2018
Tres viajes de pioneros modernos
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Tres viajes de pioneros modernos

La autora vive en Utah, EE. UU.

Tres jóvenes adultos relatan su experiencia al unirse a la Iglesia y forjar un legado de fe para sí mismos y sus familias.

Mientras prestaba servicio en la misión en Melbourne, Australia, me hallaba en un barrio que se componía de estudiantes de varios países. Mientras me encontraban aprendiendo acerca de los pioneros en la Escuela Dominical, me pregunté cuán interesados estarían al respecto; casi todos ellos eran conversos recientes y ninguno tenía antepasados que hubieran cruzaron las planicies de Norteamérica.

Para mi sorpresa, muchos de los estudiantes del extranjero quedaron cautivados por los relatos que se narraron. Algunos de ellos mencionaron cómo se identificaban con los primeros santos en lo personal: Al igual que los pioneros, aquellos estudiantes del exterior eran nuevos conversos y habían hecho sacrificios para establecer la Iglesia en las regiones en las que vivían. En el caso de algunos de esos miembros, en su patria, la Iglesia era pequeña o no existía. Eran pioneros modernos que forjaban un nuevo legado religioso para las generaciones futuras.

Las siguientes son tres experiencias de conversos que se han sumado a las filas de los pioneros modernos.

Honrar a mi familia de nuevas maneras

Nami Chan, Taoyuán, Taiwán

Mi familia inmediata, y buena parte de mi familia extendida de Taiwán, son budistas. Cuando era joven, recuerdo cómo ayudaba a preparar los sacrificios para los antepasados y diversos dioses durante el Año Nuevo Chino y en otros días festivos. Era una tradición familiar para nosotros, así como una manera de conmemorar a nuestros antepasados, y procurar paz y prosperidad para mi familia.

Cuando algunos de mis parientes se unieron a una iglesia cristiana no confesional, no tuvo efecto alguno en mi familia, en un principio. No obstante, durante la Festividad de Qingming, cuando se adora a los antepasados propios y se quema incienso en sus sepulturas, mis familiares cristianos se negaron a participar. Dijeron que se habían comprometido a obedecer los Diez Mandamientos, en particular: “No tendrás dioses ajenos delante de mí” (Éxodo 20:3). Mi familia no había hablado de ninguna creencia diferente antes, pero, de aquel día en adelante, a su aparecer, el cristianismo representaba la destrucción de las tradiciones y se le veía de manera negativa.

Mientras asistía a la universidad, conocí a unos misioneros SUD en la calle. Por lo general, no me hubiera interesado su mensaje, pero algunas experiencias que había tenido me habían preparado el corazón para recibirlo. Mientras me reunía con ellos, accedí a orar y leer el Libro de Mormón, y empecé a cultivar un testimonio personal de lo que se me enseñaba. Sin embargo, debido a la opinión de mis padres en contra del cristianismo, no quería decirles que deseaba bautizarme. Finalmente, muchos meses después de mi primer encuentro con los misioneros, les dije a mis padres que quería bautizarme y que quería servir en una misión. Estaban molestos, pero yo sabía que tomaba la decisión correcta.

No tengo ningún antepasado pionero, pero me siento como si comprendiera su sacrificio. Es difícil renunciar a algunas tradiciones y afrontar la oposición de los miembros de la familia. Incluso ahora, cinco años después de haberme unido a la Iglesia, tiempo durante el cual he servido en una misión, mi familia no apoya por completo mi decisión, pero ha llegado a aceptarla. Unirme a la Iglesia me ha permitido honrar a mi familia de nuevas maneras al efectuar la obra de historia familiar e investigar sobre mis antepasados. Mi testimonio de Jesucristo y Su expiación me ayuda a resolver cualquier conflicto que pueda tener con mi familia.

Encontrar gozo en el Evangelio

Harry Guan, Utah, EE. UU.

Crecí en China y me consideraba cristiano, a pesar de que, en realidad, nunca asistía a la iglesia. Tenía interés en Dios y Su Hijo Jesucristo, y pensaba que la doctrina cristiana era muy reconfortante.

Cuando me mudé a los Estados Unidos para ir a la universidad, empecé a asistir a una iglesia cristiana no confesional. Tras algunos meses, oí hablar sobre La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días a algunos amigos que consideraban la posibilidad de asistir a la Universidad Brigham Young. Pregunté a algunos estudiantes de la iglesia cristiana acerca de los Santos de los Últimos Días y me quedé sorprendido cuando me advirtieron vehementemente que me mantuviera alejado de los “mormones”. Al principio, seguí su consejo, pero mientras navegaba en una red social alrededor de una semana después, tropecé con un discurso del élder Jeffrey R. Holland, del Cuórum de los Doce Apóstoles. En el discurso, mencionaba que los miembros de la Iglesia debían ser respetuosos con otras religiones (véase “Faith, Family, and Religious Freedom”, lds.org/prophets-and-apostles). Mientras escuchaba al élder Holland, sentí lo que ahora conozco como el Espíritu y decidí que debía aprender más sobre la Iglesia.

Terminé por asistir a la Iglesia y luego me reuní con los misioneros. Lo que me enseñaron me conmovió, en particular, el Plan de Salvación. Mis padres no se alegraron mucho cuando resolví bautizarme, pero aceptaron el hecho de que yo era lo suficientemente mayor como para tomar mis propias decisiones. Cuando mis abuelos me visitaron en los Estados Unidos unos meses después, pude enseñarles sobre el Evangelio, y ambos tomaron la decisión de bautizarse.

El Evangelio me ha brindado muchísimo gozo y me ha conducido hasta mi futura esposa. Vale la pena cualquier sacrificio que haya tenido o que tenga que hacer.

Allanar el camino para las generaciones futuras

Brooke Kinikini, Hawái, EE. UU.

Me uní a la Iglesia cuando tenía quince años, pero he asistido a la Iglesia y cultivado mi fe y mi testimonio desde que era niña. Aunque era la única miembro de la Iglesia de mi familia, mis fieles amigos me amaban y guiaban mediante el ejemplo.

A diferencia de los pioneros de antaño, nunca tuve que caminar penosamente con un carro de mano a través de las planicies congeladas. De hecho, no tuve que afrontar muchas dificultades en absoluto cuando me uní a la Iglesia. Es cierto que perdí algunos amigos y que tuve que asistir a la Iglesia y a Seminario sola; no obstante, al pensar en la influencia que ha tenido y sigue teniendo en mi familia, sé que fue una de las mejores decisiones que he tomado. La decisión de bautizarme, sellarme en el templo y permanecer fiel a mis convenios ha generado una reacción en cadena que influirá de manera positiva en la vida de mis tres hermosos hijos —así como en la de las generaciones futuras— para siempre.

Ser pionero tiene que ver con allanar el camino para los demás. Me gusta pensar que una de las muchas bendiciones que he recibido por ser una miembro fiel de la Iglesia es poder ayudar a traer a otras personas a Cristo. Un acontecimiento aparentemente pequeño —como el bautismo de una jovencita de quince años en Maui, Hawái; o la humilde oración de un joven de catorce años en una arboleda— puede cambiar la vida de las familias del pasado, del presente y del futuro.

El título actual de pionero no se limita solo a los conversos. Al procurar edificar un legado perdurable de fidelidad para las generaciones futuras, todas llegamos a ser pioneros.