2016
    Un regalo mucho mayor
    Notas al pie de página
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    Prestar servicio en la Iglesia

    Un regalo mucho mayor

    El autor vive en California, EE. UU.

    El hermano Reynolds no solo nos enseñaba; nos amaba.

    A Far Greater Gift

    Ilustración por Janice Kun

    Durante mi último año en la Primaria tuvimos un nuevo maestro: el hermano Reynolds. Tenía el pelo canoso y arrugas, y compartía historias sobre la Depresión y su servicio en las fuerzas armadas de los EE.UU. durante la Segunda Guerra Mundial. Al principio no me identificaba con sus historias; eran aburridas y habían pasado hacía mucho tiempo.

    En una ocasión, mis amigos y yo nos estábamos comportando mal en clase. El hermano Reynolds me llevó aparte y me habló directamente. Simplemente me pidió que me portara mejor, y me dijo que deseaba lo mejor para mí. Hasta entonces, mis amigos y yo no habíamos prestado mucha atención, pero pronto aprendimos algo especial acerca del hermano Reynolds: se interesaba profundamente por nosotros, y su único propósito era amarnos.

    El hermano Reynolds compartía constantemente su testimonio del Salvador, Jesucristo. Sus ojos se llenaban de luz cuando nos enseñaba sobre el poder de vivir una vida centrada en Cristo. Sus historias se convirtieron en auténticas aventuras que despertaban nuestra imaginación y hacían que deseáramos servir al Señor.

    Todavía recuerdo una lección que enseñó sobre el profeta José Smith, y el modo en que testificó que José una vez fue un joven como nosotros. Con lágrimas en los ojos nos dijo que el Señor tenía grandes esperanzas puestas en nosotros, igual que las había tenido en José. El hermano Reynolds decía que cada uno de nosotros haría grandes cosas en la vida, incluso cambiar el mundo, si éramos como José y permanecíamos cerca del Salvador.

    Unos años después, cuando mis amigos y yo íbamos a la escuela secundaria, nos enteramos de que el hermano Reynolds necesitaba podar sus albaricoqueros. Con gusto podamos los árboles, para lo cual nos pasamos varias horas subiendo escaleras y cortando ramas. Fue un trabajo duro, pero sabíamos que para el hermano Reynolds era importante.

    Ese año también nos enteramos de que el hermano Reynolds necesitaba un nuevo juego de Escrituras. Las suyas estaban viejas y ajadas, y se caían las hojas. Juntamos dinero y le compramos una hermosa combinación cuádruple de cuero con su nombre grabado. Se la entregamos en la fiesta de Navidad del barrio. Nunca olvidaré el modo en que su rostro brilló y sus ojos centellearon por las lágrimas y la emoción de vernos hacer algo que significaba tanto para él.

    Después de que me fui a la universidad, unos años más tarde, me enteré de que el hermano Reynolds había fallecido. Fui a visitar a su esposa y a su familia para expresar mi profundo respeto y aprecio por él. Cuando vi a todos sus hijos y nietos felices, comprendí cuán bendecido había sido por conocer a ese gran hombre.

    “Él los amaba, a ustedes, muchachos”, dijo la hermana Reynolds entre lágrimas y con una sonrisa. “Realmente los amaba”.

    En un mundo en el que es difícil centrarse en las cosas correctas, el hermano Reynolds nos enseñó que nuestra relación con el Padre Celestial y Su Hijo es lo más importante. Es verdad que nosotros podamos los árboles del hermano Reynolds y le dimos un nuevo juego de Escrituras, pero él nos hizo un regalo mucho mayor: un amor perdurable por el Salvador, Jesucristo.