenio es sonreír en las situaciones inesperadas conforme vemos con ojos para ver y oímos con oídos para oír. Él nos cambia a nosotros y nuestras relaciones —incluso nuestro matrimonio por convenio— para llegar a ser más santificados y divinos.

    En cierto curso de matrimonio y relaciones familiares, una alumna casada levantó la mano y dijo al maestro: “Disculpe, usted reitera siempre que el matrimonio es difícil. No es el matrimonio lo que es difícil, sino la vida en sí; y el matrimonio, con sus altibajos, puede llegar a ser una bendición para poder atravesar las alegrías y dificultades de la vida juntos”.

    Aunque el matrimonio eterno es nuestro ideal, la infidelidad, el maltrato de cualquier índole y las incompatibilidades insuperables podrían requerir alguna medida de protección inmediata, o la separación y posiblemente el divorcio. Sabemos que los convenios son vinculantes y eternos solo mediante el consentimiento mutuo de las partes pertinentes y cuando los confirma la manifestación misericordiosa y celestial del Espíritu Santo, la cual las Escrituras describen como “el Santo Espíritu de la promesa” (Doctrina y Convenios 88:3 ).

    Existe consuelo, paz y esperanza en la seguridad que da el Señor de que las personas dignas recibirán todas las bendiciones prometidas4. Parte de Su promesa es fortalecernos a cada uno de nosotros en Su amor, a Su manera y en Su tiempo (véase Doctrina y Convenios 88:68).

    “La manera en la que funciona el servicio”

    Mientras era un joven obispo, cierta experiencia que tuvimos en el barrio me enseñó en cuanto a pertenecer al convenio, tal como se manifiesta en el fortalecimiento de los unos a los otros en el amor del Salvador. Hans y Fay Ritter, y Larry y Tina O’Connor, que eran familias del barrio, junto con otras familias maravillosas, ministraban constantemente a los demás y todos los amaban.

    Un día, el presidente de estaca me preguntó si podía visitar a la familia Ritter. Cuando llegué a su casa, noté que el piso estaba algo curvado, así como una tetera muy desgastada.

    “Esto es lo que sucede, obispo”, dijo el hermano Ritter, “el calentador de agua tenía una pérdida y se ha filtrado caliente a través del piso. Luego llegaron las termitas; es por eso que el piso se encorva un poco. Tuvimos que apagar el calentador de agua y por ende tenemos que calentar agua en una tetera”.

    La familia Ritter accedió a permitirme tratar su situación con el consejo de barrio. El consejo de nuestro barrio era magnífico; los miembros conocían a alguien que podía ayudar a reparar los pisos, las paredes, los aparatos domésticos o la pintura. Llegaron los voluntarios y ayudaron en un sinnúmero de generosas maneras. Entre ellos se encontraba Larry O’Connor, un habilidoso constructor que con frecuencia iba a casa de la familia Ritter.

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    La esposa de Larry, Tina, relató que Larry y otros miembros del cuórum a veces iban a la casa de los Ritter el viernes y se quedaban toda la noche. “Un sábado por la mañana, les llevé el desayuno”, relató. “Encontré a Larry saliendo de un cuarto de baño con herramientas de plomería [fontanería] en la mano”.

    Tina añadió que fue gracias a hombres como Hans Ritter y ciertos otros “que mi esposo aprendió cómo llegar a ser un hombre; bondadoso, considerado, tierno. Conforme mi esposo Larry prestó servicio junto a esos buenos hombres, incluso en la guardería, llegó a ser un marido y padre aun más maravilloso”.

    Todos se regocijaron cuando terminaron la casa.

    Hans y Fay Ritter han fallecido hace ya algún tiempo, pero recientemente hablé con dos de sus hijos, Ben y Stephen. Ellos recuerdan que el servicio silencioso de otras personas preservó la dignidad de su padre, quien trabajaba de modo infatigable para cuidar de su familia.

    Mientras estaban en una actividad de barrio no mucho después de terminar la casa de la familia Ritter, Larry y Tina O’Connor recibieron un mensaje de emergencia de que su casa estaba en llamas. Se apresuraron a su hogar solo para hallar por doquier ventanas rotas (a fin de dejar escapar el humo) y paredes perforadas (para buscar llamas ocultas).

    “Estábamos desolados”, dijo Tina. Pero luego llegó el barrio.

    “Todos ayudaron”, comentaron Tina y Larry. “El barrio entero se unió en amor; estábamos allí como una familia”.

