2017
El libro que me salvó la vida
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El libro que me salvó la vida

Christ blessing the Nephite children

Detalle de Mirad a vuestros pequeñitos, por Robert Barrett

Mi familia y yo nos unimos a la Iglesia cuando yo tenía doce años. En ese momento, no tenía ni idea de la magnitud de ese don. Ni siquiera sabía si la Iglesia era verdadera, pero mi padre y mi madre quedaron impresionados por el mensaje que llevaban los misioneros. A mí también me simpatizaban los misioneros, pero no entendía muy bien lo que estaban diciendo. Finalmente nos invitaron a bautizarnos, y mi familia decidió que o nos uniríamos como familia o ninguno lo haría. Estuve de acuerdo y me bauticé sin haberme convertido.

Asistí a la Iglesia y a Seminario, pero más tarde mi familia dejó la Iglesia. Yo tenía amigos en la Iglesia e iba a Seminario y a la Mutual para estar con ellos. No me interesaba el Evangelio ni las enseñanzas, y pensaba que la Iglesia era en general aburrida. Me metí en aprietos cuando comencé a participar en actividades tales como el hurto en tiendas y vandalismo. Mi padre se volvió violento y pensé en el suicidio.

Sin embargo, el suicidio nunca fue una opción. No podía hacerle eso a mi madre, a quien amaba profundamente. Así que lo que me quedaba era encontrar una respuesta. Miré a mi alrededor y vi a mis amigos de la Iglesia. Lo único que ellos tenían y yo no era un testimonio. Así fue que a la edad de 16 años, cuatro años después de mi bautismo, me senté a leer el Libro de Mormón por primera vez.

Fue difícil y me llevó casi dos años. Cuando leí en 3 Nefi acerca de la visita del Salvador a los nefitas después de Su resurrección, en la cual bendice a sus niños y descienden ángeles del cielo y los rodean, fue como si yo estuviera entre los nefitas y viera con mis propios ojos ese acontecimiento milagroso. El Espíritu Santo dio testimonio de ese gran momento.

No pude leer más, pues mis ojos se empañaron por las lágrimas. Cuando recuperé la compostura, continué leyendo. Pasaron algunas semanas más y terminé el libro, me arrodillé y oré para saber si era verdadero. Pero no obtuve respuesta.

Pasaron los días; yo me arrodillaba regularmente y suplicaba para saber si el libro era verdadero, si la Iglesia era verdadera, pero aun no tenía ninguna respuesta. Desesperado, semanas después de haber terminado de leer, me arrodillé una vez más y pregunté: “Padre Celestial, ¿es verdadero el Libro de Mormón?”. La respuesta que llegó no fue lo que esperaba: “Ya te lo he dicho. Sabes que lo es”.

Había obtenido mi testimonio semanas antes, cuando leí sobre Cristo bendiciendo a los niños. Sabía que esta Iglesia, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, es el reino de Dios sobre la tierra, restaurado por un profeta y dirigido por un profeta, como en la antigüedad.

No es exagerado decir que el Libro de Mormón salvó mi vida, pero sería más exacto decir que el Evangelio restaurado me salvó y continúa renovándome y nutriéndome cada día. Es mi posesión más preciada.