2018
    ¿La Iglesia está aquí?
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    ¿La Iglesia está aquí?

    Jon Evans, California, EE. UU.

    Voices

    Ilustración por Allen Garns

    Me uní a la Iglesia a los treinta y seis años y en ocasiones me sentía fuerte espiritualmente. Otras veces solo seguía la corriente. Entre un agitado horario de trabajo, mi esposa que iniciaba una nueva profesión, mala salud y otros desafíos, comencé a tener dificultades con mi espiritualidad. Asistía a la Iglesia y ayudaba a enseñar al cuórum de diáconos, pero eso era todo lo que podía hacer. No podía encontrar fortaleza para abrir mis Escrituras o arrodillarme para orar.

    Seguía con las dificultades cuando tuve que salir a un viaje de negocios al norte de Chile. Viajamos en automóvil dos horas desde el aeropuerto en Copiapó hasta el lugar en el que se encontraba un proyecto de energía solar en el desierto chileno de Atacama. Me sorprendió lo apartada que era esa región; kilómetros y kilómetros de desierto rojo. La soledad en el paisaje era sobrecogedora.

    Tras haber estado en el lugar cerca de una semana, condujimos al poblado más cercano para conseguir provisiones. Fue ahí que vi un edificio que me llamó la atención. Le pedí al conductor que se detuviera. El edificio tenía jardines hermosos rodeados por un cerco negro de hierro. En la parte delantera del edificio había un letrero conocido “La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días”.

    “¿La Iglesia está aquí?”, pensé. Me sorprendió que la Iglesia hubiera llegado hasta esa parte tan alejada del mundo. Tomé una fotografía del centro de reuniones y se la envié a mi esposa en un mensaje de texto. Su respuesta tuvo un efecto profundo en mí: “El Padre Celestial está pendiente de Su pueblo en todas partes”.

    Ese fue un mensaje del Padre Celestial directo para mí. Debido al estrés de la vida diaria, había olvidado, y necesitaba que me recordaran, que el Padre Celestial ama a todos Sus hijos. Ama a aquellos santos en ese pequeño y apartado poblado en medio del desierto, y también me ama a mí.

    Esa noche me arrodillé y agradecí al Padre Celestial las bendiciones que Él me había dado ese día. El saber que me ama me ha ayudado a edificar nuevamente mi espiritualidad, y continúa fortaleciéndome cada día.