    ¿Y quiénes estuvieron entre los primeros en llegar y entre los últimos en irse mientras se reconstruía la casa de la familia O’Connor? Sí, la familia de Hans y Fay Ritter.

    Ben y Stephen son humildes, pero recuerdan que su familia acudía a ayudar a los O’Connor. “Todos estábamos allí juntos”, dijeron. “Así es como funciona el servicio. Todos nos cuidamos mutuamente, a veces al ayudar a los demás y a veces al permitir que otros nos ayuden”.

    Para mí, puede producirse un ciclo magnífico, virtuoso y armonioso a medida que nos fortalecemos los unos a los otros en el amor del Salvador. La familia O’Connor ayuda a los Ritter, los Ritter ayudan a los O’Connor, y entretanto se establece una comunidad de Santos de los Últimos Días. Cada día, de un sinnúmero de modos, cada uno de nosotros necesita, y puede ofrecer, amor y apoyo ministrante de maneras pequeñas, sencillas, potentes y que cambian la vida.

    Y es así que experimentamos un doble milagro de panes y pescados: primero, una comunidad de santos puede acudir en una magnífica unión desinteresada para atender una necesidad urgente; y segundo y simultáneamente, una hermandad de santos puede fundirse en amor mediante la ministración diaria y amorosa en muchas circunstancias de modo silencioso —ya sea en una familia, una rama, un barrio o una comunidad durante muchos años— más allá de cualquier necesidad urgente.

    Fortalecidos en el amor del Salvador

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    Todo esto nos lleva de nuevo a donde comenzamos; al primer gran mandamiento, así como al segundo, y a la invitación de ser fortalecidos y de fortalecernos unos a otros en el amor del Señor.

    El presidente Russell M. Nelson ha dicho con gran elocuencia: “Nuestro mensaje al mundo es sencillo y sincero: invitamos a todos los hijos de Dios en ambos lados del velo a venir a su Salvador, recibir las bendiciones del santo templo, tener gozo duradero y ser merecedores de la vida eterna5.

    Conforme nos deleitamos en las palabras de Cristo (véase 2 Nefi 32:3) y ponemos a Dios en primer lugar (véase Mateo 6:33), el Señor fortalece y bendice cada aspecto de nuestra vida. Hay armonía y resonancia divinas en pertenecer al convenio conforme se nos fortalece en el amor del Señor y conforme nos fortalecemos mutuamente en Él.

    La armonía de nuestros convenios y de la expiación del Señor Jesucristo resuenan en las palabras del apóstol Pablo:

    “¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? …

    “Por lo cual estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir,

    “ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá apartar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Romanos 8:35, 38–39).

    Ese también es mi testimonio solemne.

    Testifico de Dios nuestro Padre Celestial y de Su Hijo Jesucristo. Ellos nos conocen mejor y nos aman más de lo que nos conocemos o amamos nosotros mismos. Podemos confiar en Jehová con todo el corazón y no necesitamos apoyarnos en nuestra propia prudencia (véase Proverbios 3:5).

    Hay 159 Casas del Señor en 43 países donde podemos fortalecernos en el Señor mediante nuestros convenios y la expiación de Jesucristo.

    La autoridad del sacerdocio y la revelación profética continua desde el profeta José Smith hasta nuestro querido presidente Nelson en la actualidad nos bendicen. Algunos acontecimientos de días recientes me han hecho sentir más humilde y me han dado aun más certeza de la realidad de la doctrina restaurada, de las llaves, de las ordenanzas y de los convenios que se hallan en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días como el carácter del “reino del Señor que de nuevo se ha establecido sobre la tierra, en preparación para la segunda venida del Mesías”6.

    El Libro de Mormón: Otro testamento de Jesucristo, y todas las santas Escrituras son la palabra de Dios.

    Ruego que cada uno de nosotros llegue a conocer mejor a nuestro Salvador y llegue a ser más semejante a Él a medida que se nos fortalece en el Señor y nos fortalecemos unos a otros en Él y en Su amor.

    Notas

    1. Carta de la Primera Presidencia, 2 de abril de 2018.

    2. “Libre soy”, Frozen: Una aventura congelada, 2013.

    3. Predicad Mi Evangelio: Una guía para el servicio misional, 2004, pág. 40.

    4. Véase Manual 2: Administración de la Iglesia, 2010, 1.3.3.

    5. Véase Russell M. Nelson, “Trabajemos hoy en la obra”, Liahona, mayo de 2018, págs. 118–119.

    6. Introducción del Libro de Mormón.